El problema Chávez-FARC: Los caminos de la revolución en nuestra América

Hay quienes han pretendido tomar las diferencias generadas por la reciente posición del comandante Chávez respecto a las FARC y al conflicto armado en Colombia, para reducirla al tema “vía armada” vs. “vía pacífica”, camino violento vs. camino electoral; obvio, por supuesto, el interés en reeditar el simplismo aquel que tanto contribuyó a la división de las izquierdas en los años ´60 y ´70 del pasado siglo XX.

Y no se trata de eso. Ni tampoco, en mi caso y en el de mucho(as) otros(as), este ha sido el eje conceptual de las objeciones hechas a la actual posición del comandante Chávez.

Ruptura de esa trampa mental.

Hace ya mucho tiempo que no pocos dirigentes y militantes de la izquierda latino- caribeña nos zafamos de esa trampa mental.

Años antes de que el camarada Jorge Schafik Handal escribiera el artículo titulado: “El Debate de la Izquierda en América Latina”, que ahora se esgrime fuera de contexto, y en el que se analizan básicamente las diferentes conductas de las izquierdas del continente respecto al tema de la participación electoral y de los posicionamientos dentro del sistema dominante, se desplegó un gran esfuerzo para aclarar ciertas confusiones, insistiendo en la necesidad de diferenciar y precisar los vínculos entre:

* La vía de la revolución y la vía e la toma del poder.
* Gobierno y poder.
* Reformas y revolución.



También se insistió en todo lo relativo a las formas y métodos de lucha, a las condiciones para su desarrollo, a su relación con el sujeto o los sujetos sociales de la revolución, a su eventual combinación y despliegue, a su desarrollo desigual por países y al valor de la creatividad popular en todo esto.

Igual en esas reflexiones ocupó entonces un lugar importante el tema de la violencia, sus formas y expresiones, sus modalidades y vertientes.

Recuerdo todo lo que contribuyó al esclarecimiento de estos temas la experiencia vietnamita, especialmente la creatividad, la firmeza estratégica y la flexibilidad táctica en su conducción revolucionaria; que a su vez impregnaron la teorización y el aprendizaje de las enseñanzas de su proceso liberador.

Ayudó mucho, además, el examen crítico y auto-crítico de las experiencias de la lucha armada y no armada, de lucha política y social, de lucha electoral y no electoral, de las acciones violentas y no violentas, así como la emergencia de nuevos actores sociales y nuevas modalidades de lucha en nuestra América.

De todo ese esfuerzo me siento parte inseparable.

Nuevas reflexiones sobre la revolución necesaria.

Por esos vericuetos de la reflexión y del pensamiento fuimos arribando a una visión mucho más integral, abarcadora y profunda; tomando siempre como eje irrenunciable la necesidad de la revolución, en tanto cambio radical en la hegemonía de clase, de género, ideológica, cultural…; cambio de los sujetos sociales en materia de poder y no solo de poder estatal: nuevo poder en cuanto Estado y en cuanto a sociedad, en cuanto a las relaciones de propiedad y a las relaciones del Estado, partidos y movimientos sociales, al sistema jurídico político, a la participación y decisión democrática, a la institucionalidad, a las bases constitucionales del sistema y al proyecto estratégico del “no poder” y de la sociedad sin Estado.

Así fueron fluyendo las ideas (volviendo a Marx, a Engels, a Lenin, a Gramsci, a Mariategui, al Che, a Trosky, a Rosa Luxemburgo…; recuperando las cosmovisiones indígenas y el feminismo revolucionario) y los nuevos aportes sobre el tema de poder; enriqueciéndolo todo desde las experiencias vividas y sufridas, capaces de nutrir una estrategia de creación y de ruptura destinada a dar al traste con el viejo orden y a construir el nuevo poder transitorio y la nueva sociedad.

Y de esta manera de pensar resultó necesario valorar que no era equivalente la vía de la revolución a la vía de la toma del poder central del Estado, ni tampoco eran cosas iguales hablar de vía de la revolución o de la vía de la toma del poder y de las vías de aproximación a esos objetivos.

Y dentro de esta lógica fue necesario entender que el poder no simplemente se “toma”, sino que se crea, se construye, se desarrolla, y también se toma con la participación y decisión del pueblo; concebido fundamentalmente como hegemonía, como autoridad bien ganada, como influencia político-cultural decisiva en el tejido social y en las nuevas instituciones, como proyecto transformador de la sociedad, como poder popular. No como simple control del Estado y si como transición a asociación de seres humanos absolutamente libres.

Vía de la revolución, vías de la toma del poder, vías de aproximación y formas de lucha.

La vía de la revolución en nuestras sociedades capitalistas-neoliberales y dependientes, es realmente la suma, combinación, articulación y sucesión de formas y métodos de lucha que posibiliten en un cierto periodo histórico el cambio revolucionario y la construcción y preeminencia del nuevo poder hacia una nueva sociedad socialista.

Y me refiero a los medios pacíficos y a los violentos, a los armados y no armados, a los institucionales y a los extra-institucionales, a los electorales y no electorales, a los que se circunscriben a la batalla de las ideas y a los que incursionan en el campo de lo militar.

En gran medida la variedad de métodos y formas de lucha empleados por los sustentadores y beneficiarios del orden dominante, determina la necesidad de la variedad y la integralidad de ellos en el camino hacia la liberación y la revolución. Siempre ha sido así históricamente.

Ni le receta rígida, ni la exclusión de métodos y formas de lucha –mucho menos la unilateralidad en su empleo- pueden conducir a procesos exitosos.

La vía de la toma del poder central del Estado está determinada por las formas y métodos que predominen para producir la ruptura, reemplazo y superación del viejo Estado y de sus instituciones, lo que incluye su poderoso aparato militar al servicio de la clase dominante (ya sea en su expresión dentro del territorio nacional o como invasión, ocupación e intervención de las fuerzas armadas imperialistas)

Y la vida nos indica que tampoco en este aspecto hay dogmas, aunque si es claro que se precisa contar con una acumulación no solo política, social y cultural; sino también militar; capaz de vencer la resistencia violenta del viejo orden, así como contrarrestar, con o sin confrontación sangrienta, todo el despliegue de fuerza militar dirigido a impedir la transformación revolucionaria planteada.

Las “vías de aproximación” a la revolución y a la toma del poder central de Estado, son en realidad sumamente variadas y previas al desplazamiento total del poder de la clase gobernante dominante.

Ellas incluyen de manera sobresaliente las demandas económicas, sociales, políticas y culturales y las formas y métodos de lucha aglutinadoras de los sujetos del cambio, movilizadoras del pueblo, confrontadoras con los actores políticos y sociales gubernamentales, propiciadoras de cambios sustanciales en las correlaciones de fuerzas.

En unos casos, es la lucha anti-dictatorial o anti-despótica y la movilización contra sus protagonistas.

En otros, las movilizaciones y rebeldías sociales contra las políticas empobrecedoras, contra sus ejecutores y beneficiarios.

En algunas situaciones pueden hacer de detonantes las sublevaciones militares o cívico-militares por objetivos muy sentidos por el pueblo.

En otras, el factor dinámico puede ser una gran fuerza electoral capaz de vencer los partidos de la oligarquía, la partidocracia tradicional.

A veces se suceden una y otras produciendo efectos variados de acumulación y aproximación a cambios más trascendentes.

Una victoria electoral, sobre todo si es protagonizada por una fuerza política transformadora, puede ser una vía de aproximación efectiva a la revolución o a reformas profundas que la faciliten; siempre que logre poder en todos los órdenes.

Otras formas no institucionales de conquista del gobierno -que no es sinónimo de conquista del poder (aunque resultan palancas importantes, pero no decisivas)- pueden también servir de vías de aproximación a los cambios propuestos.

Los procesos pueden ser muy variados, y hasta inéditos; aunque ciertamente en determinados periodos a nivel continental pueden darse, en un buen número de países, situaciones parecidas con caminos parecidos. Nunca, claro esta, uniforme. Nunca excluyente de diversidades y hasta de situaciones realmente díscolas o fuera de serie.

Algo clave es no contraponer métodos, formas de lucha, vías de aproximación y variante en la ruptura del viejo poder y la construcción de la nueva institucionalidad.

No se trata por tanto de clausurar uno u otro camino, una u otra modalidad de lucha.

Lo que ayer fue posible, hoy puede no serlo. Pero mañana bien podría volver a tener vigencia. Un paso puede servir y hacer posible el otro.

No hay que ponerle camisa de fuerza a los procesos en materia de formas de acción, métodos de lucha y expresiones por el cambio. Más cuando ellos, ellas, brotan de realidades, actores, tendencias y procesos concretos.

La misión del revolucionario(a) es impulsarlo, articularlo, politizarlo, darle conducción y sentido de poder transformador.

Experiencias que ilustran.

En una fase de predominio de procesos violentos, Salvador Allende y la Unidad Popular lograron acceder al gobierno por la “vía pacífica”, a través de un proceso electoral.

No se trató, claro estaba, de un nuevo poder.

Lo fallido en ese caso no fue alcanzar esa victoria, sino la incapacidad para defenderla y avanzar; la incapacidad política y militar para responder a la violencia y al poder militar de los enemigos de ese proceso. Las limitaciones para producir el paso de ser gobierno al poder real del pueblo.

Desafíos similares pueden plantearse, por ejemplo, en procesos actuales como el boliviano y el ecuatoriano, sobre todo si no se mediatizan y asumen con firmeza el camino de profundizar las reformas en dirección a la revolución.

No parece lógico desde una óptica revolucionaria objetar esos avances logrados por vía electoral, como cualquier otro triunfo electoral de carácter progresista, avanzado, inspirado en la idea de avanzar hacia un proceso revolucionario.

Eso no es lo que está en cuestión.

Lo que se discute es si ese logro basta o no basta, si se debe detener la marcha en ese contexto institucional, si se debe o no ir más lejos, si en caso de pretender avanzar hacia el poder y hacia las transformaciones estructurales, se deben o no ignorar las respuestas necesarias a las consabidas resistencias que eso entraña, si se debe o no ceder frente a las reacciones de bloqueos diversos, con variados grados de violencia, de parte de la reacción oligárquica-imperialista.

Si de antemano se debe desistir de la contrapartida revolucionaria y de la respuesta también violenta desde el pueblo en caso de esas obstrucciones reaccionarias.

Si se debe proceder de manera tal que el monopolio de las armas sea eternamente de las derechas y del imperialismo.

Lo que se cuestiona es si hay que declarar definitivamente clausurada la vía violenta, las guerras de guerrillas, las insurrecciones populares armadas, los levantamientos cívico-militares, los contragolpes revolucionarios, las guerras patriótica contra los invasores, las guerras de todo el pueblo, las guerras asimétricas…Más cuando no estamos frente a oligarquías, derechas políticas e imperialismos con vocación precisamente pacifista.

Lo que se cuestiona, aun con mayor fuerza, es que anticipadamente lideres que actuaron a nombre de las izquierdas de sus respectivos países y que ganaron elecciones con esas banderas- casos específicos como el de Lula y Tabaré Vásquez- anticipadamente resignen, por esos riesgos, la necesidad de cambios profundos, y se limiten a paliar algunos males, a hacer reformas intrascendentes, a ceder frente a las contrarreformas neoliberales, a contemporizar en vertientes importantes de la dominación oligárquica-imperialista, a moverse parcial y limitadamente con cierta independencia en la política exterior y a plegarse en otros aspectos significativos, a administrar y moderar inteligentemente el modelo neoliberal.

Y no menciono los casos de Chile y Argentina porque no son propiamente opciones asumidas como izquierdas, si no salidas parcialmente moderadas y progresistas de una derecha inteligente y no totalmente sumisa.

La experiencia del proceso hacia la revolución en Venezuela ha sido diferente.

La violenta masacre militar a raíz del “Caracazo”, rompió en Venezuela la quietud del dominio de la partidocracia, de la oligarquía y las transnacionales y generó como contrapartida del levantamiento militar del MRB-200 encabezado por Chávez.

Se trató de una especie de insurrección militar impactante. Un acto de rebeldía armada, nada pacífico, que posibilitó una original acumulación de poder militar, garantía posterior de todas las victorias y transformaciones en paz; paz precaria, amenazada, asechada, no solo por el golpismo violento, sino por los proyectos de intervenciones militares gringas.

Si vemos las revoluciones como procesos, ni tan pacífico ha sido el proceso que ha tenido lugar en la Venezuela bolivariana de los últimos años. Su esencia, pese al peso de la vía electoral después del levantamiento militar de principio de los 90, no es el simple civilismo sino la alianza pueblo-fuerzas armadas. Y se trata, además, de un proceso inconcluso y todavía cargado de las incertidumbres que pueden generar planes funestos del imperialismo, peores que las sediciones anteriores y el golpe derrotado. Un proceso constantemente amenazado por la violencia contrarrevolucionaria.

Revolución pacífica pero armada, dice Chávez. Por lo que desde ella no es correcto negar persé la pertinencia de la vía armada, sobre todo cuando la actual dirección revolucionaria venezolana -la misma que cara a las FARC-EP considera “fuera de moda” y “de orden” la lucha armada- se ve precisada a diseñar un proyecto de guerra asimétrica, de guerra de todo el pueblo, frente a las claras intenciones de guerra e intervención del imperialismo estadounidense y del “sub-imperialismo” colombiano.

Cuba tuvo que hacer dos años de revolución armada para vivir 50 años de paz, independencia y conquistas sociales trascendentes, pero nunca jamás ha desistido volver a la vía armada frente a la posible ejecución de los designios violentos de la contrarrevolución imperial. Por el contrario, su determinación ha llegado hasta el punto de darle cuerpo, como medio de autodefensa de masas, a la tesis de la guerra de todo el pueblo de inspiración vietnamita.

Y por eso en la Cuba actual está planteada la posibilidad, sin grandes sobresaltos (como es deseable), de un relevo generacional y un cambio hacia un modelo preferiblemente de orientación socialista, mas participativo y eficiente.

En Colombia: menos aun.

En Colombia existe una especie de engendro macabro en términos de Estado y de poder. Es la nota más discordante a escala continental.

Un Estado narco-paramilitar, terrorista, feroz.

Un gobierno sintonizado con la lógica guerrerista de los halcones de Washington.

Una dominación violenta, fascistoide, corrupta, asquerosa, criminal, en todos planos y vertientes.

Un país con grados elevados de presencia militar estadounidense y arrastrado a jugar un papel puntero en los planes de agresión estadounidenses y de conquista militar de la Amazonía; así como en los programas contrarrevolucionarios contra Venezuela y Ecuador.

No hay que repetir aquí los datos que prueban su vocación persistente por el genocidio y las masacres.

Esto dura ya 60 años y cada día ese poder se torna más violento y empobrecedor, más excluyente y saqueador. La era neoliberal y el poder de los halcones allí lo potencia todo en el peor de los sentidos.

La insurgencia, las FARC, el ELN, los movimientos radicales han sido una necesaria contrapartida; independientemente de cualquier error cometido en su largo y heroico batallar.

Se trata, por demás, de un importantísimo acumulado político-militar no solo para enfrentar lo que está cruel realidad depara, sino además lo que viene, que todo indica será peor.

Me refiero a lo que viene en Colombia dentro de la escalada militarista, guerrerista e intervencionista del Pentágono-USA, y a lo que puede venir en esa región, apuntando con fuerza contra los procesos avanzados de Venezuela, Ecuador y Bolivia; apuntando hacia la conquista militar de la Amazonia por EEUU y sus socios y hacia la revocación de los avances políticos en la región.


En tales condiciones, pensar en el camino armado, en la resistencia popular-militar, en la insurgencia armada de los pueblos, es una necesidad; sin desmedro de otras formas de lucha, de una combinación de métodos de lucha y movimientos políticos y sociales alternativos.

Salta a la vista lo infundado e inconsistente que es afirmar, así las cosas, que la lucha armada “pasó de moda”, o se quedó en la historia, o que en el caso de Colombia es una “excusa” para agredir a otros.

Sugerirle a las FARC que libere sus prisioneros y rehenes a cambio de nada (y este no es el aspecto más lesivo, aunque si injusto y difícil de implementar con seguridad), que se desmovilice y acceda a la vida pública y legal en el contexto de un Estado con las características descritas y en una situación como la que preside Uribe en Colombia, es como pedirle que lo arriesgue todo y se exponga al exterminio, que liquide de sopetón al patrimonio político-militar construido en décadas de sacrificios y pase a ser víctima de seguras retaliaciones sin posibilidad de responder.

Aceptar ahora esa sugerencia, o decidirlo por cuenta propia en cualquier otra oportunidad, es sencillamente suicida, porque es un paso hacia un abismo mortal. Una especie fosa común que los “garantes” propuestos, algunos de ellos tremendos cabrones denunciados por el propio Chávez, no podrán tapar y que los halcones de Washington y el pérfido uribismo tienen bien diseñada para las FARC.

Esto equivale a disolver a cambio de nada, o de muy poco, el único ejército popular antiimperialista, pro-socialista, de Colombia y de la región. Y digo el único, por que esa misma receta es válida también para el ELN que es el otro componente de ese ejército y de la contrapartida popular militar.

Más allá de Colombia.

Pero tampoco es correcto decretar la clausura de la vía armada a escala continental con los nubarrones de guerra e intervención gringa que se ciernen sobre nuestros países y especialmente en esa zona de Suramérica.

La creciente y perfeccionada cadena de bases militares estadounidenses no es para jugar fútbol o pelota.

Tampoco lo es la activación de la IV Flota del Army.

Ni las operaciones “Nuevos Horizontes” o “Confraternidad con las Américas”

Nada de eso.

Cierto que en tiempos recientes, auque precedidas y/o combinadas con otras formas de lucha, los mayores avances políticos se han dado a través de elecciones.

Pero cierto también es que esto tiene límites y fragilidades más que evidentes, puesto que las amenazas de desestabilizaciones violentas y no violentas, de conspiraciones internas y de intervenciones y guerras imperialistas, son más que reales; puesto que se trata, en algunos casos de procesos que se proponen tareas superiores a la contemporización con el status quo.

Por eso, no le veo el sentido revolucionario a los pronunciamientos y/o iniciativas basadas en la negación, cara al presente y al futuro, de la validez del recurso de las insurgencias armadas y en una propuesta de desmovilización de lo que en ese orden se ha podido acumular, ya sea en Colombia (FARC Y ELN), en México (EZLN y otros movimientos políticos militares), o en cualquier otro país del continente o del mundo.

Visto este panorama continental y sus perspectivas, la insurgencia armada, la resistencia popular armada, la alianza pueblo y militares patriotas, podrían tornarse cada vez más necesarias en no pocos casos y a escala de Patria Grande. ¡Y en la situación colombiana ni hablar!

Esto es así independientemente de los resultados de las elecciones estadounidenses, dado que el poder permanente, el complejo militar industrial, las corporaciones transnacionales, la claque militar reaccionaria, la CIA y el sistema de inteligencia, el sionismo y su poder interno real, los petroleros y contratistas vinculados a la guerra, tienen en EEUU más poder decisorio que cualquier presidente, ya liberal, ya conservador.

Barak Obama, que ha tenido la posibilidad de despertar y captar sentimientos anti-guerreristas y pro-paz y de generar ilusiones posiblemente más allá de sus límites y compromisos sistémicos soterrados, además de una posibilidad todavía incierta, deberá demostrar si está dispuesto más allá del discurso a desmontar la tesis de las guerras preventivas y a dejar sin efecto el programa de guerra global. ¡Y en el mejor de los casos habrá que ver si los dueños de ese gran poder se lo van a permitir!

Obsérvese además, como una vez electo candidato, el propio Obama hizo gala de pro-sionismo ante los representantes del gran capital judío, hasta niveles cuasi repulsivos, lo que indica propensión a ceder ante los poderes fácticos.

Ese tema debería seguirse con mucha atención, pero también con mucha prudencia. Con disposición a aprovechar los respiros temporales y las distensiones efímeras que ocasione, así como las contradicciones secundarias que pueda generar. Sin desbocamientos, sin cálculos falsos en cuanto a cambios esenciales en un poder, en un “establecimiento” y en una línea hegemónica bipartidista, que para ser superados precisarán de una gran crisis política y de una gran conmoción todavía en gestación, pese a todos los factores de decadencia exhibidos hoy por ese imperio.

No esperemos, aun en el mejor de los casos, de ese fenómeno electoral, cambios sustanciales en la política de EEUU, ni tolerancia o neutralidad respecto a los procesos hacia la nueva independencia, la nueva democracia y el socialismo participativo en nuestra América; salvo en los casos en que realmente se le conceda renunciar de hecho a esos valores y mediatizar y tranzar los procesos más avanzados como el de Cuba, Venezuela, Ecuador Bolivia…Y eso solo equivale a tolerar lo que ellos desean tolerar: lo que no afecta ni su hegemonía ni su estrategia de dominación imperial.

Esa lógica imperial explica el por qué, incluso en pleno gobierno de los peores halcones, el tratamiento a Chávez ha sido uno y el tratamiento a Lulá y a Tabaré Vásquez, otro.

De todas maneras, no parece acertado aplaudir las opiniones que propugnan por empeñar la necesidad de profundización de los cambios en marcha y las posibilidades de nuevos avances en países amenazados de crisis de gobernabilidad y de poder, en aras de algo que todavía está por concretarse y que en tal caso solo puede conducir a un pacto perjudicial al proceso de autodeterminación de nuestros pueblos y naciones.


Y lo digo así, porque siento que se está gestando un clima (promovido por los sectores más blandos de esta oleada de cambios), bastante favorable a replegar banderas y dinámicas radicales para reducir presiones; entendiendo que el cambio de administración en EEUU creará condiciones favorables en esa dirección y a menor precio, y considerando además que es preciso alentar esto desde ahora.

Cierto que las presiones imperiales son inmensas. Pero “quitarse presiones” abandonando ejes esenciales del nuevo proyecto revolucionario, haciendo concesiones a costa de la profundización y ampliación de los procesos, podría conducir a una incontenible mediatización, camino a la liquidación, de esta promisoria onda transformadora.

Recordemos lo que nos enseñó el querido Che: al imperialismo no lo podemos ceder “ni un tantito así”. ¡Asumamos esta sabia sentencia en homenaje a sus ochenta años de edad y a su eterna trascendencia!

En lugar de desarmarse, los movimientos populares y los procesos avanzados en marcha, deben pensar en armarse más y mejor. Y esto es válido tanto desde el punto de vista teórico-político, como desde el punto de vista militar.

En lugar de desmovilizarse, las FARC, el ELN, el EZLN, el EP y otras organizaciones insurgentes, deben pensar en armarse y fortalecerse en todas las vertientes del quehacer revolucionario. Igual los componentes y las estructuras más avanzadas dentro de las administraciones interesadas en avanzar hacia nuevas revoluciones.

El estigma contra las rebeldías armadas, promovida por la dictadura mediática estadounidense, ha logrado una gravitación bestial…Esto hace extremadamente difícil la pelea por su reivindicación, pese al rol de las armas en la gesta de Bolívar y los próceres de América y todos los episodios y gestas heroicas de nuestros pueblos.

Pero por difícil que sea, es preciso rechazar el chantaje y poner cada cosa en su lugar; más cuando se avecinan momentos en que desarmarse ideológicamente en ese aspecto podría resultar fatal.

Y si nuestras sinceras apreciaciones no convencen a los que asumen como bueno y válido el nuevo giro dado por el respetable y admirable líder de la revolución bolivariana, los invito a profundizar este trascendente debate, a seguir intercambiando ideas con respeto y altura, a debatir entre camaradas en busca de la verdad y la certeza. A esforzarnos por superar esta contradicción, por despejar la gran confusión creada y procurar un enfoque común, o por lo menos puntos de encuentros, normas de respeto y actitudes complementarias.

Al propio comandante Chávez le sugiero contribuir a crear ese clima de discusión e intercambios, promoviendo las instancias de debates necesarias y apropiadas para el caso. Debemos escucharnos, abrir nuestras mentes y corazones para que en el caso colombiano y a escala continental el imperio y las oligarquías no se salgan las suyas y no logren debilitar este difícil pero estimulante proceso hacia la nueva independencia, ahora en riego de reversión.

Y para terminar debo decir algo que me sale del alma:

Cuando leo y oigo todo lo que la mafia uribista le atribuye a las computadoras de Reyes y de Iván Ríos, cuando escucho todos esos planes para adquirir cohetes y elevar la capacidad de combate de las FARC, cuando oigo decir del traspaso de altas tecnologías militares a los movimientos subversivos, cuando leo sobre los portentosos planes de expansión de la insurgencia armada –sabiendo que no es cierto, y aun conociendo la perversidad y los fines nefastos que lleva a esos señores a verter tantas y tan grandes mentiras- desearía de todo corazón que todo eso -y mucho más- fuera absolutamente cierto y se estuviera ejecutando.

Porque en verdad-verdad, no hay nada tan desgraciado, tan fatal para la humanidad, como un imperio con tantas armas, con tan alta tecnología militar, con tanta vocación destructiva, con tanta capacidad genocida… sin la contrapartida política-militar necesaria para detener sus fechorías y derrotar sus pretensiones totalitarias.(12 de junio2008, Santo Domingo, RD)


narcisoisaconde@gmail.com


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Narciso Isa Conde


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