Un docente con un dolor de muela en Venezuela ¿De quién es la culpa?

Comencé a sentir un pequeño dolor de muela. La cordal inferior, la única que me queda, empezó a echarme vainas. Me hice el loco por dos o tres días hasta que ella, cansada de mandarme sus discretos mensajes, decidió aumentar la presión, hasta el punto de obligarme, una noche, a tomar el único calmante que había en casa. Si eso no hacía, mi ya habitual dificultad para coger el sueño, encontraría en ella un magnífico aliado, ¡Imagínense un persistente insomne y además viejo con dolor de muelas! Algo así como el hambre y la necesidad juntándose.

Desde pequeño hay algunas cosas que me producen piquiña y hasta les saco el cuerpo, una de ellas es ir al barbero. Recuerdo que de niño tenían que "colearme", que en mi pueblo eso significa como cazarme, atraparme, para sentarme en la silla del barbero. A eso, pese el tiempo transcurrido y la oportunidad de reflexionar, no le he hallado aún explicación convincente. Lo que sí sé, desde los tiempos que llegué a la adultez, es que me aburren las pláticas de los cortadores de pelo, por lo menos a los que antes iba. Quizás eso, desde niño, me indispuso contra la necesidad de ir a la barbería, sentarme en la silla y tener que escuchar al barbero hablando necedades con quien tuviese cerca, porque conmigo no. Siempre, aunque algo me dijese, no le respondía para que se callase e hiciese su trabajo. Noté con el tiempo me agradaban los barberos silentes.

La otra es ir al "odontólogo", como le dicen ahora. Cuando era niño le llamaban "sacamuelas", pese que también extraían dientes y más tarde "dentista". Mi como fobia por los dentistas si la sé bastante bien. Pues más de una vez tuve que ir al "sacamuelas", cuando a uno las piezas dentales se las extraía eso, un "sacamuelas", y no un egresado de universidad alguna. Y las extraían a "ring pelao". Nada de usar anestesia. En esos casos a uno hasta tenían que sujetarle entre dos para no se moviese. ¿Y siendo así, a quien le iba a gustar ir a esa vaina? Hay gente que dice, ahora en estos tiempos, le incomoda y molesta ese aparatico que los odontólogos usan para limpiar las piezas dentales que tienen una minúscula fresa en la punta, una cosa que yo no siento. ¿Cómo serían ellos sentados en una silla, agarrados por dos carajos, generalmente de la familia, para que el dentista o mejor el "sacamuelas" le extrajese una pieza dental sin anestesia?

Por culpa de aquellos "sacamuelas" y no por estos odontólogos, me "cuesta" - observe el lector que metí la palabra entre comillas – acudir a ese servicio. Pero después de pasar dos noches sin dormir, porque las piezas dentales, sobre todo las muelas, las dan por joder más en las noches, me vi obligado a afrontar el asunto y buscar la manera de aliviar mi dolor en vista que las pastillas que compré, con casi una quincena de sueldo, de las cuales me tomé dos, de nada me servían. Y en esto comenzó el drama que ahora les cuento.

Todo comenzó cuando averigüé cuánto costaba el servicio en privado. ¡Coño! Para arreglarme la muela o extraérmela, "cuesta" – por esto antes la palabra la metí en comillas – más o menos lo mismo que al mes cobro por mi jubilación de Docente V. Si le pago al odontólogo tendría que pasarme un mes sin lo poco que tengo para comer, pues como dije, ya había gastado lo equivalente a una quincena por las pastillas. Aunque de verdad, como dejaré claro más adelante, tampoco tenía para cubrir esa necesidad o emergencia. Por supuesto me vi obligado a cambiar mis planes. Debí buscar quien me llevase al IPAS-ME, del cual como se supone soy miembro y me encontré con dos escollos. El primero, eso lleva días cerrado porque el transformador que surte de energía eléctrica a las instalaciones estalló y el segundo que debo, cuando abran, ¡quién sabe cuándo!, pedir una cita y esperar mi turno, lo que puede durar días, pues allí no le paran a esa "pendejada" que trató de implantar Chávez de "a los viejos primero".

El dolor seguía atormentándome y entonces, mi compañera que todavía algo de fe le queda, lo que suele traerle conflictos con la descendencia, me convenció fuese a un CDI*, donde a ella, en los tiempos de Chávez, le atendían muy bien. Tanto que allí llevó a una amiga suya y esta quedó encantada y sin creer que aquello fuese verdad. Pero primero acudí a la "Casa del Abuelo" institución dependiente de la Alcaldía de Barcelona, porque está a un kilómetro y medio, más o menos, de casa, adonde fui caminando. Me atendieron con prontitud, tanto que quedé como asombrado, y de manera tan agradable como para que volviese. La odontóloga es una persona por demás atenta, servicial y dulce. Pero nada pudo hacer por mí. Salvo el momento que pasé con ella por su manera dulce de tratar a sus pacientes viejos. Le sobraban ganas de ayudarme pero el aire acondicionado del consultorio y el compresor, ese que mueve la fresa para limpiar y rebajar las piezas dentales están malos y no tenía ni siquiera algodón.

En vista de esto opté por atender la sugerencia de mi compañera y me fui al CDI donde ella había ido antes y el único que presuntamente tiene servicio odontológico en Barcelona, por lo menos yo sepa. Allí la cosa tuvo un rasgo muy particular. La odontólogo que me recibió en vista de mi edad y deplorable estado en que me hallaba, por demás visible a causa del dolor, una jovencita venezolana, también como la de la "Casa del Abuelo" y además muy bella, me atendió con prontitud y hasta con esmero. De inmediato decidió, "esa muela hay que sacársela, venga el lunes; eso sí, traiga esto" y me dio una lista que incluye jeringa, guantes, dos tubitos de anestesia, gasa y algodón". No sin antes advertirme, "todo eso lo vende la señora de esa casa", mientas con el brazo derecho extendido me señalaba la dirección como para que no cogiese para otro sitio. Y fui a otro sitio y a otro, todos del Estado y no hallé remedio a mi mal. Y me echaban el mismo cuento de "no tenemos nada". Mientras todo eso sucedía la muela me dolía tanto que si hubiese tenido un revolver a mano me desencajo la quijada.

¡Cónfiro Dios mío!, me dije y luego pregunte ¿No y que tenemos salud gratuita y de excelente calidad? ¿Pero dónde está?

Y el maldito dolor amenazaba con llevarse mi vida y hasta mis sueños. De repente, alguien que bien me conoce, que me había estado llevando de aquí para allá, me dijo:

-"¿Por qué no va conmigo a la Clínica Popular del Rotary Club que queda en Tronconal?". Dijo aquello como con timidez y duda, quizás porque me conoce.

-"¿Y allí atienden a cualquiera?"

- "¿Es gratuito el servicio?"

Esas dos preguntas hice a mi amigo.

-"¡Claro que le atienden! Eso sí, debe pagar, pero algo módico en comparación con las clínicas privadas."

Mi desesperación había llegado a un nivel donde no hay para escoger ni andarse con pendejadas y prejuicios ancestrales. Cuando duele, lo primero es quitarse el dolor, más si es de muelas. Además, la necesidad tiene cara de hambre.**

Entré allí tal como me llevaba la muela. Mi cara y cuerpo todo denunciaban mi estado de desesperación, tanto que me pasaron de emergencia y un señor que estaba por entrar hasta me cedió su puesto. La odontóloga me examinó cuidadosamente y me dijo:

"La caríe es grande y en una cordal. Trataré de arreglársele porque sacarla requiere mucho trabajo, es riesgoso a su edad y corresponde a un cirujano. La limpiaré, le haré una cura y si no vuelve a dolerle venga el lunes para colocarle la amalgama." Todo eso dijo e hizo con el mismo estilo de la profesional de la "Casa del abuelo".

-"¿Cuanto debo?" Eso pregunté.

-"Pase por caja", me respondió la odontóloga. Hacia allá fui, a la caja, con todo el miedo e incomodidad del mundo, pues apenas tenía en cuenta bancaria la mitad de la quincena.

¡Vaya sorpresa! Pagué con lo que tenía y todavía me quedó para comprar un kilo de cambur y otro de tomate. Y salí de allí sonriente, pues el dolor como que se cansó de joderme. El lunes volveré o aprovechando que el dolor ha desaparecido, buscaré donde me coloquen la amalgama porque allí debo volver a pagar y ya no me queda un centavo. A menos que por esto me salga una ayuda humanitaria.

Mientras escribo esto, la cajita de Ibuprofeno de 600 mg. que me costó una quincena de mi sueldo, casi enterita, como que me sonríe y sugiere cosas desagradables. Porque medicinas se consiguen sin dificultad en el mercado, la tragedia es no tener dinero para comprarlas. Ese tipo de mal, como en todas partes, sólo jode a los pobres. ¡Y uno que es maestro!

En mi caso, menos mal que ha sido sólo un dolor de muela. ¡Imaginemos!

*CDI. Servicio Público de salud de atención primaria.

**Todo eso por lo del Rotary Club.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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