De nuevo sobre el SSXXI (II)

El artículo anterior concluyó buscando examinar si la implosión de la URSS se debió a un defecto del modelo ensayado o a la quiebra de los círculos dirigentes. Prosigo. Si recordamos la grandiosidad de la Revolución de Octubre, las páginas heroicas como pocas que escribieron los obreros, campesinos y soldados defendiendo el poder soviético de la invasión de catorce ejércitos burgueses de Europa, el aporte decisivo y con la más generosa dación de sangre y sacrificio para salvar del nazi-fascismo al mundo, la epopeya de trabajo y construcción que significó edificar desde el cuasi feudalismo a la poderosa Unión de Repúblicas que rivalizó con las arrogantes potencias imperiales, todo ello testimonio de la más fervorosa adhesión a una causa, una idea y una esperanza, si recordamos eso, no es posible concebir que si hubiese cristalizado en el gran objetivo planteado, es decir, en el socialismo, hubiera podido derrumbarse sin que el pueblo capaz de aquellas heroicidades se levantara para impedirlo. No habría habido traiciones ni poder terreno capaz de lograrlo. Si vemos, además, cómo la China Popular, aunque ha desarrollado en flecha las fuerzas productivas y camina hacia convertirse en la primera potencia de la Tierra (a lo que tiene derecho por ser el país más poblado del mundo), y aunque tiene al frente una dirección que se proclama comunista, presenta después de casi seis décadas un rostro donde no parece predominar el socialismo. Si examinamos los otros países que han luchado por una sociedad socialista con las más grandes demostraciones de consecuencia y entrega y tampoco pueden presentar cuentas muy avanzadas. Si volvemos al análisis crítico y autocrítico de la Revolución Cubana referido en el escrito anterior y lo consideramos en todo el valor testimonial que encierra. Si sopesamos todo eso, creo que la conclusión no puede ser otra sino la de que el modelo de socialismo ensayado durante el siglo XX no conduce al objetivo que los explotados y oprimidos del mundo se proponen y que corresponde a los intereses de toda la humanidad.

Para avanzar hacia el socialismo, no obstante, partimos de un piso firme. En primer lugar, porque tenemos la conciencia y la vivencia del enemigo, el sistema capitalista explotador, que no puede existir sin apoderarse de los frutos excedentes del trabajo y convertir a quienes lo realizan en sujetos ajenos a sí mismos; que oprime a las personas sometidas a explotación con el peso de sus instituciones sociales, educacionales, culturales, religiosas, comunicacionales, etc., y con sus gobiernos semidemocráticos, seudodemocráticos o abiertamente represivos; que en su actual fase imperialista exacerba su condición inhumana, agrediendo pueblos y naciones para robarles sus recursos y poniendo en peligro la permanencia de la vida en la Tierra. Con ello el imperialismo se constituye en el enemigo fundamental de los trabajadores, de los pueblos, de las naciones, del género humano en su conjunto y de todos los seres vivientes.

En segundo lugar, poseemos la noción de la sociedad que debe sustituir a ésta de explotación, el socialismo, que resume las aspiraciones recónditas de las masas desposeídas y sojuzgadas de todos los tiempos y países y refleja la memoria de cuando la especie humana vivía en condiciones de igualdad, aunque primitivas. A partir de esa memoria se ha venido enriqueciendo con los aportes de las luchas populares hasta constituir hoy un complejo de sentimientos, aspiraciones, intereses y hallazgos teóricos, metodológicos y políticos fraguados al calor de los combates, con triunfos y derrotas históricas pero con la invulnerabilidad de lo que es justo: el derecho del ser humano despojado a recuperar la igualdad, pero ahora en condiciones superiores de capacidad y sabiduría.

Como sabemos, los pueblos, con la clase obrera a la vanguardia en la época del capitalismo maduro, han hecho varios intentos de “asalto al cielo”, empezando en el siglo XIX con la Comuna de París, efímero triunfo proletario que sirvió para demostrar la posibilidad de un gobierno no regido por la burguesía y que dio a Carlos Marx y Federico Engels algunos elementos esenciales para el desarrollo de su concepción revolucionaria del mundo. En el siglo XX, plena hegemonía del imperialismo, se dieron las grandes revoluciones que estremecieron el sistema de dominación. El gran líder de la revolución rusa, Vladímir Lenin, marcó su impronta manejando creadoramente el marxismo y convirtiéndose en referente esencial de los otros procesos revolucionarios. Pero los desarrollos que se dieron culminaron, bien en fracasos estruendosos, bien en resultados no satisfactorios, tal como se ha visto y como hemos tenido que padecer en el corazón y en la conciencia, al presenciar los derrumbes, los pueblos que fiaron sus esperanzas en esos desarrollos y quienes en alguna medida habíamos participado en las luchas populares. Esos fracasos, no obstante, estaban impregnados de sustancia humana en tal magnitud, que siempre dejaron logros históricos y legaron enseñanzas invalorables. Proseguiré.

freddyjmelo@yahoo.es


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Freddy J. Melo


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