La praxis política desde abajo

Dos hechos históricos escenificados en nuestra América trastocaron los cánones revolucionarios normalmente aceptados: el primero de ellos, la insurgencia indígena-campesina de Chiapas bajo la orientación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en enero de 1994, y el segundo, la victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela, en 1998. Marcados por significativas diferencias, ambos acontecimientos obligaron a repensar todas las concepciones que se tenían por ciertas (y se tienen) respecto a las vías, las prácticas y los sujetos sociales que producirían la revolución. Especialmente cuando la Europa del llamado socialismo real dejara de existir y los apologistas del capitalismo neoliberal se apresuraron en anunciar el fin de la historia, con la imposición de un pensamiento único a nivel planetario, ondeado por Estados Unidos. Sin embargo, la Utopía -que se creía muerta- habría de renacer con fuerza en nuestra América, abriendo un abanico de posibilidades que aún se mantienen en expectativa y llenan de zozobra a las elites dominantes.

Lo relevante es que, en tales acontecimientos, los sectores sociales tradicionalmente excluidos tienen un papel activo. Más allá del proletariado, señalado siempre como el motor revolucionario por excelencia, estos sectores son los protagonistas de los cambios que sacuden la “pax americana”, formulándose -en consecuencia- una nueva praxis política desde abajo, haciendo obsoletos los paradigmas de la democracia representativa. En este caso, dicha praxis le plantea (de uno u otro modo) un conflicto al poder constituido, independientemente de si está o no ubicado del lado de las masas y de la revolución. El mismo podría definirse con el control del Estado, pero no es suficiente, dadas las características que éste posee, las cuales han sido enfrentadas por los pueblos, a través de distintas etapas de la historia, ya que limitan, subordinan y, finalmente, reprimen la exigencia de participación popular. Ello demanda crear, a su vez, una nueva cultura, esta vez revolucionaria, que le dé soporte al cambio estructural. No obstante, es de reconocerse que hasta algunos de los mismos revolucionarios en posiciones de gobierno en Venezuela (con sus debilidades ideológicas) se muestran remisos en concederle espacios propios al poder popular, actitud que recuerda mucho a la de sus antecesores reformistas, a pesar del impulso que quiere inyectarle el Presidente Chávez a los Consejos Comunales y otras expresiones organizativas populares.

La praxis política desde abajo, ejercitada diariamente y con nuevos objetivos por alcanzar, tendrá que desarticular, forzosamente, al Estado y sus agentes habituales. Al plantearse que el poder pasa a manos del pueblo, de entrada debe aceptarse igualmente la exigencia del cambio estructural, sin el cual todo intento revolucionario no pasaría de ser eso, sólo un intento. Tal cuestión envuelve, a su vez, el surgimiento de nuevos actores o sujetos sociales que asuman patrones de conducta solidarios, participativos y protagónicos, tornando el activismo político y comunitario en un parlamentarismo social que venza los obstáculos culturales, históricos, políticos, económicos, sociales y, hasta, militares que, secularmente, han frenado la instauración del poder popular. En este punto, Kléber Ramírez, combatiente revolucionario venezolano ya fallecido, expuso que “el nuevo Estado debe dirigir el desarrollo de la democracia de abajo hacia arriba, comenzando por hacer que todas las comunidades se hagan responsables de su propia gestión, eligiendo ellas mismas sus autoridades administrativas, elaborando y jerarquizando sus planes autogestionarios, en fin, desarrollando todo su potencial de responsabilidad”. Para ello es vital que se ejerza una contraloría social sin restricción legal alguna, de modo que le ponga cotos al burocratismo y a la ineficiencia administrativa y operacional de los gobiernos. Sólo así, esta praxis podrá trascender todo lo referente al viejo Estado, y principalmente a la democracia representativa burguesa, pero requerirá de una adecuada formación ideológica revolucionaria para sortear, con éxito, el accionar y la manera de pensar del reformismo.-

¡¡¡REBELDE Y REVOLUCIONARIO!!!

¡¡Hasta la Victoria siempre!!
¡¡Luchar hasta vencer!!


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Homar Garcés


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