También podríamos hablar de comunitarismo

Bajo el socialismo revolucionario, uno de los aspectos siempre a resaltar es la conformación de nuevas formas de organización socio-política que reemplacen definitivamente a los existentes en la actual sociedad capitalista, siendo las mismas plenas expresiones de la pluralidad que debe prevalecer entre todos los factores involucrados en su concreción. Tal aspecto no podría obviarse en vista que cada uno de estos factores sociales y políticos está llamado a superar las contradicciones existentes en este modelo de sociedad y a batallar armónicamente por un proyecto común de emancipación que elimine, entre otras cosas, la división de las clases sociales, la depredación ambiental y, por supuesto, la explotación capitalista.

Para Kropotkin: “Sin la participación de fuerzas locales, sin una organización desde abajo, de los campesinos y de los trabajadores por ellos mismos, es imposible construir una nueva vida”. Ello debe incluir, sin duda, a todos aquellos grupos y subgrupos sociales que, de una u otra forma, han sido víctimas a través del tiempo de la exclusión social, política, económica y cultural que ha caracterizado la instauración y vigencia del capitalismo a escala global, generando todo tipo de injusticias, de desigualdades, de guerras imperialistas, genocidios e invasiones colonialistas que han marcado la historia humana en los últimos siglos. Sin este elemento tan importante sería difícil e ilusorio plantearse la construcción revolucionaria de un modelo de civilización de nuevo tipo. Simultáneamente, habría que impulsar una producción, distribución, intercambio y consumo que rompa con la lógica capitalista, de forma tal que se propenda a eliminar la maximización de la ganancia capitalista y se alcance una autosustentabilidad económica, basada en principios de solidaridad mutua y de respeto al medio ambiente.

Para que ello sea posible, es requisito insoslayable que se cuente con afirmaciones jurisdiccionales de poder popular que, en un primer lugar, le den cabida a una democracia de tipo consejista, sin la verticalidad y la representatividad características de la democracia tradicionalmente aceptada. Esto hará posible la socialización y horizontalización del poder, estando éste distribuido entre todos los sectores populares en lugar de estar concentrado en pocas manos, lo que acaba siendo un despotismo consensuado. En un segundo lugar, su concreción impulsará el cambio estructural del Estado, despojándolo de la omnipotencia y de la omnipresencia despersonalizada han sojuzgado siempre a las personas, aún cuando se afirme que se actúa en su propio beneficio.

Sobre este último aspecto, apuntamos con Lenin que “si el Estado es un producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, si es una fuerza que está por encima de la sociedad y que ‘se divorcia más y más de la sociedad’, es evidente que la liberación de la clase oprimida será imposible, no sólo sin una revolución violenta, sino también sin la destrucción del aparato del poder estatal que ha sido creado por la clase dominante y en el que toma cuerpo aquel `divorcio´”. Sería contradictorio, entonces, que el viejo Estado burgués-liberal se mantuviera más tiempo vigente, dominando así toda expresión organizativa del pueblo bajo el socialismo revolucionario, sin plantearse su extinción definitiva, como lo vaticinaron comunistas y anarquistas por igual, en lo que sería una concepción del poder absolutamente diferente, con predominio permanente de las bases populares. En esta dirección, los diversos movimientos revolucionarios populares debieran dar un paso adelante con la formulación teórica y práctica de nuevos esquemas civilizatorios y organizativos que podrían enmarcarse en lo que llamaríamos comunitarismo, sin los resabios de la ideología de los sectores hegemónicos, con su secuela de prejuicios, convencionalismos y certidumbres que legitiman el concepto, la vigencia y la efectividad del Estado-nación que, a pesar de su evidente deterioro e ineficiencia, muchos reformistas se empeñan en fortalecer por encima de los intereses colectivos.

Por ello, también podríamos hablar de comunitarismo al emprender la tarea histórica de hacer una revolución estructural, antiburocrática, igualitaria y popular, aún teniendo al socialismo revolucionario como bandera de lucha, lo que redundaría en concretar algunas líneas definitorias y de construcción de este mismo socialismo, ampliándose -por consiguiente- los grados ideales de participación, de protagonismo, de planificación, de gestión, de decisión y de control que le corresponde asumir el poder popular, sin interferencia de ningún nivel del poder constituido, es decir, del Estado.-


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Homar Garcés


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