Estamos planteando, con la idea del feudo capitalismo, que estamos en presencia de un cambio de fase en él proceso capitalista, en que producto del incremento desmesurado del capital, principalmente en estados Unidos se ha creado una nueva estructura de producción distinta a la tradicional, basada en lo digital y el uso intensivo de la computación y de otras innovaciones en distintos sectores de producción. Esto abre varios continentes de investigación e interpretación de la realidad global de hoy.
En esta nueva fase del capitalismo desaparece el liberalismo como principio rector en las relaciones internacionales y se asume un papel más feudal, terrateniente de Estados Unidos, que viene dado por su historia y por la idea que así será más fácil con sus inmensas fuerzas armadas defender la parcela del mundo que ellos consideran le pertenece. Esta posición es reforzada por los acompañantes o socios de Estados Unidos tradicionalmente desde le fin de la II Guerra Mundial, como son países semi feudales como Inglaterra, Japón, Arabia Saudita, Países Bajos o teocracias como el estado Judío. Todos ellos vinculan su existencia a la permanencia y control feudal del territorio y ninguno hace votos democráticos.
Se está dando un proceso de integración de grandes grupos de países, pero bajo la lógica de un dominio arcaico, que el capitalismo en su evolución tiene la tarea de superar e implantar en ellos verdaderas democracias, Estados Unidos incluido. Al aplicar esta visión al comportamiento de las organizaciones internacionales que formaron parte del mobiliario institucional internacional en la etapa liberal del capitalismo podemos entender mejor los cambios producidos y que podemos esperar en este sentido. Al aplicar una nueva interpretación, no liberal, a los distintos continentes, la realidad cobra un sentido distinto y descarnado:
En Europa, lo que vemos es la transición de una unión de naciones soberanas a un gran protectorado. Sus instituciones pierden autonomía política para convertirse en administradoras de las directrices tecnológicas y de seguridad del nodo central, aceptando un declive industrial a cambio de permanecer bajo el "escudo" del nuevo emperador.
En África, el feudo-capitalismo se manifiesta en su estado más puro, como es la extracción directa. Allí, la lucha entre las potencias no es por el mercado de consumo, sino por la posesión física de las minas y la tierra, reviviendo un modelo de concesiones territoriales que recuerda más al siglo XIX que al XXI.
En Asia, el choque es entre feudos. Y quizás por razones de sus luchas internas, hasta ahora China no compite como una democracia nueva y necesaria, sino como modelo de centralización nacional-corporativa que intenta construir su propio sistema de llevando al mundo a elegir entre dos murallas tecnológicas.
En América Latina los resultados son devastadores llevando a la total desunión de nuestros países y la autodestrucción disfrutada por Argentina y sus dirigentes. Por todo ello considera que hay que proponer un marco teórico que permita caracterizar esta nueva era no como una crisis o un estado de excepción, sino como una mutación del poder global, otra etapa después del imperialismo de Lenin. Rusia y China, al no entender estas "evidencias" de cambio de etapa, se ven como atrapadas en respuestas válidas para 1970 o antes.
Bajo la nueva lógica del feudo-capitalismo, las organizaciones internacionales sufren una transformación al dejar de ser foros de deliberación para convertirse en las despachos de la nueva visión imperial. Inclusive, la estructura de la ONU, el FMI o el Banco Mundial no desaparece físicamente, pero su naturaleza administrativa cambia. Ya no operan como garantes de un equilibrio global, sino como oficinas de gestión de políticas nacionales diseñadas individualmente. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, deja de ser un espacio para evitar la guerra y pasa a validar con sus decisiones la voluntad de EEUU.
En el ámbito financiero, el FMI y el Banco Mundial abandonan cualquier pretensión de fomento al desarrollo nacional para asumir el rol de garantizar que las naciones periféricas mantengan sus estructuras de deuda lo suficientemente sólidas como para que el flujo de capital no se detenga hacia el nodo central. La ONUDI -Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, está más muerto que nunca.
Estas organizaciones actúan como el brazo ejecutor que impone la "estabilidad" necesaria para el dominio. Su función es garantizar que la soberanía presupuestaria de los países más pobres es entregada a cambio de una supervivencia mínima. La arquitectura que antes se presentaba como una red de cooperación es ahora la infraestructura técnica de una nueva Horda, la Horda Moderna que utiliza las siglas de las instituciones para dar una apariencia de legitimidad lo que, en la práctica, es un saqueo. Incluso los organismos de derechos humanos y justicia internacional se ven absorbidos por esta política y su estructura se utiliza para señalar los feudos rebeldes, convirtiendo la ética en una herramienta de castigo
Mientras el pilar liberal se desploma, las instituciones internacionales más que nunca son monumentos de una era que ya no existe, funcionando únicamente como intermediarios entre las naciones y el sistema global. Estas organizaciones son útiles para facilitar el cobro de tributos tecnológicos y económicos, actuando burocráticamente para que la extracción no sea vista como un saqueo, sino como una "necesidad del sistema". Así es. La estructura internacional no se mueve por leyes y derechos, es una jaula institucional donde las naciones débiles pierden su voz para convertirse en simples expedientes de explotación.