La infaltable victoria

Los clarines de Carabobo anunciaron el colapso del poder español en Venezuela. Luego de esa jornada fulgurante solo quedaron reductos enemigos aislados que serían oportunamente abatidos, y se abrieron para la lucha por la libertad los caminos del Sur, dos años antes comenzados a transitar en Boyacá. Nuestra patria se inauguraba ante el mundo como un manantial de solidaridad, que ponía la vida de sus hijos y la gloria del tricolor mirandino al servicio de los otros pueblos hermanos, los cuales en realidad eran uno con el nuestro. Venidos de los ámbitos del Orinoco, aquellos hombres semidesnudos pero forjados en acero, y las heroicas mujeres que los acompañaban, se unieron con las y los surgidos de las cuencas del Magdalena, el Plata y el Amazonas para dejar sobre los campos de Bomboná, Pichincha, Junín y Ayacucho rotas las espaldas del imperio donde no se ponía el sol. Bolívar, catalizador y líder de la hazaña, unía para siempre su nombre a la propia existencia del Continente y dejaba su impronta en la recóndita memoria de su pueblo, para que este no olvidara de cuánto es capaz cuando es necesario combatir por una causa justa.

Y le tocó al pueblo proseguir los combates. Se derrumbó Colombia la grande, los sueños de justicia fueron arrebatados, los epígonos del coloniaje se apoderaron de las tierras y los medios de producción, dividieron para reinar, prolongaron la aberración de la esclavitud, condujeron al Padre a las puertas del sepulcro, bastardearon la historia, se entregaron a nuevos amos imperiales y fueron consolidando a lo largo de casi dos centurias un bloque de poder que estableció una férrea dictadura de clase, políticamente expresada en gobiernos, ora abiertamente terroristas, ora formalmente democráticos, ora terroristas con democracia de disfraz, todos o casi todos indefectiblemente apátridas y antipopulares. Los libertadores habían arado en el mar. El pueblo siguió padeciendo derrotas.

Pero con el siglo XX se extinguió también la hegemonía del entramado imperialista-oligárquico cuando de las profundidades marinas emergió la cosecha de aquellos sembradores. El pueblo (amorosamente unido a un liderazgo que reempató el hilo de nuestra historia y, devolviendo la original conciencia patriótica y bolivariana a la Fuerza Armada, forjó la unidad civil-militar) se puso en condiciones de retomar las riendas de su destino y dedicarse a construir el sueño de la Patria bonita, con sus atributos de justicia, libertad y demás componentes de la mayor suma posible de felicidad. Léase lucha por el socialismo, en la perspectiva del siglo XXI.

Al pasar revista me veo constreñido a abrevar en lo antes escrito y a no evadir el hecho de llover sobre mojado.

La Revolución enfrenta, incluyendo frenos y tropiezos internos de peligrosa índole, a compinches y descendientes directos de quienes establecieron y manejaron el cuadragenio blanquiverde y convirtieron la palabra democracia en coartada de todos los delitos políticos y comunes derivados, con prescindencia de zarandajas tales como integridad, probidad y vergüenza. Individuos, aquellos y estos, cuyo prontuario, a la vista del tribunal más importante después del divino, el del pueblo, se equipara al de las más depravadas generaciones de políticos de clases dominantes en la historia del país. Sigue pendiente la vindicta de la justicia ordinaria.

Los poderes desplazados no se resignan, nunca en parte alguna los explotadores y opresores se han resignado. Demonización de los presidentes Chávez y Maduro, campaña mediática de odio que llevó a la disociación psicótica de buena parte de las capas medias, golpe de estado, golpe-sabotaje petrolero, microinsurrecciones de todo tipo lucubradas en los laboratorios de la CIA, tentación del magnicidio y balumba de mentiras descargadas sobre los caminos del mundo, con el cinismo criminal aprendido de los nazis y potenciado por el descomunal aparataje mediático que manejan, han conformado y conforman la panoplia de la contrarrevolución.

No obstante, ellos también efectúan incursiones democráticas y se presume que algunos sectores en sus filas preferirían ese camino. Pero los dominantes no, como lo demuestra el hecho de jamás comprometerse a aceptar los resultados electorales y terminar siempre en tesitura de fraude, en esta última ocasión, todavía muy vivo el dolor, con cauda de muertes que no pueden quedar impunes.

Mas la victoria será infaltablemente del pueblo, el cual seguirá empuñando, junto con sus hermanos de la América nuestra, las espadas de Carabobo y Ayacucho.


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Freddy J. Melo


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