Para entender plenamente los acontecimientos que están sucediendo a nivel global y cuyo principal protagonista es Estados Unidos, debemos partir del hecho que por un conjunto de razones y fuerzas socio económicas, ese país abandono en la teoría y en la práctica como patrón de referencia al Estado Liberal.
Estamos en presencia de un cambio de paradigma, sistémico. La transición del liberalismo clásico hacia un modelo de intervencionismo activo en lo internacional, obviando cualquier consideración sobre Libertad y Democracia y cuyo momento más convincente y evidente fue el ataque armado contra nuestro país Venezuela. Con ello Estados Unidos sustituye la ya débil imagen de respeto a los demás países por la gestión por la fuerza, criminal, caso ICE en sus crisis internas y bombardeos en las tensiones globales, redefiniendo su rol como el actor principal que ahora privilegia sus intereses y se define como el eje alrededor del cual giran los de los otros países. Por las malas.
Estamos en presencia de una metástasis política, generada por ese abandono del liberalismo por la potencia que lo inventó y sostuvo. Es una ruptura definitiva con el orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial. Pero no se ha creado un vacío pues se ha pasado de una seudo democracia basada en normas, la hegemonía liberal, a una Tiranía o dominio basada en la fuerza.
Se está creando un nuevo orden mundial, inédito, conformado por un país líder despótico, inmenso, que con una conducta con elementos terratenientes, feudales y misticismo religioso judío, impone su conducta de robos y saqueos descarados. Con ello queremos decir que al caer el pilar liberal en EEUU, el orden internacional no queda en el vacío, sino que es ocupado por este feudo-capitalismo, donde la relación entre naciones deja de ser jurídica para ser puramente de fuerza y posesión.
Con la ruptura definitiva de Estados Unidos con el liberalismo se llega al fin de la era moderna conocida y nos adentrándonos en el inicio de una nueva estructura global, que solo puede entenderse bajo la lógica del feudo-capitalismo tal como intentamos describir en artículos anteriores. Pero es lógico si todos los llamados aliados de Estados Unidos no son democracias sino regímenes semi feudales, teocracias o fundamentalismo judío, todas aspirando a reinar y perpetuar su estado arcaico contra el resto de la humanidad, que la democracia en las relaciones internacionales no les funcionara, y nunca les funcionó. Ahora la eliminan y EEUU es el demiurgo.
Durante décadas, el orden internacional se sostuvo sobre la ficción de que el derecho precedía a la fuerza y que el mercado, en su neutralidad, permitía el ascenso de las naciones. Inclusive se llegó a crear una ficción de derecho internacional, hoy en pedazos. Este sísmico cambio no es producido por el avance del socialismo, como soñaron durante años los revolucionarios, sino por alcanzar la concentración de capital en Estados Unidos un umbral crítico, que Marx intuyó, donde la centralización ya no es corporativa sino nacional, EE. UU. Ha decidido prescindir de la arquitectura liberal.
En las relaciones internacionales han sido un terremoto. Muere el contrato social global y se sustituye por la apropiación territorial. En este nuevo escenario, el Estado nacional ha dejado de ser la unidad básica de poder politico y democrático para convertirse en un intermediario necesario para garantizar los tributos hacia el nodo central de una Horda Moderna, muy Tecnológica, conformada por las 7 principales empresas tecnológicas de los Estados Unidos, como agrupación central y a la cual se suman los atrasados aliados de eeuu, el feudo capitalismo.
La primera consecuencia de este abandono es la desaparición de la "seguridad jurídica" internacional. Bajo el liberalismo, las reglas del juego eran, al menos en el papel, predecibles. Hoy, el feudo-capitalismo opera bajo la voluntad del Señor, donde las leyes son sustituidas por decretos de poder que pueden desconectar a una nación entera del sistema financiero en una madrugada. Esto ha transformado la geopolítica en un ejercicio de vasallaje. Países como Venezuela ya no son vistos como adversarios ideológicos, sino como dominios en disputa. La interacción de Donald Trump con figuras como Delcy Rodríguez ejemplifica este cambio: ya no se busca la democratización o el cambio de régimen bajo principios liberales, sino la estabilidad del feudo para asegurar la extracción. El elogio y la amenaza son las dos caras de una misma moneda feudal; se premia la eficiencia del administrador local y se castiga con la aniquilación técnica cualquier asomo de autonomía real.
Internacionalmente, esto genera un efecto de "devorar" en cadena. Si el centro del sistema rompe las reglas, el resto de las potencias, como China y Rusia, se ven obligadas a actuar con una rapidez desesperada para no ser absorbidas. La coexistencia pacífica, que alguna vez fue un ideal diplomático, hoy es solo el intervalo entre operaciones de asimilación. La centralización del capital en la bolsa estadounidense, que ya engulle la mayor parte de la riqueza de su población y la mundial, actúa como un agujero negro que succiona la soberanía de los demás. Cuando EEUU abandona el liberalismo, le elimina la competencia e impone la sumisión. El capital ya no fluye para el desarrollo, sino para el monopolio de una sola nación-empresa que posee los medios de producción, de comunicación y de destrucción.
La ruptura con los Estados nacionales significa que la identidad política del siglo XX ha muerto. Hay que caracterizar la nueva era, que yo llamo feudo capitalismo. La soberanía ya no reside en el estado ni en la voluntad popular. Aquellas naciones que intenten mantener una postura nacionalista tradicional sin tener la fuerza para defenderla se encontrarán con la "pistola en la cabeza" que representa la superioridad tecnológica y económica de este nuevo imperio feudo-capitalista. Es un mundo “repartido “y dividido en nuevas zonas de influencia, los vasallos modernos, donde la libertad como concepto desaparece por la dependencia absoluta. El feudo-capitalismo estadounidense ha creado un orden donde el derecho internacional es el derecho del propietario, y el resto del mundo es su propiedad.