Ideología, lógica e intelectualidad

La ideología y el ideólogo manejan emociones, creencias e ideas colectivas, unas sin paternidad conocida y otras impul­sadas generalmente por grupos. Por consiguiente las del ideólogo son ideas de otros. El ideólogo no hace más que transmitir ideas ajenas y argumentar con premisas prestadas de una idea cuyo origen puede estar determinado pero suele ser lejano, muy lejano o traído a la modernidad por quien ha revisado y actualizado la idea madre. No hay nada nuevo bajo el sol. La ideología y el ideólogo, en fin, describen y post­ulan modos de actuar sobre la realidad colectiva tra­tando de acercar lo más posible el modelo existente al mo­delo suyo pretendidamente ideal.

En el campo sociopolítico, una ideología los propulsa y al mismo tiempo está detrás de los partidos políticos en las de­mocracias burguesas de partido. Y una ideología está en el centro de las democracias llamadas por las otras populares. La sociedad, sus gentes, buscan y cultivan permanentemente ideologías para su vida social y práctica, al igual que el pro­vecto se envuelve en religión o en filosofía en el último tramo de la suya..

Ejemplos de ideología en sociopolítica es el socialismo: "la mayor eficacia está en socializar los medios de producción" (Marx); el neoliberalismo: "privatizar lo público es la solu­ción" (Margaret Thatcher y los Kaplan; el feminismo: "la mu­jer es socialmente igual al hombre" (Incontables).

En la democracia de partidos el partido gobernante materia­liza la idea madre llevándola a la práctica y la difunde en la enseñanza o donde puede. Es lo que viene sucediendo en los últimos cuarenta años con la hegemonía del neoliberalismo y la privatización salvaje de los bienes y servicios públicos en todos los países occidentales. En las democracias popula­res la ideología la asienta el partido único.

El ideólogo, por su parte, aunque a menudo quisiera me­dirse con él

y se confunde con él, es lo más opuesto a "lo intelectual". El ideólogo no tiene dudas, como no las tiene el profeso de una religión fundamentalista. Se está con él o contra él. El ideó­logo y la ideología funcionan en la sociedad civil como un ariete militar.

Pero independientemente de la ideología está la lógica for­mal como herramienta primaria de todo razonamiento. Una lógica que abarca a todo el pensamiento occidental a su vez compuesto de ingredientes grecolatinos y judeocristianos fun­damentalmente, que luego se diversifica en los distintos planos de la realidad individual y social. Pues hay una lógica política, una lógica económica, una lógica jurídica, una lógica científica, una lógica ética, una lógica médica, una lógica numérica... y una lógica común del ser común que suele abstenerse de pronunciarse acerca de lo que convencio­nalmente pertenece a esas lógicas particulares, aun cuando en ocasiones sospeche que lo predicado como "iló­gico" es sencilla y únicamente porque no concuerda con un patrón que a veces convendría revisar. Y por ejemplo, así como la lógica ética va asociada a sentimientos humanistas, la lógica política está construída con retazos de la ideología que envuelve el pensamiento, antes diverso y ahora "único", de las sociedades de Occidente. Lo que no quiere decir que no haya otras lógicas en la sociedad humana aparte de la que maneja Occidente. En cualquier caso toda lógica se cons­truye a partir de unos fundamentos que, en cada área de pen­samiento, han sido levantados por consensos sucesivos de unas minorías consideradas académicas, y todo cuanto no quepa en la lógica decidida por esas minorías (de cada época) es heterodoxo y a menudo perseguible hasta anularlo u obligar a que se olvide. Esta acción se ejercita general­mente desde la ideología o desde la religión que inspiran los códigos y las leyes. En este sentido, pues, la lógica política es ideología.

El intelectual, que de la política propiamente dicha piensa y habla muy poco pues el consejo del filósofo Epicuro ¡lejos de la política! le disuade, deja esa tarea en manos del "experto" o de tantos periodistas que hoy día rivalizan con él.

En todo caso, el intelectual, tomando la máxima distancia de ellos, contempla los hechos sociales desnudos tratando de cla­rificarlos, primero en el plano sociológico y en el cuasi fi­losófico después. Se vale de los mismos recursos que el astró­nomo que observa y estudia un astro. Pero de una ma­nera peculiar: el telescopio para situar los hechos como si se produjesen a una distancia considerable y conseguir ls pers­pectiva, y la lente ocular luego para amplificar el detalle. La vertiente política de los hechos queda diluída en la socioló­gica, y la sociológica en forma de reflexiones, filosóficas o no. Asegurándose de que los datos de que dispone provienen de fuentes fiables, expresándose con los menos adjetivos posi­bles y empleando para ciertos enfoques el tiempo condicio­nal del verbo por razones de elemental prudencia, relativiza ordinariamente las conclusiones que eventualmente adoptan la forma de denuncia indirecta de las lacras reconocidas uni­versalmente como tales, sea sobre reflejos de la naturaleza humana, de grupos sociales, de una sociedad en concreto o de todo el sistema. Si, además de poner en orden sus propias ideas, espera ser persuasivo, en su análisis procurará ver por encima de los actos políticos sólo "hechos sociales". Pero si estos comportan actos notoriamente felones, destaca la cata­dura moral de sus autores obviando su nombre y termina re­lacionándolos con la debilidad y la necedad eramista propias de la condición humana. Lo que no significa que, impasible o enardecido, no sea implacable con los comportamientos in­deseables del poder, o de los poderes, atententarios de la inte­gridad y dignidad del ser humano. Del intelectual que presta atención a estas circunstancias suele decirse que está "comprometido"

El intelectual sopesa cada idea y cada palabra. Que el intelec­tual esté ideologizado o desideologizado, es impre­sión que corresponde a cada lector si el intelectual publica sus ideas. Pero en todo caso el verdadero intelectual lucha pre­cisamente desde el punto de vista intelectivo contra la ideología y buscando su propia lógica, justo para construir re­laciones entre "verdades" que no caben en una ideología, ortopédica y compuesta de ideas cerradas. Por último, el aná­lisis y la reflexión que encierra "lo verdaderamente intelectual" no están embridados por ideas únicas, tampoco por el prejuicio, ni por experiencias traumáticas, ni por ideas ajenas que no alumbren o adornen las propias.

Por último, la gente común habla y razona ordinariamente de acuerdo a una ideología y una lógica de coyuntura a su vez conforme a ella. La simplificación es el sello. Por el contra­rio, el intelectual fabrica ideas, intenta despejar la com­plejidad de las cosas o hace por recreo más complejo lo sim­ple. Así es que todo ser humano, notable o no, que re­flexiona y ana­liza la realidad individual o social con inten­ción de influir en ellas, es intelectual. Pero ello es a condición de que las ideas sean propias, de su cosecha. En caso contra­rio, es ideólogo o alguien del montón…



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Jaime Richart


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