Colombia el fin de las armas y el principio de las almas

La incorporación de la mayor parte de los grupos y unidades insurgentes a la vida legal fue para la mayoría una gran noticia, una de esas que conmueve. El ser de Venezuela, donde por años se refugiaron millones de ciudadanos colombianos en aquel país amable con posibilidades económicas y legales, nos permitió conocer de primera mano las atrocidades de una guerra: los desplazados; los muertos; las imposibilidades de protestar sin ser acusado de subversivo; de los falsos positivos creados por el gobierno; del infierno del que tuvieron que pasar por años los rehenes o secuestrados por las organizaciones levantadas en armas, entre otras cosas.

Pero con el fin de la insurgencia armada y el dejar de poner los fusiles por encima de la política y de la palabra permitió oxigenar a una sociedad civil que requería expresarse en batallas políticas. En luchas por cosas cotidianas y no por la toma del poder (la toma del poder en las rocas por favor) son movilizaciones donde se amplía y se profundiza el espectro democrático de una nación. Donde la muerte de un chico indigna a una república entera, sin un balazo, sin una explosión, sin la toma de un cuartel. Una nación movilizada que no puede ser acusada de pertenecer a grupos alzados en armas en alguna montaña. Donde solo son sospechosos de ejercer sus derechos universales, sus derechos legítimos de ciudadanos de una república que se moviliza, celebra, se comunica y no puede ser aplastada sin que millones se indignen.

Sea Chile, Colombia, Ecuador o Bolivia tienen una sociedad viva palpitante donde podemos estar a favor o en contra del comportamiento de los sectores que se cubren de acero y plomo a la hora de dirimir diferencias. Por cierto muchos de los que critican la actuación de los organismos de seguridad de esos países) aprueban, secundan la represión, la tortura, la violación constante, sistemática y crónica de los DDHH en Venezuela, la represión donde son decenas de miles los asesinados, los torturados, los vejados y donde la protesta cívica es detenida a sangre y fuego por los sectores militares liderados por Padrino López y todo el tren ejecutivo de Nicolás Maduro. El gobierno venezolano práctica de manera permanente la fórmula de los falsos positivos y declara a una población civil entera enemiga.

El fin de la lucha armada en Colombia también trajo consigo la demostración de carencia de tablas y de experiencia parlamentaria de los antiguos jerarcas de las organizaciones que en armas se asumieron como portavoces de la mayoría de la población colombiana que protestaba, pero muy pocas veces estuvieron en sintonía de estas protestas, del sentir de un pueblo y de la indignación, carecían de coordenadas políticas y hoy sus representantes legislativos no tienen sintonía con el debate civil o en el debate civil, no esgrimen argumentos y les falta forma y fondo a la hora del el discurso parlamentario. No logran definir una estrategia social, política e inclusive orgánica donde puedan ser permeados y sus propuestas puedan permear en los sentimientos de una gran nación como es Colombia.

El colombiano común, la colombiana sencilla, el trabajador, el vendedor ambulante, el dueño del negocio, el profesor y el deportista hoy son sujetos que participan, activan, discuten, razonan en su gran mayoría sin consignas notariadas, sin mandos, sin jefes es una acción tremendamente horizontal. Donde se hace política, se razona política, se discute política con mucho menos temor que en el pasado y se le arrancan uno a uno los dientes de la bestia militarista de ambos lados que determinó la vida social colombiana. Colombia sufría el castigo de dos mandíbulas donde la civilidad era el bocado masticado y digerido.

Claro que sigue habiendo excesos, claro que es imposible invisibilizar la represión y los asesinatos de líderes sociales. Pero es imposible negar que la movilización social de los últimos días tiene parado de pestañas a todas las fuerzas políticas que todavía no logran generar un discurso que convenza, que les permita encontrar punta del hilo de como inicio todo lo ocurrido en estos días de batallas democráticas.

Notas a pie de página: Si las movilizaciones ocurridas en Chile, Ecuador o Colombia hubieran ocurrido en Venezuela ya la estigmatización de la protesta hubiera ocurrido, las cárceles estarían llenas y los centros de castigo y tortura estaría haciendo lo suyo. Los medios del Estado estarían señalando y los periodistas que se hubieran atrevido a romper con la línea oficial. Los periodistas independientes serían despedidos o sus espacios censurados y acosados. El gobierno Venezolano critica la situación que se vive en Bolivia y la perversa opinión de los militares de esa nación. Pero en Venezuela los hombres de verde olivo no han dejado una sola empresa (todas las empresas nacionales las dirigen o mal dirigen militares) con buenas finanzas o medianamente bien administrada. Y por cierto mientras critican los Golpes de Estado en otras naciones, en Venezuela al igual que Pinochet, Padrino López hace apología de dos Golpes Militares el del 4 de febrero y el del 27 de noviembre de 1992. En Latinoamérica se grita "fuera milicos" en Venezuela el gobierno grita "fuera la civilidad democrática".

Acabo de hablar con un viejo amigo que en nuestros tiempos de estudiante de educación media se oponia a la recluta y a la "democracia burguesa militarizada" hoy es miliciano y distribuye alimentos en Carabobo, bajo las órdenes de un capitancito...



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Yuri Valecillo


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