El Valor Trabajo Una Teoría sin Gobierno

"Para transformarse en mercancía, el producto debe ser entregado a otro, a quien le sirve como valor de uso por medio de un intercambio". (Intercambio significa ser comprado o trocado) El paréntesis es mío. Tomado de Carlos Marx, El Capital, Libro I, Cap. I.

Lo que ha quedado sin dilucidarse es que el intercambio no tiene por qué ser entre el valor de cambio de una mercancía por un valor de cambio equivalente, ni siquiera en los casos de que las monedas o el dinero sean metales preciosos, con valor de cambio per se o intrínseco.

El dinero, o valor de cambio equivalente de las demás mercancías, tuvo su origen con y cuando ocurrió el desarrollo de los mercados transatlánticos, luego de la incorporación de América al Comercio Internacional. Su función primaria es la de servir de equivalente general en el comercio.

Ahora, si bien el dinero es valor de cambio, no quiere decir que con él se adquiera otro tipo de valor de cambio porque el tenedor del dinero sólo intercambia valores de cambio por valores de uso.

Los términos del intercambio caen forzosamente entre la voluntad de las partes; ya es un asunto más subjetivo e imponderable que objetivo. Los asientos contables no dan otra objetividad que la de la cantidad invertida.

Intercambiar no es producir, no es crear valor alguno ya este se ha creado, razón por la que entre el valor de costo de una mercancía y su precio ofrecido a cambio no tiene por qué haber una igualdad matemática: el mercado pone el precio porque el de esa mercancía en particular responde al valor social de mercado, y este depende no sólo del valor de costo de la mercancía sino del equilibrio entre la oferta y la demanda.

Cualquier diferencia en ese intercambio tampoco se le puede atribuir al desequilibrio de esa oferta y demanda sino al desvío que toma ese valor cuando el vendedor fija un precio que le cubra su aspirada tasa de ganancia y la cantidad de dinero que el consumidor está dispuesto a entregar porque él no necesita ese dinero sino el valor de uso de la mercancía en cuestión.

Los consumidores entienden por riqueza los valores de uso[2]; los capitalistas entienden por riqueza el valor de cambio albergado en las mercancías, de tal manera a que a mayores precios más valor, inclusive con menos bienes como valores de uso. De allí que los PIB si no incluyen precios ponderados de período a período, son engañiflosos.

El valor de cambio sólo sirve como expresión del precio de los medios utilizados en la producción de una mercancía, con inclusión del precio o pago de la mano de obra asalariada. Es una categoría netamente capitalista por cuanto el fabricante, como dueño privado de los medios de producción y de dinero con qué pagar salarios, le interesa la cuantificación de su inversión para rescatarla con la venta de su producción, a condición de que vender por encima del costo invertido, y sin parar mientes, como comprador de esas fuerzas productivas, a ninguna equivalencia a la par entre su dinero y el precio que le fije el mercado por dichas fuerzas.

Bueno, esa linealidad calculatoria entre costos y precio de recuperación de la inversión no la tiene el comprador final a quien sólo interesa el valor de uso y para quien el valor de cambio que podría tener añadido ese valor de uso no lo obliga a reconocerlo como tal, salvo para fines de control aritmético de su presupuesto familiar.

El valor de cambio pasa a ser un costo añadido como una cualidad más del valor de uso por el cual el comprador estará dispuesto a pagar cualquier precio, cualquier valor de cambio, que le imponga el vendedor ya que como consumidor final sólo le interesa satisfacer la necesidad que esa mercancía le ofrece.

Observemos que lo que mueve la producción de cualquier bien es la necesidad que de ellos tenemos, sin importar cuanto nos cueste. Digamos que durante la producción poco importa el valor que añadamos con nuestra fuerza de trabajo ya que con la experiencia, la dedicación e inclinaciones personales y con la ayuda creciente de los maquinarias y equipos podemos producir cualquier bien con un mínimo de esfuerzos, y cuando el trabajo es en equipo las fases por las que pasa la producción iguala los esfuerzos individuales.

Si el resultado de la producción fuera consumido por sus correspondientes trabajadores y productores no habría necesidad de valorar cuánto cuesta una unidad de los productos correspondientes.

El problema se nos presenta cuando la producción va al mercado para su intercambio. Entonces aparece el valor de cambio, el que aspiramos como retorno del de la mercancía que lancemos al mercado.

Hoy en día, el valor de cambio es la función menos utilizada por el comerciante nacional venezolano. El mejor ejemplo de que el dinero en Venezuela dejó de ser tal es que ni siquiera su valor nominal está funcionando como tal.[3]

Se trata de que nuestro país no hay circulante en la oportunidad y cantidad que necesitan los trabajadores en sus funciones como consumidores familiares. Los cuentahabientes no sólo hacen colas interminables con cargo a muchas horas hombre y horas mejer desperdiciadas por el pésimo servicio bancario nuestro, uno de los que operan menos horas semanales durante el año.

Al trabajador y pensionado le cuesta mucho conseguir dinero en efectivo porque el dinero que el BCV lanza gratis a los bancos, estos lo están desviando ante las propias narices de SUDEBAN y el gobierno, al parecer, se halla atado de manos con un Banco Central que no obedece al Ejecutivo sino a un poder legislativo enemigo jurado del gobierno, ante lo cual, este tampoco hace nada para ponerle coto a semejante irregularidad, a pesar de que el Presidente tiene facultades para disolver la Asamblea Legislativa, y no lo hace e ignoramos el porqué de semejante humillación ante un problema que amenaza con destruir la sociedad ya que sin circulante apropiado y oportuno ninguna economía puede funcionar y la anarquía se halla a la vuelta de la esquina.

Nuestros gobernantes parecen no haber pesado bien la magnitud del delito que supone el tráfico del dinero, más allá de sus funciones como medio de intercambio de las mercancías.

Las operaciones de estos traficantes de la moneda nacional se reducen a comprar los billetes de 100, por ejemplo, y pagan con dinero plástico, con transferencias que les permite al vendedor volver a retirar de la banca billetes que usarán para su reventa.

Se ha venido creando un mercado paralelo del dinero, más allá de su uso para el que fue emitido por el Banco Central

Por su parte, los detallistas rechazan el dinero plástico porque necesitan el analógico ya que su interés "comercial" actual es comerciar con la moneda, para ganar intereses con los llamados avances de efectivo-ante la inoperancia ya crónica de la banca privada que ni siquiera está pagando las pensiones de una sola vez, sino que les aplica "corralitos" a su capricho ya que, también, esa misma banca se encarga de canalizar las entregas de circulante sin límite alguno a determinados traficantes ya clientelizados para el tráfico de dinero que nos ocupa, y principalmente para revenderlo como tal, dinero oficial, en la fronteras brasileñas y colombinas donde les transfieran su precio a su cuenta para reciclar un proceso de nunca acabar hasta asfixiar la economía.

Los billetes que le llegan al comerciante pueden revenderse a los traficantes mediante su acaparamiento y sin depositarlos en banco alguno.

Estamos demostrando que de poco sirve la teoría del valor, más allá de ser una categoría real, si las transacciones al valor no son obligatorias por un mercado que necesariamente en régimen capitalista debe ser libre y sólo la libre competencia entre los productores da cuenta de cuánto vale cada mercancía en sus intercambios por dinero.

Cualquier injerencia para hacer valer en el mercado el valor de cambio, para que este rija los intercambios comerciales, debe correr sólo a cargo necesariamente de un Estado socialista ya que con este sistema y sólo así habría una obligación inevadible de respetar el valor de los bienes a los efectos de una correcta planificación macroeconómica hasta que se extinga el carácter comercial de la producción.



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Manuel C. Martínez


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