Entre la ciencia y la propaganda: caso asesores económicos del gobierno

Los dilemas del intelectual al relacionarse con el poder siguen siendo los mismos desde que Platón pretendió darle consejos al dictador Dionisos en la antigua Grecia. Ejercer el coraje de decir la verdad (la "parresia" de los cínicos antiguos) tiene obviamente sus costos, sobre todo si tu sueldo depende de que elogies las decisiones del que manda. La cosa se pone peor cuando aduces, muy filosóficamente, que la verdad no es una revelación, ni un hecho consumado alguna vez, ni una idea luminosa que brilla de una vez y para siempre; sino un proceso complejo, indefinido, donde se confrontan varias posiciones, y el error y la equivocación son inevitables y hasta necesarias, como medio de aproximarse a "lo que es".

Cualquier análisis de la pésima situación económica del país, si es que se quiere ir más allá de la desesperante evidencia cotidiana, debiera describir y explicar algunas cosas muy precisas, que llamo los "sesgos siniestros" de nuestra economía: el sesgo importador, el derrochador, el inflacionario, el dependiente y subdesarrollado, el exportador de capitales (fuga de capitales). Por supuesto, a estas alturas del partido, es inadmisible una explicación que parta de una sola causa (como puede ser la existencia de la página "Dólar Today" o la conspiración del imperialismo norteamericano) para explicar, por ejemplo, la inflación. Ya es un lugar común hablar en ciencias sociales de fenómenos multifactoriales, efectos que se convierten en causas en un giro autopoiético, dialéctica en que los opuestos se identifican, desórdenes que se ordenan. Por otra parte, ni en física existe esa causalidad eficiente aristotélica de bolita que pega en otra bolita haciéndola moverse. En todo caso, desde que hay marxismo, se piensa en términos de causalidad estructural.

La pasión propagandística es el principal motivo de la mentira, la manipulación y la negación de los hechos. En este sentido, los asesores económicos del gobierno (el gobierno mismo, claro) emplean varias tácticas polémicas. La primera es la simple negación: no hay inflación, no hay crisis… Sólo para después verse obligados a reconocerlo a regañadientes, junto a una frase que equivale a desvirtuarlo. Por ejemplo, de la negación de la inflación, pasan a hablar de una inflación "inducida", como si hubiera algún fenómeno social o histórico que no fuera inducido o puramente espontáneo. Pero el caballito de batalla es la "Guerra económica" (GE en adelante).

Los asesores propagandísticos del gobierno usan la frase "guerra económica" para cumplir con varias funciones polémicas: en primer lugar, para evitar que le endilguen al gobierno la responsabilidad de la crisis que estamos viviendo. En segundo lugar, confirma (junto con Trump, Obama y sus declaraciones destinadas a su electorado anticomunista) la "teoría de la conspiración" de que todo lo malo viene del imperialismo norteamericano, su gobierno o la CIA. Aquí vale hablar de media verdad: es cierto que los gobiernos norteamericanos han conspirado contra gobiernos que no les adulen y sigan al pie de la letra sus órdenes. Pero esto es sólo una parte de la realidad. El error, más bien la falsedad, de la propaganda oficial, es culpar a la "Vaca" (los Estados Unidos) para evitar asumir responsabilidades y pagar el precio político de una rectificación. Actitud que, de paso, tiene muy poco de revolucionaria.

Como señala un reciente documento elaborado por un grupo de economistas, CIFO, encabezado por Manuel Sutherland:

Hay una insistencia en ver los problemas económicos como problemas puramente políticos. Para los "guerreros económicos" todo es un asunto de conspiraciones para sabotear al gobierno, pareciera que Venezuela fuera la única economía capitalista del mundo, que jamás debe atravesar dificultades. Para estos "guerreros" Venezuela es el único país del mundo en el cuál el capital se debe acumular sin dificultad alguna, es decir, por comportamiento "natural" la economía debería crecer siempre. Los ciclos económicos de auges y caídas de la acumulación de capital no deberían tocar a Venezuela. Para estos señores el gobierno ha tenido un manejo de la política económica perfecto, no hay críticas al mismo, y los problemas surgen por una externalidad saboteadora que empeora a la economía para que la gente desarrolle un antichavismo acérrimo.

Pero a la excusa de la "guerra económica" (GE, en adelante), por la cual casi siempre llegan a la conclusión de recomendar nuevas medidas administrativas, controles burocráticos y operativos policiales (insistencia que es, en la práctica, la confesión de que todos los controles activados hasta ahora han sido ineficientes, tal y como lo denunció Jorge Giordani cuando renunció, señalando como responsable al presidente Maduro específicamente), frente a la cual habría que reconocer que se ha perdido, que las estrategias decididas no han servido, se le agregan una acumulación de contradicciones lógicas, entre las cuales la principal es que, por un lado, el gobierno reconoce que hay una crisis: por lo menos la del "capitalismo rentístico" (o del "rentismo", si se quiere), y con ello aluden a unas razones estructurales que, si de algo sirve en su argumentación, es para intentar calmar las exigencias cada vez más desesperadas de sus seguidores para que resuelvan venzan la GE. En efecto, varios voceros del gobierno y de la plenipotenciaria ANCO (Asamblea Nacional de Cuadros del Oficialismo), han tratado de tranquilizar los ánimos diciendo que la cosa no se resolverá fácil, porque el problema es estructural. Lo peor es que esto es cierto. Pero hay que reconocer que esa línea de argumentación está en franca contradicción con la línea principal de la GE.

Esa sería un buen punto de partida para un acuerdo en el análisis: estamos ante la crisis terminal del capitalismo rentístico. Es en ese contexto donde deben de comprenderse fenómenos como la inflación, el desabastecimiento, todos los "sesgos siniestros" de nuestra economía. El costo político de asumir esa explicación, la científicamente más plausible, es tener que admitir que no ha habido revo9lución, que las estructuras del país siguen muy parecidas a las de la llamada IV República.

Por supuesto, los "sesgos siniestros" de nuestra economía, vienen de mucho antes del chavismo. Por ejemplo, el sesgo importador, que mata la rentabilidad de cualquier actividad productiva en el país (tanto la agricultura como la industria, incluida la producción de una ciencia y tecnología propias, asunto que durante estos 17 años ha caminado con muy mal pie), tiene su base en la sobrevaluación de la moneda (y las tasas de cambio duales o triples) y la inclinación derrochadora (el síndrome "la Gran Venezuela") propia de TODOS los gobiernos venezolanos que han recibido una bonanza por el aumento del precio del petróleo, pero que, a partir de 2008, con un pico en 2011, se desató y se instaló como tendencia, junto a sus consecuencias: los fraudes importadores, la fuga de capitales, la corrupción en los mecanismos asignadores de divisas y, finalmente, la inflación.

La inflación, por supuesto, no escapa a estos determinantes estructurales. La profesora Curcio, por ejemplo, insiste e insiste, con ánimo polémico antimonetarista, en que ni el PIB, ni la liquidez monetaria, ni el tamaño del gasto público, etc., tienen que ver con la inflación (que ha tenido que admitir, a diferencia de su colega Luís Salas), sino que éste es un fenómeno "inducido" (o sea, provocado "desde afuera", como si nuestra estructura económica no debiera permitirlo; resultado de la conspiración imperialista, de una actitud criminal que amerita más mcontroles y vigilancia policial y administrativa), especialmente provocado por una página web: "Dólar Today". Toda la argumentación de la profesora Curcio en un reciente artículo, van dirigidos a señalar a "Dólar Today". Lo que no explica la profesora Curcio es por qué esa página web es tan eficaz. Obviamente, ello es debido a las debilidades de nuestra economía, determinadas a su vez por sus sesgos siniestros, causados por la estructura del capitalismo rentístico.

Si se fuera medianamente coherente y se asumiera una línea de transformación revolucionaria de ese capitalismo rentístico, se pudiera empezar a caminar un camino correcto. Pero, no. A la urgencia inmediata del pago de la deuda, respondida con una política de jugar con la geopolítica Rusa-china, se suma una propuesta de relanzamiento del rentismo a través de la confirmación de los contratos con los socios transnacionales de la Faja Petrolífera (los mismos a los que se señalan de haber sustentado la subversión de derecha) y la entrega de la riqueza minera ubicada en el arco del Orinoco.

Ya hemos esbozado una explicación de cómo hemos llegado hasta aquí en otros artículos. La cismagénesis, cuyo motivo es la disputa por el Poder, no querer asumir que la democracia supone ganar y perder, nos ha traído a esta situación de hecho de un poder "plenipotenciario" de dudosa legitimidad dudosa, de colapso institucional, de callejón sin salida en lo económico, de entregar todo a los aliados ya no tan nuevos (Rusia y China). Todo eso no son más que tácticas para salir ilesos del desastre. Por supuesto, no saldremos así. Pero al menos, la perspectiva de que hay que revolucionar la estructura capitalista rentística del país puede servir de premisa para nuevos agrupamientos en el futuro inmediato.



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Jesús Puerta


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