La Revolución no es un imposible

Ya Hugo Chávez tuvo ocasión de advertirlo el 19 de septiembre de 2005: "No habrá jamás socialismo verdadero si no tenemos moral socialista (…), hay que cambiar la mente, hacer el trabajo ideológico. A mí me ha pasado, de repente, creo que alguien es revolucionario de los más embraguetados y uno lo coloca en un cargo y, de repente, se vuelve loco, como se dice vulgarmente, no aguanta dos pedidas para embolsillarse unos millones y cambiar de estilo de vida". Esta realidad innegable hace que alguna gente, consciente o no, sienta que la revolución es algo imposible de lograr en Venezuela, a pesar de los signos que evidencian que la misma tiende a afianzarse cada día más. Son pocos los chavistas (o chavecistas) que llegan a comprender que, si no se procede en lo inmediato a forjar una convicción revolucionaria acérrima, capaz de enfrentar y superar con éxito cualquier desviación ideológica reformista y cualquier tentación monetaria, de modo que se evite que la revolución bolivariana sea simple caricatura de revolución. Para hacerla posible, es necesario trascender el marco electoralista a que se nos está acostumbrando, repitiendo las mismas prácticas representativas y clientelares que caracterizaron y sustentaron a los partidos tradicionales de AD y COPEI.

Se requiere, por tanto, darle al proceso revolucionario bolivariano una debida orientación de carácter verdaderamente revolucionario, fomentando la formación ideológica, la movilización y la organización de las fuerzas populares, de manera que la democracia revolucionaria germine y se concrete, dándosele un sentido más práctico y menos discursivo. Es primordial que se entienda que el proceso revolucionario en Venezuela corre el riesgo de degenerar y revertirse, al igual que otros procesos que tuvieron lugar en el pasado en otras regiones del planeta, al dejarse a un lado la formación de una conciencia social y revolucionaria. A esta deficiencia crucial, contribuye enormemente el hecho de que algunas de las principales organizaciones partidistas que apoyan al Presidente Chávez repiten el sectarismo y la prepotencia de sus viejos antecesores en el poder, aparte de la exclusión sistemática practicada de sus bases militantes en la toma de decisiones, imposibilitando el aprendizaje y el ejercicio de la democracia participativa y protagónica entre las mismas. Con ello se ha perpetuado una cogollocracia que, finalmente, reaccionará contra el mismo Chávez y el proceso revolucionario que dicen defender, una vez que sientan peligrar sus nuevos privilegios cuando las masas populares exijan el espacio que les corresponde ocupar por mandato constitucional. En este caso, coincidiendo con Eduardo Galeano, vale decir que "el ejercicio democrático ha estado muy limitado a las ceremonias formales de la democracia. Cuesta mucho identificarse con esto, entender que el voto implica algo más que el momento en el que se deposita un papelito en una urna, entender que ésta no es una misa sin Dios, que la democracia tiene un contenido. Y ese contenido se lo da la gente, se lo da el pueblo que participa. Y si el pueblo no está, no hay democracia. Y ése es un proceso difícil, complejo".

Así, se termina por usurpar la soberanía popular y, aunque se hable de revolución, se cae en el reformismo que es la negación de toda revolución, puesto que desconoce el papel fundamental a cumplir por las masas populares y el cambio estructural, profundo y definitivo, que debe producirse. Esto facilita, por otra parte, que haya una proliferación exagerada de organizaciones nominalmente revolucionarias enfrentadas entre sí por una cuota de poder, pero casi ninguna ocupada en constituir una vanguardia efectivamente popular y revolucionaria, lo cual representa, a la larga, un obstáculo, ya que impone el sectarismo y reduce una visión unitaria del proceso bolivariano. Aún así, la revolución no es una cuestión imposible de hacer. El hecho mismo que, desde el 27 de febrero de 1989, por citar una fecha específica, el pueblo de Venezuela se mantenga en lucha ascendente, queriendo construir su propio porvenir, en una acumulación de fuerzas similar, pero con mayor determinación, a la vivida durante los años sesenta y parte de los setenta en el siglo pasado; es prueba irrefutable de que ello es así. La presente coyuntura electoral presidencial puede representar la oportunidad de oro para que se desaten esos poderes creadores del pueblo de los que hablara el poeta Aquiles Nazca, los cuales, en conjunción con la visión estratégica manejada por Chávez, harán irreversible la revolución venezolana, propiciándose, al mismo tiempo, las condiciones ideales para que la propuesta del socialismo en el siglo XXI sea una alternativa revolucionaria viable frente al capitalismo enajenante y depredador.-


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Homar Garcés


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