Estadólatras: ¿Me permiten disentir?

"El Estado es un órgano de dominación de clases, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del orden que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando la lucha de clases. El proletariado sólo necesita el Estado temporalmente. Nosotros no discrepamos en modo alguno con los anarquistas en cuanto al problema de la abolición del Estado como meta final. Lo que afirmamos es que para alcanzar esta meta es necesario el empleo temporal de las armas, de los medios del Poder del Estado para emplearlos contra los explotadores. Para destruir las clases es necesaria la dictadura temporal de la clase oprimida." (Lenin: la real polémica de Marx con los anarquistas)

I.- Momento del llamado “principio-esperanza” (Ernst Bloch):

Lo más elemental muchas veces se pierde de vista: no habrá nuevo socialismo fuera del espacio de la revolución democrática permanente e instituyente, lo cual implica diferenciarla de cualquier fe supersticiosa en los límites constitucionales y en la forma-Estado; fe heredada por prácticas, representaciones y discursos de 200 años de colonialismo interno, de modernización capitalista refleja, trunca y dependiente para Nuestra América; y en el caso de Venezuela, de sub-cultura del petróleo, de conformación del Estado populista clientelar, de patrimonios, prebendas y privilegios, producto de modalidades parasitarias de la acumulación delictiva de capitales.

A algunos intelectuales, funcionarios y políticos les da escozor que se plantee el debate entre la forma-Estado y la forma-Comuna. El realismo de “sentido común”, el pragmatismo, el oportunismo, las viejas estadolatrías de aparato, propias de una izquierda cargada de hábitos ideológicos, sean socialdemócratas o estalinistas, o el hecho mismo que se viven las tensiones, conflictos y antagonismos de una potencial transición post-capitalista, plantean que es “sensato” no debatir si el pensamiento crítico socialista, puede seguir encadenado al imaginario instituido de la forma-Estado: “En efecto, cada uno de nosotros lleva interiorizada, como la fe del creyente, esa certeza de que la sociedad es para el Estado (…) no se puede concebir sociedad sin Estado.” (Pierre Clastres).

Muchos malos lectores del llamado "autonomismo", o del "marxismo crítico, abierto y libertario", por ejemplo, extraen como consecuencia que la idea de revolución para estas corrientes, no puede consistir en una alteración radical de la relaciones de poder y en una toma del Estado. Mucho se hubiese evitado, si siguiendo a Foucault, se hicieran distinciones entre el concepto de relaciones de poder y sus efectos de conjunto: los estados de dominación. Gramsci tenía suficientemente claro, como el "poder de unas clases-sobre otras clases", es inmanente al campo de constitución de la separación entre gobernantes y gobernados. Y Marx tenía suficientemente claro que la forma-Estado era parte del complejo ensamblaje de la alienación política.

El Estado nacional (y cualquier forma-Estado) es una expresión concentrada de relaciones de dominación de una sociedad: de gobierno sobre las personas, de coloniaje sobre etnias subalternas, de imposición de un imaginario nacional, un órgano para el dominio de clases. Cuando la izquierda bien-pensante se queda en la mera lucha por la “toma de Estado”, dejan intactas muchas de las lógicas, prácticas, representaciones y discursos de la forma-Estado capitalista. “Cambian el mundo”, dicen, pero manteniendo el "poder concentrado" de la forma-Estado, en manos no de la “clase trabajadora revolucionaria”, ni del "pueblo organizado, movilizado y consciente", sino de la cadena de sustituciones (partidos-aparatos, gobiernos controlados básicamente por sectores medios radicalizados, o bajo el liderazgo de personalismos carismáticos).

El mando jerárquico, vertical y concentrado es justamente una condición de imposibilidad para una revolución democrática permanente, cuyos actores-sujetos populares comienzan a desplazarse desde la potencia constituyente del ejercicio directo del poder, hacia los vagones de cola de las revoluciones o del llamado “proceso”.

Se dice comúnmente que los gobiernos progresistas de América Latina se están valiendo del Estado para regular la economía (que sigue siendo básicamente capitalista), para inducir también el crecimiento económico (cuando lo hay, también de tipo capitalista), para desarrollar políticas sociales (favorables al orden, la seguridad, la ley y la paz capitalistas). De este modo, los gobiernos progresistas gestionan las funciones típicamente capitalistas de acumulación, regulación y legitimación funcionales al mantenimiento del dominio de los factores reales de poder.

El keynesianismo de izquierda y el populismo, anudan tanto un patrón de politización como una economía política progresista, se dan la mano para impedir imaginar y pensar alternativas radicales de reproducción material basadas en el socialismo radical, distintas a las prácticas de unidades de producción y distribución cuyo fundamento reproduce el antagonismo de clase, y formas de desigualdad sustantiva bajo la división jerárquica y vertical del trabajo.

En este contexto material, el tema de las funciones de la forma-Estado capitalista, se confunden con las funciones de un Estado de transición al post-capitalismo. Obviamente no son las mismas funciones, ni tareas, ni las mismas formas organizativas ni las mismas prácticas del Estado capitalista. ¿Acaso el llamado "Estado de transición" es una continuidad del Estado capitalista?
 

Transformar el Estado capitalista implica desmantelarlo, derrocarlo, destruirlo. No hay excusas ni retórica florida para suponer que se trata de reformas de fachada, de nombres sin cambiar lógicas, practicas y representaciones. Al desmantelarlo hay que crear nuevas instituciones, espacios, aparatos, nuevas prácticas, formas de organización que no reproduzcan en lo esencial las lógicas y practicas del gobierno sobre las personas, sobre los movimientos sociales y populares, sobre las clases subordinadas, sino todo lo contrario: un gobierno directo con las gentes y de las gentes, con los movimientos sociales y de los movimientos sociales, con las clases populares y del pueblo trabajador.

Se trata, como decía Lenin en sus mejores momentos, de un semi-Estado de transición. La izquierda bien-pensante, sin embargo opta por un Lenin -"hombre de Estado", edificador del "Estado socialista", un Lenin pues "realista". Pero seamos realistas, pidamos lo imposible: no quedemos encadenados al inconsciente político de la forma-Estado. Fue Lukacs el que alguna vez dijo que los puntos fuertes y débiles del Estado se hallan en la manera en que éste se refleja en la conciencia de los hombres. La forma-Estado es también una representación ideológica.

Los gobiernos progresistas de América Latina, sus dirigentes y funcionarios, comienzan a mostrar síntomas de desconexión y debilidad del apoyo popular, de identificación con las lógicas y prácticas del Estado capitalista. Si bien rescataron el papel de la política y del Estado frente al neoliberalismo, no han ofrecido algo distinto de las recetas keynesianas y del populismo histórico.

De allí que en plena coyuntura para transformaciones post-capitalistas, sea posible que la izquierda progresista, comience a experimentar una fatal carencia de potencia creativa para imaginar un mundo distinto de relaciones, prácticas e instituciones políticas y económicas, basadas en efectivamente en la igualdad sustantiva y en la superación del antagonismo de clases.

La edificación de las bases materiales del socialismo radical, implica inevitablemente la construcción de una economía social, popular, alternativa y comunal de propiedad social o colectiva, bajo modalidades auto-gestionadas de administración, así como con prácticas democráticas de planificación de conjunto, en articulación con la función de comando político-económico de un Estado de transición, sometido a un intenso y extenso proceso de democratización de funciones.

No es a través del cambio cosmético de la melodía dominante de políticas económicas, marcadas unas por el “go” (keynesiano-pro-cíclico), y otras por el “stop” (monetarismo-neoliberal), que se cambiara la “rocola” capitalista. La música capitalista sigue sonando y a gran volumen. No hay melodía socialista. Tampoco superará el capitalismo, la planificación burocrática al estilo del socialismo real, con su apego a la centralidad del estatismo autoritario y el fetichismo del partido-único. Hay que reconocer que todavía hay mucho de “desarrollismo” en la llamada izquierda progresista. El desarrollismo de izquierda sigue atado al mito de la neutralidad ideológica de las "fuerzas productivas".

En gobiernos progresistas hay muchas ganas de “gobernar-sobre”, pero pocas de “hacer efectivamente revoluciones democráticas y socialistas”. Se sueña con la elevación constante del “empleo formal” (pero con atributos reales de precarización, sean abiertos o velados), generalmente aumentado la nomina y la clientela del Estado, impulsando a veces el crédito a pequeñas y medianas empresas, y tratando de ampliar el poder adquisitivo de los salarios directos o indirectos. Sin embargo, los gobiernos progresistas mantienen toda la terminología heredada del neoliberalismo: hablan de "sector informal", de "pobreza crítica", de "programas sociales focalizados". Muestran una patética debilidad ideológica para avanzar en la construcción de otro mundo posible.

Obviamente, las medidas urgentes son aceptables en tiempos de desempleo crónico a corto plazo, no están mal para superar los "ciclos cortos" de coyuntura. Pero desde allí, no hay revolución productiva ni cambio estructural en el sentido de una transición post-capitalista. La responsabilidad no es exclusiva de los gobiernos progresistas. Bajemos un peldaño. ¿Qué ocurre con los partidos, o alianzas políticas progresistas que no impulsan revoluciones; es decir, cambios estructurales? ¿Que ocurre dentro de la "contra-elite" política que supuestamente conduce luchas anti-neoliberales y dibuja horizontes anti-capitalistas?

Los Gobiernos desean partidos dóciles. Los partidos dóciles desean militantes dóciles. Los partidos y militantes dóciles, desean movimientos sociales y populares dóciles. Pero los movimientos sociales y populares, se cansan de los gobiernos, de los partidos y de sus militantes dóciles. Los mandan muchas veces, como decimos coloquialmente "largo pal´carajo".

¿Es responsabilidad de quiénes, que se presenten esas fisuras o abismos entre la izquierda social y la izquierda política? ¿De los gobernantes o de los gobernados? Los movimientos sociales, populares, barriales y de los pueblos originarios, no es que abandonen la lucha por la construcción de hegemonías alternativas, es que el muro de los partidos de gobierno y de los gobiernos progresistas, se convierte injustamente en una condición de imposibilidad para las hegemonías alternativas.

La construcción de hegemonías alternativas implica bajarse del pedestal del poder-sobre, de la “mata de coco” de la arrogancia, de la corruptela del poder, de la sub-cultura del “cargo”, que se instala lamentablemente en el espacio de las “nuevas elites” de los partidos dóciles de izquierda y sus "gobiernos progresistas", e incluso como en sus portavoces intelectuales, ahora "intelectuales palaciegos".
Tal vez estos intelectuales palaciegos deban volver a leer “Miseria de la filosofía” de Marx, cuando dice, refiriéndose a las corrientes teóricas de economía:

Luego sigue la escuela humanitaria, que toma a pecho el lado malo de las relaciones de producción actuales. Para tranquilidad de conciencia se esfuerza en paliar todo lo posible los contrastes reales; deplora sinceramente las penalidades del proletariado y la desenfrenada competencia entre los burgueses; aconseja a los obreros que sean sobrios, trabajen bien y tengan pocos hijos; recomienda a los burgueses que moderen su ardor en la esfera de la producción. Toda la teoría de esta escuela se basa en distinciones interminables entre la teoría y la práctica, entre los principios y sus resultados, entre la idea y su aplicación, entre el contenido y la forma, entre la esencia y la realidad, entre el derecho y el hecho, entre el lado bueno y el malo. La escuela filantrópica es la escuela humanitaria perfeccionada. Niega la necesidad del antagonismo; quiere convertir a todos los hombres en burgueses; quiere realizar la teoría en tanto que se distinga de la práctica y no contenga antagonismo. Dicho se está que en la teoría es fácil hacer abstracción de las contradicciones que se encuentran a cada paso en la realidad. Esta teoría equivaldrá entonces a la realidad idealizada. Por consiguiente, los filántropos quieren conservar las categorías que expresan las relaciones burguesas, pero sin el antagonismo que constituye la esencia de estas categorías y que es inseparable de ellas. Los filántropos creen que combaten en serio la práctica burguesa, pero son más burgueses que nadie. Así como los economistas son los representantes científicos de la clase burguesa, los socialistas y los comunistas son los teóricos de la clase proletaria. Mientras el proletariado no está aún lo suficientemente desarrollado para constituirse como clase; mientras, por consiguiente, la lucha misma del proletariado contra la burguesía no reviste todavía carácter político, y mientras las fuerzas productivas no se han desarrollado en el seno de la propia burguesía hasta el grado de dejar entrever las condiciones materiales necesarias para la emancipación del proletariado y para la edificación de una sociedad nueva, estos teóricos son sólo utopistas que, para mitigar las penurias de las clases oprimidas, improvisan sistemas y andan entregados a la búsqueda de una ciencia regeneradora. Pero a medida que la historia avanza, y con ella empieza a destacarse, con trazos cada vez más claros, la lucha del proletariado, aquellos no tienen ya necesidad de buscar la ciencia en sus cabezas: les basta con darse cuenta de lo que se desarrolla ante sus ojos y convertirse en portavoces de esa realidad. Mientras se limitan a buscar la ciencia y a construir sistemas, mientras se encuentran en los umbrales de la lucha, no ven en la miseria más que la miseria, sin advertir su aspecto revolucionario, destructor, que terminara por derrocar a la vieja sociedad. Una vez advertido este aspecto, la ciencia, producto del movimiento histórico, en el que participa ya con pleno conocimiento de causa, deja de ser doctrinaria para convertirse en revolucionaria.”

Pasar a una “ciencia revolucionaria” (M. Löwy). Esta es la tarea de los portavoces intelectuales de los “gobiernos progresistas”, alejarse del palacio y sintonizarse con la multitud constituyente. Derrocar la vieja sociedad, el viejo Estado, la vieja economía política, sus viejas instituciones, sus doctrinas.
Obviamente, los movimientos sociales y populares contra-hegemónicos deben apoyar a los gobiernos progresistas, pero participar sin bozales en los bloques de fuerzas que apoyan aspectos, contenidos o medidas revolucionarias, no solo manteniendo su autonomía sino criticando desde la raíz, los aspectos de regulación social del antagonismo, sus timideces, sus inconsecuencias, y hasta sus perfiles reaccionarios y autoritarios, presentes en estos mismos gobiernos.

En esto consiste la construcción de una nueva hegemonía política democrática. Potenciar el espíritu crítico, contestatario, subversivo, rebelde de los movimientos sociales y populares contra-hegemónicos. Cuando los "gobiernos progresistas" acusan a los movimientos sociales y populares de "subvertir el orden", confiesan que han entrado en su etapa senil, muestran sus perfiles reaccionarios. Se muestran incapaces de avanzar en las transformaciones de fondo que exigen las clases trabajadoras y populares.
Postergar el espinoso asunto de las bases materiales de la transición post-capitalista es sencillamente una forma de escurrir el bulto, de intentar continuar una mascarada, un espectáculo-comandado por elaboradas estrategias de propaganda política. Nadie duda que se pre-figura una larga y profunda lucha económica, política, jurídica, ideológica y cultural, para volver a colocar el socialismo radical a la orden del día. Pero hay que comenzar con tener cierta fortaleza en las piernas, cierta consistencia entre el dicho y el hecho, para comenzar “la larga marcha”. Partiendo del populismo o del keynesianismo de izquierda no se llegará muy lejos. Incluso, ya se ha llegado al “llegadero”.

No hay que dividir fuerzas para reconocer que los llamados "gobiernos progresistas" tienen piernas flojas. Ciertamente, hay que mantener a toda costa el "mal menor" frente al "mal mayor", consolidar una amplia alianza de movimientos sociales y políticos de izquierda, acumular fuerzas para impedir que caigan por sus propias debilidades estos "gobiernos progresistas", pero clarificando el horizonte revolucionario, a la vez que estableciendo los programas mínimos comunes para avanzar, con piernas firmes, paso a paso.
La izquierda social de Nuestra América, ya no sólo es anti-neoliberal, sino que comienza a vislumbrar el horizonte anticapitalista como cuestión civilizatoria. Son palabras y desafíos mayores, donde su juega la posibilidad misma de la continuidad de la especie humana sobre este planeta. De allí que no pueden perderse los hilos que conectan las transformaciones de mediano plazo (pues ya el largo plazo es la muerte asegurada para las generaciones venideras, bajo las condiciones dominantes) con las transformaciones inmediatas.

Cuando se analicen los resultados electorales por-venir (En Brasil, Argentina o Venezuela), los "gobiernos progresistas" y sus "partidos en el gobierno", estarán tentados a echarle la culpa a la “inmadurez de las masas populares”, si los resultados les son adversos. Esto expresa que les cuesta mirarse en el espejo, mirar la paja de su propio ojo. En Venezuela se construyó una fórmula que nunca logró aplicarse a fondo: revisión, rectificación y reimpulso. Las llamadas 3R siguen siendo, como otras fórmulas innovadoras: letras muertas. La llamada "contraloría social" sigue atada de manos frente al poder de las burocracias recién instituidas. En algún momento, el pueblo organizado se sacudirá este yugo.
 

La gran victoria de los primeros años, fue construir formas de nacionalismo popular progresistas que podrían podría evaporarse, si las dirigencias no advierten que el burocratismo, la arrogancia, las corruptelas y su carencia de voluntad radical transformadora, son la condición de posibilidad para el reflujo revolucionario.

El nacionalismo popular progresista, puede devenir en mascarada de nacionalismo burgués, sin nada que ver con las luchas anti-capitalistas. Justamente, allí reside el impasse del análisis concreto de la realidad concreta de nuestro tiempo. El socialismo radical es incompatible con el mantenimiento de fórmulas cada vez mas desgastadas, como el keynesianismo de izquierda o el viejo guión populista.
Por tanto, el imaginario social radical puede postular la significación histórica de un retorno reflexivo y crítico a la democracia socialista de consejos del poder popular, acto pertinente para salir de este impasse, así sea como horizonte regulativo. Construir el "doble poder" junto y a pesar de algunas fracciones conservadoras de los "gobiernos progresistas".

Un retorno crítico (no religioso ni doctrinario) a Marx, puede despejar algunos principios del horizonte de libertad y liberación, para impulsar nuevas formas de pensamiento y acción contra-hegemónicas de signo claramente socialistas.
Incluso, un reconocimiento de las aristas libertarias del propio Marx, más allá de la primera división de aguas entre “marxismo” y “anarquismo”, podría revitalizar un horizonte utópico que es licuado en el seno de las representaciones dominantes de la burocracia gubernamental:

"El Estado es un órgano de dominación de clases, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del orden que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando la lucha de clases. El proletariado sólo necesita el Estado temporalmente. Nosotros no discrepamos en modo alguno con los anarquistas en cuanto al problema de la abolición del Estado como meta final. Lo que afirmamos es que para alcanzar esta meta es necesario el empleo temporal de las armas, de los medios del Poder del Estado para emplearlos contra los explotadores. Para destruir las clases es necesaria la dictadura temporal de la clase oprimida."

Tanto Marx como Engels fueron marcados por la posibilidad (de cuño Saint-simoniano) de pasar de una noción del Estado como gobierno sobre los hombres, a una posible “administración de las cosas”. Para ellos, el tránsito post-capitalista pasaba, en términos generales pero admitiendo algunas variaciones históricas, por un "pueblo trabajador en armas" y por una "dictadura temporal de la clase oprimida". Comparando estos enunciados, podemos analizar cuán lejos están las "nuevas elites progresistas" de la “vieja teoría revolucionaria”. En las actuales circunstancias, podríamos hablar de las implicaciones de semejante posición para referirnos al bio-poder y a la bio-política. Sin embargo, Marx expresó una vitalidad de la voluntad radical de la que carecen los "eunucos progresistas", incluso si asumimos cualquier sublimación mínima de las enunciados-consignas referidas, al "empleo temporal de las armas" y de "dictadura revolucionaria".

Por otra parte, la palabra “asociación” en Marx, aparece conjuntamente con la posibilidad de imaginar un entramado de “productores libremente asociados”. Así mismo, la crítica a la veneración supersticiosa del Estado, es justamente la raíz del problema de alienación política. En el fondo, En Marx y Engels hay analogías entre la alienación religiosa y la alienación política: "En el Estado toma cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico sobre los seres humanos". A los estadolatras no les gusta que se les recuerde esta frase:

Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de Estado popular libre: mientras que el proletariado necesite todavía del Estado no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso nosotros propondríamos remplazar en todas partes la palabra Estado por la palabra “comunidad” (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana equivalente a la palabra francesa Comuna.”(Carta de Engels a Bebel-1875)

El poder popular y comunitario será uno de los eslabones claves para desplazar el énfasis desde la tesis de la lucha por los gobiernos progresistas, hacia las fuerzas sociales y políticas contra-hegemónicas. Desde allí, se construirán las bases materiales, institucionales y simbólicas de sociedades de transición al socialismo. Este giro radical exige replantear sí los marcos jurídicos e institucionales existentes, sólo permiten profundizar en un paradigma renovado de socialismo democrático, o incluso interrogarse si se desea luchar por algo más radical que esto, lo que implica analizar si el eslabón clave de un término que no entusiasma (socialismo democrático), es justamente una revolución permanente por la democracia socialista.

Marx y Engels, en el prólogo de la edición alemana de El Manifiesto, 24 de junio del 72, añadieron: "La Comuna ha demostrado, sobre todo, que la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines." También Marx y Engels escribieron en "El Manifiesto Comunista" en el contexto del siglo XIX europeo:

"Sustituir la máquina del Estado, una vez destruida, por la organización del proletariado como clase dominante, por la conquista de la democracia. El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción (...) Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción esté centrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo carácter político."

Sin una democracia de la multitud popular, del pueblo trabajador como composición de clase políticamente gobernante, para Marx y Engels, era poco probable transición alguna al post-capitalismo. En este punto quisiéramos aclarar que, en cuanto a la abolición de la organización de la sociedad en su forma jurídico-política, de lo que se trata (para Marx-Engels) es de superarla, ya que se intentaba establecer una forma de democracia acorde con la hegemonía de las clases populares.

En este sentido, la primera alusión a este tema se encuentra en el Miseria de la Filosofía: “(…) La clase trabajadora sustituirá, en el curso de su desarrollo, a la antigua sociedad civil, una asociación que excluirá las clases y su antagonismo, y no habrá más poder político propiamente dicho (…)”.
En el Manifiesto se encuentran los siguientes enunciados: “Si el proletariado, en la lucha contra la burguesía, se constituye necesariamente en clase, por medio de la revolución se transforma a sí mismo en clase dominante y, como tal, destruye violentamente las viejas relaciones de producción, suprime, junto con estas relaciones de producción, también las condiciones de existencia del antagonismo de clase y las clases en general, y por consiguiente también su propio dominio de clase.”

A mediados del siglo XIX, el “elan” revolucionario era la destrucción violenta, la supresión de las condiciones de existencia del antagonismo de clase. Las revoluciones pacíficas del siglo XXI parecen devoradas por la economía del humanitarismo filantrópico, ya mencionado en Miseria de la filosofía. Fue Kennedy el que colocó la guinda para comprender esa suerte de pasaje entre revoluciones pacíficas (comprendidas estrechamente como reformas tipo “alianza para el progreso”), y las revoluciones violentas (la vieja consigna de la “contención del comunismo”).

El asunto es más complejo. En la medida en que no se abran las compuertas a las revoluciones democráticas y socialistas, en medio de condiciones donde se hace patente el magma de la exclusión social, las opresiones múltiples y la negación cultural, se incubarán factores latentes de "violencia política". O se avanza en la democracia social de participación ampliada de las clases populares, o desde el mundo de vida de lo popular, se abrirán escenarios de lucha armada.

De allí que seguimos planteando como "horizonte regulativo", que se trata de superar esta forma de organización jurídico-política llamada forma-Estado capitalista, que la forma-Comuna puede ser una forma política expansiva e incluyente, mientras todas las precedentes formas de gobierno han sido unilateralmente represivas. Es decir, que las diferentes formas que puedan construir el socialismo, buscarán ser más democráticas que las actuales formas capitalistas de la organización de la sociedad. Allí se juega la posibilidad misma de la democracia socialista.

Karl Marx describió en su texto: “La Comuna de Paris”, los errores cometidos por la clase proletaria en su tarea de gobernar a los franceses y también cómo se debería haber actuado. Relató que tras conseguir el Poder, el proletariado no tuvo que dejar intacta la maquinaria del estado existente, sino que debió eliminar, sin pausas y a grandes pasos, las estructuras e instituciones de la burguesía; es decir llevar a cabo, desarrollar, el proceso político hasta su última instancia, alcanzando la "extinción del Estado burgués".

Justamente, es este horizonte de libertad y liberación, el que pretende enterrarse por parte de los nuevos “socialismos estado-céntricos” y sus "gobiernos progresistas". En vez de suponer la radical democratización del Estado, como precondición de la abolición futura del Estado, plantean tácitamente el fortalecimiento por la vía de la “concentración jerárquica y vertical del poder” en manos del aparatos-partidos-Estado. Un retorno a la falacia del populismo o del estalinismo en clave tropical.
Por tanto, ni el Estado ni la Constitución existente son más que variables, no axiomas inmodificables. Decía Rosa Luxemburgo:

Cada Constitución legal es producto de una revolución. En la historia de las clases, la revolución es un acto de creación política, mientras que la legislación es la expresión política de la vida de una sociedad que ya existe. La reforma no posee una fuerza propia, independiente de la revolución. En cada periodo histórico la obra reformista se realiza únicamente en la dirección que le imprime el ímpetu de la última revolución, y prosigue mientras el impulso de la última revolución se haga sentir. Más concretamente, la obra reformista de cada periodo histórico se realiza únicamente en el marco de la forma social creada por la revolución. He aquí el meollo del problema.”(Luxemburgo: Reforma o Revolución)

Sin embargo, en desacuerdo parcial con la Rosa Roja, no todas las Constituciones nacen de revoluciones. Sería necesario corregir la afirmación: nacen de actos de poder, tanto de revoluciones, golpes de timón como de contra-revoluciones. No existe una línea histórica progresiva de revoluciones triunfantes. Hay marchas y contra-marchas, hay flujos y reflujos, hay tendencias al Socialismo, pero hay contra-tendencias hacia la Barbarie (También el Pinochet paranoico-agresivo y su derecha histérica, hicieron su Constitución a la medida).

II.- Momento del llamado “principio de realidad” (Freud) o de rendimiento (Marcuse):
Marcuse diría que todo realismo encierra una claudicación de la Utopía. De allí que en Mayo 68 se planteaba: "seamos realistas, pidamos lo imposible". Sin embargo, exigir realismo es parte de una identificación con lo existente; es decir, con los que se ha hecho dominante. La conexión entre Reforma, Revolución y Constitución nos es útil para enfatizar en la siguiente idea: en cada período histórico la obra reformista se realiza únicamente en la dirección que le imprime el ímpetu de la última revolución, y prosigue mientras el impulso de la última revolución se haga sentir. Con un suplemento, cuando la Constitución es obra de un poder constituyente originario. El problema de la relación entre Socialismo, Revolución y Constitución se concentra allí.
 

¿Cuáles son los principios y disposiciones para la producción legislativa, que utilizando el impulso constituyente, pueden delinear o edificar en concreto las formas o modelos de socialismo democrático-radicales y participativos para Venezuela?

Cuando se habla, por ejemplo, de “pueblo legislador” se omite lo esencial: el “pueblo constituyente”, el pueblo que hace efectivamente revoluciones, no desde el parlamento burgués, sino desde la conjunción de fuerzas extraparlamentarias y parlamentarias, ejerciendo de manera directa la soberanía popular.
Soberanía popular que al mismo tiempo se enfrenta al reconocimiento de la diversidad popular, a la unidad y diversidad del pueblo-multitud. Democracia social y participativa, ciertamente, pero a la vez democracia sin liquidar diversidades. Sin concesiones con la derecha capitalista, ni al espíritu jacobino de la unificación despótica. Algunos observan, con cierta razón, que al constitucionalizarse la revolución se entró en un momento reformista. Se entró de lleno en el "principio de la realidad instituida", con un tácito repudio a la potencia constituyente. Continuemos.

El apego apasionado a la Constitución de 1999 en Venezuela, por ejemplo, conduce a varios horizontes, con límites claramente precisables. En el mejor de los casos: a construir instituciones para impulsar una mayor y mejor democracia participativa, así como formas de economía mixta con un fuerte sector de economía social, popular, alternativa y comunal. Es prácticamente imposible imaginarse esa tarea sin poder popular, sin protagonismo del pueblo trabajador y de las clases populares.
En el peor de los casos: puede darse alguna variante de socialdemocracia reformista con enclaves liberales; bajarle la mecha de intensidad a la democracia participativa, hasta convertirla en una vieja democracia de elites o cogollos. Esto lo puede hacer una coalición poli-clasista dirigida por sectores medios con una práctica reformista, acorde con el guion de "movilizar a los de abajo para tomar el poder, y conciliar a los de arriba para mantenerse en el mismo". Ambas opciones están presentes en la Constitución de 1999.

El apego apasionado a la Constitución de 1999 no permite ni una vuelta de tuerca hacia la derecha neoliberal, ni los saltos de garrocha del socialismo leninista, propio de los manuales con marca “URSS”. Menos aún, es posible la opción del “calco y copia” del Despotismo Burocrático con sus eufemismos: “Estado obrero con deformaciones burocráticas”. Aquí Bruno Rizzi tenía razón frente a Trotsky: Colectivismo Burocrático, algo no imaginado por Marx ni Engels.

La Constitución de 1999 no permite estos vuelos de la izquierda de tradición bolchevique. Pero abre otras compuertas. Quien olvide u omita deliberadamente el papel protagónico del espíritu constituyente, huele a reforma sin horizonte de revolución. La construcción del socialismo de la propiedad social, colectiva o comunitaria, de la democracia directa, en el caso de Venezuela, se encuentra frente a dilemas cargados de tensiones, confusiones y ambivalencias. Uno de sus dilemas es desenmascarar dimensiones de autoengaño: no hay líneas de tendencia dominantes que se muevan en la dirección de la democracia participativa de signo socialista, sino hacia viejos formatos de populismos de izquierda y/o socialismos de marca burocrática ya conocidos. Allí reside parte de la decepción y desaliento de algunos sectores.
Se ha instalado para algunos colectivos, una clásica situación de doble vínculo, que solo se puede romper, con la intervención de una multitud popular: movimientos sociales, populares, barriales y de los pueblos originarios, que derrumben los muros del burocratismo, la ineficiencia, la corruptela, el cogollo y la nomenclatura de privilegiados (de la revolución, obviamente). Los chantajes morales, la manipulación culposa o el uso político de miedos y vergüenzas, en estas circunstancias, están a la orden del día. - Pero, se mueve -, diría Galileo.
 

El gran drama existencial de los revolucionarios re-convertidos en altos funcionarios, es justamente un asunto de mantenerse en el poder-sobre-otros, amasando privilegios, y a la vez arengando para una revolución que termina siendo re-interpretada desde abajo como revolución truncada, traicionada o confiscada. Cuando se desenmascara el espectáculo-comandado desde arriba, la evaluación de tal revolución, interpela a quienes ocupan cargos de responsabilidad en la dirección política. La nomenclatura de privilegiados comienza a dudar si no será mejor, asumir el nuevo rol de clases económicamente ascendentes y políticamente conservadoras. ¿Dijo usted revolución? Llamémosla ahora: "revolución institucional" (PRI dixit). Se enfrentan a una clásica "incongruencia de roles y status" y a nuevas "posiciones de sujeto". Generalmente, terminan en las filas de la nueva clase dominante. ¿Como evitarlo?

Sabemos que el modelo de revolución leninista condujo desde temprano a la prefiguración del despotismo burocrático, primero en el partido-aparato, luego un Estado con deformaciones burocráticas, consolidó un régimen político-económico-cultural despótico, por múltiples condiciones, razones y decisiones que conviene dilucidar. Allí también surgió una “nueva capa dominante”. Se institucionalizó el partido-único, junto a un Estado muy poco democrático con exuberantes deformaciones burocráticas, dominado por un cogollo-camarilla, condiciones propicias para no hacer ningún modelo de socialismo basado en “todo el poder a los soviets”. De "todo el poder a los soviets" se pasó a "todo el privilegio a la nomenclatura".
Luego, eso de “Estado de todo el pueblo” de la Constitución de 1936, era el “Estado de la camarilla dócil del partido-único dominado por Stalin”: la famosa “nueva clase” y su a la postre tentacular “nomenclatura privilegiada”. Sabemos hoy que Trotsky se quedó corto en su crítica presente en “La Revolución Traicionada”, texto ejemplar para comprender engaños y auto-engaños. De nuevo, ¿cómo evitarlo?
Una solución ha sido dibujada en el texto de Marx: La Comuna de Paris. Si parece muy radical, habrá que inventar nuevas modalidades de control social y popular para evitar la institucionalización de nuevos privilegios (¿ustedes recuerdan aquella finta llamada "Ley de emolumentos?). Entre las 3R y la famosa "Ley de emolumentos" se puede trazar una balada de "pasos en falso". Mientras tanto, el espectáculo-comandado aparenta poder continuar ad infinitum.

En cambio, una transición democrática al socialismo en las actuales circunstancias, implica inevitablemente un contenido democrático del socialismo que concrete el control social y popular directo de muchas áreas que aparecían como cotos vedados de la forma-Estado capitalista (Algo que Allende sabía muy bien, y que fue aprovechado por una coalición de centro-derecha para preparar las condiciones del Golpe junto al imperialismo norteamericano).

Allí se abre otro dilema político para tareas mucho más sofisticadas y selectivas de neutralización política de los sectores golpistas, generalmente aliados a las conexiones del pentágono, junto a la neutralización de la desestabilización política, económica, jurídica y mediática de fachada democrática, que también saben utilizar el arte de las “formas combinadas de lucha”. Pero en el caso de los nuevos gobiernos progresistas o de socialismo "color rosa", el asunto es más complejo: quien conspira contra el propio gobierno, son sectores del propio gobierno. Los grupos privilegiados del propio gobierno progresista acumulan poder a la sombra de la arenga revolucionaria, y asumen cualquier táctica para reforzar la tesis de que entre el dicho revolucionario y el hecho revolucionario, tiene que haber mucho trecho. Sin embargo, se hacen cada vez más patéticas las costuras de esta táctica de confiscación o postergación de la revolución.

Una de las tácticas preferidas de estos grupos privilegiados es instigar a lo objetivamente imposible. Quemar a la revolución en su propia radicalización. Empujan leyes incoherentes e inviables y "cocinan en su propia salsa" a los ímpetus revolucionarios. De este modo, en vez de madurar condiciones, pudren la acumulación de fuerzas. ¿Habrá entonces que volver a plantear obviedades? ¿Que es útil o no para la acumulación de fuerzas de las actores-sujetos populares? Por allí va la elemental sensatez: en cada medida, en cada acto, en cada decisión, en cada declaración, evaluar si se acumula efectivamente fuerza en la red del actor-sujeto que llamamos multitud popular.

Para avanzar es preciso afinar y afirmar que los modelos de socialismo congruentes con las Constitución de 1999, son variaciones más moderadas o más radicalizadas del socialismo democrático, basado en una democracia participativa de alta intensidad. En vez de soñar con una repetición de la toma del palacio de invierno, el asunto es cómo mantener el espíritu constituyente vivo, avanzando en la acumulación de fuerzas alrededor de la democracia participativa de signo socialista.

¿Se trata de socialismo democrático, de democracia socialista? Muy bien, vamos a construir la red del actor-sujeto popular que encarne este proyecto de la multitud. En primer lugar, ¿donde se ha construido la mediación social-organizativa del pueblo trabajador? No se trata sólo de un "partido-plataforma de los trabajadores", de la lucha política del pueblo trabajador, que no puede sustituirse por ningún "partido poli-clasista de masas controlado por sectores medios más ó menos radicalizados". No confundamos un movimiento anticapitalista de multitudes con una organización tipo APRA. Se trata además de la unidad social-organizativa que lucha por los intereses económico-sociales del pueblo trabajador antagónico al metabolismo social del Capital. ¿Habla usted de una central unitaria revolucionaria como brazo industrial del mundo del trabajo? ¿Donde está? ¿Cuales sus actores, movimientos, corrientes?

En segundo lugar, ¿Donde está la coordinadora autónoma de movimientos sociales y populares, para acumular fuerzas sociales bajo el paraguas de un proyecto socialista en construcción? ¿Donde está? ¿Donde está una coordinadora de colectivos barriales, que aglutine las expresiones organizativas, que haga efectiva una plataforma de movimientos sociales y populares como frente único revolucionario? Y en ellas, que papel juegan los trabajadores intelectuales y de la cultura, los científicos y artistas, los técnicos y los promotores de los saberes populares. ¿Donde está la animación de revolución cultural más allá de cuatro paredes y del poder del escritorio; en sentido literal de la Burocracia que administra “políticas culturales”? ¿Donde están las expresiones autónomas de los pueblos originarios, donde están los colectivos afro-venezolanos, los colectivos estudiantiles, los movimientos campesinos, de mujeres, de diversidades sexuales?

La red del actor-sujeto que llamamos multitud popular para la democracia socialista no es una correa de transmisión política (en el mejor de los casos, como “frente de masas”), ni una correa de transmisión electoral (en el peor, ganado electoral activado para un ritual competitivo entre elites) por parte de un aparato-partido.
 

Es la multitud constituyente, el pueblo trabajador con sus expresiones organizativas autónomas, el acumulador de poder que encarna la posibilidad efectiva del socialismo democrático, entendiéndolo como ejercicio de la democracia de consejos del poder popular. Con centros de dirección política y social, con articulaciones necesarias para consolidar de modo estable una dirección colectiva de la revolución. De abajo hacia arriba. Sin tanto paracaidismo impositivo de la disciplina de cogollo.
Si se pierde esta posibilidad histórica, será por actos de poder de la derecha capitalista, o por la degeneración populista en una partidocracia clientelar de corte personalista. La Constitución de 1999 no permite ni nostalgias leninistas ni guevaristas, en función de edificar instituciones bajo sus parámetros ideológicos. Tampoco nada de Stalinismo ni de Maoismo. El socialismo democrático es su contenido y límite, guste o no guste. Cualquier otra opción pasa por activar el poder constituyente originario.
El impulso constituyente de 1999 no da sino para formas de socialdemocracia revolucionaria maximalista (socialista y democrática de verdad-verdad) o reformista-minimalista (el populismo de izquierda o el reformismo socialdemócrata). Basta leer la Constitución para reconocer hasta donde es posible estirar los términos. Si se desea otra cosa distinta al marco de las disposiciones fundamentales, habrá que re-posicionar la dialéctica constituyente-constituido. Pues cualquier lectura atenta del “Estado social y democrático de derecho y de justicia”, sabe lo que significan los límites políticos de esta forma-Estado. Obviamente desde allí, no es posible establecer ninguna mediación concreta para la fórmula marxiana de la "abolición del Estado". Desde allí, podremos hacer deconstrucciones, hermenéuticas, crítica de las ideologías, pero como ha planteado Eco, hay “límites en la interpretación”, donde se juegan agenciamientos sedimentados en tradiciones, y actos de poder, que pueden terminar en decodificaciones aberrantes. Ni la estrategia deconstructiva permite que la democracia social se confunda con el “Estado de todo el pueblo” a lo Stalin.
 

Por tanto, si se tratase de una revolución democrática y socialista, el asunto iría no por el sendero de un “pueblo legislador”, como consigna hueca de multitud popular, sino que iría a favor del viento de la Constituyente que se asoma. Pueblo-multitud constituyente de la democracia de consejos, comunas, propiedad colectiva, de efervescencia revolucionaria, de asambleas populares permanentes, de democracia directa, autogestión, radios prensas y medios alternativos-comunitarios, de contra-cultura, de movilización festiva para construir “otro mundo posible”, de revolución del cuerpo y la palabra, de tantos acontecimientos de enunciación y apasionamiento, que serian parte de un tiempo transformacional.

Pero nada de eso. Aterricemos. El espectáculo-comandado tiene dos grandes operadores: la derecha de siempre, y un movimiento nacional-popular progresista que se ha burocratizado en su cima, en “nuevo cogollo”, en “nueva clase”, en “nomenclatura” en sólo 10 años. Una "nueva clase boli-burguesa" que en medio de contradicciones con el movimiento popular, pretende controlar el nudo de las controversias en el seno de un partido calcado del “modelo leninista” (centralismo democrático que teje siempre el centro político burocrático) pero sin una clara dirección colectiva revolucionaria. Un cogollo de privilegios, de poder e influencia enorme. De allí muchas decepciones y malestares, que se manifiestan en cualquier registro de opiniones sobre el “partido de la revolución”. Se abandonó la potencia del movimiento-plataforma, y se recrean los encuadramientos sin mínimas auto-reflexiones críticas.
En este contexto, nos quieren convidar a votar. Honestamente, no entusiasman de alegría contagiosa, ni con el miedo a la amenaza real de la derecha histérica (que avanzará básicamente por los errores del “cogollo chavista”), ni con la esperanza vacía de casi todo (pues el cogollo no ofrece sino su descomposición grotesca, bloqueando mucho asociar los contenidos de la praxis socialista con algunas de las destacadas figuras de la dirección nacional, estadal y local del "proceso").
 

¿Hacia donde ira la transición al socialismo? Esto sólo lo decidirá el pueblo-multitud. El espectáculo centrado exclusivamente en el "mande-comandante" o en el partido vacio de democracia socialista y lleno de "disciplina de cogollo", en términos generales, ha terminado.
Cualquier otra cosa que una nueva constituyente creando sus condiciones de ventaja política para una revolución socialista, por ahora, sería una rectificación indispensable para aclarar los términos del “Socialismo Democrático” (Ahora Chávez habla de “socialismo democrático”, y la autodenominada “izquierda revolucionaria auténtica” en el seno del “chavismo”, los llamados “leninistas de partido-único”, no lo acusan de “reformista”. Para ellos sería sólo una inteligente “maniobra de distracción” del “Comandante-Presidente”). Cada grupúsculo tiene derecho a construir sus propios fantasmas colectivos.
Sin embargo, aparecen síntomas del reflujo revolucionario. Las palabras no son neutras. No se puede abusar de la confusión ideológica, combinada con la ineficiencia en la resolución de demandas sentidas del mundo popular, con una devaluación mucho peor que de la dimensión cambiaria, llamada devaluación de la pasión revolucionaria. Nadie ama por simple obligación o disposición administrativa. Esto termina significando aquella tesis que transfigura la pasión revolucionaria en “conciencia administrada del deber social”. Una ética, una estética, una afectividad para la liberación no se reduce a un simple dispositivo de moralina, calcada de los axiomas de los “pastores de rebaños”.

¿Cómo se junta el “socialismo democrático” enunciado por Chávez, por ejemplo, con el “guevarismo” de unos, con el estalinismo de otros, con el “populismo rampante”, con la decadencia de las corruptelas? Tal vez, “Antonio Aponte”, o directamente Valderrama, podría darnos la respuesta.

En algo estamos de acuerdo con nuestros ideólogos del “socialismo auténtico”. En el peor de los escenarios, la indefinición socialista podría entrampar interminablemente con elasticidades semánticas, con aberraciones interpretativas, generando más confusión ideológica en el terreno legislativo, apelando a recursos desgastados, a excesos de hermenéutica constitucional, o al patético tráfico de influencias y sentencias, que reforzará el devenir del proceso a la dependencia a judicializar la política, táctica que tenderá a agotarse por entropía de la semiótica jurídica (se les verá cada vez más el “mogote” a los “signos discordantes”), confundiendo “reforma” con “revolución”, y a ambas con “decadencia”.
También decía Luxemburgo: “Va en contra del proceso histórico presentar la obra reformista, como una revolución prolongada a largo plazo y la revolución como una serie condensada de reformas. La transformación social y la reforma legislativa no difieren por su duración sino por su contenido. El secreto del cambio histórico mediante la utilización del poder político reside precisamente en la transformación de la simple modificación cuantitativa en una nueva cualidad o, más concretamente, en el pasaje de un periodo histórico de una forma dada de sociedad a otra.”

Nuestro punto de vista es, no una afirmación de un proyecto deseado, sino un análisis de la posibilidad histórica objetiva: desde la Constitución de 1999 es posible construir por “variedad en los límites”, no cualquier modalidad de socialismo, sino aquellas basadas en la democracia social y participativa de profundo protagonismo popular; en fin, estilos de socialismos democráticos y participativos, de economía mixta con un fuerte sector de economía social, popular, alternativa y comunal, que tendrá relaciones con el sector público, con el sector privado, y con las intrusiones de la tendencias contradictorias de la economía mundial.

Obviamente, esto puede desilusionar a algunas inercias ideológicas: bolche-trotskistas, guevaristas a lo “MIR-histórico”, estalinistas o maoístas de cualquier ralea o pelaje. Pero la desilusión nace si la Constitución es un límite infranqueable, si lo jurídico se impone a lo político.
La otra vía son los poderes creadores del pueblo-multitud-constituyente; e incluso, otras opciones (para mí descartables), como re-activar el “leninismo insurreccional”, la “guerra popular prolongada” o la “mitología guerrillera”. Si este ultimo fuese el caso, se pasaría de facto de una “revolución democrática, electoral y pacífica”, a una revolución socialista en los términos más clásicos.
Hay que señalarlo sin pudores: las formulaciones contenidas en aquel impulso revolucionario (1999) no dan más allá que para formas de socialismo democrático renovados por la democracia participativa, radical y plural, una economía mixta que reconoce la coexistencia de la propiedad privada (art.115) con la propiedad colectiva (art. 308), pero que no confunde la economía social, popular, alternativa y comunal con una variante del estatismo autoritario. Una economía mixta de signo socialista que tendrá una compleja y tensa relación de antagonismo con los monopolios públicos, privados y transnacionales. En este marco jurídico-político, también la oposición capitalista, tratará de diluir los potenciales transformadores, optando por desempolvar el imaginario del capitalismo democrático de bienestar.

En este contexto, la tensión explosiva está presente en cada paso que se da, en cada declaración contradictoria, en cada medida ejecutiva, en cada iniciativa legislativa, en cada decisión jurisdiccional. Si se quiere agarrar el toro por la raíz, el asunto esta en clarificar sin medias tintas la relación entre Democracia y Socialismo en Venezuela. A los camaradas que descalifican esta posición llamándola reformista, no queda más que decirles: “no es posible meter el enorme genio del Che, de Lenin o Trotsky en los límites de ésta Constitución de 1999”.

El resto son puros actos de poder o constituyentes de facto. Pues son las propias contradicciones de la edificación del socialismo bolivariano las que están generando “problemas auto-inducidos”. Por ejemplo, ¿cómo se asimila eso de Socialismo “democratizando la propiedad privada”, pero a la vez se dice que se construye un partido “anticapitalista y marxista”? ¿Por que no avanzan las reformas de código de comercio, las leyes de propiedad social, de comunas, de economía social, popular, comunal o alternativa? Con alguna roca dura nos habremos topado. Por más recurso al argumento de las etapas. ¡Vaya usted a saber como se asimila el populismo con el guevarismo, un toque de keynesianismo, y cuando haga falta, una que otra devaluación de signo neoliberal, en nombre de Carlitos Marx!

A Carlos Andrés Pérez se le endosa la frase: “Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”. Ya salimos del beso mortal del FMI. Triste y patético sería estar frente a un gran extravío de la revolución bolivariana, que culmine en un oxímoron todavía más patético: “lo uno y lo otro y todo lo contrario”. Sería el Beso mortal del estatismo autoritario. Seamos optimistas. Aquí en Venezuela sucede lo imposible: las cucarachas vuelan tan rápido como un colibrí. El debate sigue, pues, abierto.


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Javier Biardeau R.

Articulista de Opinión. Promotor del Pensamiento Crítico Socialista. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV.

 jbiardeau@gmail.com      @jbiardeau

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