Gran reforma educativa en los colegios de Venezuela

A veces hay que recordar lo que nadie quiere recordar. A veces hay que escribir lo que nadie quiere escribir. A veces hay que leer lo que nadie quiere leer. A veces hay que escuchar lo que nadie quiere escuchar. A veces hay que luchar la batalla que nadie quiere luchar.

Yo no soy Martín Lutero, yo no soy Luther King, yo no soy Martín Fierro.

Yo no soy Uslar Pietri, yo no soy Picón Salas, yo no soy Serafín Mazparrote.

Yo soy un pobre diablo, soy un don nadie, soy un cero a la izquierda.

Por eso, soy libre para recordar lo que nadie puede recordar, soy libre para escribir lo que nadie puede escribir, soy libre para leer lo que nadie puede leer, soy libre para escuchar lo que nadie puede escuchar, y soy libre para ganar la batalla que nadie puede ganar.

Vivimos dentro de una sociedad moderna plagada de erotismo, vulgaridad y frivolidad, donde la sanidad del amor no existe, y donde la aberración del sexo es el nuevo amor.

En las calles, en la televisión, en las escuelas, en las oficinas, en las universidades, en las redes sociales, en los hospitales y hasta en los cementerios, absurdamente se glorifica el instinto tribal de practicar el coito, que se ha convertido en una fantasiosa expresión de rebeldía, para que la adultez sea consumada aunque seas menor de edad.

Nuestra colectividad latinoamericana se olvida de los valores cristianos, y permite que el sexo sea endiosado en las comunidades, por medio de prendas de vestir sexualmente provocativas, por medio de contenidos pornográficos difundidos en los medios de comunicación de masas, por la falta de recursos pedagógicos que incentiven la educación sexual en los colegios, y por la carencia de moralidad en los hogares donde viven los niños y adolescentes.

Jóvenes obligados a transformar la curiosidad infantil en una perversa necesidad fisiológica, porque aunque sus cuerpos todavía se encuentran en proceso de expansión, vemos que la sexualidad ya se apoderó de sus quebrantables cerebros, y la confusa salud mental se ha convertido en el placer carnal, que juega con el libre albedrío de la desnudez, de la masturbación, de la obscenidad y de la promiscuidad.

Repiten lo que papi y mami hacen el viernes por la noche, aunque nunca comprendieron lo que papi y mami hicieron el sábado por la noche. Pelear, bailar, gritar, jugar, saltar, reír y llorar. Repiten los legendarios errores de papi y mami, porque papi y mami repitieron los errores del abuelo y de la abuela, y ahora el nieto y la nieta repetirán la trágica escena del crimen, en la clásica cama de la irresponsabilidad sexual.

Es un círculo vicioso que se repite de generación en generación, y la sobrepoblación es un chiste sin ninguna gracia, porque robamos la inocencia de los niños y de las niñas, mientras fabricamos nueve meses de absoluta irreflexión, donde el poder supremo recae en la presión que ejerce la sociedad, acostumbrada a señalar las equivocaciones cuando ya nacieron los problemas.

No hay métodos anticonceptivos que aseguren la fertilización de la sabiduría, porque las travesuras de los niños no se curan con pastillas, condones, parches, brujerías, gotas, pomadas, brebajes, cirugías, sangrados y cenizas.

La niña es tirada a la calle como una perra prostituta, el niño es todo un hombre lleno de envidiable virilidad, y la familia se olvida del bautismo para evitar los chismes de la gente, y para que la culpa no se coma el último reclamo de Dios.

Miedo, estupor, ignorancia, hipocresía e indiferencia, son algunos de los más famosos dogmas de fe, que convierten en peligroso tema tabú a la Educación Sexual, pese a que debería ser un cotidiano tema, abiertamente discutido en el seno de nuestros pueblos.

En nuestros pueblos hispanos no se diferencia el azul del rosado, y se sigue evocando el cuento chino de la romántica cigüeña que entrega el esperadísimo regalo, se sigue evocando el cuento chino del ombligo que rompe el cascarón del pollito, y se sigue evocando el cuento chino de la dulce sirenita que buscaba a un pececito llamado Nemo.

¿Pene, espermatozoide, vagina, orgasmo, útero, óvulo?

No queremos perjudicar a nuestro hijo, hablándole del sexo antes de tiempo, pero en un abrir y cerrar de ojos se pasó el tiempo, y nunca le hablamos de sexo a nuestro hijo.

Entonces nos preguntamos: ¿Quién le habló de sexo a tu hijo?

Probablemente la educación sexual que recibió tu hijo, provino de la más popular canción de reguetón, provino del viejo violador que interactúa con jovencitas en la Internet, provino del carnicero que se saborea hasta la sangre del puerco, provino del musculoso proxeneta que regala chocolates a las conejitas en minifalda, o provino del encantador tío que súbitamente se marchó de nuestra casa.

Los padres no imparten la educación sexual en sus hogares, porque no tienen suficiente tiempo para dedicarles a sus hijos, ya que deben trabajar y conseguir dinero para alimentar a la familia.

Los maestros no imparten la educación sexual en los colegios, porque ellos no son los padres de los muchachos, y porque ni siquiera conocen el significado del prepucio del clítoris.

Por eso el reguetón es tan popular, porque te explica lo que nadie se atreve a explicarte.

La pubertad de los jóvenes ocurre en la oscuridad del analfabetismo existencial, donde hay una montaña de preguntas sin respuestas, y donde hacer lo que todo el mundo hace, termina siendo el mejor ejemplo gráfico y geográfico, para bajarse los pantalones y penetrar hasta los confines de la inconciencia sexual.

Esa castidad que afloraba a flor de piel, ese nerviosismo por superar lo prohibido, ese polvo lleno de sudadas cosquillas, y ese furor de perforar el pozo de la rabia, permitió que los polluelos se contagiaran de horribles enfermedades de transmisión sexual, como el VIH, la gonorrea, el herpes genital, la clamidia, el virus del papiloma humano, y la sífilis.

Aunque los sidosos polluelos están infectados de parásitos, hongos y bacterias, vemos que ellos siguen escuchando la música del reguetón, siendo el mejor refugio para escapar de los problemas, y así no afrontar la realidad del gran pecado cometido.

Ella tiene pensado abortar la mancha del clandestino pecado, y él tiene pensado seguir perforando pozos de terciopelo, porque si estoy condenado a morir por culpa del pecado, entonces voy a disfrutar mis últimos días de fiesta en la Tierra.

No hay duda que el reguetón, es el mejor consejero para los adolescentes hispanos.

"Es que esa tarde había tanto calor, y estábamos tan aburridos los dos solos en la casa, que naturalmente llegamos al sexo. Después fue chévere seguir haciendo esa verga".

Ella fue sincera en su justificación, y aunque sus palabras podrían escandalizar al prójimo, la cita textual que presentamos nos ayuda a identificar, el origen de la falencia mental que se esconde detrás de la promiscuidad juvenil.

Conscientemente violan la sagrada dignidad de sus cuerpos, conscientemente soslayan la ley divina de Dios, y conscientemente fornican como animales de la selva.

Vemos que no es necesario construir una sólida relación interpersonal, que pueda convertir la amistad en un bello noviazgo, donde exista una oportunidad de matrimonio para la pareja, y por ende, se llegue a consagrar una relación sexual entre los cónyuges.

Por el contrario, vemos que la relación sexual puede ser la consecuencia de un capricho entre dos jóvenes libidinosos, puede ser la consecuencia de una divertida apuesta callejera, y hasta puede ser la consecuencia de un embrión embriagado en las drogas.

Como venezolano, lamento que más allá de la crisis económica que sufre el país, viene aumentando el índice de embarazo precoz, porque la frustración e impotencia que causa la amarga problemática en Venezuela, genera un mayor apetito sexual en la irresponsable juventud venezolana, que no se cansa de inflar gigantescos globos en los pálidos vientres, para que sus apellidos se recuerden con tristes caritas de pobreza.

Me entristece reconocer que la juventud venezolana, es incapaz de entonar la gloriosa letra del Himno Nacional de Venezuela. Los jóvenes venezolanos no se atreven a cantar con entusiasmo el himno venezolano, porque sienten pena y vergüenza de entonarlo públicamente, porque el sentido de pertenencia se convirtió en transculturación, y porque no quieren memorizar ninguna de las estrofas del revolucionario himno.

Me entristece reconocer que la juventud venezolana, es incapaz de rezar la oración del Padre Nuestro en las iglesias cristianas. Aunque la mayoría de los jóvenes venezolanos recibieron el bautismo de la Iglesia Católica, ellos no se atreven a rezar públicamente la oración del Padre Nuestro, porque no quieren asistir a la santa misa dominical, porque desconocen el poder sacramental del pan eucarístico, y porque sienten pereza y flojera de vivir en comunión con Dios.

Me entristece reconocer que la juventud venezolana, es capaz de cantar con devoción todas las canciones reguetoneras que gozan de popularidad. Aunque las canciones del género musical reguetón utilizan un lenguaje grosero y soez, vemos que los jóvenes venezolanos se sienten libres y felices de perrear y gritar el coro de la mejor canción reguetonera, pero ellos son incapaces de entonar el Himno Nacional de Venezuela, y ellos son incapaces de rezar la oración del Padre Nuestro.

Pero la epidemia de jovencitos descarriados y jovencitas embarazadas, sobrepasa la patria venezolana que libertó Simón Bolívar, porque sabemos que de norte a sur y de este a oeste, se apagan las luces de la conciencia y se prenden los motores de la irracionalidad, buscando que los labios ensalivados y la fetidez del olor de la pesca, transformen la cochinada sexual en una mojada expresión de genuino amor.

Sin embargo, dicen que para consolidar un exitoso futuro, primero hay que recordar los errores cometidos en el pasado. En el caso de la educación sexual, hoy quiero compartir una experiencia que analizaré con todos los lectores, debido a que sigue siendo una historia palpable en el presente.

Durante mi etapa escolar en el bachillerato, yo recuerdo el mal comportamiento sexual de muchísimas jovencitas en mi aula de clases. Yo soy un caballero, y no voy a revelar los nombres de todas esas alumnas del colegio, pero relataré algunas anécdotas que sucedieron a finales de los años 1990, y aunque quisiera olvidarme de esos penosos recuerdos, tengo la necesidad moral de expresarlos libremente.

Las jovencitas de mi aula de clases, utilizaban los afilados lápices Mongol, para introducirlos abruptamente en el trasero de los alumnos. Cuando el muchacho sentía la afilada punta del lápiz en medio de su trasero, obviamente su cuerpo se agitaba y se sacudía con rapidez, mientras las jovencitas se reían a carcajadas, porque el alumno se estremecía por la punta afilada del lápiz dentro de su culo.

Lamento tener que usar la palabra culo, pero debo ser totalmente explícito, pues las jovencitas de mi aula de clases, introducían la afilada punta del lápiz Mongol dentro del culo de los muchachos, lo cual era una práctica sádica, asquerosa y denigrante.

Las jovencitas siempre atacaban el centro del culo, por lo que no había pantalón ni calzoncillo, que pudiera evitar la irresistible molestia en la raja de los glúteos. Ellas rechazaban ser un poquito piadosas con los muchachos, porque aunque podían atacar con el borrador que sobresale en el lápiz, las jovencitas solo usaban la afilada punta del lápiz Mongol.

Las niñas gozaban un mundo cometiendo esa "travesura", y el honorable lápiz Mongol había sido apodado "el bicho".

Los profesores conocían esa situación dentro del aula de clases, pero no castigaban las travesuras de las niñas. Era realmente dantesco, observar desde las siete de la mañana y hasta la una del mediodía, como las jovencitas no prestaban atención a las lecciones académicas, pues sus hormonas estaban buscando víctimas masculinas para cometer la travesura, y mientras más afilado estuviera el lápiz Mongol, más sucio quedaba el culito de los chamitos.

Las jovencitas tenían doce o trece años de edad, y ese lamentable juego ocurrió durante el octavo grado de bachillerato.

Yo fui el único alumno del octavo grado, que no recibió la afilada inyección letal del lápiz Mongol, porque yo estaba protegido por el todopoderoso amor de Jesucristo, que inspiraba el respeto y me ayudaba a estudiar con bastante disciplina, para quedarme con el primer lugar del cuadro de honor.

Sin embargo, siempre tuve que ver el horrible espectáculo, día tras día y en primera fila. Resultaba muy difícil e incómodo, denunciar esa situación ante los padres y directores del plantel educativo, porque nadie pensaría que eran las jovencitas, las que se propasaban con los jovencitos.

Irónicamente, los muchachos solo se sacudían en el pupitre y se sonrojaban, después de recibir el ataque sexual por parte de las muchachas. Aunque ellos podían responder al abuso, con otro ataque sexual en contra de las jovencitas, generalmente se quedaban callados y no ofendían a las alumnas, demostrándose una mejor educación en los jovencitos del colegio, o tal vez, ellos pensaban que las camaleónicas muchachas se transformarían en las víctimas, y los acusarían de un falso intento de violación escolar.

Pero aunque duela reconocerlo, el acoso escolar de índole sexual, que se basaba en meter la punta del afilado lápiz Mongol dentro del culo de los muchachos, provenía de las sucias manos de las princesitas que asistían al colegio venezolano.

¡WOW! Es escalofriante saber que esas travesuras sexuales tan feas, ocurrieran durante el octavo grado de bachillerato. Jovencitas menores de quince años, recreaban perversas prácticas sexuales en las aulas de clases, del mejor colegio privado que ostentaba la Costa Oriental del Lago en el estado Zulia de Venezuela.

¡Por favor! Todos éramos niños. Ni siquiera habíamos llegado a la magia de los quince años, pero las princesitas del octavo grado de bachillerato, ya sabían meter el afilado lápiz Mongol, dentro del culo de los temerosos alumnos.

Me atreví a narrar públicamente una historia secreta de mi vida, porque me horrorizan muchas cosas que no debieron ocurrir en el pasado, y yo todavía me pregunto dónde aprendieron esas jovencitas del bachillerato, la insana diversión de meter el afilado lápiz Mongol, dentro del culo de los desafortunados muchachos de la escuela.

Me pregunto: ¿Por qué casi todas las alumnas participaban y disfrutaban realizar esa perversión sexual? ¿Quién les enseñó esa terrible práctica? ¿Por qué no se prohibió esa inmoralidad en el aula de clases? ¿Por qué puteaban los boscosos sueños de Giovanni Melchiorre? ¿Por qué las jovencitas no fueron expulsadas del colegio cristiano? ¿Por qué no hubo una oportuna clase de educación sexual?

La culpa fue de los padres, la culpa es de los padres, la culpa siempre será de los padres.

Puedes modificar el tiempo verbal, pero hay una historia que nunca pasará de moda.

Nosotros éramos simples neófitos de adolescentes, frágiles cristales creados por nuestros padres. Si nuestros cristales estaban rotos y astillados, obligatoriamente tenemos que culpar a nuestros apáticos padres, que no supieron cuidarnos con la responsabilidad que implicaba el don de la vida, permitiendo que nos astillaran el espíritu, y permitiendo que nos rompieran el alma.

De hecho, recuerdo que todas las jovencitas del octavo grado de bachillerato, siempre llevaban consigo el famoso Tamagotchi, siendo una pequeña videoconsola que presentaba a una mascota virtual, que debía ser alimentada, limpiada, dormida y curada de enfermedades, emulando los cuidados que en la vida real necesita una mascota.

Todas las mascotas virtuales de las jovencitas del octavo grado, estaban enfermas por la falta de atención de sus dueñas, que se olvidaban de proteger a la desesperada mascota virtual, porque ellas estaban ideando el mejor plan de ataque, para lograr meter el lápiz Mongol dentro del culo de los muchachos, y sin darse cuenta, estaban reflejando la falta de compromiso, y la falta de madurez en sus propias vidas.

Usar el lápiz Mongol para meterlo dentro del culo de los muchachos, en vez de usarlo para escribir un resumen biográfico de Rómulo Gallegos, no es culpa de las traviesas adolescentes venezolanas, no es culpa del satanizado lápiz Mongol, y no es culpa de los permisivos maestros del colegio, porque usted y yo sabemos de antemano, que son los padres quienes cargan la pesada cruz de la culpa, en esos hombros que ayer fornicaron por la espalda, sin recibir ninguna clase de educación sexual.

Pasaron los años de la vida mundana, y esas jovencitas se graduaron con toga y birrete, se casaron vestidas de blanco por la Iglesia, y decidieron procrear hijos biológicos.

Supongo que para sus maridos, esas mujeres son unas santas esposas, esas mujeres son delicadas madres, esas mujeres son excelentes profesionales, y esas mujeres son las reinas del cielo.

Me pregunto qué pensarían los maridos, si supieran que sus santificadas mujeres, se dedicaron a meter la punta del lápiz Mongol dentro del culo de los jovencitos, mientras cursaban el octavo grado de bachillerato en el colegio.

Con lo repulsivamente podrida que se encuentra nuestra sociedad moderna, seguro que los maridos de esas mujeres se sentirán felices, sabiendo que sus esposas fueron adolescentes calientes, atrevidas, picantes y sexuales.

Me sorprende saber que la mayoría de las jovencitas del bachillerato, que metían la afilada punta del lápiz Mongol dentro del culo de los muchachos, tenían los nombres de mujeres que habían sido descritas en la Biblia, y que simbolizaban virginidad, obediencia y esperanza. Supongo que los padres cristianos de esas jovencitas del bachillerato, siguen desconociendo las travesuras mundanas que cometieron sus queridas hijas, mientras ellos trabajaban y pagaban la costosa matrícula escolar.

Quizás esas mujeres se arrepienten de sus pecados, tal vez ni siquiera recuerden lo que hicieron en el pasado, o es probable que ahora sus hijas repitan la misma historia de dolor, y continúen realizando agresiones sexuales dentro de las aulas de clases.

Pero aquí no hay derecho de arrepentirse, solo podemos confrontar la realidad de la pecaminosidad sexual en la que vivimos, agarrando al bendito toro por los malditos cuernos, y aceptando la ausencia de educación sexual, tanto en los hogares como en los colegios latinoamericanos.

Si hubiera existido la pronta educación sexual, nuestro artículo de opinión jamás se hubiera escrito, pero considero importante generar voces de alarma y luces de cambio, dentro de un Mundo que sigue censurando y reprochando la penetración anal, mientras sigue bailando el más sucio y famoso reguetón.

Nuestros jóvenes consumen lo que el Mundo les ofrece, porque se sienten indefensos, huérfanos, y sin empatía en el corazón del hogar. No sienten la confianza necesaria para hablar con sus padres sobre la educación sexual, en aras de aclarar dudas, resolver misterios, y fortificar el vínculo afectivo del padre y su hijo.

Pero por desgracia, la mayoría de los padres no se encuentran holísticamente capacitados, para afrontar el desafío de la orientación sexual con sus hijos.

El resultado de tanto silencio familiar, se paga con el nacimiento de miles de niños no deseados por sus progenitores, y se paga con la muerte de miles de fetos no deseados por sus asesinos.

Con el grafito se puede culturizar, pero también se puede quemar el destino.

Hay pesadillas que no se borran de la mente, y es muy doloroso sentirse traumado hasta el último suspiro de vida.

Sientes el deseo de buscarlas y matarlas, sientes el deseo de suicidarte en la madrugada, y sientes el deseo de escribir para sacar la basura del pasado.

¡Padres, no sean inmaduros! Sus hijos vienen cuando ustedes apenas van, y esperar que la fruta madure por obra y gracia de la Naturaleza, es una gravísima imprudencia que no tiene perdón de Dios, porque están sembrando a ciegas el milagro de la vida.

Desde mi cibermedio Ekologia.com.ve quiero decirte que antes del primer beso, antes de la primera erección, antes de las primeras maripositas en el estómago, y antes del primer latido de ilusión, primero necesitamos que nuestras neuronas reciban la gran enseñanza de la educación sexual.

Yo no soy heterosexual, por lo que no tengo madera de asesino, pero si usted es normal y le gusta el sexo opuesto, tenga mucho cuidado con las decisiones que tome a diario, porque jugar con la vida es un delito, que se paga más abajo del infierno.

Una reforma educativa no cura las heridas del pasado.

Para que nunca jamás se publique tanta basura en un artículo, exigimos una gran reforma educativa, en los colegios públicos y privados de Venezuela.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso, LUZ. Ekologia.com.ve es su cibermedio ecológico en la Web.

 carlosfermin123@hotmail.com      @ecocidios

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