Por fin: un Papa comunista

En este mundo de hoy resulta imposible pedirle a un Papa o a un obispo que se mude a vivir en un suburbio de Roma, que calme su hambre con un pedazo de pan que sobró del que repartieron en la última cena y su sed con agua de chorro sin filtrar, que se vista con una sotana remendada, que ande en chancletas y se movilice en bicicleta o en burro por las calles y avenidas de la gran ciudad, la cuna de ese imperio que crucificó a Jesús con el mismo odio con que lo hizo con Espartaco. Si eso se solicitara para creerles sobre su lealtad al pensamiento de Jesús sería lo mismo que los marxistas exigir a sus dirigentes que ayunen seis días a la semana, se dejen crecer el pelo y la barba, duerman parados a la intemperie, compartan su compañera con sus camaradas y consuman retazos de comidas dejadas en basureros para poderles creer que están luchando por el comunismo.

Sobre el Papa Francisco I se han dicho muchísimas cosas e incluso se le han hecho serias acusaciones de carácter político, donde destaca la de haber servido a la dictadura bonapartista argentina que causó centenares de muertos, mutilados, robos de infantes y otras perversiones más. Sin embargo, desde que fue elegido Papa ha dicho cosas que ningún Papa anterior se atrevió expresarlas. El humo blanco en poquísimo tiempo ha brillado por encima de cualquier humo negro si fuese cierto lo de su pasado. Alrededor de 1.400 millones de feligreses asumen su creencia en la religión católica, apostólica y romana. Si esos –cerca- de 1400 millones de personas creyentes en Jesucristo asumen  de verdad verdad las palabras del Papa Francisco I, temblaría la Tierra y los oligarcas no se atreverían ir a los templos.

En el mundo de la lucha de clases no existe ideología posible que se escape de los brazos o los tentáculos de la política. La teología es una ideología por lo cual la religión es, quiérase o no reconocerlo, pensamiento y acción política como todo derecho es en esencia consecuencia de la economía, aunque todas sus miradas busquen la salvación del mundo en el Ser Supremo que dicen vive en el Cielo. Engels decía que la “… historia del cristianismo primitivo tiene notables puntos de semejanza con el movimiento moderno de la clase obrera. Como éste, el cristianismo fue en sus orígenes un movimiento de hombres oprimidos: al principio apareció como la religión de los esclavos y de los libertos, de los pobres despojados de todos sus derechos, de pueblos subyugados o dispersados por Roma…”. Agrega, en su tiempo, Engels que: “Tanto el cristianismo como el socialismo de los obreros predican la próxi­ma salvación de la esclavitud y la miseria; el cristianismo ubica esta salvación en una vida futura, posterior a la muerte, en el cielo. El socialismo la ubica en este mundo, en una transformación de la sociedad. Ambos son perseguidos y acosados, sus adherentes son despreciados y convertidos en objeto de leyes exclusivas, los primeros como enemigos de la raza humana, los últimos como enemigos del Estado, enemigos de la religión, de la familia, del orden social. Y a pesar de todas las persecuciones; más, incluso alentados por ellas, avanzan victoriosa e irresistiblemente. Tres­cientos años después de su aparición, el cristianismo fue recono­cido como religión del Estado en el imperio mundial romano, y en sesenta años apenas el socialismo ha conquistado una posición que hace absolutamente segura su victoria”. Claro, estamos en el año 2013 y muchas cosas han cambiado en el mundo y, especialmente, en los hombres de sotana de la religión cristiana o católica como en muchos de los hombres que han dicho ser marxistas. El Papa Juan Pablo II se atrevió a reconocer tres cosas muy importantes: 1.- que Dios no hizo al hombre; 2.- solicitar perdón por los crímenes cometidos por la Inquisición; y 3.- catalogar al capitalismo como salvaje.

Pero el Papa Francisco I no sólo ha roto con casi todos los protocolos del Vaticano y de las visitas papales al exterior sino, especialmente, ha sostenido conceptos que difícilmente un Sumo Pontífice anterior se hubiese atrevido expresar. Ahora el Papa Francisco I está en la disyuntiva de cuidarse lo suficiente para que, ¡de pronto!, no anuncien en una madrugada cualquiera: “Ha muerto el Papa de un paro cardíaco encontrándose solo en su habitación”. La oligarquía no perdona y menos en un Papa que busque reactivar la semejanza del cristianismo primitivo con el movimiento moderno de la clase obrera. Eso es comunismo.

El Papa Francisco I no ha inventado sino que ha ratificado lo que han dicho todos los antiimperialistas, los teólogos de la liberación y los comunistas en los últimos años y que ha sido rechazado por otros Papas, cardenales, obispos, monseñores y muchos sacerdotes: el capitalismo tiene por Dios el dinero. Y como Dios el dinero, para los capitalistas, es divino, inmutable, todopoderoso y sagrado, lo cual merece el mayor de todos los respetos y el rendimiento de culto a su personalidad y, muy especialmente, al dólar.

En verdad, el trabajo será sólo digno cuando deje de ser una carga pesada para el ser humano que disfrutará, entre tantas cosas, de la economía de tiempo. El Papa Francisco I, al escuchar las quejas o tres testimonios de personas que padecen las consecuencias de las perversas políticas económicas del capitalismo, señaló lo siguiente: "Perdonadme por estas duras palabras, pero donde no hay trabajo falta la dignidad, es difícil tener dignidad sin trabajar y el trabajo es dignidad, llevar el pan a casa, y amar". Para un imperialista el Papa ha ido demasiado lejos al cuestionar la avaricia, la explotación mal remunerada, la usura, la especulación que son intrínsecas al capitalismo. Sin esos elementos, entre otros, no sería capitalismo.

Pero el Papa Francisco I no se detuvo en eso exclusivo de la falta de dignidad por carecer de trabajo una persona sino que fue más lejos. "Vivimos las consecuencias de una decisión mundial, de un sistema económico que lleva a esta tragedia. Un sistema económico que tiene en el centro un ídolo que se llama dinero. Pero Dios ha querido que en el centro del mundo estén el hombre y la mujer y que lleven adelante el mundo con su trabajo, y no el dinero". Precisamente, el comunismo se caracterizará, entre otras cosas, por el trabajo digno y la desaparición definitiva del dinero. No habrá hambre ni sed, no existirá ningún ser humano siendo infeliz, ningún proceso social se regirá por contradicciones antagónicas, reinará la hermandad y la solidaridad. El odio y el egoísmo no los conocerán las generaciones que nazcan, crezcan y se desarrollen en el comunismo.

El Papa ha ratificado una verdad sostenida por quienes creen que el socialismo es la única alternativa para salir de los marasmos en que mantiene el capitalismo al mundo.   Este no tiene futuro si las generaciones que nacen no tienen trabajo pero tampoco el mundo se emancipará completamente si los hombres y mujeres que lo habitan no tienen acceso a la educación, a la tecnología, a las ciencias, a la cultura y el arte universales.

El Papa Francisco I, sostuvo algo que para los explotados y oprimidos de este tiempo debería de ser un pensamiento guía de lucha contra el capitalismo y por el socialismo: “El actual sistema económico nos está llevando a una tragedia. Vivimos las consecuencias de una decisión mundial, de un sistema económico que idolatra a un dios llamado dinero". Para buenos entendedores, pocas palabras. ¿Cuál es ese sistema económico? El capitalismo, así de simple. Sólo el capitalismo tiene líderes que quieren robarle la dignidad a la mayoría de los seres humanos e igual quiere robarle la esperanza de crear un mundo realmente humano y solidario. No se equivoca el Papa Francisco I cuando sostiene que el capitalismo aplica la eutanasia a millones y millones de personas, porque necesita que los poquísimos tengan en demasía y los muchísimos tengan poquísimo o nada. ¿Qué más podemos pedirle al Papa Francisco I que diga? Ojalá no salga un extremista que abrazando el terrorismo ideológico le exija que se incorpore a la guerra de guerrillas contra el capitalismo o se inmole con una bomba en un edificio habitado solo por oligarcas.

Quienes hemos tenido la oportunidad de leer escritos del sacerdote Camilo Torres Restrepo y de haber hablado con el sacerdote Manuel Pérez Martínez (me enorgullezco de ello) podemos decir, aun cuando ni una sola palabra del marxismo que profesemos la modifiquemos para nada por su vigencia actual, algo muy sencillo: “Bien vale la pena asistir a una misa del Papa Francisco I”. Pero no para hacerse eco de mitos y dogmas, de divinidades eternas ni de objetos o sujetos inmutables como tampoco de poderes sobrenaturales pero sí de todo cuanto el Papa Francisco I condene de injusticia del capitalismo salvaje.



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Freddy Yépez


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