La muerte de la tragedia, la violencia y el asesinato de Chávez (II)

La tragedia del hombre común.

Los pobres no son tema de grandes tragedias, porque ya se saben medio muertos e indignos, y más bien mueren de mengua.

En la literatura dramática hay una excepción que cuenta la tragedia “viva” del pobre moderno: la trágica muerte del soldado Woyzeck, cuando quiso vengar la traición de su mujer con su superior, pero sobre todo, vengar su humillación, su estúpido engaño, el dolor de su desengaño. Fue escrita por el joven Georg Büchner, muerto prematuramente.

He pensado que de esa clase de tragedias habrá muchas en escena ahora mismo en Venezuela, en Colombia, y en todo el mundo. La tragedia del hombre mancillado, manipulado, engañado, vejado que resuelve su vida con la venganza y la muerte. Pero a nadie le importa eso ahora. Y es que para que haya sentido trágico en la muerte de seres así, hay que, como dicen ahora, visibilizarla. Debe haber una historia conocida y un cuento. Y para la vida y muerte del pobre no hay cuento, no hay drama, solo ignorancia e indiferencia, desprecio…

Esta pequeña pieza de teatro trágico visibiliza el drama de los pobre y de los débiles por ser su resolución de carácter trágico. Justo por eso volteamos a ver la carga de pasiones y sentimientos humanos que hay detrás de muchos homicidios y suicidios escandalosos, horribles, llenos de crueldad o marcados por la astucia o por la injusticia.  Y por el efecto que deja la muerte como la forma de resolver un conflicto humano, la tragedia hace visible la injusticia. Así que, a partir de Woyzeck todo crimen producto de injusticias puede ser develado, denunciado de forma dramática así no haya sido no haya sido resuelto en una venganza o en la muerte de sus protagonistas. A partir de él los pobres cobran protagonismo como seres dignos de vivir y actuar en un mundo trágico, reservado siempre a príncipes, reyes, grandes hombres y grandes morales.

¿Quién sabe del drama que viven las mujeres trabajadoras que necesitan  amamantar a sus hijos, o simplemente criarlos, aunque sea los dos primeros años de su vida, y el sistema no se lo permite; quién sabe de sus necesidades materiales, de sus tensiones psicológicas… como lo describe dramáticamente Rosa Natalia en su último artículo? Muchas de estas mujeres hoy tienen que pelear con el sistema para conseguir medicinas; tienen que lidiar con las enfermedades de sus hijos, con alergias, con deficiencias inmunológicas, con muchas veces más problemas que si hubieran ejercido correctamente su función de madres. La sociedad está llena de estos hijos mal alimentados, mal queridos, hijos pobres del sistema capitalista. Ya muchos de ellos son un problema grave para la sociedad en general. Y solo por negársele a que las madres que ejerzan su funciones correctamente.

Esto por hablar de una pendejada, si la comparamos con otras “pequeñas historias”, las cuales concentran infinita crueldad y locura humanas. ¿Quién sabe de las historias mínimas de las mujeres mexicanas asesinadas  en las maquilas, y quién sabe de sus secuelas? ¿Quién sabe de las pequeñas historias de los suicidas de Shandong y sus consecuencias? ¿Quién sabe del drama de vida que vivieron las víctimas de la 905 y su secuela?  Nadie. Nadie sabe la dimensión del valor humano de la explotación mientras solo la ve en las estadísticas, perdida en cálculos de Desarrollo Humano o Desarrollo Económico, o el de la violencia y la muerte, que abarca mucho más allá que el drama que viven las víctimas inocentes.

Georg Büchner fue uno de los primeros en entrever en la miseria de la vida del desventurado de forma trágica, es decir, con resolución trágica, con finales trágicos. Alguien podría decir que las novelas de Victor Hugo, o de Dostoievski, de Balzac o Solá,  podrían decir cosas de la pobreza y la miseria humana mucho más que Büchner. Inclusive mucho más de la vida. Sin embargo, solo en esa piecita de teatro se resuelve, con la muerte, la denuncia de la miseria humana. Se entrevé una resolución humana clara. Por supuesto, que si Woyzeck, en vez de matar al capitán y a su mujer (y morir él), decide rebelarse contra el sistema,… de una obra trágica y una obra importante por su brío para superar el conflicto, pasaría a ser un drama político, una especie de panfleto y quizá la denuncia se diluiría en consignas políticas inefectivas por ser abstractas. Para denuncias vacías y fatalismos, quizá no sea el drama el recurso más apropiado. Solo así, como una pequeña tragedia en la vida del hombre común, indagando en sus razones morales para cometer homicidio, buscando sus razones en su corazón, en su mente de cara a la sociedad, la denuncia social alcanza su valor artístico y, por qué no decirlo, alcanza su valor político revolucionario.

Aquella masacre que nadie le da ningún tipo de significación humana, de valor humano, por la dramática resolución en la muerte personas y en la violencia; o sea, aquella historia mínima, que solo hoy día podría narrar alguien cercano a los “hechos”, quiero decir, la madre que supo cómo empezó todo, un vecino atento que conoce las razones de la víctima y del victimario, testigos en el tiempo que engendró ese instante de violencia, muerte y desesperación, esas pasiones vistas como drama humano, o como tragedia humana, dejaría una enseñanza en las personas. Dejaría una impresión clara del valor de la vida de cara a la muerte.

La muerte devaluada

Sin embargo las muertes trágicas y crueles siempre son desleídas en las noticias de toda importancia humana, en el maniqueísmo de la noticia, en la simpleza y pragmatismo a que obliga la política y la ley.

En el blanco y negro de los controles sociales modernos, capitalistas y burgueses, se trata de condenar a la violencia vaciándola de humanidad. Mutilando al drama humano de su pequeña y real historia. La respuesta violenta a la violencia no distingue sino en violencia buena (la que reprime) y la mala (la que es reprimida). Sin embargo hay en cada hecho violento una historia mínima que los explica, en los pequeños dramas de vida, en las pequeñas tragedias humanas de hoy que hacen vida en cada crimen… No todo es maldad, no todo en la violencia se explica con el negocio del sicariato, inclusive, el sicariato mismo, no se puede explicar a sí mismo, El sicariato tiene una historia mínima, la cual también hay que mostrar, si queremos entender la violencia y entendernos como seres violentos, como homicidas potenciales que somos, tanto, como somos seres apasionados.

De esta forma la noticia, las gacetillas de prensa, los comunicados oficiales, esterilizan al homicidio de lo humano. Igual lo hacen con la violencia, sublimándolas ambas en una pura maldad, y a ésta como si ella callera del cielo, como los meteoritos; como si los Dioses, quienes gobiernan en la vida y la muerte, no fueran también una creación humana. Queda de lado la intriga, la ambición, la complacencia, la indiferencia, la ignorancia, la degradación humana, el hambre, el desquiciamiento mental, todos aquellos valores que aborrecemos en los discursos y que no reconocemos en nuestros propios corazones…

Pero también queda afuera: la historia, la sociología, las ciencias sociales, el marxismo, el psicoanálisis,  los factores ideológicos. Inclusive, el clásico ejercicio del reporterismo investigativo, el cual ya casi que es inexistente dentro de nuestros profesionales del periodismo. Ejercitado aun, pero por algunos espíritus investigativos, cazadores de verdades que jamás aprendieron sus técnicas en ninguna escuela, porque no era necesario buscar la verdad sino corroborarla, una moral y una pasión que ahora está en desuso, gracias al poder del dinero y de la industria de la mentira.

La historia, las historias y el asesinato de Chávez

De la misma manera en que hoy nadie quiere pensar en lo que hay detrás de cada muerte, de la muerte de cualquier ser humano, nadie quiere conocer lo que augura la muerte por homicidio; ninguno quiere descubrir el significado del envenenamiento de Chávez, de nuestro “Rey Hamlet”.

“La historia no está para esas tonterías”, dirán muchos. ¿Y si la historia no está para eso, entonces para qué está?  En tiempos de revolución la historia y todos nosotros estamos aquí para descifrar la Efigie, para leer en el oráculo las pequeñas señales humanas cuando se huele algo podrido fuera de la nevera. Si la historia y todos nosotros no podemos dar cuenta del porqué que exhala el pus de las crisis, si no sabemos cuáles son los motivos por los cuales queremos y debemos cambiar la sociedad, el destino de los pueblos que ahora son oprimidos,… entonces para qué estamos aquí, para qué están aquí los historiadores, para qué estamos los socialistas y revolucionarios, para qué están nuestros líderes socialistas… ¿Para negar que hubo un crimen en la muerte de Chávez? ¿Para negar todo por miedo a las consecuencias que se derivarían de eso? …

Porque, de haber sido admitido el homicidio, denunciado e investigado, la dignidad de un pueblo hubiera cobrado venganza en sus asesinos. Y entonces, renacería la tragedia otra vez con todas sus fuerzas.

Las revoluciones las hacen los hombres y las mujeres para los hombres y las mujeres, para torcer sus propios destinos capturados por el capitalismo. Ellas aparecen para mejorar a nuestra especie. Se anuncian tal y como el pus lo hace con las infecciones malignas. Lo demás, los placebos que prometen soluciones fuera de la humanidad, que quitan el dolor de la angustia con la promesa de finales felices no llegan a la raíz de la enfermedad,  la ocultan más bien, no sirven.

Tampoco sirven aquellos dramas y lloriqueos que se  repiten al infinito y que padecen las masas adormiladas; los chismes y las comedias políticas, las noticias y las telenovelas, todos, solo sirven para distraernos del  verdadero valor humano de la vida. Del valor que tiene la consciencia humana de ser seres finitos. Que todo lo que tenga que hacerse en este mundo debe ser hecho en vida y en la tierra. Inclusive, alcanzar la inmortalidad.

Los mecanismos de la manipulación alimentan la esclerosis mental.  Solo sirven para maquillar la realidad. Para mejorar los índices del PIB, para generar empleados y acabar con el valor humano del trabajo. Para optimizar resultados matemáticos, para tener rating; mejorar la renta, la producción (irracional de cosas inútiles y consumibles), en fin, para optimizar el lucro de un atajo de burgueses que juegan como idiotas, como lo hacen los Dioses con los humanos en la Ilíada, indiferentes, atontados, echados en sus divinos asientos, desapasionados de la vida de tanta grasa en el cerebro.

Los “reflejos condicionados”, no sirven para la revolución, no sirven para nada a la hora de incrementar el trabajo verdaderamente humano, al oficio creativo y creador. No le sirve al espíritu verdaderamente humano. Aspirar a ser hombres y mujeres eficientes,  sin pensar para qué y para quién lo vamos a ser, es muy tonto. Es otra forma de la miseria humana. Es denigrante de la condición humana.

El valor de la mirada trágica de la vida está en la consciencia, está en el sentimiento de estar vivo y que pronto podemos morir, por lo tanto hay que hacer en vida las mayores y más creativas proezas humanas y para los humanos, pues es ella la que nos otorga el don (humano) de la inmortalidad.



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Héctor Baíz

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