La derecha cogió cerro

Como bien lo dice y argumenta Atilio Borón en su excelente artículo publicado en esta misma página (http://www.aporrea.org/actualidad/a163655.html), la victoria del Presidente Maduro era estrictamente necesaria para darle continuidad al Proyecto Bolivariano que nos dejó el Comandante Chávez. Ese triunfo nos da un respiro temporal pero plagado de riesgos, no sólo para Venezuela sino también para la nueva Latinoamérica que el genio de Chávez imaginó y logró consolidar, en medida importante.

Soslayar las amenazas actuales equivale a comportarnos como los avestruces. Uno celebra que Nicolás Maduro ganó, que lo hizo limpiamente con el reconocimiento de una institución que se ha labrado el respeto de casi todo el mundo en los últimos diez años (oposición incluida cuando gana), como es el CNE. Pero no podemos obviar que desde las contundentes victorias obtenidas en el referendo revocatorio del 2004 y las elecciones presidenciales de 2006, cuando alcanzamos ventajas de 18 y casi 26%, respectivamente, hasta las elecciones del pasado domingo, hemos venido disminuyendo el caudal de votos de manera significativa, mientras la derecha ha logrado recuperar buena parte del terreno que perdió desde diciembre de 1998.

Por más que le demos vueltas al asunto, comparando el número de estados o de municipios en que ganó cada candidato, y recurramos al manido argumento del “desgaste”, como si fuese un axioma, la realidad muestra que hoy la derecha ha crecido hasta abarcar casi la mitad de la población que se pronunció en los comicios del 14-04. Urge indagar sobre las razones del “desgaste”, si queremos que el esfuerzo sobrehumano del Presidente Chávez no se pierda.  

Ya en el 2010, con motivo de las elecciones parlamentarias, cuando aspirábamos alcanzar los dos tercios (110 curules) de la Asamblea Nacional para poder tomar decisiones trascendentales que requiere la construcción del Socialismo del Siglo XXI, no cumplimos la meta pero sí celebramos con euforia. En aquel momento, la oposición (MUD+PPT) obtuvo, en términos absolutos, cerca de 250.000 votos más que el chavismo (PSUV+PCV), pero el sistema electoral paralelo y la base poblacional relativa contemplados en la Ley Orgánica de Procesos Electorales de 2009, garantizó 98 escaños para la izquierda y 67 para la derecha. Han transcurrido dos años y medio, y la situación actual evidencia que las alarmas encendidas en aquel momento a través de numerosos escritos publicados en éste y otros medios, incluyendo uno propio (www.aporrea.org/actualidad/a109203.html), no fueron escuchadas.

Sabemos que la Revolución Bolivariana es el escollo más importante y exitoso que ha enfrentado el gobierno norteamericano desde el triunfo de la Revolución Cubana, y que a pesar de los recursos financieros y tecnológicos casi infinitos de que dispone el imperio, y que han sido puestos a la orden de sus agentes criollos, no pudieron lograr el aislamiento de  nuestro país, como fue la táctica inicial empleada contra el Presidente Hugo Chávez en el ámbito geopolítico. Por el contrario, la creación de espacios intrarregionales inéditos como la ALBA, la UNASUR y la CELAC, así como la apertura y consolidación de  relaciones con pueblos anteriormente vetados por la estrecha visión de la cuarta república sometida por el norte, han permitido no sólo una proyección internacional de Venezuela jamás vista, sino de Latinoamérica toda en escala planetaria.

El éxito de las misiones como mecanismo ideado por Chávez para superar las trabas burocráticas intrínsecas de los ministerios, es ampliamente conocido. Es obvio el avance social del pueblo venezolano en general y de los sectores anteriormente más deprimidos, en particular. Son evidentes los logros que reconocen organismos internacionales en materia de educación, salud, empleo, vivienda, etc., y que se sintetizan en los índices de desarrollo humano y de equidad en el reparto del ingreso.   

Pero tal grandeza parece no ser percibida o aprehendida por un sector importante de la población venezolana, paradójicamente beneficiado hasta la exageración por el proceso bolivariano, y que sumó sus votos al candidato del imperio. ¿Dónde fallamos?, es la pregunta obligada, y aunque existen muchos factores, todos recalan en la inconsciencia y la falta de compromiso con la dirección revolucionaria. De otra forma no se explica la alta votación en zonas populares a favor de Capriles, quien con su habitual cinismo agradeció al “casi millón de chavistas” que lo apoyaron.

A quienes desde los cerros votaron por la derecha, no les importó la “calidad” de un sujeto procedente de la burguesía más rancia y entreguista, representante del racismo y anticomunismo más abyecto, como lo demostró en el cobarde asedio a la embajada cubana hace once años. A quienes votaron por Capriles desde los barrios populares, se les olvidó que ellos fueron el centro de la acción justa y amorosa del Presidente Chávez, y que el Plan de la Patria los privilegia. Quienes votaron contra Maduro habiendo recibido beneficios que jamás soñaron en la cuarta república, son unos ingratos fácilmente manipulables y utilizados como material desechable por la burguesía.

Porque una cosa son los paramilitares infiltrados, que cumplen su papel de mercenarios,  y otra la gente que les hace el juego. No pasó ni un día después de las elecciones, para que Capriles ordenara liberar las arrecheras del fracaso, para que la misma gente de zonas populares viera cómo caían asesinados ocho líderes comunales cuando defendían sus instalaciones de Barrio Adentro y de Mercal, que fueron quemadas por las hordas fascistas aupadas por el candidato perdedor. A veces la traición se salda con rapidez, pero la ceguera de grupos manipulados y penetrados por paramilitares persiste en varios puntos del país. Por eso la ola de violencia aún no cesa, y abarca la quema de casas del PSUV, de vehículos de instituciones del Estado y hasta de petrocasas y viviendas humildes de militantes de la izquierda, del mismo vecindario donde habitan los alienados. Uno entiende el odio que puedan sentir hacia el chavismo aquellos ricos que han perdido parte de sus privilegios, pero no esa “solidaridad” automática de personas de clases media y baja, aumentando la posibilidad de una guerra civil que sueña la dirigencia burguesa, como método para borrar del mapa a los revolucionarios.   

Hay que reconocer que el chavismo cayó hace rato en la trampa del terreno mediático, donde precisamente el enemigo es más fuerte, descuidando la eficacia en la formación ideológica, que en fin de cuentas es el sustento para comprender que si hay fallas recurrentes o calculadas en la electricidad, y si desaparecen los alimentos por acaparamiento, hay que castigar con el voto a los saboteadores y no al gobierno que es víctima del saboteo. La conciencia revolucionaria no sólo admite sino que requiere la crítica interna para corregir faltas, y en tal sentido cabe revisar por qué si existen ya varias marcas de harina de maíz precocida, de arroz y de otros productos agrícolas elaborados en empresas bolivarianas, no hemos sido capaces de competir con la que detenta el monopolio del sector, para compensar el acaparamiento. La autocrítica es válida y necesaria para corregir las deficiencias en la atención que se presta en los servicios públicos, donde aún prevalece la actitud sádica del “funcionario” indolente que heredamos de los adecos, y para preguntarnos por qué no hemos sido capaces de sustituir o al menos neutralizar a tantos opositores ubicados en cargos importantes en la administración pública y empresas estatales, aunque desde hace años 80% de la matrícula universitaria se encuentra en instituciones creadas por el gobierno. La autocrítica es conveniente para orientar la corrección de deficiencias en la producción agrícola a pesar del avance sustancial en la lucha contra el latifundio, y para cuestionarnos por qué no se ha hecho justicia con los más de 200 campesinos asesinados por sicarios en el rescate de la tierra. La autocrítica es necesaria para revisar por qué nos cuesta tanto reducir la delincuencia y la corrupción.

Sin embargo, del cuestionamiento interno a votar por el contrario debería haber un largo trecho. Hasta el 13 de abril pensábamos que la abstención sería la amenaza más importante para Maduro. Hoy constatamos que, aunque de manera virtual, la derecha subió cerro y captó los votos de por lo menos 600.000 personas beneficiarias del chavismo, pero faltas de real conciencia de clase. ¿Acaso esas personas de verdad creen que con un gobierno de la derecha estarán en mejores condiciones? ¿No les bastaron los cuarenta años de gobiernos adecos y copeyanos durante los cuales se ranchificó Caracas y todas las capitales de los estados? ¿La ignorancia es tan grande que se comen el cuento de que Capriles mantedrá las misiones, si una de sus principales políticas es la privatización de PDVSA? ¿Es que no se miran el color de la piel y el tipo de cabello, para cerciorarse de que no cuadran con los estándares de los pavitos que se “irían demasiado”? Los compatriotas de los cerros deberían responderse esas y otras preguntas, antes de unir sus humildes cacerolas con las de marcas costosas que hacen ruido en las urbanizaciones de Caracas y otras ciudades del país.           

 

(*) charifo1@yahoo.es



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Douglas Marín Ch.


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