La hermandad colombo-venezolana. ¿Cómo Caín y Abel?

Caín y Abel, hijos de Adán y Eva, se criaron juntos y juntos vivieron por buenos años. El primero fue agricultor, el segundo pastor de ovejas. Uno nunca ha podido explicarse, aunque tampoco se ha devanado los sesos, ni siquiera hacer la más mínima indagación, cómo pudo multiplicarse la especie si sólo, después de Adán y Eva, quedó en este mundo Caín. Es posible, digo yo, metiéndole a la especulación, que los espermatozoides de quien quedó íngrimo y solo en este planeta, depositados en los surcos de la tierra fértil hayan cumplido la función demandada por Dios de "creced y multiplicaos". En el imaginario indígena de estas tierras que luego arbitrariamente llamaron América, eso se hace explicable poéticamente, pero en el racionalismo europeo no tiene cabida; el mismo que justifica tropello, robo y asesinato en nombre Dios. Aunque admito mi ignorancia en esos secretos y no dudo haya alguien ocioso me saque de ese laberinto.

Bolívar fue el padre de la independencia americana, el hacedor con su espada, genio militar y su capacidad para formar y saber encontrar entre los tantos héroes de la patria, genialidades y abnegados como él. Así se halló a "Toñito" Sucre y le moldeó. A este ilustre cumanés, a quien los "Caín", y traidores, emboscaron en Berruecos, el Libertador llamó el "Abel de América".

José Antonio Páez, quien terminase siendo otra versión de Caín, tenía tan mala opinión de Santander, que cada vez que lo hallaba al lado de Bolívar en aquellas correrías por el llano, solía advertirle se cuidase de aquél a quien no se cansaba de tildar de cobarde y potencial traidor. Pero Bolívar, quien para llegar a donde llegó tuvo que tener mucho de pragmático, cargo con aquel calamar encima hasta terminar siendo él, el Libertador, víctima de aquel ruin hermano. No obstante, los "Caín", Páez y Santander se aliaron en la maldad de dividir lo que aquél había unido.

El proyecto y discurso de unidad americana, tan hermoso que sigue vigente y en espera de hermanos verdaderos que se reconozcan, hizo del venezolano su más fiel adherente. Por eso, desde hace muchos años, desde esta patria se ha asumido ese concepto de hermandad. Cuando el negocio petrolero nos otorgó algunas ventajas, no dudamos en compartirlas con los pobres de América, con la misma generosidad de los padres de la patria. Esta tierra ha sido el burladero donde se han refugiado millones de hermanos, nacidos fuera de ella, huyéndole a las cornadas del hambre y la maldad. Nuestra población ha crecido más por la llegada de gente de fuera o gente a quienes les hemos tendido las manos, que por eso que llaman "crecimiento vegetativo".

Por la generosidad, yo diría que excesiva, de Chávez, tomamos la bandera de la paz en Colombia como nuestra y conste que eso nos parece acertado. El presidente Santos, hoy premio Nobel, raras veces lo reconoce y cuando lo hace habla, como decimos los venezolanos, "entre dientes apretados". Pero pocas veces desde allá y muy pocos, nos admiten como hermanos. Como dice un amigo nuestro, "en esa relación fraternal pareciera que los únicos hermanos fuésemos nosotros". Por supuesto, quienes gobiernan en Colombia, controlan los medios masivos de comunicación desde tiempos ancestrales, forman parte de la misma clase en que se alentó y apoyó Santander y de ellos se valen para alentar la conducta de Caín.

Lo que uno observa, de buena parte del universo colombiano, lo que incluye paramilitares, negociantes de la droga y hasta de mucha gente humilde beneficiada por ese sentimiento fraternal nuestro, como mínimo, son miradas de desconfianza y rechazo. ¡Y esto es viejo! Los humildes son atrapados por la feroz propaganda de sus propios verdugos, quienes les generan falsas ideas.

No por casualidad, el gran laboratorio y patio logístico de armas contra la economía venezolana, cuya agresión es obvia, aunque desde la oposición abunden quienes eso niegan, cometiendo con ello uno de sus tantos errores, se ha instalado en el vecino país. Allí, desde el fondo de la historia, ha habido un terreno fértil.

¿Cómo entender que la ley colombiana permita un tipo de cambio libre, al voleo, en la frontera, mientras el Banco Central del país "hermano", allá en la lejana Bogotá, fija otro? ¿Qué pensar que mientras el bolívar equivale en la capital colombiana casi a 300 pesos, en Cúcuta, los dueños de casas de cambio, cartelizados, en mafia, lo fijen hasta en una unidad monetaria de aquel país?

Un cambista compra un bolívar en un peso en Cúcuta y lo cambia en Bogotá en casi 300, haciendo con ello el más gigantesco negocio y vulgar estafa. Y eso, que es a todas luces un delito, lo permite la ley colombiana. Juan Manuel Santos tiene responsabilidad en eso. El pueblo colombiano, las fuerzas por la paz, no pueden dejar enredarse en esa villanía de Caín.

¿Cómo concebir que un hermano use tales procedimientos contra el otro? Pues simplemente a través de la bíblica historia de Caín y Abel.

Pero esta relación no es nueva. Es así desde los tiempos de la lucha de independencia. Sin negar que, como los nuestros se inmolaron por la independencia del continente, empezando por la de Colombia, héroes colombianos lo hicieron por la nuestra. El asunto es encontrarse los verdaderos hermanos e insertarse en la misma lucha. Nunca olvidaré, aquella hazaña de la cual tuve noticia en la escuela primaria, donde el colombiano Atanasio Girardot, voló un espacio apertrechado de municiones y pólvora, dentro del territorio venezolano estando él en el medio, para restarle al enemigo de los independentistas aquellos cuantiosos recursos. Brindó su vida, se inmoló por la independencia nuestra.

La godarría que ha gobernado en Colombia desde los tiempos de Santander, siempre ha sido enemiga de Venezuela y todas las causas populares, hasta las colombianas; hasta el general Aureliano Buendía, de la creatividad de García Márquez, fue víctima de aquélla.

¿Cómo mantener relaciones armoniosas con un gobierno que, pese nuestra buena voluntad y esfuerzo para ayudarle a conquistar la paz, actúa en contra de la economía venezolana?

Se pudiera hacer un balance de los gestos agresivos y nada fraternales de los gobiernos de Colombia contra nosotros, empezando por la aceptación que los gringos monten allá siete bases militares sabiendo que el motivo de ellas es Venezuela y sus recursos minerales, pero basta con ese asunto de la moneda para comprender lo de Caín que cabe en ellos.

Hoy mismo, la cancillería colombiana emite un comunicado bordado con cinismo y mal gusto, en el cual manifiesta su "preocupación", sin ocultar sus lágrimas de cocodrilo, por los intereses de los pequeños comerciantes honestos que de aquel lado, al momento del anuncio de la medida venezolana con relación al billete de 100 bolívares, conservaban en su poder unos cuantos de ellos. Eso podría suceder: Hasta pudiera tener una solución. Lo que la Cancillería no dice, sí evade, es como el gobierno que representa se presta para que las mafias que operan en la frontera, actúen impunemente para dañar a los venezolanos todos; no a un pequeño grupo de ellos y tampoco a Maduro. El lamento de la cancillería, demagógico y falso, coherente con una vieja cultura que bien conocemos, intenta evadir la responsabilidad de su gobierno y hasta ocultar su complicidad con las mafias. ¡Con hermanos así quién quiere buscar enemigos! Con Caín basta y sobra.

Es verdad que la espada de Bolívar camina por América Latina, pero también es cierto que el espíritu de Caín también anda por allí y ahora es más peligroso, porque se ha aliado con el diablo y hasta se exhibe con colmillos nucleares.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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