El riesgo calculado de la Revolución

Aunque suene extremo, olvidando lo original y la necesidad de los cambios, cualquier proceso revolucionario que acabe por institucionalizarse produce su propia muerte histórica. Es lo que ha sucedido comúnmente en la historia con algunas experiencias revolucionarias que representaron un hito importante en la evolución de los pueblos del mundo, pero que -producto de la ortodoxia y la miopía política, además del deseo antisocial de perpetuarse en el poder, de sus principales dirigentes- devinieron en algo similar al sistema de cosas aparentemente liquidado, con sus mismos vicios y relaciones de dominación, así se estuviera hablando insistentemente en su contra y a favor de la revolución.

Por eso es muy importante anticipar la posibilidad que las fuerzas reaccionarias y conservadoras puedan -en cualquier momento y bajo cualquier mecanismo, legal o ilegal, pacífico o violento- recuperar el espacio perdido, restaurando su viejo dominio, para lo cual debe existir una fuerte convicción revolucionaria que haga permanente el desmontaje de las estructuras políticas, sociales, culturales, militares y económicas del sistema capitalista, considerando que el mismo ejerce una gran atracción aún en un grueso porcentaje de la población, producto de la ideología dominante y el bombardeo publicitario diario que le crea necesidades artificiales y superfluas. Esto obliga a emprender y a sostener una campaña desideologizadora, abierta al debate y a la crítica creadora, pues sería más efectiva -para los propósitos de una verdadera revolución socialista- que el conjunto de leyes propuesto y aprobado por cualquier gobierno o Estado que se proclame revolucionario. Tal como lo reseña Istvan Mészaros en su obra El desafío y la carga del tiempo histórico: “la verdad es y seguirá siendo, en cierto sentido, necesariamente “prematura”, hasta que haya un cambio radical en la relación de fuerzas general a favor de la alternativa hegemónica del trabajo en contra del capital. Ese tipo de cambio no significa simplemente un viraje temporal en la relación de fuerzas prevaleciente -que puede ser socavada y revertida por fuerzas y tendencias restauradoras- sino una transformación de largo alcance y fortalecida/consolidada, sustentable (al menos como principio) sobre una base permanente. Lograrlo implica una estrategia coherente que vaya más allá del capital, en contraste con la insuficiencia de la “negación del capitalismo” o el “derrocamiento del Estado capitalista”. En ausencia de dicha estrategia sostenida, cuyo objetivo sea erradicar al capital del proceso metabólico social con carácter irreversible, la restauración capitalista, con sus consecuencias desastrosas -como lo dejó muy en claro la era de Gorbachov- tan sólo es mera cuestión de tiempo”.

Esto sería válido, sobre todo, en los países cuyos recursos naturales y potencialidades económicas les facilitarían acceder al sistema capitalista mundial, adoptando o, mejor dicho, conservando los mismos patrones, algo que ya se viviera en la extinta URSS, donde perduraron las relaciones capitalistas en nombre del socialismo. Además, habría que tomar en cuenta el hecho que no existe -todavía- un sistema económico socialista con sus propias leyes, por lo que -en la transición hacia el socialismo- se seguirá utilizando, por un tiempo que no debe prolongarse demasiado, las herencias del capitalismo, pero sin descuidar el propósito central de erradicarlo y de sustituirlo por uno más justo, igualitario y humanista: el socialismo. Quizás durante esta transición sea ineludible la coexistencia con el capitalismo, cuya extensión será determinada por el nivel de conciencia, movilización y organización revolucionaria de los sectores populares, y por el compromiso y la visión de la vanguardia para concretar dicho propósito. Es un riesgo calculado que debe asumirse, evitando las concesiones respecto a la tarea histórica a cumplir por todo revolucionario auténtico: transformar raigalmente la sociedad mediante el socialismo.-


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Homar Garcés


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