De nuevo sobre el 23 de enero (I)

La conmemoración del 23 de enero de 1958 dejó ver, desde la acera de la derecha, como es lógico, pero también desde ciertos sectores ligados al proceso bolivariano, lo cual sólo es comprensible como expresión lamentable de ausencia de conocimiento, una serie de inexactitudes o falsedades que oscurecen la realidad de aquel estelar suceso y sirven a los intereses reaccionarios. La falsedad mayor, cantada en hosannas de prensa, radio y televisión, fue la de que estábamos celebrando “cincuenta años de democracia”.

El 23 de enero fue toda una epopeya de pueblo global, armado y civil, culminatoria de una lucha heroica sostenida a lo largo de casi una década. Por ello es preciso reconocer y valorar tanto la fecha en sí como la prolongada acción de resistencia que la produjo. Mas al lado del resultado concreto e inmediato, y luminoso --el derribo de una dictadura criminal y servil a los intereses imperialistas del Norte--, debemos examinar con exactitud su fase oscura, que en este caso es trágicamente visible. La luz duró solamente doce meses, durante los cuales Venezuela fue probablemente el país más libre del mundo. Las multitudes populares eran dueñas de la calle, rechazaban todo intento de recurrencia dictatorial y expresaban una alegría que tenía la medida de sus esperanzas. Pero un año más tarde comenzó a diluirse el velo de las ilusiones y revelarse el rostro a lo Dorian Grey de una de las mayores frustraciones populares de nuestra historia, la tercera, a mi juicio, luego de las de la Independencia y la Federación.

La dictadura perezjimenista fue impuesta por el imperialismo norteamericano porque en esos momentos de desencadenamiento de la “guerra fría” prefería tener el “patio trasero” bien seguro y buscó sembrar de sargentones sanguinarios el Continente. Las débiles democracias, por muy serviles que fueran, no le daban las garantías a que aspiraba, y la del trienio 45-48, encabezada por AD, aunque declaradamente anticomunista, había traído las masas a la escena con el voto a los analfabetos y a los mayores de dieciocho años. Por eso el golpe castrense, mediante el cual, en su momento de mayor auge, el de Pérez Jiménez recibiría de Whásington la presea de gobierno latinoamericano ejemplar. El capitalismo dependiente conquistaba el espacio que el país rural iba perdiendo y la burguesía subordinada se paseaba a sus anchas por Miraflores.

Pero Acción Democrática no se resignó y comenzó a desarrollar frente a la dictadura creciente la resistencia clandestina, a la cual se sumaría poco tiempo después el Partido Comunista. Ambas organizaciones lideraron una brega memorable, pero mientras los comunistas instaban a la lucha de masas, los acciondemocratistas, que rechazaban toda relación con ellos, se lanzaban a la conspiración cuartelaria, y en ese camino fueron perdiendo sus jefes y sus cuadros. La tortura y el asesinato político revivieron la época de Juan Vicente Gómez. Las cárceles y los campos de concentración –sufridos por los más infortunados-- se llenaron de combatientes adecos y comunistas e independientes, más tarde también de urredistas y al final de copeyanos.

No obstante, AD, que al lado de su anticomunismo llamaba en sus tesis políticas a una “revolución popular, antifeudal y antimperialista”, fue conquistando sectores juveniles que llegaron sin caudas de rencores ni prejuicios y progresivamente desarrollaron, junto a líderes mayores que siempre las tuvieron, posiciones cuestionadoras hacia la dirección derechista. Nace así, desde la clandestinidad, la cárcel y el exilio, la izquierda de AD, gracias a la cual este partido pudo continuar la resistencia, pero dando origen a una dualidad de dirección y de visión, a dos líneas que a partir de 1954, aproximadamente, representaban en la práctica dos partidos, siendo el nuevo el que ahora estaba en las trincheras. Continuaré.

freddyjmelo@yahoo.es



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Freddy J. Melo


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