La universidad, entre fobias y falacias

Los cambios en la universidad en los últimos cien años han sido prácticamente nulos. A pesar de que desde las más diversas disciplinas: desde la filosofía, la biología, la sociología, la psicología, la pedagogía, se declara la necesidad imperativa de adaptar la formación universitaria a las actuales circunstancias históricas y cognitivas de los estudiantes, desde la administración de las universidades no pasa nada o pasa muy poco.

Hace ya cinco años que la Conferencia Regional de Educación Superior expresó con vehemencia la obligación del sector público y privado de fortalecer los mecanismos de acreditación, para garantizar oportunidades de prosecución universitaria para quienes todavía no las tienen y de contribuir con la transformación social y productiva de nuestras sociedades a través de un espíritu de solidaridad y cooperación que configurase una identidad Nuestroamericana. La Misión Sucre, sin duda, ha sido un hito continental en este sentido y el incremento matricular de las nuevas universidades bolivarianas un esfuerzo heroico reconocido a nivel mundial.

Pero no es suficiente. La educación universitaria continúa regida por reglamentos e instituciones imbuidas por la lógica del mercado. Las instancias administrativas a diferentes niveles, muestran una fobia, patológica valga la redundancia, hacia los cambios. Cualquier intento de replantear nuevas formas de concebir el currículum es percibido como atentatorio contra la “institucionalidad”, o el ¿prestigio? académico.

Nada más falaz. Como si todos no supiéramos cómo, con demasiada frecuencia, se violentan (todos) los procedimientos que simulan la idoneidad administrativa de nuestras universidades; desde las ventas de cupo para entrar a las carreras más “cotizadas”, pasando por el “amañar” los concursos, hasta “cuadrar” las decisiones de los “ilustres Consejos” de las universidades autónomas o de especies similares en otras universidades.

Se simula un sistema intachable, prolijo, incuestionable, que continúa rindiéndole culto a unos reglamentos obsoletos y anacrónicos que lamentablemente son los que impiden la verdadera inclusión de los más pobres, de los indígenas, de los estudiantes con discapacidad y de otras personas culturalmente diferenciadas. Hasta ahora nos hemos dedicado fundamentalmente a declarar principios al respecto, pero en la activación de las nuevas políticas hay mucha “apariencia de inclusión” porque las instituciones siguen mostrando un miedo denodado a hacer cambios estructurales para que se respete verdaderamente la diversidad cultural y los “incluidos” cursen estudios satisfactoriamente y sobre todo que ¡aprendan! (verdaderamente) sobre los temas científicos, tecnológicos, humanísticos, artísticos.

El talento humano está disperso en todos los segmentos de la vida social y en todos los grupos humanos. Es falso pretender que la universidad está destinada a ser patrimonio de unos pocos. Muchos “académicos” se sorprenderían al comprobar cómo en zonas rurales y en los barrios más marginales hay cantidad de muchachos y muchachas talentosísimas que no ingresan a la universidad, usurpados y usurpadas por otros, que familiarizados con los mecanismos de ingreso, se ufanan en pretender demostrar que son una suerte de “elegidos” y que “lo que natura non da Salamanca non presta”. Pero andan por los pasillos: inertes, indiferentes, sin identidad ni con la institución, ni con la carrera, la que culminan muchas veces sin convertirla en su profesión.

Incorporar el diálogo de saberes y el reconocimiento de la multiplicidad de valores y modos de aprendizaje, pasa por considerar nuevas maneras de administrar el currículum como elemento central de las políticas, planes y programas del sector. Exige perfeccionar el continuum entre los distintos niveles de formación, exige el reconocimiento de mecanismos educativos formales y no formales, y de programas conciliables con el trabajo tal como lo expresa la nueva LOTT. Los llamados Subcomités Territoriales de Educación Universitaria como instancia operativa, están llamados a conciliar la oferta de programas, carreras e instituciones, desde la lógica del reconocimiento a la diversidad, la originalidad y la innovación académica e institucional en cada espacio territorial.

Y es como consecuencia de esta nueva lógica que se puede lograr una investigación universitaria dedicada a la indagación de los problemas en sus contextos reales, a la transferencia del valor social de los conocimientos, al trabajo con las comunidades…

Lo demás son fobias y falacias.


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Myriam Anzola

Rectora UPTM ?Kléber Ramírez!

 anzolamyriam08@gmail.com

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