Saqueo generalizado a la escuela de ciencias de la Universidad de Oriente. La academia agoniza

Corría el año de 1984, cuando llegué a Cumaná lleno de sueños y esperanzas, a iniciar mi carrera de Biología en la Universidad de Oriente. Desde niño había querido ser biólogo marino. Allí me encontré con una ciudad maravillosa, sana, tranquila, llena de vida cultural. Una ciudad universitaria que sentía a la institución como parte de ella. También me abracé a una universidad hermosa, con jardines muy bien cuidados y una vista al mar que me cautivaba. Además de ello, existía en la UDO una profusa y activa vida académica, sustentada en un cuerpo docente de altísima calidad, laboratorios muy bien dotados, y una mística de trabajo ejemplo para todos. Esa universidad y esa ciudad me cautivaron, a tal punto que, recién graduado, me fui a la Universidad Simón Bolívar a hacer una maestría, pero mi corazón seguía en ese pedacito del oriente venezolano. En 1997 logré por fin regresar a mi amada universidad, cuando gané un concurso de credenciales para dar clases. Desde ese momento y hasta la presente fecha, me he desempeñado como profesor e investigador en el Departamento de Biología, ejerciendo mi labor docente, científica y de extensión, tal como lo establece la Ley de Universidades vigente.

En el año 2008 fui beneficiario de una beca de la Misión Ciencia, para cursar estudios doctorales en la Universidad de Santiago de Compostela, España, donde obtuve el título de Doctor en Biología Marina y Acuicultura, mención Cum Laude. Recién graduado tuve ofertas para quedarme en España y muchos conocidos me increparon a hacerlo, pero mi corazón estaba amarrado a la ciudad que me acogió, a la universidad que me formó y al país que me permitió culminar mi proceso de educación formal. Por eso no dudé en regresar a Venezuela y a la Universidad de Oriente, a fin de retribuir los conocimientos aprendidos con experticia en tecnología de punta. No obstante, para esa fecha ya empezaba a sentirse el embate de los errores cometidos en materia de políticas universitarias. El eje fundamental de mi formación, que era el estudio del ADN como herramienta aplicada al análisis de poblaciones de peces y a pesquerías, era imposible aplicarlo por la dificultad en el acceso a divisas para la compra de reactivos e insumos necesarios. Los pocos laboratorios que pudieran haberme prestarme el apoyo ya empezaban a mermar por el deterioro de equipos y la incapacidad para repararlos o reponerlos. De esta manera, tuve que resignarme a dejar a un lado los ensayos con ADN y dedicarme a trabajos de campo.

Desde mi regreso del doctorado hasta el momento en que escribo estas letras, la universidad que tanto quiero y a la que tanto debo, comenzó una caída en picada, empujada por la desidia, la indolencia, la ausencia de una política coherente en Educación Superior, la falta de autoridad, la situación país, y la delincuencia. Este último elemento, alimentándose vorazmente de los anteriores, comenzó a crecer de manera desmesurada hasta llegar a los niveles actuales, que cuesta trabajo describirlos.

Al principio eran robos aislados a algún estudiante, en cierta oficina. Luego hubo agresiones más violentas, incluso un asesinato; después atracos colectivos a salones, robos completos en departamentos, hurtos de vehículos, hasta llegar a este saqueo generalizado de la Escuela de Ciencias. En el transcurso de finales de 2018 e inicio de 2019, el hampa robó impunemente, noche tras noche, semana tras semana, todos, absolutamente todos los laboratorios y oficinas de los departamentos de Biología, Química, Física y Bioanálisis, que se encuentran en el otrora emblemático Edificio de Ciencias del Núcleo de Sucre, en la Universidad de Oriente. Esto ante la inacción, tal vez por falta de recursos, tal vez por falta de iniciativa, tal vez por falta de ganas, de autoridades decanales, rectorales, alcaldía y gobernación, entes por ley obligados a ejercer su autoridad y tomar cartas en el asunto.

Para que se entienda la magnitud del hecho, los delincuentes desprendieron rejas empotradas en concreto, arrancaron puertas, cargaron marcos de ventanas, llaves de agua, barandas de escaleras, aires acondicionados, neveras, microscopios, balanzas, libros, equipos de toda índole. El daño al patrimonio público es incalculable, el asalto a la Academia es atroz. Este hecho, desde que comenzó a agudizarse, fue denunciado y alertado por la comunidad de profesores y estudiantes en reiteradas oportunidades y ante todas las instancias a las que les compete. Existen pruebas suficientes de ello. La denuncia se llevó a la opinión pública, implicó una paralización temporal de las actividades por parte del cuerpo docente, movilizaciones conjuntas de estudiantes y profesores, acciones de protesta de diversos tipos, acceso a los medios de comunicación, etcétera. Pero nadie ayudó, todos los que debieron y pudieron haber hecho algo al respecto se hicieron oídos sordos.

Así, hoy veo como todo un conjunto de bienes nacionales que sirvieron de sustento a la formación de tanta gente, a una producción científica reconocida internacionalmente, que contribuyeron al desarrollo del país, que me ofrecieron el apoyo para llegar a ser lo que hoy soy y me enamoraron de la Universidad de Oriente, de Cumaná, de Sucre, han desaparecido en manos de gente que no las valora en lo más mínimo, que fundirá y destrozará equipos de miles de dólares en búsqueda de algo de cobre para vender, o que simplemente tratará de rematarlos por lo que les den. El daño económico es invaluable, pero mayor que este es el perjuicio que se le ha causado a toda una comunidad universitaria que huye despavorida, desesperanzada, decepcionada, impotente. La Universidad se queda sola, sin alumnos, sin profesores, muere su razón de ser.

Este escrito es un último grito de auxilio y de denuncia, un alarido a la gente honesta, de bien, que estoy seguro todavía queda en el país; un clamor a quienes todavía pensamos que en el conocimiento está el futuro de nuestra Patria. Ojalá tenga eco, ojalá no siga el curso de esfuerzos anteriores, y los destinatarios naturales, obligados a tomar cartas en el asunto, cumplan con el juramento que hicieron ante el país y ante Dios, al ocupar sus cargos.

La historia los juzgará...

 

 

 



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Ángel Rafael Fariña Pestano


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