Sin identidad

Nación es el conjunto de personas que viven, cohabitan, conviven, producen y se desarrollan dentro de un país y que han heredado, cimentado, adoptado y hasta adaptado un gentilicio social, cultural, económico, educacional, gastronómico, intelectual, idiomático, modal y hasta gestual de ese gran territorio que moran, cohabitando con sus costumbres, sus instituciones y sus leyes construidas a través de su pasado histórico, indivisible y colectivo. Esta acepción tendrá otros significados, otros alcances, otros elementos otra semántica, otras connotaciones para otras personas, pero así lo veo. Todo esto correspondería o daría como resultado el establecimiento de una identidad nacional en todos los seres humanos dentro del perímetro del territorio que conforma el país y que debería trascender y persistir mas allá de las eventualidades internas y allende de las fronteras patrias. Pero esta crisis que envuelve a nuestra Venezuela, ha hecho aflorar nuestras debilidades como nación, una nación con una nacionalidad muy endeble.

El mayor daño que vamos ha "heredar" de esta perniciosa crisis será el desvalije intelectual no sólo en el pensamiento creativo, sino en el trabajo creador que ha sufrido, está sufriendo y va ha sufrir nuestra nación. Se van los chamos formados, los emprendedores, pero sin la madurez mental del migrante de otras latitudes, quedando el país en manos de "valientes" e improductivos depredadores bachaqueros, insertados en todos los estratos sociales (así es, desde la "alta sociedad", pasando por la inconformista clase "media jodedora" hasta los arrabales) y en cada organismo público del estado, en especial en las denominadas fuerzas del orden público y seguridad nacional ¡Vaya logro!

Nuestra joven migración, soporte vital para el desarrollo nacional, aquella que aun no tenía formada su afiliación en una identidad bien cimentada, se ha ido a nuevos horizontes llevándose consigo ese bagaje investigador, científico, técnico y lo peor, la emoción de avanzar como nación. Es una migración muy joven, descendiente de una nación sin tradición migratoria sino de temporadistas vacacionales que salían del terruño en bandadas para disfrutar en otros países de las estaciones climáticas que no poseemos, en especial de la primavera y de playas feísimas en comparación a las nuestras, gastando con desenfreno las estacionales y hasta cíclicas "bonanzas domesticas" por las cuales éramos bien recibidos, como los hijos del magma petrolero inacabable, en aquellos países que hoy nos tratan como parias "guapos y estudiados" pero indeseables. Y ante esta situación actual no teníamos protección, porque no creíamos que llegaríamos "tan abajo", porque no estábamos preparados, porque somos una nación débil de personalidad y que cómo defensa en otros lares, asumimos una postura sumisa o adoptamos costumbres de la tierra de recogida y remilgamos de las nuestras.

Pongamos como ejemplo lo que sucede en nuestra vecina y "ladina hermana" Colombia. Al escoger como destino de "alivio" a la Colombia de las grandes migraciones, los venezolanos casi de inmediato adoptan el acento para "entenderse" con ellos, comer como ellos, bailar como ellos, vestir como ellos, cantar como ellos, todo esto para poder sentir que son "aceptados" a pesar del maltrato que como "venecos" ellos creen que merecemos. Es una especie de venganza de la sociedad cachaca, paisa, cucuteña, currambera, santafereña donde la humillación a nuestros connacionales se debe hacer, para redituar la que sufrieron muchos de sus paisanos colombianos, la mayoría sin ningún tipo de formación académica, que llegaron a nuestro país por los llamados caminos verdes en las amplias migraciones de las décadas de 1940, 1970 y 1980 y donde se les trató con gran desprecio por las clases aburguesadas que los repudiaban (y que hoy los ve con "mejores ojos") y los grandes terratenientes, tildándolos de delincuentes o putas y esclavizándolos sin ningún tipo de seguridad social por ser inmigrantes sin documentos. Era la mano de obra barata y desechable en las haciendas o las famosas "sirvientas" de las "quintas" convertidas en las amantes de turno del señor de la casa y de los "niños" de la casa. Pero a pesar de ese repugnante trato que se le dio al colombiano nunca dejó ser colombiano, era su baluarte para sobrellevar y surgir ante la ofensa, ya que cuando salió de su tierra, se llevó consigo sus costumbres, su cultura, su comida, su selección, su "patria querida" y siempre esperó algún día volver a su país o enviar lo poco que generaba su trabajo a los suyos para compartir su esfuerzo en tierras foráneas.

En nuestro caso, nuestra joven diáspora no ha tenido la experiencia previa de su antecesores, como si lo han tenido los naturales de otras naciones al salir de su país, porque el tiempo en que pasamos de turistas gastones y jetones a migración desaforada, fue en un abrir y cerrar de ojos. Nos convertimos en un santiamén de ser bienvenidos cuando llegábamos a otros países (o mas bien, bienvenidas nuestras tarjetas de crédito y dólares) a ser un grupo de indeseables que rápidamente nos fueron calificándonos de truhanes y flojos, a pesar de que incontables han demostrado todo lo contrario. Eso no pasó en la Venezuela de las puertas abiertas ya que como nación no lo hizo en su momento, al contrario vanagloriaban al natural de otras tierras y sus costumbres.

Nuestro país acogió a chilenos, bolivianos, a los soberbios argentinos, ecuatorianos, en la época de las sanguinarias dictaduras militares de los 60, 70 y 80 y millones de colombianos desplazados por las matanzas selectivas y el narcotráfico, al igual que europeos como italianos y españoles, que sembraron y cimbraron sus costumbres y su nacionalidad sin desperdiciar nada ellas, sin transmutarse en venezolanos, ya que en sus maletas iba su gentilicio nacional cuidado con gran celo del cual nunca se desprendieron, mas allá del trato recibido en tierras extrañas y en general, por lo buena gente que somos (o éramos) los venezolanos se les respetaba sus tradiciones y su manera de actuar, sobre todo al europeo ( la semilla malinchista que aun tenemos latente). Esa misma gente es la que hoy rechaza a una migración venezolana muy joven, capacitada, pero muy proclive a ser sometida a prejucios y perjuicios y que reacciona huyéndole no solo a la crisis sino a su nación, hasta denigrar de ella para ser aceptados, porque las naciones de "acogida" se lo exigen como requisito de permanencia. A nosotros nos doblegaron la arrogancia petrolera ya débil, flacucha, porque la arrogancia nacionalista era prácticamente un sofisma y eso le ha hecho decir a muchos de los que han salido de manera pública y visceral, que apoyan la intervención militar como única salida a lo que consideran el origen del mal, cuando ningún habitante de otros países en el extranjero por mucha dificultad que la estén pasando en su patria, pediría semejante calamidad y aberración para su tierra madre, donde aun viven sus seres queridos. Estos venezolanos extranjerizados, no discriminan entre el gobierno y los políticos que desprecian, porque incluyen en el paquete a la nación a la que se deben, cómo si todos fueran elementos de un maligno e indivisible ser.

Somos una sociedad muy permeable y absorbemos no sólo los modismo culturales forasteros con facilidad, sino que aceptamos por hecho que todo lo que nos viene de afuera es mejor y que ese trato que nos dan otras naciones lo merecemos por holgazanes y engreídos. Defendemos un regionalismo interno petulante y hasta discriminatorio que nos ha separado en mas de un siglo: caraqueños, maracuchos, gochos, orientales, guaros, pero la unidad como nación es cuesta arriba a pesar de que nos ufanamos de que liberamos otros territorios del pisoteó extranjero. Pero eso quedó sólo para la historia biográfica y bibliográfica, es una materia más que había que estudiar y superar en clases. Y lo mas grotesco, nuestra identidad nacional en el exterior parece estar sólo circunscrita al dudoso origen de la arepa, a un tequeño, a una malta, un ron, un miss Venezuela, a vivir de los recuerdos de las telenovelas de los años 80 y 90 y alabar o maldecir a la vinotinto de una semana a la otra. Somos un todo de una nación que paradójicamente siempre estuvo fragmentada y hoy nos hemos dividido aun más o por fin nos dimos cuenta que siempre lo hemos estado. Antes, el manto petrolero no nos permitía ver esto porque mirábamos para otro lado donde había cosas más entretenidas que ver y por lo general, siempre estábamos entretenidos.

Un país así como el nuestro, en las condiciones actuales es pasto de aquellos que nos quieren subyugar no solo de un lado, sino de cualquiera de los dos nocivos extremos de la diatriba política nacional. Un país así, no puede pensar en un desarrollo armónico, no sólo en el plano económico y social, sino de nuestra verdadera herencia venezolana; no la adoptada y adaptada de afuera, sino la que debemos implantar y preservar como gente nacida aquí o que acogieron este país como su patria benefactora, como lo hacen en aquellos países que han crecido al amparo del reguardo de todos los elementos que conforman el acervo como nación. Y no vengan ahora a decir que antes éramos unidos, no. Antes el brochazo petrolero nos ennegreció nuestra vista y nuestro entendimiento y así éramos controlados también, porque no veíamos más allá de nuestro egoísta y cómodo ámbito domiciliario, que era lo poco que vigilábamos.

El nacionalismo exacerbado, el hitleriano nunca ha sido la solución final, es verdad. Pero lamentablemente nosotros no hemos tenido ni siquiera una untadita en nuestra frente de ser una nación toda, bien atendida y convenida y que cada región que nos conforma, mas que un pedazo de tierra con cultura propia que está bordeada por un río, un lago, una montaña o una llano, por un vos, un usted o un tu, que nos separa del resto de nuestro vecinos, sea en verdad la cabeza, los brazos, las piernas, el torso y la mente de aquel único cuerpo que nos parió y del cual obtuvimos nuestra identidad, nuestra nacionalidad, nuestro gentilicio, nuestro apellido universal: Venezuela. Me jode haberlo dicho, pero ya lo dije.



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Carlos Contreras


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