Paraguay, de vuelta al patio trasero

El libelo acusatorio empleado por la derecha que domina el parlamento paraguayo, para destituir al presidente Fernando Lugo(**), es una pieza magistral del cinismo que merece ser tomada en cuenta con seriedad, más aún cuando la desestabilización en Bolivia y Argentina, sugiere una nueva ofensiva concertada desde el norte, ante la camada de gobiernos de izquierda, o simplemente nacionalistas, que ha logrado establecerse en el subcontinente. Una vez “legitimado” el golpe contra Zelaya en Honduras, ahora se introduce otra modalidad para desplazar a uno de los gobiernos de la región, que luchan por sociedades más justas y por la soberanía en sus respectivos países. En este caso se trató de un juicio sumarísimo, casi instantáneo, contra Lugo, “por mal desempeño de sus funciones”, mediante un reglamento aprobado a la carrera, y que sólo le habría dejado 24 horas para la preparación de su defensa. Con razón Lugo calificó la acción como un golpe “exprés”, mientras que sarcásticamente, Franco, el nuevo e írrito presidente, reconoce que el proceso se realizó “un poquito aprisa”.

Los hechos que motivaron la acusación acumulan cinco casos. En el primero de ellos sólo se menciona que ocurrió en el año 2009, y tiene que ver con un acto político, de izquierda, claro está, en unas instalaciones de las Fuerzas Armadas. En los cuatro restantes no aparece ni siquiera el año, aunque se comprende que el más reciente es el supuesto enfrentamiento entre policías y campesinos sin tierra, que dejó un saldo de 11 campesinos y 6 policías muertos, el pasado 15 del mes en curso. El mismo evento, y en relación con el cual, Lugo había designado una comisión investigadora, tiene doble peso, porque se emplea reiteradamente entre los cinco argumentos esgrimidos, aunque en la redacción del documento de seis páginas, sólo se lamenta la pérdida de vidas de policías, quienes para colmo según el texto, estaban “desarmados”. En verdad el documento no sólo se burla de la inteligencia del pueblo paraguayo, sino que además expresa de manera obscena, que para la burguesía los campesinos no cuentan.      

En nueve ocasiones se cita a los policías, en siete el apoyo de Lugo a los “carperos” o campesinos sin tierra, en cinco a la inseguridad “propiciada” desde el gobierno, en tres se defiende a la “propiedad privada” y en tres se acusa al gobierno de “instigar” a la lucha de clases. Con esas referencias queda clara la justificación para la destitución de Lugo: el Presidente pretendió hacer justicia ayudando a los carperos, lo que sin duda generó la defensa de las tierras por parte de los “propietarios”, creando un estado de inseguridad asociado con la lucha de clases. Fin de mundo.

Eso no pasó jamás durante la dictadura de Stroessner, cuando los pobres, aterrados y paralizados por el miedo, sobrevivían pacíficamente ocupando el puesto asignado por  el brutal régimen. Entre 1954 y 1989 y tras la fachada del partido Colorado, la dictadura  facilitó la apropiación ilegal de tierras por parte de sus cómplices, asumió la violación recurrente de los derechos humanos de quienes osaran oponerse; encarceló, torturó, asesinó y desapareció a líderes opositores y sus familiares, incluyendo menores de edad; y reclutó sistemáticamente niñas para saciar el apetito sexual del sicópata dictador y sus allegados, entre muchos otros crímenes imprescriptibles o de lesa humanidad, que siguen impunes.        

Pero en vez de preguntarse por qué existe una lucha de clases, cosa que no es muy difícil de adivinar en un país con siete millones de habitantes, donde la pobreza alcanza a 53% de la población y la pobreza extrema 30%, y donde 85% de las tierras agrícolas pertenece a sólo 2% de propietarios, los señores congresistas se apoyan en formalismos y soslayan su propia responsabilidad en la lamentable situación socio-económica de la mayor parte de los habitantes.

En sólo seis páginas la oligarquía paraguaya y sus representantes, incluidos parientes del detestable dictador Stroessner, pretenden acabar con el frágil y titubeante ensayo democrático del país sureño, supuestamente siguiendo la receta constitucional para deponer un presidente que había sido elegido por el pueblo. El caso representa un reto de enorme significación para los nuevos organismos de integración regional, como la UNASUR y la CELAC, para evitar que se repita la historia de Honduras, donde la fuerte retórica justiciera inicial finalmente cedió ante la presión de la OEA y otras organizaciones y gobiernos pitiyanquis, para consolidar el control del país centroamericano por la derecha. Al margen de los errores y aciertos del presidente Lugo, quien tuvo que caminar sobre una cuerda floja sin respaldo político propio, Latinoamérica en pleno debería condenar el golpe exprés y aislar al ilegítimo nuevo gobierno de viejas ideas. 

Curiosamente, un párrafo del libelo, en el apartado sobre la creciente inseguridad, está redactado en primera persona, y en él, más cínicamente aún, se acusa a Lugo de “proyectar y consolidar su anhelo de un régimen autoritario, sin libertades, con la aniquilación de la libertad de prensa y la imposición del partido único que profesan los enemigos de la democracia y los adherentes del socialismo del Siglo XXI” (esto último  en clara alusión a Chávez). Mayor burla ante un político que precisamente cae por no contar con un partido organizado que lo apoye, no es posible. El descaro de acusar de autoritarismo a quien le tocó pedir perdón por los crímenes de Stroessner (“en nombre del Estado de la nación paraguaya por tanta soledad a las que fueron sometidos cuando la savia fértil de vuestra sangre preparaba la tierra de una patria nueva”), con motivo de la presentación del informe final de la Comisión de Verdad y Justicia de Paraguay, en el 2008, coronó el sainete. 

Pero de paso, el documento ataca, sin nombrarlos, a países que como Venezuela y Ecuador, se han atrevido a transitar nuevos caminos socialistas, ante el fracaso recurrente de los gobiernos neoliberales y su secuela de miseria e inequidad. Cuando apenas Paraguay comenzaba a mostrarse indócil, el golpe le regresa al traspatio. 

La verdad es que leyendo el tal libelo, uno comprende porqué el congreso paraguayo siempre se ha opuesto, y mantiene inconcluso el ingreso de Venezuela en el Mercosur. Hay que entender su miedo ante lo que representa la figura de Hugo Chávez, y su proyección internacional. Un fantasma recorre el continente…

(*) Profesor UCV. charifo1@yahoo.es

(**) Se puede leer en: http://www.aporrea.org/internacionales/n208153.html



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Douglas Marín Ch.


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