Perdió la socialdemocracia en Argentina

El fenómeno de las políticas populistas socialdemócratas está produciendo sus efectos degenerativos. De presentarse ante la sociedad como un cambio político radical frente a las manejos liberales de la economía y las habilidades aviesas de los capitalistas para reprimir y contralar a la población devienen repartidores de riqueza. Esta riqueza no exige a cambio ningún compromiso político a los individuos que la reciben. Por ejemplo, un compromiso por cambiar las estructuras donde se  alza la sociedad súper jerarquizada e injusta que los estuvo aplastando por innúmeros años. Lo mínimo que  se le debería reclamar a un obrero a cambio de mejorar considerablemente sus condiciones de vida (su “calidad de vida” que llaman), es conciencia de clase social, conciencia de que se está luchando por cambiar la sociedad por una más justa e igualitaria. Esta conciencia la resumía Marx con una máxima cristiana “hay que dar a cada quién según sus necesidades”, pero luego diría “Y pedir de cada quién, según sus capacidades”.

Sin embargo, la socialdemocracia no está para eso. Su tarea es pretender administrar con justicia no la riqueza, sino el capitalismo. Lo que es distinto.

El capitalismo es un espíritu marcado de la avaricia, es decir, de amor excesivo al dinero, al “oro”, por la codicia, un deseo incontrolable por tener todo, ser el amo de todo, propietario de todo, y en consecuencia, una ambición de poder. Administrar eso es imposible. Es pedirle al alacrán que no le clave su ponzoña a la rana; al asesino que no envenene a sus víctimas, en fin, es pedirle a alguien que vaya en contra de sus inclinaciones naturales.

Es así como la tarea de la socialdemocracia es un absurdo político que siempre degenera en algo que llevan los socialdemócratas en su ideal social, en su mala-conciencia, en su subjetividad: el deseo oculto de ser también ellos una clase social en el poder: el poder de la clase media. Esto se traduce, primero, que degenera en capitalismo: la mejor oferta para las aspiraciones individuales (e individualistas) de clase media, de pobres y obreros, ahora con dinero, con “empleos” y con propiedades que antes no tuvieron. Hasta ahí las reivindicaciones socialdemócratas dentro del “marco de las posibilidades democráticas”. No obstante, para que culmine el imaginario clasemedia de llegar a ser una clase en el poder, debe someter, no a los ricos, sino al resto de la sociedad, es decir: debe instaurarse un dictadura feroz contra todo aquello que suene a igualdad, a justicia, a consciencia de clases, lucha de clases, a solidaridad.

La solidaridad sería, esa parte donde Marx le exige a toda la sociedad  “sus capacidades” para el beneficio de toda la sociedad. Ese es el punto de consciencia que no tuvo ni el gobierno de los Kirchner ni la población que votó, una vez con ellos, y que hoy votó contra ellos. Porque en el ínterin de sus alianzas con el capitalismo, como dijo alguien por ahí, todo ajuste de los disparates cometidos siempre serán hacia la derecha.

Cuando se cree que se puede “controlar” la avaricia, la codicia y la ambición capitalista, sin pensar en la propia, todo vuelve a manos de los avaros, de los codiciosos y de los ambiciosos. Es casi “Física elemental”.

O hay revolución socialista, Cambio, hacia el socialismo, o hay capitalismo; “Socialismo o barbarie”, no hay una opción reformista o socialdemócrata. Eso, ya vimos, o ye veremos que no existe.

¿Cuál es la sociedad que intentamos cambiar? Una sociedad de cómplices. Una sociedad de seres maleducados en el egoísmo extremo, en la avaricia, en el lucro irracional y codicioso. Si tú, que eres el signado a educarla te haces cómplice de esos “sentimientos”, de esas inclinaciones (que pueden ser la tuyas también)  no esperes que los ideales conserven, y no se desechen como basura electoral o de cualquier otra.

Hay una anécdota del Che Guevara muy didáctica al respecto. Le tocó al Che visitar y supervisar una fábrica de bicicletas. A su llegada lo recibe el administrador y le ofrece dos bicicletas para sus hijos. El Che le pregunta  “esas bicicletas son suyas”, y el señor le responde que no, que no son suyas. “Y entonces, porqué usted regala algo que no le pertenece (que le pertenece a toda la sociedad)…” Cuando yo tenga dinero para comprarles bicicletas a mis hijos entonces yo se las compro”….

Es una manera práctica de crear consciencia. Si todos los dirigentes de una revolución actuaran así como el Che Guevara, el pueblo estaría mucho más comprometido con los ideales del socialismo y de la revolución, con el “discurso político” de la revolución. De resto, el efecto inmediato que produce un “mal ejemplo” respecto a la “palabra comprometida”, al discurso, es el de poder hacer prácticamente los que sea, según nuestras peores inclinaciones, en nombre del socialismo y de la revolución. Es decir, falseamos, nosotros como dirigentes, el significado moral y práctico de la revolución socialista (que es lo mismo, moral y práctico) y enseñamos a la población a falsear ese significado, haciéndonos cómplices de cada pícaro, de cada aprovechador, de cada mentiroso, de cada “menesteroso” en el Metro, que quiera robar y engañar a la sociedad.

No podemos ir por la calle regalando camionetas que no nos pertenecen. No podemos ofrecer nada que no nos pertenezca, por más desesperados que estemos, por más urgente que sea ganar unas elecciones, porque el costo moral será casi que irreversible. No va haber manera de moralizar a un pueblo “mal educado” en los valores de solidaridad y respeto, no va haber manera de hablarles con la verdad, a menos que se confiesen públicamente los errores cometidos, que se admitan las faltas. Solo así, quizá, se recupere la confianza de un pueblo que alguna vez creyó en el socialismo como algo moral, radicalmente distinto, a los valores del capitalismo.

A mis compatriotas que creen en el socialismo, a pesar de todas estas ambigüedades morfológicas del gobierno, voten. Quizá solo así podamos sacar en limpio alguna lección de todo esto, al precio que nos depare el destino.



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Héctor Baíz

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