Apuntes urgentes sobre la hiperinflación, sueldos y otros asuntos (cuarta y última parte)

Desde que comencé a publicar este ensayo por partes, varias personas, cercanas a mi afecto, me han hecho observaciones y aportes. Por supuesto, agradezco todas estas reacciones, además de la paciencia de leerme. Entre esos lectores, resalta la amiga Amaranta Rojas, quien señala que efectivamente ha habido un fraude en la oferta engañosa de un proyecto socialista para el país, lo cual se nota, no sólo en la deriva destructiva a la que hemos llegado, sino también en el abandono de la tradición de análisis estructural y marxista de los más conocidos participantes en el debate sobre los salarios. Ella se refiere a Pascualina Curcio, Jesús Farías y otros que han oscilado entre el keynesianismo y el monetarismo. A Amaranta, mi agradecimiento y un abrazo.

En realidad el fenómeno del abandono de las tradiciones teóricas de la izquierda venezolana es un problema que desborda, en complejidad, lo que pueda tratar ahora. Parece que hubo un corte entre los brillantes aportes de los setenta y los ochenta, y la generación que comenzó a partir de la aparición de Chávez en las pantallas. Tal vez trate ese tema en otro artículo, más adelante.

Otras observaciones de mis lectores, se refieren a que hice caso omiso al asunto tributario. Es cierto. La política tributaria debe formar parte de un abordaje de conjunto del problema de la hiperinflación. Este, como he tratado de mostrar, es un problema complejo que toca a la totalidad de la economía venezolana. Por supuesto, no pretendo con estos "apuntes urgentes" resolver todo el gran problema de la economía venezolana. Lo que sí puedo hacer es asentar algunas ideas básicas, que llamo "premisas": que nuestra hiperinflación es el problema principal de cualquier gestión gubernamental, por lo que plantearse cualquier otro asunto, como el de los sueldos y salarios, sin considerarlo, es sólo paja. Que su abordaje debe ser de conjunto, desde un punto de vista de la totalidad estructural de la economía venezolana; que tiene que ver con avanzar en la ruptura de la dependencia.

Ahora bien, ha habido una ganancia neta en esta discusión: resaltar la relevancia de resolver la hiperinflación en cualquier "acuerdo nacional" (de "salvación", de "recuperación", de "rescate", lo que sea) que se esté avanzando por ahí. Por otra parte, hay que tener presentes las enseñanzas internacionales en lo que se refiere al diagnóstico: la hiperinflación tiene que ver con la destrucción del aparato productivo (sea por una guerra, sea por una pésima gestión), endeudamiento externo asfixiante, gigantescos e irresponsables desequilibrios fiscales y comerciales, aniquilación de la moneda, fuga de capitales. Otra ganancia es establecer las limitaciones de los enfoques monetaristas y keynesianos, y tomar en cuenta las ventajas del análisis estructural.

En este punto hay que distinguir dos cosas. En primer lugar, si revisamos la historia, efectivamente existe una propensión estructural de la economía venezolana a la inflación, relacionada con el papel determinante del ingreso petrolero, nuestra condición rentista. Pero, no siempre tiene que haber inflación, muchos menos hiperinflación. Para ello, deben darse ciertas circunstancias. Esta distinción entre lo estructural y lo coyuntural es análoga a lo que se presenta con el cuerpo humano. Algunos organismos son propensos a ciertas enfermedades, es su carga genética; pero un buen cuidado, alimentación y estilo de vida, pueden evitar que ocurran la obesidad, la diabetes o el cáncer.

De hecho, Venezuela ha atravesado, con cierta regularidad, por ciclos de auges, bonanzas y caídas. Venezuela, mientras se mantuvo creciendo (desde los cuarenta, Pérez Jiménez y los primeros gobiernos AD-COPEI, hasta 1974) tuvo una baja inflación, salvo algunos episodios moderados. Era el efecto de un crecimiento por una política de sustitución de importaciones. Pero ya la condición dependiente comenzaba a notarse en algunos indicadores que bien supieron interpretar autores como Malavé Mata y Maza Zavala: límites de la industrialización por inelasticidad de la demanda y la oferta interna, dependencia tecnológica, asociación desventajosa con el capital transnacional. La crisis que se vislumbraba en 1973, se capeó con el auge del boom petrolero de mediados de los setenta. Desde entonces, fuimos pasajeros en un nave sujeta a los vaivenes de las bonanzas petroleras. Mientras ellas se producían hubo incrementos sustanciosos del consumo de bienes, poca oferta interna en relación a la demanda agregada, monstruoso aumento de las importaciones, endeudamiento bestial. Esto ocurrió con el primer CAP. A los desequilibrios fiscales, comerciales y demás, se les respondió con los "ajustes" de Herrera Campins y Lusinchi. Luego vino el plan orgánico de ajustes de CAP II, intento serio de imponer el neoliberalismo en un país de tradiciones keynesianas en lo económico, con su secuela del 27 de febrero de 1989. Los desequilibrios se profundizaron que ello motivó la "Agenda Venezuela" de Caldera II. Luego llegó Chávez.

Los primeros años del gobierno de Chávez continuaron esos planes moderados de "equilibrar lo equilibrable". Por eso dejó, por un tiempo, una importante ministra de la administración Caldera dirigiendo la economía. Luego profundizó la tradición keynesiana (el Estado como controlador y, en parte, empresario) que fue respondida por la derecha con una histeria que atendía más las provocaciones populacheras del Presidente, que al razonamiento. Por supuesto, le irritó que había dejado de tener el control. Luego, hubo algunas bonanzas durante Chávez. La más importante, hacia 2007-2008. Entonces se produjo una sucesión de proyectos fallidos, comenzando con sus "cinco motores", con los cuales pretendía iniciar una "etapa socialista" del proceso venezolano, siguiendo con muchas ideas de "desarrollo endógeno", "Empresas Propiedad del Pueblo", "NUDES", un cooperativismo que se rechazó después de elogiarlo, etc. De aquello, sólo podemos reseñar aquí algunas pinceladas. La reforma constitucional resultó ser un proyecto de centralización de poder en la cabeza del Ejecutivo. Se yuxtapusieron políticas típicas del rentismo más desbocado: masivas importaciones, fugas de capital por descontrol en la asignación de las "divisas baratas", en medio de la descapitalización de las empresas (por huelga de inversiones de los empresarios y "descuidos" de funcionarios que extraviaron inmensas masas de dinero que se perdieron por el camino, dejando multitud de obras inconclusas, y los servicios de electricidad y agua en el abandono), nacionalizaciones con graves fallas de planificación, gerencias pésimas y muchas veces corrompidas. El "Plan de la Patria" al fin quedó en una lista de buenas intenciones o de ofertas demagógicas, con rasgos de la misma "Gran Venezuela" (como destaca en su análisis Emiliano Terán) rentista, con su propósito de llevar a 6 millones BD, igualito al plan de la oposición de los mismos años. No hubo respeto a la independencia del Banco Central. Se financió una y otra vez los gastos de PDVSA con emisión de dinero. Habría que investigar un poco más, pero todo indica que se inició la caída de PDVSA, que los ministros de Maduro terminaron de enterrar.

Entre 2008 y 2012, la inflación promedio en Venezuela llegó a alrededor del 2%, para pasar a 14% entre 2013-2017, y a 96% en 2018. Desde entonces, la aceleración de la inflación tomó un cariz hiperinflacionario. Esta aceleración inflacionaria e hiperinflación tienen que ver con las consecuencias de las políticas implementadas desde antes de 2008, año en que se produjo una grave crisis financiera que golpeó a la totalidad del sistema capitalista mundial y que, en poco tiempo, repercutió en una desaceleración y una recesión mundial que, a su vez, ocasionó la caída de los precios del petróleo. De modo que la restricción del ingreso petrolero era claramente previsible desde 2008, por lo menos. Pero, en lugar de tomar medidas preventivas, se intensificó la asignación de divisas baratas para masivas importaciones, muchas de ellas sin control (importaciones fraudulentas) o en directa oposición a la producción nacional (por ejemplo: carne y alimentos); se multiplicó por varios dígitos el gasto público, se dieron facilidades de acceso a las divisas que promovió el negocio del "raspado de tarjetas" y la formación de un mercado negro de dólares que, poco después, dio piso a las páginas web donde se evidenciaba la devaluación de hecho de la moneda.

Por un momento se reconoció que las dificultades se debían a la caída de los ingresos petroleros, hecho previsible por lo demás. Pero, en seguida, se cambió al discurso de la "guerra económica". Se trató de ocultar la improvisación y el fracaso de la gestión económica, detectable en esos sucesivos "planes económicos" de nombres rimbombantes, en decisiones tomadas a destiempo (como la liberación de la tasa de cambio y el aumento del precio de la gasolina) y verdaderos zigzagueos políticos (como cambiar ciertas frases claves, como pasar del "dólar criminal" a "bienvenida la dolarización"), apelando al sincero antiimperialismo popular, con base en las históricas intervenciones imperialistas, el decreto Obama, donde declaraba a Venezuela como "amenaza inusual" y las nefastas sanciones de Trump, promovidas como única política por una oposición que marchaba hacia su enésimo fracaso.

Pero esos trastabilleos, violentos cambios de rumbo, incoherencias, chapucerías, también eran expresión de un cambio importante en el mismo rentismo de siempre. Durante la dominación de AD y COPEI, había funcionado mal que bien un "pacto de las élites", por el cual los representantes de los partidos, los gremios, los sindicatos, pugnaban y llegaban a acuerdos para el reparto de la renta entre los diferentes sectores de la población. Esto se reventó, hasta quedar hecho añicos ya en 2004. Desde entonces, y con la afirmación del liderazgo de Chávez, se construyó un sistema de distribución de la renta centralizado en la figura del Gran Líder. Este sistema autoritario personalista muy pronto demostró ser, no sólo ineficiente porque se basaba en el parecer de un solo hombre, sino también fuente de corrupción, por la rápida configuración de un sistema de apropiación delictiva de la renta que ya Oly Millán ha descrito.

Por supuesto, la pugna por el poder político, que atravesó momentos críticos y cómicos, como las masivas guarimbas, la autojuramentación, el "golpe del puente de Altamira", la invasión por Macuto, etc., ocupó la atención pública. Pero redundó en lo peor de todos los mundos: un pueblo ocupado en sobrevivir cada día, desconfiado de la política en general, una represión selectiva, un estado de excepción que suspendió la Constitución.

Hasta que llegamos al llegadero: un país sin moneda nacional que busca desesperadamente vender activos a precios de gallina flaca a la inversión extranjera, mediante acuerdos secretos de venta de activos consagrados en la Ley Antibloqueos, y ahora con las anunciadas Zonas Económicas Especiales, al lado de una Ley de Comunas, que reedita el sueño autoritario: capitalismo salvaje con autoritarismo. En otro artículo, procuraré analizar con más detalles esto de las Zonas Económicas Especiales. Ya a las comunas le he dedicado algunos textos.

Lo que no se hizo adecuadamente y a tiempo, está pasando factura. No se cambió ni un ápice la estructura capitalista dependiente y rentista del país. Se hizo más demagogia que socialismo. Por eso, hoy la hiperinflación continúa su labor destructora y sólo podrá detenerse con un nuevo proyecto Nacional que, en dos platos, se resumiría en pasar del rentismo a otra cosa. No necesitamos ser iraníes para lograrlo.



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Jesús Puerta


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