(El maestro Antonio Pérez Esclarín conmovedor en el auditorio de la Upel-Ipb)

La docencia: La profesión del futuro

Oír proclamar con el vocerrón de siempre al querido maestro de la educación de la mente,  las manos y el corazón (y con la convicción que se sabe ya de antaño consumada, junto  a la entonación precisa que mueve y conmueve ante un auditorio repleto de jóvenes estudiantes de pedagogía) que la profesión docente representa hoy la profesión del futuro, cuando   toda la doxa periodística y algún especialista de ocasión, dominado por la episteme del pragmatismo y seguramente el neopositivismo, dicen todo lo contrario,  ciertamente conmueve.
Es una convicción singular que socializa siempre en sus libros y artículos, más aún ante quienes como jóvenes requieren asumir fuertes ideales con los cuales comprometer su vida en ciernes y que oyen con frecuencia que la docencia no tiene horizonte de futuro, particularmente en Venezuela cuando muchos optan por la alegría triste de emigrar.

En un texto autobiográfico suyo que circula en red de redes acota Pérez Esclarín expresa que:
“Primero en la Normal Nueva América y luego en la oficina Regional de Fe y Alegría del Zulia y el Centro de Formación P. Joaquín, al lado siempre de extraordinarios compañeros que alimentaron mi vocación de educador, fui entendiendo, poco a poco, que educar es lo más sublima e importante que enseñar matemáticas, inglés, computación, biología o química. Educar es formar personas, cincelar corazones, ofrecer los ojos para que los alumnos puedan mirarse en ellos y verse valorado y querido y así puedan mirar la realidad sin miedo y a las otras personas con respeto y con cariño. Los educadores somos sembradores de sueños y esperanzas, médicos de corazones heridos y almas rotas, arquitectos de personas. Educar es continuar la obra creadora de Dios, alumbrar al hombre y la mujer posible que está latente en las potencialidades de cada persona. Educar es ayudar a cada alumno a conocer no sólo que es, sino lo que puede llegar a ser, pues los seres humanos somos siempre proyectos inacabados, siempre perfectibles, y la educación nos debe ayudar a desarrollar la semilla de lo que florezcamos en plenitud y lleguemos a ser dignos y felices”, (www.antonioperezesclarin.com/antono/).

En ese talante argumentativo desarrolló el maestro Antonio Pérez Esclarín (Berdún, España, 1944) su Clase Magistral en el Auditorio Magdalena Seijas de López de la UPEL-IPB este 17 de marzo de 2016, que como reza el antetítulo de esta nota resultó conmovedor y aclamado de sonoros aplausos de varios minutos; él sabe combinar  la exposición de alto vuelo racional y con datos empíricos sobre la realidad sociohistórica del tiempo contemporáneo y actual, con el aliño de parábolas que impactan la sensibilidad, pues, nos vemos reflejados en tales relatos e historias llenas de simbolismo, de las por demás en su tiempo también se valiera el Maestro Jesús de Nazaret para transmitir sus discursos apofánticos, esto es, palabras que contienen ciertas verdades que de otro modo serían imposibles de contar por ser experiencias inefables e inenarrables.

“El arte de enseñar valores ambientales” anotamos que se tituló su disertación impresionante que  dejó a todo ese “… frondoso bosque de educadores” con los ojos pringosos y los corazones inquietos; “… bosque de sembradores de esperanza, curadores de corazones heridos”. Entendiendo, además, que la educación es la “…estética del alma (enseñar a sonreír, esculpir y tallar corazones); fue esta una ocasión para expresar palabras de aliento, inspiradoas, sin dejar de ser cr´tico y citó de paso al Libertador Simón Bolívar en su carta a su querido maestro don Simón Rodríguez: “Ud. formó mi corazón para lo grande, para lo hermoso, para la libertad…”

He allí la función del docente, cuando hoy se habla tanto en Venezuela del desarme de la población y disminuir la violencia, expresó Pérez Esclarín, también es hora de “desarmar los corazones”; ya que se vive en un ambiente dominado por un lenguaje hiriente y descalificador: bestias, hienas, ratas… se oye decir con frecuencia. Por eso Venezuela está urgida de una formación integral, que forme la mente, las manos y el corazón; ya que “Ciencia sin conciencia es la ruina del alma”, decían los antiguos; hay que hacerse cargo de sí mismo. Pero se pregunta: ¿A qué tengo yo encadenado el corazón?

Que la vida nuestra sea un regalo para los demás, por eso la profesión docente será la educación del futuro, no podemos ir contra la historia. Pero se requiere mucho valor para educar cuyo fin es generar convivencia, educación integral y de calidad, así se concluye la docencia es una profesión de valientes y de quienes de verdad saben mirar: “Si ves un árbol y sólo ves un árbol, no sabes mirar, si observas el árbol y vez un misterio, ahora sí sabes mirar”; e igualmente hay que saber escuchar la naturaleza, ¿pues qué sería del hombre sin los animales?  Como se puede leer en la Carta del Cacique Seatle, terminaría la vida y empezaría la supervivencia.

Cultivar la mirada es valorar la diversidad biológica, humana y cultural pero es el corazón el que enseña a mirar, oír la voz de la tierra herida es embellecer el corazón y esto último es importante en este momento cuando, entre otras cosas, se ha propuesto el gobierno dar entrada al país de grandes empresas trasnacionales para desarrollar proyectos en el llamado “Arco Minero del Orinoco”, que no tienen cariño por la naturaleza. Pues según el maestro Antonio Pérez Esclarín será poner en peligro todo ese frágil ecosistema del Amazonas venezolano; cuando lo que se debe hacer es amar y respetar esa vida que bulle, que será herida y aún destruida. Es reto que el Gobierno bolivariano debe calcular muy bien cuál va a ser el impacto ambiental de un proyecto como ese, faraónico y estrafalario.  Al modo de cómo se hace una obra de jardinería donde se cuidan todos los detalles y que de allí surja algo que embellece el corazón y no un genocidio, es  el reto, ante el peligro de un emprendimiento industrial como este del Arco Minero del Orinoco, lo mejor sería detenerlo.

 Estas son parte de las notas apresuradas que tomáramos y que ni pálidamente recogen  la riqueza de lo expresado allí por Pechín, pero que algunos estudiantes grabaron en sus móviles; con quien compartiéramos hacia 1986-87 en el Centro Vocacional San Pablo, Caracas o en la sede las Ediciones Paulianas, El Hatillo, Vía Lomalarga, cuando él era articulista de la revista Familia Cristiana y una vez publicó un inolvidable texto sobre el pueblo de Los Aleros, fruto de una excursión que él realizara a Mérida. Desde entonces lo consideramos un maestro, ya que con esmero y amabilidad  corregía nuestros ejercicios literarios como parte de un curso de redacción y ortografía, además de aprender a leer literatura latinoamericana y caribeña, como una forma de conocer de cerca la filosofía latinoamericana y hasta sus efusiones místicas y metafísicas; de hecho el recuerdo nos vino nítido cunado en la referida Clase Magistral en el auditorio de la UPEL-IPB recomendó leer a “Marianela” de Benito Pérez Galdó y de Aristóteles “Retórica”, la primera describe que el amor trasciende la belleza física y los sacudimientos del cuerpo y el segundo dice amar es buscar el bien del otro, ¿busca el arco minero del Orinoco el bien de la Amazonía o sólo el aprovechamiento de sus recursos del subsuelo? ¿Es por una visión sustentable o sólo una visión crematística? Ay, Maduro, como que estás metido en un berenjenal…

Finalmente, y volviendo al punto inicial, nos pareció estupendo eso de que la docencia sea la profesión del futuro, sobre todo en estos días en que la población estudiantil ha disminuido tanto en la UPEL-IPB, cunado antes las secciones eran de 30 o 40 alumnos hoy apenas son de 10 o 15, los estudiantes han migrado hacia otras profesiones más lucrativas o se ponen a trabajar, la crisis nos tiene acogotados.

 



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Luis B. Saavedra M.

Docente, Trabajador popular.

 luissaavedra2004@yahoo.es

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