El socialismo y Dios

Definitivamente, la religión es un problema que va mucho más allá de los rasgos esenciales del socialismo, y que sólo cuando la humanidad sea realmente culta sentará las bases para el rompimiento con toda superstición, mito, dogma y hechizos milagrosos aun cuando le de la mayor libertad posible a la imaginación como fuente de inspiración para las artes. Por algo Lenin dijo que la Religión es el reflejo “... anormal, fantástico, en la cabeza de los hombres, de las fuerzas naturales y sociales que los dominan ”, de lo cual deducía que sólo satisfaciendo todas las necesidades materiales fundamentales del ser humano, éste podía adquirir ese nivel de conocimientos científicos que lo apartará, para siempre, de toda creencia sobrenatural.

Engels dijo que la Ilustración preparó las cabezas para la revolución burguesa francesa y entre sus combates estuvo el chocar, de manera abierta pero no definitiva, con la religión. Esta supo colgarse del cuello de Descartes (tres cuartas partes materialista y una cuarta idealista) para adaptarse a las exigencias de cambios que requería la revolución que llevaba en su entraña el capitalismo.

Robespierre, ya casi derrotado luego de haber sido el dirigente más importante de la revolución burguesa francesa, quiso inventar un nuevo Dios para tratar de salvarse y conservar supremacía del ideal que representaba. La burguesía ya tenía su Dios material supremo que no permitía interferencia de cualquier otro Dios religioso o ideológico. El dinero, el dinero, en manos de la sagrada propiedad privada tenía las armas de todo género a su favor. Robespierre, sencillamente, fracasó y concluyó su vida en la guillotina, por la cual él había echo rodar centenares de cabezas de opositores acérrimos y hasta de otros sin justificación alguna.

El escritor y revolucionario Máximo Gorki también quiso inventar un nuevo Dios para ponerlo al servicio de la revolución. Eso le costó muchas críticas de Lenin, quien lo admiraba como literato pero le rechazaba todas esas ideas que se abrazaban al escolasticismo que sustentan su fundamento en poderes del más allá, lejanos a la verdadera realidad en que se desenvuelven las sociedades y en las que el proletariado debe hacer su revolución. Algunas décadas antes el célebre filósofo materialista Feuerbach pretendió, inspirado en el amor como la fuerza motriz de una revolución o transformación económico-social, perfeccionar a la religión y resguardarla de malos avisos y desvaríos de supersticiones extremas. Eso le valió duras críticas provenientes de Marx y Engels.

En 70 años de revolución rusa, con sus grandes aciertos en los primeros años y desaciertos en los posteriores en materia ideológica –por ejemplo-, no fueron suficientes para reducir la militancia o activismo religioso sino, por el contrario, se incrementó la creencia en la doctrina ajustada a la revelación y decisiones oficiales de la Iglesia. Lenin, en sus años que ejerció la presidencia del Consejo de Comisarios del Pueblo, no aceptaba que cualquier funcionario del Estado o dirigente del partido bolchevique o comunista se ocupara de combatir las creencias religiosas, porque en vez de hacer un bien consolidaban un mal a la revolución. Y si Lenin razonaba o actuaba de esa manera no era por negarle absolutamente a nadie su derecho a las libertades de pensamiento, juicio y de expresión, sino por el cuidado que debe tenerse con una materia tan delicada y no llegase a maltratarse, confundiendo a un jerarca de la Iglesia con la masa de creyentes, a una institución influyente y poderosa en la conciencia de las masas. Sólo en la fase comunista propiamente dicha se darán integralmente las condiciones para que toda la humanidad adulta sea culta desde los pies hasta la cabeza.

Hace poco, por razón urgente de salud, me tocó trasladarme a un CDI, donde todo el personal profesional y técnico, es cubano. La especialista que hace los estudios del departamento en que me enviaron debe tener, aproximadamente, entre cuarenta y cuarenta y cinco años de edad; es decir, nació en la revolución, se desarrolló y fue formada y educada en los postulados de la revolución que pregona el socialismo para suplantar de manera definitiva al capitalismo. Mientras ella hacía los preparativos para el estudio sostuvimos un corto y ameno diálogo. Sin duda alguna, una cubana de buen hablar, de trato muy cordial, comprometida con una admirable vocación de servicio al prójimo y, además, bastante atractiva y que es lo de menos.

Lo cierto es que en una parte de la conversación, no recuerdo por cuál motivo o razón, me dijo más o menos lo siguiente: “Todo depende de Dios, es él quien tiene la última palabra del destino de las personas. Creer en Dios es la primera razón del ser humano”. Y qué me dice de Fidel, le pregunté. Me respondió de esta manera: “Fidel es grande para nosotros los cubanos y las cubanas; a él debemos mucho de lo que tenemos, de lo que somos y de lo que seremos en el futuro, pero, entienda usted, Fidel es local, es para Cuba, pero Dios es universal y no tienen comparación sus poderes”. Recordé, inmediatamente, que en 1988 una anciana cubana, en respuesta a una pregunta que le hice del por qué siendo religiosa o creyente en Dios creía en Fidel, me había respondido: “Hay mijo: Dios en el Cielo y Fidel en la Tierra. No hay contradicción entre ellos”.

Entonces uno tiene que ir a la siguiente conclusión: la revolución cubana tiene ya de existencia medio siglo; unos cuarenta y cinco años en que Fidel y la dirigencia cubana le han hablado y escrito al pueblo de socialismo y, casi al mismo tiempo, de marxismo, lo cual a primera vista nos haría creer que todas las generaciones que nacieron y se formaron en la revolución deberían ser marxistas y, por consiguiente, no profesar ninguna religión. Pero se sabe que la revolución cubana se ha visto, en esos cincuenta años, enfrentada a rigores difíciles y complejos porque, entre otras cosas, el imperialismo ha tratado por todos los medios posibles de derrocarla y que Cuba vuelva a los andares de una nación subdesarrollada satélite de Estados Unidos. La isla jamás ha gozado de recursos naturales propios para enfrentar las crisis alimentadas por el imperialismo, pero ha contado con un pueblo dispuesto a todos los sacrificios para no dejarse derrumbar ni despojar lo que se ha determinado como destino como también, es justo reconocerlo contó y aún cuenta con la solidaridad de varios Estados que sienten simpatía por la revolución cubana.

La otra conclusión importante, como guía para el pensamiento y la acción de una revolución, es que si algún combate requiere de paciencia, de extremo cuidado en las palabras, de muchos elementos científicos, de comprensión a las inquietudes, de diálogos permanentes sin condicionamientos radicales, de mucha perseverancia en la formación integral de la persona, de solidaridad sincera y verdaderamente revolucionaria es, sin duda alguna, el que debe materializarse con toda religión que vea en la revolución proletaria o socialista a un enemigo diabólico que quiere cortarle la cabeza, las manos, los pies y chuparle la sangre sin darle ningún derecho al pataleo. Eso no significa, de ninguna manera, que una revolución permita y sea indiferente a las conspiraciones que vengan de donde vengan traten de derrocarla por la vía de la violencia social.



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Freddy Yépez


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