Las torres gemelas las derribó Chávez

Lo recuerdo como si fuera ayer. Mi carrito Lada se había dañado y lo llevaba al mecánico, cuando sonó el celular: “enciende la radio”, me dijo un cuñado, y es cuando me entero del inmenso desastre de la caída de las torres de Nueva York.

Un comentarista de radio planteaba: “Hay que investigar a Chávez, protector de terroristas, quien se entrevistó con el enemigo número uno de EE UU, Sadan Hussein. Es seguro que Chávez esté involucrado en el atentado de esos cuatro aviones del Apocalipsis, pues es amigo de los árabes. Seguramente al menos contribuyó con esos asesinos, recibiendo instrucciones de Fidel Castro. Si EE UU va a comenzar sus represalias que empiece castigando al loco que está Miraflores, que lo interroguen, que se lo lleven como se llevaron a Noriega; Chávez también es fanático, enemigo de la paz y de la democracia. Él tiene algo que ver con el derrumbe de las dos torres...”

Verga, quedé más loco.

Todo esto lo vomitaba, digo, una radio mientras yo me encontraba en el centro de la ciudad de Mérida. Los televisores de los comercios estaban encendidos, pasando esa imagen escalofriante cuando el segundo avión se entierra en la torre y sentíamos que todos nos encontrábamos en la mismísima Nueva York, en Manhattan, tragando humo y polvo.

Y para completar, como todo ese pánico que suele ser contagioso, con las ambulancias y patrullas de Defensa Civil recorriendo la ciudad con sus sirenas a toda marcha, la gente sentía algo apretado en el pecho, pero igualmente pensando que el gran culpable de todo era Chávez. Los chavistas sentían la inmensa pena de que se acusara a Chávez, pero igualmente se sentían profundamente asustados.

Un vendedor de repuestos, que escuchó la arenga del periodista contra Chávez, rogaba que nuestro Presidente no fuera a decir nada de nada por lo menos durante un mes. Me decía: Si los gringos están buscando a un culpable y sale Chávez a opinar, de seguro que se lo cargan, y mañana tenemos a los marines en nuestras costas.

Yo pensaba en tantas cosas, y me decía: “el término terrorista fue aplicado a Yasef Arafat, hoy respetado mandamás de Palestina; terrorista fue Menagen Beghin quien luego fue presidente del Estado de Israel y Premio Nóbel de la Paz; de terroristas también fueron calificados todos los miembros del IRA que de tú a tú discuten un acuerdo de paz con el gobierno de Inglaterra.”  

No sé por qué carajo yo tenía que andarme justificando en relación con lo que estaba sucediendo que nos ponía a todos contra la pareed.

Iba recordando también las masacres sin nombre y sin culpables que EE UU había cometido en Centroamérica y en el Caribe, y que cuando yo era apenas liceista odiaba al Pentágono y al centro financiero de Nueva York, donde unos truhanes saqueaban y esquilmaban a Latinoamericana, en nombre del desarrollo, del progreso y de la libertad política y económica. Y que esos fueron los símbolos que si vinieron abajo el martes 4 de septiembre del 2001.

Esas columnas del Hércules modernas sobre la que se sostiene el gran comercio mundial. Una invasión que nunca esperaron porque se consideraban intocables: EE UU se metía con todo el mundo, sus marinos surcaron todos los mares con sus acorazados, lanzaron bombas contra árabes y serbios, contra africanos y asiáticos, contra chinos y japoneses, y nadie les había dado de su propia medicina, y ahora la cosa cambiaba. Todo eso pensaba, pero por nada del mundo me pasaba por la cabeza que hubiesen sido los propios gringos quienes habían echado abajo las fulanas torres.

Recordé la invasión sobre Panamá donde los marines masacraron a un gentío, mataron periodistas y ellos quedaron como unos héroes. Recordé que se retiraron de la conferencia sobre el racismo en Durban. Hacía poco pasaron imágenes sobre una acusación contra Henry Kissinger por su responsabilidad en el Golpe contra Allende, y en mi mente también estaban las bombas sobre Hiroshima, Nagasaki y Hanoi.

Al gendarme del mundo le daban en la torre y era llamativo que todos los líderes occidentales se sintieran heridos, y salieran a responder como un solo hombre, todos como los alter ego del mismo Bush.

Porque EE UU siempre se ha considerado además del país más rico del mundo, también el más bueno. El país que dicta la política y los valores económicos del planeta. Hacia donde corren los que buscan el éxito americano, donde todo el mundo reza cada día: “God Bless America”, los enemigos a sueldo y naturales del Gran Satanás, ese Satanás que está en Oriente Próximo.

El americano medio nunca entenderá por qué más de medio planeta los odia; nunca entenderá que la política de sus líderes viven sembrando vientos de odio en el mundo, y que eso es lo que cosechan: Tempestades.

El gringo sólo ve las cosas en blanco y negro.

Que nada saben de lo que pasa más allá del Río Bravo.

Todo eso lo pensaba viendo esos cuatro supuestos aviones controlados por árabes que ahora sabemos ni pasajeros llevaban; pensaba en los millares de bombas made in USA que crearon infiernos superiores en muchas partes del mundo, diciendo que lo hacían en nombre de la civilización.

Porque cuando el bloqueo que impusieron sobre Irak, mediante el cual mataron más de medio millón de niños, para ellos estaba perfectamente justificado porque lo hacían en nombre de la democracia mundial.    

Si de terrorismo se trata, ¿quiénes han sido en el mundo los más grandes terroristas, que no matan por docenas sino por centenares de miles?

Y la Constitución Norteamericana habla de que hay que creer en Verdades Evidentes, y no son capaces de entender ni de ver las inmensas diferencias que existen entre países ricos y países pobres.

Estaban recreando otro Pearl Harbour. Hacían la pantomima de aparecer como un Goliat herido de muerte que echaba manotones sin saber con quién pagarla.

Como si le hubiesen dado donde más le dolía: En el dólar, en el bolsillo.

Un supuesto golpe descomunal que había puesto a boquear a los más ricos, con las bolsas poderosa del mundo temblando, porque como admitía Tony Blair, el ataque no había sido contra EE UU sino contra la civilización Occidental.

Sin una nave aérea en el espacio del país más poderoso del mundo, con la Bolsa cerrada; con un Presidente supuestamente asustado y escondiéndose de fantasmas por todas partes que no lo querían llevar a Washington.

Un supuesto frenesí de angustias apoderándose de los que se creían invulnerables, con los magníficos símbolos del poderío económico y militar, el World Trade Centre y el Pentágono en llamas, convertidos en escombros.

Pero detrás de todo eso emergiendo los planes para continuar sus guerras ultradigitalizadas con el fin de no perder un solo soldado en batalla, levantando un mar de lava infernal sobre este mundo descoyuntado.

Prometiendo emprender la cacería más terrible contra los culpables.

¿Y cómo cazarlos con más guerras ajenas a su territorio?

Pues bien inventando la guerra contra el terrorismo en el mundo: Y Chávez se encontraba entre esos objetivos.

Una guerra con sus propias armas facilitadas por las dos líneas aéreas más poderosas del mundo. Bush haciéndose el herido estaba ahora echando mano del Viejo Testamento, imitando a los judíos: Ojo por Ojo.

Y el objetivo era plantear una guerra no tuviera fin.

Uno de los primeros actos terrorista lo implantó Gran Bretaña con el negocio de la esclavitud, que luego fue abolida porque resultaba más cara que pagar directamente la mano de obra.

Y luego vino el colonialismo, la madre de todos los actos terroristas del mundo.

EE UU y Gran Bretaña vienen derribando torres de miserables desde hace dos siglos, no con aviones, claro, pero sí con sus monstruosas imposiciones.

Cuando estos imperios se dieron cuenta de que era también muy caro sostener las colonias, les dieron la independencia para luego en nombre de la libertad robarlas mejor.

Hoy la guerra no tiene derecho de gentes, ni respeta tratados internacionales.- Después de la Guerra Fría, EE UU desnaturalizó a las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad por su negativa a acatar la jurisdicción extraterritorial del Tribunal Penal Internacional, y su reanudación de la guerra bacteriológica.

De modo que inventaban que le habían dado de su propia medicina, porque todo el orden internacional se había vuelto fáctico, y seguíamos en tiempo de venganza despiadadas, aplicando, ya ciegos y desdentados, la máxima del Antiguo Testamento: Ojo por ojo, diente por diente, el negocio bestial de la muerte, que le encanta tanto a los imperios. Nueve años de maldición, fuego, mutilaciones, cárceles horribles, y el mundo totalmente patas arriba.

(ENSARTAOS.COM.VE)

jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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