D de Dedo, D de Derrota, D de ...¿?

Al parecer el Buró político del PSUV y todo el equipo de Dirección Nacional de la futura Alianza Patriótica Revolucionaria tiene una urgente y delicada tarea política: liberarse de la D de Dedo y de la D de Derrota. Sorprende, que a diez años de haber impulsado una profunda batalla al calor del debate constituyente venezolano, contra las cúpulas, los cogollos y la democracia representativa de la IV República, se adolezca de una gravísima debilidad ideológica, teórica y política sobre la significación vital de la democracia participativa y protagónica, que puede conducir este proceso de cambio de derrota en derrota. Palabras más, palabras menos, sustituir Cogollo por Dedocracia no implica un avance revolucionario, es un síntoma de decadencia contra-revolucionaria. No hablemos de las técnicas de selección de candidatos de la oposición, todos sabemos lo que significan ya “acuerdos de cúpulas”, “sondeos de opinión” y “marketing político”. Sabemos las limitaciones evidentes de la democracia representativa, del elitismo democrático. Sin embargo, lo urgente, lo preocupante, es que desde la izquierda, desde la revolución, desde los que se auto-describen como poder constituyente, se sustituya la libre y democrática participación de la bases, de los de abajo, de la gente común, de los grupos sociales subalternos, de los simpatizantes, aspirantes y militantes de la revolución bolivariana, por la fe en el Dedo.

Estimados y estimados, sin pelos en la lengua, la derrota del 2-D fue la derrota del la creencia supersticiosa en la infalibilidad del Dedo. Dedo es Despotismo, eso lo afirmó aquella tesis: “la voz del pueblo es la voz de Dios”, que tenía su contexto, legitimar o no absolutismos monárquicos. Pero más allá de teologías políticas, metámonos de lleno en la propia Modernidad: la voz del Dedo no es la voz de la voluntad general, ni de las mayorías populares, ni de las clases explotadas. La voz del Dedo es la voz del Despotismo.

 

¿Revolución o Regresión? La carencia de análisis político de coyuntura, la debilidad ideológica flagrante, la naturalización cotidiana de un principio ideológico de cuño fascista, de derecha, repito y enfatizo, contra-revolucionario, que implica aceptar concentrar en una mano todo el poder, e imponer un gobierno centrado exclusivamente alrededor del principio del caudillo o del capo político, llevará a la derrota al proceso de revolución constituyente, democrática y pacífica iniciado en 1999. Fue frente al elitismo fascista, que Gramsci escribió sus líneas sobre el “príncipe moderno”. El cesarismo, el líder carismático autoritario, han sido tumbas para los procesos revolucionarios. El estalinismo fue el crudo ejemplo del Líder Despótico. Cuando el Caudillo queda identificado con el pueblo ("Era" el pueblo), y sólo él conoce y representa el interés nacional, entramos en una regresión política, intelectual y psicológica de devastadoras consecuencias. Esta sustitución del pueblo por el líder fue esencial en los regimenes despóticos: no suponía ningún procedimiento de consulta y delegación del poder. Así, la voluntad del Führer-Duce-Caudilllo se transformaba en la ley. Históricamente, el Jefe del Estado Español de 1939 a 1975, Francisco Franco, adoptó oficialmente el título de "Caudillo" así como Oliveira Salazar en Portugal. Términos equivalentes, como Führer en alemán, o Duce, en italiano, nos llevan a la derecha despótica.

El “Padre” de la revolución: Stalin,  el  “Gran Timonel” Mao fueron ejemplares de fanáticos “cultos a la personalidad” en el despotismo de izquierda. Lo común de todas figuras de liderazgo personalista era su autoritarismo, vinculándolos con los fenómenos ya elaborados teóricamente como cesarismo-bonapartismo progresivo o regresivo (ver Marx, Gramsci y Trotsky).

Alerta, alarma, preocupación solo pueden generar posiciones como las de Diosdado Cabello, Lina Ron (apologías del Dedo) y peor aún, los que callan cómplicemente, cuando en pleno calor del debate para democratizar las decisiones en la revolución, promueven una ciega obediencia al Dedo. Una cosa es el liderazgo, una cosa es el carisma, otra cosa es el caudillo, el personalismo. No saber diferenciar esto, es causa de derrota, es la diferencia entre profundizar la democracia revolucionaria, el protagonismo y la participación popular; o inclinarse por un cesarismo regresivo, por la derrota, que lleva directo a la D de Despotismo. A los cobardes de la derrota, a la izquierda arrimada a la tesis del caudillo infalible, solo le queda comenzar a atravesar el ABC del Socialismo.

¡Todo el poder para el pueblo organizado¡ ¡Democracia socialista! 

  jbiardeau@gmail.com



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Javier Biardeau R

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

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