El tren de los cambios que debe continuar

Ya robustecido, con el dedo del alma debidamente emparedado, vuelvo a la calle al día siguiente, miércoles.  ¡Que toda la samplablera que había vivido ocurrió el día martes, día de la semana en que abre el mercado de Quinta Crespo, dos días después de las elecciones primarias el domingo!

Bajé en el ascensor de mi edificio no sin cierto escozor contra la luz del nuevo día, en medio de uno de esos momentos de molesto desaliento a uno le embarga.  “Pero ¿por qué gente en el país con tan poco sentido de patria?”, pensé, mientras a través del pasillo de la planta baja enfilé mis pasos hacia la reja exterior y el quiosco del “amigo” David.  “Porque, veamos, ¿qué es aquello que hacemos que tiene a tanta gente en el mundo y en el país contrariada?  Predicar algo de justicia, corrigiendo pasados; igualdad, retribución para las ingentes masas de explotadas durante la IV República; control del libre mercado, más presencia del Estado en el desarrollo económico y político, metiendo en cintura a los leoninos de siempre que sacan la tripa al venezolano; dictar leyes para proteger a los desvalidos de históricos, la mujer, el niño, los ancianos.  Equidad.  ¡Ah, pero esa vaina arrecha y descubre la hipocresía de todo el mundo!  ¿No se llenan la lengua un montón de escualidones cuando habla, mencionando derechos humanos, ideales, justicia, progreso, prosperidad?…  ¡Puaf con la basura!  ¿A qué se refieren?  Supongo que a la vara personal y monetaria de medición.  No es raro en ellos considerar que hay violación de los derecho humanos en una política que favorece a una mayoría de pelagatos y mete el ojo en el ojal de su bolsillo.  Métete con el santo, pero no con la limosna.”

Al salir encuentro que el quiosquero no había abierto, cosa rara en tantos años, lo más seguro por el impacto del capítulo del día anterior.  El árabe de la zapatería apedreada, donde milagrosmente me cobijé, conversó un rato conmigo y me dijo que los chavistas y él mismo habían agarrado a unos escuálidos Baralt arriba mientras huían y los comprometieron a pagarles las vitrinas.  Algunos se pusieron a llorar y otros invocaron los derechos humanos.  Uno amenazó ridículamente a la polícía que se había presentado en la persecusión con demandarla porque violaba su debido proceso, y, después de entregar su palo y cabilla, mencionó pertenecer a una red de monitoreo de los derechos humanos avalada por la OEA y PROVEA en Venezuela.  Terminó gritando, mientras lo metían en la furgoneta policíal, profiriendo que iría a la Corte Interamericana de los Derechos Humanos.

El árabe rió un rato conmigo, mientras terminaba de darme los detalles de lo que yo me había perdido al enconcharme en mi casa.  Le pregunté por el quiosquero y me dijo “─Ese es un gallina que vuela de miedo”; de la señora Nancy, la vieja cacatúa, cuyas bolsas él tomó con los melones rotos y nuevos, además de unos huevos, dijo que si no se aparecería se preparía un manjar.  Le dije que yo había pagado BsF. 700 por las reparaciones de esa compra y me respondió que no era su problema, que si la dueña no aparecía las bolsas le pertenecían por reparaciones a su local.  No supo decirme qué pasó con la vieja.  Sólo me aclaró que al parecer el gritón, el que se presentó como abogado cuando me abordó el día anterior, era un pariente del malogrado Dr. Pancho y me recomendó que me cuidara de sus locuras y de su guardaespaldas, el corpulento de la pelea.

Bien mirado el asunto, me dije que había salido barato de aquella especie de justa política, aparentemente armada para generar consecuencias más allá del simple desahogo de un montoncito de escuálidos bravos por unas elecciones.
─Paisano ─me dijo el árabe, sirio para más detalles, afecto al gobierno de Venezuela por su posición a favor de Bashar Al Assad contra EE.UU.─, ¿por qué usted no se dedica a estar tranquilo en su casa en vez de andar por allí alborotando a tanta gente?  Hay mujer, hijos, televisión en casa, real para salir a comer o pasear… ¿Para qué tanto lío?
─¿Cómo es eso, Malek? ─le pregunté no creyendo que el árabe pudiera creer que yo andaba por el mundo buscando discordias cuando frente a sus propios ojos había sido víctima de una sarta de opositores..
─Me refiero a que otros pueden hacer el trabajo de la lucha, hombre.  Hay que ser inteligente.  ¿Por qué no dormir y comer en casa fino con mujer?  ─me dijo con su español aporreado, señalándo mi dedo también aporreado para soportar su discurso─.  Mira que nosotros apoyamos gobierno, pero no completo porque no pega socialismo con nuestros genes.  Lo de uno es vender por montón, a manos llenas, sin dedos rotos, si es posible sin control, y todos felices.

Terminé de reírme un rato con el árabe, celebrando sus loqueras, aunque verdades de fondo para él.  Bajé de una vez hacia el mercado y zona de mis reuniones políticas, pensando entre jocoso y severo que, de ser cierta la palabra del árabe, mucho camarada tendría que andar incómodo en el gobierno con semejante disyuntiva genético-ideológica, especialmente unos cuantos llamados Tarek que, si es cierto que los nombro en una generalización, no por ello dejan de ser de ascendencia árabe y puedan presentarse de pronto sustraídos de las predeterminaciones genéticas, histórico-culturales y biológicas.

“─Es sólo una ocurrencia ─me dije mientras miraba pasar debajo de mis pies el cemento de las aceras─.  El humano es un ser principalmente de ideas”.



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Oscar J. Camero

Escritor e investigador. Estudió Literatura en la UCV. Activista de izquierda. Apasionado por la filosofía, fotografía, viajes, ciudad, salud, música llanera y la investigación documental.

 camero500@hotmail.com      @animalpolis

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