Socialismo y la Defensa Nacional

El líder de la Revolución Bolivariana, y Jefe del Estado venezolano, Hugo Chávez, ha adoptado definitivamente el socialismo como marco conceptual para impulsar el cambio estructural de la nación. Es una decisión atrevida que ha impactado la conciencia de los miembros de la audiencia nacional y a la opinión pública internacional. Es este hecho justamente lo que le imprime el carácter revolucionario a su actuación. Antes de esa declaración, su conducta política podría haberse considerado como la de un simple reformador. Un administrador político inclinado a introducir modificaciones formales para ajustar el comportamiento del Estado a las corrientes dominantes en el marco del sistema internacional. Positivamente, al acoger este planteamiento teórico se ha convertido en líder de un movimiento que trasciende las fronteras nacionales, con autoridad e influencia especialmente en el ámbito americano. Y el simple hecho de que la dirección política de la primera potencia mundial lo colocase, al adversarlo personalmente, como un actor individual de primer orden en el escenario político-estratégico internacional, lo consagra como una figura mundial. Un hecho que le devuelve al país y su gente –por ser él expresión de la voluntad de la mayoría nacional- el papel que jugara a finales del siglo XVIII y principios del XIX en el marco de la revolución política impulsada por El Iluminismo. El movimiento intelectual, que en el contexto del humanismo, liberó al hombre de las ataduras que le imponía la hierocracia irracional –lo que el sociólogo alemán Max Weber llamó “el cesaropapismo”- para substituirla por la democracia racional sustentada en la lógica del conocimiento.

El atrevimiento yace no solamente en la adopción de un pensamiento desprestigiado por una aplicación brutal y desviada por parte de un partido comunista –el de la URSS- que confundió la idea de “vanguardia”, señalada por el materialismo histórico, con el ejercicio oligárquico del poder por parte de la dirigencia de esa organización política. Se profundiza esta audacia con el enfrentamiento a la satanización del socialismo por parte de las fuerzas conservadoras en el marco de la guerra fría. Estas, lejos de debatir sobre los aspectos esenciales de la teoría, la descalificaron mediante un ataque a su aplicación por un sujeto histórico concreto, el sistema soviético. Un hecho que podría compararse con la inhabilitación de la propuesta evangélica del cristianismo, por la actuación del fascismo en España, apoyado por el alto clero católico y el Opus Dei. Todo planteamiento teórico, como toda postura estratégica, no es bueno ni malo por si mismo. Su eficacia depende de la forma como se aplica. Es decir de la táctica, que es la manera como en la práctica se materializa el encuentro de la idea con la realidad. En ese sentido no es la concepción la que fracasa. Es la acción de los hombres que dirigen su ejecución la que naufraga. De allí la importancia de la formación de cuadros adecuados para adelantar la acción.

Pero la formación de tales cuadros no radica en su adoctrinamiento. El uso de esa técnica alienadora llevaría al dogmatismo irracional de las hierocracias, alejando cualquier proceso de la democracia impulsada por el humanismo, con su lógica científica. La educación de esos equipos de mando y de trabajo es una tarea pedagógica sustentada en el desarrollo de su capacidad crítica, dependiente del dominio de los procesos de análisis. Es en esa facultad en donde radica la posibilidad del debate (la confrontación de ideas), e incluso de la polémica (el ataque y la defensa estratégica), útil tanto para el enfrentamiento de las antitesis, en unas relaciones sociales que son en esencia, como lo señala el materialismo histórico, dialécticas, como para el mantenimiento de un comportamiento táctico eficaz por parte de las fuerzas que conforman el movimiento propio. Fue el uso del adoctrinamiento, que convirtió los cuadros revolucionarios soviéticos, y los de los llamados partidos comunistas ortodoxos, en fanáticos integristas, una de las variables que explica el fracaso de lo que se llamó el “socialismo real”. El socialismo impuesto en el llamado “bloque soviético”. El fanatismo conduce a una polarización de la realidad, de la cual se apartan los más racionales, convirtiéndose en apáticos, lo que le resta fuerzas a la idea, al hacerla equivalente a los instintos, esencialmente ilógicos, exhibidos por las fuerzas conservadoras de la sociedad, que defienden el derecho del dominio de los más fuertes sobre los débiles. Una conducta totalmente darviniana que mantiene al hombre en el mundo de natura, alejándolo del edificado por la cultura.

Es por el análisis de la derrota del “socialismo real”, que las corrientes que impulsan el llamado “socialismo del siglo XXI”, en el cual se inscribe la orientación teórica del régimen político venezolano, aceptan la idea del pluralismo – la convivencia de modos de pensar distintos, incluso dentro de los mismos movimientos socialistas- como parte significativa de su praxis (estrategia) y su práctica (táctica). Sin la existencia de la dialéctica –que implica el debate y hasta la polémica- se hace imposible el ascenso humano. Por ello, la idea de las fuerzas conservadoras de suprimir las diferentes ideologías mediante la imposición de la noción del “fin de la historia”, que colocó su triunfo sobre el socialismo real como un escenario para la lucha de todos contra todos en el espacio virtual (imaginario) del mercado, donde sólo sobrevive el más fuerte. El socialismo ha revertido la concepción clausewitziana sobre la guerra como continuación de la política por otros medios, para colocar a esta como la continuación de la guerra con otros instrumentos. Ciertamente, en las sociedades primitivas, y en las civilizaciones paternales, de las cuales se derivan las actuales, el orden –razón de ser de la política- se imponía básicamente por la fuerza. Fue la revolución humanista el hecho histórico que introdujo en la existencia humana la posibilidad de sustituir la guerra por la negociación explícita, característica de la política, realizada mediante el dialogo y el debate sobre las ideas relacionadas con el orden social, la que limitó el uso del poder puro para imponerlo. Es en ese momento donde se gestan los partidos y movimientos ideológicos que serían los instrumentos fundamentales del quehacer político Si bien es cierto, que en la civilización occidental –dentro de la cual se produjo esta revolución como consecuencia de la revolución industrial producto de la científica- se habían derivado avances importantes a partir de las ideas de los filósofos cristianos, que rescataron la noción griega de la democracia, fue la adopción del humanismo lo que permitió la aceleración del proceso de ascenso humano.

Un proceso que tiene como fin la eliminación de la miseria y la pobreza –persistente tercamente hoy en día- que han aquejado históricamente a la mayoría de los seres humanos. Unos rasgos que no solamente están referidos a las carencias y limitaciones en relación con los insumos físicos necesarios para la sobrevivencia, sino que incluyen, de manera dominante, la ignorancia asociada a la impotencia. Una invalidez que coloca a los hombres en la condición de animales. De allí el crecimiento exponencial de la violencia social de carácter delictivo, que presenta niveles de intensidad muy altos especialmente en los sectores populares, victimizados por la violencia psicológica y económica de los fuertes. Casi todos los criminólogos serios, coinciden en colocar las conductas transgresoras como un resultado de las elementales condiciones de vida de los infractores. De allí, que en esas circunstancias, la seguridad pública –la garantía de protección de las personas y sus bienes – alcance sus niveles mínimos, incrementando los riesgos de quienes han alcanzado estadios superiores en su modo de vida. Pero no sólo ello. Tales ocurrencias están asociadas con formas espontáneas de protesta pública (disturbios sociales), y hasta actos de rebelión, que impiden la gobernabilidad en las comunidades políticas, frenando el ascenso sistemático del conjunto. Es un cuadro con impacto en el sistema internacional, en el cual, las fuerzas conservadoras que tienden a dominarlo, por la ausencia de mecanismos políticos eficaces, dado su comportamiento instintivo, utilizan el poder puro (la fuerza militar) como herramienta para controlar tales situaciones desorganizadoras, o evitar la búsqueda de respuestas autónomas racionales por parte de estados pequeños o medianos, que tendrían potencial de perturbar el orden jerarquizado internacional impuesto por el brutal ejercicio de la violencia política (la guerra).

En ese cuadro se ha encontrado la población venezolana desde que rompió con el orden colonial, de naturaleza hierocrática, que dominó el país por trescientos años. Ha sido una dialéctica que ha tenido expresiones polémicas, especialmente agudas durante el siglo XIX, cuando la principal manifestación fue la “guerra federal” (1859-63), junto a exposiciones contencioso-políticas, en las cuales ha dominado la negociación explícita. Ciertamente Venezuela fue un escenario, y sus hombres fueron actores privilegiados de esa revolución política inspirada en El Iluminismo. No hay dudas que el Generalísimo Francisco Miranda y el Libertador Simón Bolívar fueron protagonistas importantes tanto en el debate como en la polémica, que condujeron a la difusión universal del pensamiento humanista. Las ideas inspiradoras del gran proceso transformador de las estructuras políticas y sociales de los diferentes conjuntos civilizatorios que convivían en su época, dando origen a una etapa histórica, que ha acelerado la tendencia hacia una integración cultural humana a escala universal, distinguida con el nombre de modernidad. Un período en el cual el obrar de la humanidad se pensaba que se realizaría dentro de las leyes de la razón, lo que teóricamente le permitiría avanzar hacia la abundancia, la libertad y la felicidad. No obstante, la aplicación del humanismo se encontró frente al hecho concreto de la irracionalidad de las ideas de la libertad, la felicidad y de las necesidades individuales. Son valores (objetos de preferencia), que únicamente adquieren significado en el individuo según sus gustos estéticos y sus concepciones morales. Una situación que demandó de una estrategia, con objetivos concretos, y una táctica que definiese metas logrables en el espacio y en tiempo. En ese espacio se planteó un nuevo cuadro dialéctico que enfrentaba a quienes privilegiaban la libertad (liberales) con aquellos que priorizaban la igualdad (socialistas) Incuestionablemente los primeros, fundamentados en una gran falacia que equipara la libertad de vida, de pensamiento o cualquier otra de las fundamentales del ser humano, con la libertad de invertir, de tener empresas, o de enriquecerse, representaron al sector conservador. Se ha tratado de una posición que ha permitido mantener la fuerza de la inercia (posición que define la actitud darviniana de esta corriente) que tiende a amparar el orden jerarquizado de las sociedades, opresor de las clases o estamentos inferiores. Aquí nuevamente se planteo la dialéctica entre las fuerzas conservadoras, motivadas por la noción de la democracia representativa de inspiración liberal, con las de cambio, estimuladas por la idea de la democracia directa de vocación socialista.

Fue esta confrontación un encuentro que se escenificó políticamente básicamente en Europa durante el siglo XIX, sin manifestaciones en el plano internacional. Sólo en el plano interno, especialmente en Francia, epicentro de la revolución humanista, se materializó el enfrentamiento con la insurrección de las comunas de París (1848). Allí, mediante una coalición de clérigos, aristócratas, campesinos y burgueses, se reprimió el movimiento popular de naturaleza socialista, consolidando la idea de la democracia representativa. Se podría decir que el fracaso de este levantamiento fue la primera derrota significativa de las fuerzas de cambio que impulsaban la igualdad como condición necesaria y suficiente para el logro de la libertad del hombre. Pero no sólo fue Francia, en el “viejo continente”, el escenario de esa confrontación. Ella se reprodujo aquí, en Venezuela, con su manifestación más violenta expresada en la mencionada Guerra Federal (1859-63). Y si allá, en Francia, el primer choque resultó en un descalabro que apuntaló la sociedad de clases jerarquizadas, aquí concluyo en un armisticio (el Tratado de Coche) que instaló un régimen de centro, que sin eliminar las desigualdades, desarrolló una cultura política focalizada en el igualitarismo. Un pensamiento mediante el cual los ciudadanos se consideran iguales entre si, aun cuando en la práctica las diferencias entre los variados sectores sociales sean aun más pronunciadas que las existentes en las sociedades liberales. Fuimos los venezolanos los primeros que pudimos validar el hecho de que las posiciones de centro son en el fondo conservadoras. El pensamiento igualitario se convirtió en la base de la ilusión de armonía social que imperó en nuestro país durante casi la totalidad del siglo XX, consagrando el dominio del liberalismo, con su sociedad de clases estratificadas, que condujeron en el último cuarto de siglo a la exclusión social y económica de amplios sectores populares. De modo que en el ámbito controlado por la cultura política del humanismo, se instauró el liberalismo, cuyos resultados son la negación de las ideas sostenidas por el Iluminismo. No obstante en Europa, sin armisticios sintetizadores, continuó el debate en el terreno político, el cual permitió un crecimiento de las fuerzas socialistas (comunistas), particularmente en Francia e Italia.

Mientras esto sucedía en el plano doméstico de los pueblos, en la arena internacional la dialéctica se mantenía entre las democracias republicanas y las hierocracias monárquicas, dentro del marco de un nuevo ingrediente ideológico: el nacionalismo. Un pensamiento centrado en la idea de la nación que comenzó a formarse a partir de la de pueblo, que dominó en la filosofía política del siglo XVIII, cuando se acentuó con ella la importancia de los factores naturales y tradicionales (conservadores por su propia naturaleza) en perjuicio de los voluntarios. Se trata de una idea, cercanamente asociada con la noción de racismo, antagónica al humanismo, impulsora de la vieja idea del Imperio Universal, con su modelo romano rescatado por el intelectual italiano Dante Alighieri durante el período del Renacimiento Europeo. Ello replanteó la contradicción, formulando una nueva entre el humanismo, con su vocación cosmopolita (el hombre ciudadano del mundo), y el nacionalismo con su inclinación conservadora. Dentro de esta novel dialéctica se ha desarrollado hasta hoy la política internacional, teniendo como fondo una nueva y cuestionada disciplina académica: la geopolítica. Una teoría, con aspiraciones científicas, que coloca las variables geográficas como imperativos en el proceso de ordenación de la humanidad. Se minimizaba así el planteamiento del Iluminismo, expresado por el alemán Enmanuel Kant, quien visualizaba el orden internacional, como el resultado de acuerdos políticos entre los pueblos, logrados en un foro internacional. Una idea que dio lugar a la del multilateralismo que obtuvo su máxima realización con la hoy degradada Organización de las Naciones Unidas (ONU). Fue una postura asumida en América por nuestro Libertador, Simón Bolívar, quien la formuló como base para la convocatoria del celebre Congreso Anfictiónico de Panamá, saboteado por los EEUU. País donde ya emergía con fuerza la idea del imperialismo, con sus bases nacionalistas, y su sustrato racista. La estrategia bolivariana tenía por objetivo la búsqueda del balance de poder internacional, mediante la multipolaridad (la coexistencia de varios poderes equipotentes en el sistema internacional), como paso previo para el logro del ideal de la multilateralidad.

Este nuevo cuadro dialéctico produjo la desviación del esfuerzo científico, de profundas bases humanísticas, hacia una postura complementaria al nacionalismo con su inclinación imperialista: el militarismo. La idea de asociar la seguridad del Estado, fundamentada en la impermeabilidad de sus límites (un hecho irrealizable en la práctica, como lo sostienen por igual liberales y socialistas), con la fortaleza de sus capacidades militares. De modo que a la masificación de las unidades de combate, derivadas de la idea de la defensa popular, surgida en Francia, y adoptada en nuestro país desde 1810, para defender la revolución de los ataques de las hierocracias, se le añadía la tecnificación de las armas, dando lugar a lo que se ha conocido como carrera armamentista. Una conducta que desvió el uso del conocimiento para solucionar el problema económico humano de la escasez, hacia la alimentación de una industria de guerra. Se creo así un proceso cuyo desarrollo exigía grandes concentraciones de capital, el cual contribuyó a acentuar las desigualdades internas de las sociedades y externas, entre los pueblos que conformaban lo que ya constituía un sistema internacional de alcance global. Ha sido una etapa histórica, caracterizada por el uso de la guerra como instrumento de la política internacional, que condujo a la planetización de este fenómeno a través de un proceso de escaladas, ya previsto por el polemologo alemán Karl von Clausewitz.

Esa carrera armamentista tuvo como consecuencia inmediata la creación de armas cada vez más letales y una indefinición entre los espacios donde se desarrollaba la acción bélica (Teatros de Operaciones), y aquellos donde devenía la vida ordinaria de los pueblos, identificados como Zonas del Interior. Estos últimos pasaron a ser objetos directos de las acciones destructivas de las fuerzas militares en pugna, especialmente a partir del adelanto del poder aéreo. Las fuentes de energía; los sistemas viales, incluyendo puertos y aeropuertos; los centros industriales; las redes de comunicaciones; las instalaciones de gobierno; en fin todo aquello que tenía incidencia en el fortalecimiento de las fuerzas militares confrontadas, se convirtieron en blancos estratégicos para los beligerantes. Apareció de esta manera el concepto de “daños colaterales”, como un eufemismo para designar los perjuicios causados a la vida de los ciudadanos y a sus propiedades. Se trata de una ironía, pues aparte de debilitar las unidades de combate en los teatros de operaciones, estos ataques se dirigían a causar terror directamente en la población civil, para paralizar la vida política de la sociedad (destruir el orden social del adversario). Emergía así el terrorismo, esta vez el definido como terrorismo bélico, considerado como un estrago innecesario para la obtención de la victoria militar, o para rechazar al enemigo por parte del defensor. Unas acciones caracterizadas por ampliar el número de víctimas, por afectar de modo primordial a los no combatientes, por destruir cosas y bienes sin trascendencia bélica y de bienestar humano, o de alto valor científico, cultural o histórico. Los bombardeos sobre Londres, realizados por los alemanes, los ejecutados sobre Dresden por los “Aliados” y, los realizados con armas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki perpetrados por los EEUU, todos durante la II Guerra Mundial, tipifican este tipo de terrorismo. Una conducta que se complementó con la introducción de la llamada guerra psicológica, potenciada por el desarrollo de los medios radioeléctricos de comunicación En este contexto, estos blancos ubicados en los espacios conocidos como zonas del interior, se transformaron en objetivos de mayor significación, que los tácticos presentes en los teatros de operaciones. La quiebra moral de la sociedad adversaria, pasó a ser más importante que la destrucción o neutralización de sus fuerzas militares mediante la acción táctica. Toda esta escalada condujo a la aparición de las armas atómicas y nucleares que hicieron factible la posibilidad de la guerra total. Una posibilidad considerada por los teóricos como irrealizable, mediante la cual se puede aniquilar totalmente la nación o conjunto de naciones coaligadas, consideradas como enemigo. Más aun, una posibilidad que hace factible la desaparición de la vida en el planeta. Razón que ha llevado a pensadores estratégicos, como el General francés Andre Beaufre, a considerar tales armas como la vacuna contra la guerra, dada la irracionalidad de su empleo.

Sin embargo, el sistema internacional no se inmunizó contra el acto bélico como resultado de la aparición de estos instrumentos irracionales en el marco de las polémicas políticas. La Guerra Fría, centrada en la disuasión mutua entre los adversarios, basada en la amenaza de la destrucción recíproca asegurada, sustituyó las confrontaciones directas entre los poderes dominantes en el sistema internacional, reemplazando los combates reales entre sus fuerzas armadas, por acciones indirectas contra los países periféricos bajo dominio o influencia de los beligerantes, mediante el esquema neocolonial. Esta modalidad de la guerra se materializó, luego de concluida la II GM, a través del enfrentamiento entre la URSS y los EEUU. En términos teóricos, aparecía el fenómeno bélico como una confrontación entre la visión humanista del socialismo y la conservadora del liberalismo. Pero en la práctica fue un enfrentamiento entre dos estados como ambiciones imperiales. Positivamente, en el Imperio ruso se había producido una revolución política (1917) que condujo al desplazamiento de la hierocracia imperante (el zarismo) y la consecuente instalación de un régimen socialista. Empero, tanto la cultura política interna imperante, fuertemente impregnada del nacionalismo, como las condiciones del sistema internacional, donde esta corriente, con su base geopolítica, dominaba las relaciones internacionales, acompañada del imperio del liberalismo, desviaron la orientación del proceso revolucionario. La vocación cosmopolita del materialismo histórico, enunciada en el Manifiesto Comunista (1872), se trastocó en un etnocentrismo con vocación de dominio universal. El mecanismo para adelantar la acción revolucionaria a escala global, la Internacional Comunista (COMITERN), se transformó violentamente, con el ascenso de Joseph Stalin al control del poder en Rusia, en un órgano al servicio de una nueva oligarquía conformada por los cuadros dirigentes del Partido Comunista de URSS, que dominaba las variadas nacionalidades sometidas al Imperio zarista. De la idea de la democracia directa practicada por los soviets (comunas), el único espacio donde ella es viable, que implicaba el control de la sociedad por la mayoría (el populismo), se pasó a una sociedad militarizada, con una visión en esencia nacionalista, cuyas relaciones internacionales tenían un fuerte contenido geopolítico. Ello explica como sus potenciales estados aliados pasaron a ser súbditos, en un esquema neocolonial

En ese marco, la estrategia indirecta, aplicada por estas superpotencias en colisión, fue la concepción que orientó su interacción en el escenario global. De otro modo, con la sola estrategia de disuasión, se hubiese paralizado la dinámica del sistema internacional, generada por la relación dialéctica entre los principales actores políticos. Así, se generalizó el uso de los conflictos existentes entre los estados de las regiones periféricas, y dentro de ellos, como medio, junto con la carrera armamentista, para desgastarse mutuamente, probando la capacidad de resistencia de los contendores en un planeta polarizado. Ello originó un tipo de conducta caracterizada generalmente por la intervención directa de uno de los contendores en las confrontaciones regionales y locales, y la indirecta del contrario. Y, cuando ello no sucedía así, por el uso de agentes –estados o sectores sociales dentro de estos- apoyados política y económicamente por los beligerantes dentro del esquema de la guerra fría. Se buscaba, con esta praxis, debilitar las corrientes económicas que alimentaban sus economías, o lograr al cerco de su adversario dentro de las llamadas estrategias de contención. De esta forma se generaban unas acciones reciprocas dirigidas al deterioro mutuo, que complementadas con la guerra psicológica, tenían como fin el desgaste de la voluntad de lucha del adversario. Ocurrió así una desescalada de la guerra, con el desarrollo de los conflictos de mediana intensidad, desplegados con métodos convencionales en regiones geoestratégicas, como el Medio Oriente o el Asia Central, y la aparición de los conflictos de baja intensidad, como los materializados en Centro América, con un amplio uso de fuerzas irregulares, con medios y tácticas elementales que recuerdan las acciones predatorias de las comunidades primitivas. Fue una forma de pensar la acción que se denominó, especialmente en la doctrina de guerra norteamericana, como estrategia del balance de poder en ultramar. Surgía así, como dominante, la llamada Guerra de Intervención, de carácter totalmente asimétrico, en las cuales el terrorismo bélico se convirtió en su signo característico. Las guerras árabe-israelíes; la guerra de Vietnam; las guerras en Afganistán; la guerra civil colombiana; la guerra del Golfo Pérsico; y la Guerra de los Balcanes, entre otras, tipificaron esta renovada pauta de confrontación bélica.

En estas nuevas circunstancias, las partes apoyadas por las superpotencias, con ventajas tecnológicas, superaban en las relaciones de poder las fuerzas adversarias. Se establecía así la asimetría como regla en la praxis militar. Una desigualdad que se incrementaba por la acción psicológica combinada del terrorismo bélico y la propaganda. No obstante, las prácticas derivadas de esa concepción no intimidaban la voluntad de las poblaciones cuyos miembros aspiraban la libertad, o simplemente el derecho de vivir dentro de los usos; las creencias: y, las costumbres de las culturas que les daban identidad. Los primeros, generalmente motivados por las concepciones humanistas del socialismo. Los últimos, por el nacionalismo o los fundamentalismos religiosos. Emergían así las acciones de resistencia casi espontáneas, las cuales frente a la superioridad tecnológica del adversario, recurrían a acciones predatorias irregulares, y ante el terrorismo bélico, desarrollaron el contestatario. En la realidad ninguna de estas modalidades bélicas eran originales. De alguna manera, ellas se habían practicado en el pasado. Y, las acciones de resistencia, con el terrorismo contestatario asociado, no son una excepción. Para no ir muy lejos en la historia, hay que recordar la resistencia española a la invasión napoleónica, un hecho coincidente en el tiempo con la resistencia materializada en nuestro país ante la invasión española capitaneada por Pablo Morillo, destinada a recuperar el dominio colonial del territorio venezolano, después de la revolución emancipadora de 1810. En ambos casos, ante el terrorismo bélico ejercido por las fuerzas ocupantes, surgió el terrorismo contestatario, el cual, en lo que respecta a la resistencia venezolana, se plasmó en el Decreto a Guerra Muerte contra los españoles y canarios (1813) que no acompañasen las aspiraciones de independencia y libertad del pueblo venezolano.

Ha sido en este marco donde apareció lo que algunos autores han llamado la Guerra de las Pulgas. Una descripción metafórica de un tipo de confrontación bélica en la cual, la parte débil de la ecuación asimétrica, mediante la organización popular, estructura cientos o miles de pequeñas unidades autónomas, que con acciones militares locales (emboscadas, pequeños ataques sorpresivos, sabotajes, etc.) e, incluso, actos terroristas, conjuntamente con obligar a dispersar las fuerzas adversarias, para batirlas por separado con medios convencionales, donde se obtengan relaciones de fuerza favorables, le afectan su voluntad de lucha, por los efectos psíquicos de las acciones violentas sorpresivas. Un modo de desgastar sus capacidades físicas y morales para quebrarle su espíritu combativo. La acción desarrollada por los Viet Cong, magistralmente conducida por el general Nguyen Giap, cuyos textos son hoy en día un material de referencia fundamental en lo concerniente a las tácticas para el desarrollo de este tipo de confrontación, es el ejemplo clásico en la actualidad de este tipo de conducta bélica. Un comportamiento adoptado por las grandes potencias, en el marco de sus Guerras de Conveniencia –destinadas exclusivamente a establecer explotaciones económicas, abrir mercados y perjudicar, aniquilar o destruir, directa o indirectamente, potencias rivales- o sus Guerras de Intervención con fines geoestratégicos, quienes han venido sustituyendo sus grandes formaciones castrenses por pequeñas unidades, las llamadas fuerzas especiales, que activan “quintas columnas”, como en el caso de los paramilitares colombianos, para actuar contra sus adversarios.

Es dentro de esta praxis en donde se inscribe la defensa estratégica de Venezuela, dentro de una política cuyo fin es la estabilización de la nación. Una razón que se fundamenta en la minimización, a través de las prácticas de la tolerancia y la solidaridad propias del humanismo, en la aplicación del socialismo como teoría científica orientada hacia el establecimiento de un orden persistente. Un modelo de relaciones entre los sectores sociales diferenciados, en el cual las acciones cooperativas entre las partes, predominen sobre las conflictivas. Se intenta maximizar la seguridad ciudadana (la garantía de la vida y el respeto a las propiedades de los venezolanos y extranjeros que conviven el país), minimizando la violencia social y la política que colocan bajo riesgo la unidad de la nación y la integridad del territorio. Obviamente ello es un desafío a la estructura jerarquizada del sistema internacional y de la propia comunidad nacional, por lo que es explicable el conflicto con los poderes dominantes globalmente, asociados con la elite conservadora de nuestra sociedad. Pero el fondo de nuestra política es la implantación de la idea de zona de paz –que queremos compartir con los pueblos hermanos sudamericanos- en el país. Es decir un espacio que se libere del uso de la fuerza militar por parte de las grandes potencias con propósitos políticos en el sistema internacional. Es el abandono de la pasividad implícita en la noción de neutralidad, por el activismo que combate el militarismo del imperialismo, oponiéndose a las carreras armamentistas con el desarrollo del derecho a la defensa que busca garantizar la paz, buscando el equilibrio internacional e interno. Es la forma como el socialismo concibe la defensa nacional.


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Alberto Müller Rojas


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