Pecados

Según publicó el diario oficial del Vaticano "Osservatore Romano", la Iglesia Católica ha establecido siete “nuevos” pecados capitales: 1. Realizar manipulaciones genéticas. 2. Experimentar sobre seres humanos, incluidos embriones. 3. Contaminar el medio ambiente. 4. Provocar injusticia social. 5. Empobrecer. 6. Enriquecerse hasta límites obscenos a expensas del bien común. 7. Consumir drogas.

Del tercero, nadie se libra en esta sociedad consumista que presume de tal con los desechos que produce. En el cuarto cae la mayoría, en mayor o menor grado. El sexto pareciera decir: “Te puedes enriquecer a expensas del bien común; pero no presumas”. Si se examinan con detenimiento “Los Siete Nuevos Pecados Capitales” derivan de “los siete viejos pecados capitales”: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia.

La lujuria es el pecado que incluye pensamientos o deseos obsesivos o excesivos de naturaleza sexual; pero, ¿Cuál es la causa de esta “enfermedad” o “pecado”, según sea el punto de vista: científico, o religioso? ¿Se “nace lujurioso” a causa del “pecado original”, o es la misma sociedad que corrompe al ser humano? ¿De que forma se mide la obsesión o el exceso?

En una sociedad que considera válido casi cualquier procedimiento para enriquecerse, entre los que se incluye la industria de la pornografía, ¿quién realmente comete el “pecado” (delito)? ¿Quien lo estimula, o quien lo manifiesta? ¿La autoridad que lo permite? Aun sin llegar al extremo de la pornografía abierta, la mayoría de los medios de comunicación estimulan la lujuria con escenas, escritos, sonidos o canciones diseñados para captar la atención de sus usuarios. ¿Quiénes son los pecadores? ¿Sus dueños? ¿Sus integrantes? ¿Sus clientes?

La gula o glotonería es el consumo excesivo de comida y bebida de manera irracional o innecesaria. Un concepto actualizado de la gula debería incluir el consumo excesivo de cualquier producto; más aún si éste es innecesario, porque debido a ello se distraen recursos para la producción de alimentos y otros productos de primera necesidad, lo cual acarrea hambre e incrementa la pobreza en aquellos que ya la padecen.

Obviamente, lo anterior es injusticia social, la cual se acrecienta con la contaminación del medio ambiente que el consumo excesivo ocasiona; puesto que ello siempre termina afectando a quienes sufren la desigualdad social y constituye una forma de experimentación sobre los seres humanos para determinar su límite de resistencia física y sicológica.

La avaricia pareciera ser la causa de todos los males de este mundo; por ella se pretende la conquista del planeta; se sobornan personajes para que entreguen las riquezas naturales de sus países; se invaden naciones para apoderarse de sus recursos; se arrasan pueblos para que sus tierras queden en condiciones de fácil explotación por quienes se apoderan de ellas como botín de guerra. Cada vez que un funcionario recibe un soborno, se enriquece a expensas de los demás; de aquellos que debieron haber recibido un bien o servicio apropiado y no lo consiguieron.

La avaricia pervierte los valores morales, destruye la ética de quienes corrompe, y causa confusión en aquellos que contemplan atónitos tanta impunidad. Por ella, unos pocos se enriquecen obscenamente a expensas del bien común; mientras que muchos sufren las consecuencias de la contaminación de la cual es objeto el medio ambiente. Quienes no pierden sus tierras por la conquista, lo hacen por la contaminación. La injusticia social extiende su manto tétrico e incrementa la pobreza crítica.

La ira puede llevar a hombres y gobiernos a evadir los procedimientos sociales establecidos; todo ello, para satisfacer sus deseos de venganza sobre quienes se atreven a reclamar un poco de justicia social para sí, o para otros. La impotencia frente a la negativa de grupos de poder de compartir con la mayoría las riquezas que esta última contribuye a producir conduce a la aparición de grupos de lucha para la obtención armada, o política, del poder, desde el cual aspiran combatir la injusticia social y disminuir la pobreza; aunque algunas veces la avaricia los conduce a cometer las injusticias que otrora combatieran.

El reconocimiento implícito de la injusticia social que ellos mismos cometen lleva a ciertos grupos de poder a conformar bandas armadas con las cuales pretenden intimidar a quienes luchan por sus propias reivindicaciones, porque aquellos están conscientes que han acumulado riquezas que les pertenecen a quienes se las están reclamando. Este reclamo les despierta la ira, pues no entienden el por qué deben compartir riqueza y poder, si ambos les ha pertenecido por siempre.

La “cochina envidia” parece causarle más daño a quien se deja poseer por ella que a quien es el causante del sentimiento en el primero; se refiere más al querer ser como otro y no a la posesión de los bienes de quien es envidiado. Pareciera más bien un problema personal de carácter religioso, o siquiátrico. Tal vez impide que una persona alcance su pleno desarrollo por estar enfocando sus esfuerzos en parecerse a quienes desea imitar. Quizás consuma drogas para aislarse de una realidad personal incapaz de soportar. Hasta pudiera violar las leyes con la ejecución de actividades ilícitas para obtener el dinero necesario para comprar la droga que le permitirá aislarse temporalmente del objeto inalcanzable.

La soberbia, considerado el generador de los otros seis restantes Pecados Capitales, es también la causa de la mayoría de los males de esta sociedad; si una persona soberbia puede causar mal a los demás, ¿se imaginan el daño que le causa al mundo una nación soberbia presidida por un gobernante soberbio?

Es curioso que un pueblo como el estadounidense que se levantó bajo el principio cristiano protestante de que Dios compensa en este mundo terrenal al esfuerzo del hombre y su buen compartimiento, pero que también castiga aquí al malvado, pareciera no haber meditado sobre el daño irreparable que la ambición de quienes se “enriquecen hasta límites obscenos a expensas del bien común” coloquen gobernantes que promueven guerras continuamente, para incrementar sus ganancias, sin importar el daño causado a la humanidad.

Sumidos en la embriaguez que produce la abundancia interna, la cual ya no es sólo producto de su trabajo, sino de la depredación que sus gobiernos llevan a cabo en los países sometidos por la fuerza o el capital, parecen no comprender la magnitud del daño que han ocasionado, al extremo de llevar la raza humana al borde de la extinción. Todos “Los Siete Nuevos Pecados Capitales” parecen capitalizarse en esta sede del capitalismo mundial.

El hecho de que la mayor parte de su población sea protestante, no impide el reconocimiento de las faltas señaladas por la religión de la cual disienten; tampoco evitará que los afecte “el castigo divino”, que no es otro que el calentamiento global. La negativa de firmar el Protocolo de Kyoto mediante el cual se obligarían a reducir las emisiones de monóxido de carbono para disminuir el impacto del efecto invernadero ratifica que a pesar de haberse enriquecido a límites obscenos, empobreciendo a otros países y promoviendo la injusticia social con el disfraz de libertad, están dispuestos a “matar al planeta” con la contaminación –y hasta morir con él– antes que prescindir de la “lujuria del consumo” que han adoptado.

La doble moral de la sociedad estadounidense se ha manifestado una vez más al condenar al Alcalde de Nueva Cork por cometer el “pecado político” de la “lujuria pública”; sin embargo, continúan exculpando a su presidente a quien una y otra vez se le ha comprobado que además de violar repetidamente el mandamiento de “no mentir”, en una de las tantas veces que cometió perjurio, afirmó que Irak poseía armas de destrucción masiva para justificar una invasión que les permitiría apoderarse de su petróleo. La inmoralidad llegó al límite de llevarse las cámaras televisivas para que el sector enfermo de la sociedad disfrutara del espectáculo.

Sólo en este caso, cometió cuatro de los Siete Nuevos Pecados Capitales, al “contaminar el medio ambiente” con municiones radiactivas; “provocar injusticia social” al destruir tantas familias y pretender cambiar a la fuerza un sistema político; “empobrecer” al país al robarle sus recursos naturales; y permitirle a sus empresas “enriquecerse hasta límites obscenos a expensas del bien común”. ¿Cuánta sangre ha costado el insultante nivel de vida de este país invasor?

La soberbia –expresada como borrachera del poder– es la que los lleva a cometer estos “dos nuevos Pecados Capitales” que parecen ser exclusivos del capitalismo: “No realizarás manipulaciones genéticas”. “No llevarás a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones”. Los países pobres no poseen ni la tecnología dominante, ni los recursos financieros necesarios para pretender crear una nueva “superraza” que podría heredar la tierra después de un holocausto nuclear, el cual está siendo promovido por la soberbia del gobernante del país más “soberbiamente capitalista” del mundo.

Es la soberbia de su actual presidente la que clama a gritos a su Congreso para que, en su condición de amos y señores del Planeta Tierra (¡Soberbia de país!) declaren a Venezuela como paraíso terrorista y narcotraficante para “justificar” –a los ojos de la doble moral interna– una invasión que les permita apoderarse de su petróleo y garantizar un combustible barato para continuar cometiendo plácidamente los “siete viejos pecados capitales”, ahora “capitalizados” por los “siete nuevos pecados capitales”.

Es la “soberbia histórica” la que los hace llamarse “americanos”, como si el resto de naciones de este continente no existieran. Han pretendido negar nuestra histórica gesta independentista y la profecía de un hombre que vio en su símbolo (el águila) la rapiña de la cuál seríamos objeto. Dos siglos antes de que la Iglesia Católica lo advirtiera, en una frase resumió “los siete nuevos pecados capitales”: “Los Estados Unidos parecen destinados por La Providencia para plagar de miseria la América Latina”.


Cuando adoptaron su nombre y escogieron su emblema establecieron su condición depredadora futura: desconocerían la soberanía de los otros territorios independizados y se los anexarían para crear una sola nación americana. Iniciaron su práctica abierta con México y Puerto Rico y luego la extendieron encubierta al mundo entero, con el control total de los gobiernos de turno, como ocurre descaradamente con Colombia: ¡La soberbia de un país aliada con la soberbia de un grupo dominante!

La pereza no es la negación a contribuir con el esfuerzo personal al enriquecimiento obsceno de algunos pocos; ni la negativa a la realización de actividades que parecieran imprescindibles para la obtención del diario sustento; la pereza pasa de su condición religiosa a ser un problema social.

El cambio de democracia representativa a democracia participativa es un paso hacia la erradicación de la “pereza social”, porque ya el individuo no puede estar esperando que sean unos pocos los que luchen por su mejoramiento personal, sino que debe participar activamente por la obtención de su paraíso terrenal.

El Nuevo Socialismo; el Socialismo Bolivariano; el Socialismo del Siglo XXI; la Nueva Era; la Nueva Tierra, o cualquiera sea el nombre con el cual quiera designarse, es la lucha del “hombre nuevo” por librarse de las ataduras impuestas por el dogmatismo religioso –en concordancia con el poder mundial–, las cuales le impiden actuar en este “mundo terrenal” porque espera su compensación después de morir, a cambio de su “pereza social”.

Fue a la manipulación religiosa a la cual Marx atacó y llamó “el opio de los pueblos”, pues los adormecían y retrasaba la lucha social; porque no le impide a un profundo creyente en Dios, el ser socialista. Es más, a la luz de la nueva visión del mundo que la Iglesia Católica presenta –puesto que no le queda otra alternativa–, pareciera ser un llamado a “terrenalizarse” y comenzar a luchar por construir un paraíso aquí, mientras espera la llegada del “cielo prometido”.

La nueva sociedad que está naciendo no prescinde de la creencia en Dios, sino de la manipulación religiosa, pues el “nuevo hombre” está descubriendo que no necesita de intermediarios para acercarse a Él, como le han hecho creer en los dos últimos milenios. Su templo es su entorno social; su calvario, su lucha por la supervivencia; su cielo, la satisfacción de una vida terrenal digna.

Si bien el Comunismo sostiene que el Socialismo es su fase previa, en este siglo lo será para una sociedad libre de dogmatismos religiosos, en los cuales cayó este sistema sociopolítico; también lo será de dogmatismos políticos, como los asumieron los grupos de poder religiosos, en contra del primero, porque era la posible pérdida del control social lo que estaba en juego y no la creencia en un Ser Supremo.

En esta nueva sociedad, sus integrantes no dejarán de dormir por considerar que han cometido cualquiera de los catorce pecados capitales; ni violado alguno de los diez mandamientos. Descansarán satisfechos de haber contribuido con sus hermanos al logro de un mundo en el que todos tendrán las mismas oportunidades. Sólo será el libre albedrío el que determinará su progreso personal, y este último no estará determinado por sus posesiones intelectuales, físicas o materiales.


luiserangel@hotmail.com


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Luis E. Rangel


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