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En la historia siempre han habidos Pilatos y Caifaces que castigan al rebelde que anhela la libertad

En los días de asueto de la semana mayor tuve la oportunidad de ver la película de Mel Gibson “La Pasión de Cristo”. No fue una experiencia agradable. Equivalió a observar una jauría de lobos destrozando un venado. Había allí dos mensajes que recalcan el pensamiento católico, del cual Gibson es un fanático: la idea de que la vida es un lapso de sufrimiento para ganarse la gloria “eterna”; y, la noción de que el hombre es una bestia en su esencia. Una condición de la cual sólo lo salva la fe en dios. Son dos ideas aberrantes. La vida, que abarca todas las formas de existencia orgánica, no es un calvario. Lo es, si al ser vivo se le priva de la libertad. Y, aun en cautiverio, no lo es si se le suministra afecto, y se le satisfacen sus necesidades. Quienes han convivido con animales considerados fieros, lo saben. Es cierto que el hombre es una bestia, pero también lo es que esta especie, gracias a su desarrollo neuropsicológico, ha creado culturas, que amortiguan esa condición y lo elevan hacia estados superiores de existencia, que hacen que la forma humana de la vida sea menos azarosa que la de otras especies. Es esta doble condición, de bestia, y de ser civilizado, una contradicción, normalmente resuelta a favor de la civilización. Casi sin dudas, se puede afirmar, que cuando el hombre ha aprehendido su cultura, frente a una situación, reacciona como ser civilizado, y no como bruto. Se trata de dos mensajes alienantes, convertidos en “slogan”, para dominar, y enclaustrar al ser humano.

Pero la película, tiene un mensaje que se pierde en ese festín de sadismo que es su desarrollo. El sadismo que explotan los medios de comunicación para obtener audiencias, recalcando lo bestial del ser humano, con los mismos efectos de dominación y reclusión. Se trata de las conductas de Pilatos, el Cónsul romano, y de Caifás, el Sumo Sacerdote Judío. El primero se lava las manos, como lo ha hecho el Imperio, frente a Francisco Franco, o Augusto Pinochet. El segundo, condena al inocente, como medio para aterrorizar a quienes se rebelen contra el dominio y el enclaustramiento de los hombres por los poderosos. No condenaron ni a Franco ni a Pinochet. Han condenado siempre al rebelde, aun cuando sea parte de su gremio, como le sucedió a Jesús de Nazareth, y le ocurre al Padre Ernesto Cardenal. Pero la gloria, en el sentido civilizado de la palabra, no la tienen ni “el caudillo por la gracia de dios” español, ni el tirano chileno. Tampoco la tienen los Negropontes, o los Brownfield, que han actuado como cónsules del Imperio. La tienen Cristo y Cardenal. El primero por crear el humanismo, que ha venido imponiendo la razón para fortalecer la civilización. El segundo, una expresión de esa civilización, humanista en su esencia, que con su poesía y su acción liberadora, ha contribuido a embellecer la vida de los seres humanos. Aquí, en Venezuela, esa gloria la tiene el Padre Juan Vives Suriá, a quien no podemos olvidar, por su lucha a favor a la liberación humana del despotismo de los poderosos.


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Alberto Müller Rojas


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