Desde el conuco

Las enseñanzas de Papá

Las mazorcas de maiz seco preservando la cubierta de hoja, se acuestan perfectamente ordenadas cuidando que una capa de ellas se ubiquen de punta y la otra camada en sentido contrario, de esta manera la ruma de maiz por más alta que séa se mantiene en perfecto equilibrio. Ese metodo de conservar y guardar el maíz se llama enrejado. Mi Papá guardaba el maíz de esta manera, en uno de los rincones en la sala grande de la casa. Era un montón de mazorcas perfectamente ordenadas que se iban usando de acuerdo a la necedidad. Enrejados inmensos de maíz en tusa y hoja, aquello eran montañas de maíz que apilaba mi viejo con suma precaución, para así conservarlo durante todo el año pues papá nunca usó los venenos en pastilla, usados para proterger el grano del coquito. Cuando el maiz lo guardaban desgranado y en sacos, lo bañaban en la ceniza del comejen de tierra, esa es otra técnica de preservacióin usada en esos tiempos.

Mi Papá nos decía, el maíz debe cosecharse en menguante, de esa manera no le cae ni coquito y no se pica. Papá era muy cuidadoso con eso, y lo mejor, nunca faltaba la semilla. No teniamos porrones para guardar maíz y el enrejado era uno de los metodos más eficientes de preservacion del grano. El maíz desgranado y guardado en sacos tenía menor tiempo de duración, por lo que el enrejado era una sabia decisión a la hora de preservar el grano.

El primer café que salia de la coladora era para papá, era el colado que contenía la mayor consistencia, más amargo y era un café con mucho mejor cuerpo. Ese gusto lo heredé de mi padre. Cuando niño, queria crecer muy rapido para tener el gusto de saborear un tinto como el café doble que mi viejo degustaba por las tardes. No se porque hoy ya no nos llaman viejo como antes, nos dicen disque adulto mayor, que estupides es esa, no se quien inventó tamaña soquetada, en este afán desmedurado de modernismo que raya en lo ridículo. Advierto a mis amigos, a mi me llaman viejo, no me vengan con ese sifrinismo de la tercera edad o de adulto mayor, me sienta mejor viejo, de ese modo es que quiero que me llamen, así de sencillo, viejo ¡y punto!. Viejo como papá.

Habíamos puesto a madurar unos cambures sobre el enrejado de maiz y una tarde quise deleitarme con un cambur maduro. Presuroso subí en busca del cambur que aguardaba dentro de un saco de cabulla. Con algunos cambures en la mano sin tomar precauciones, me delicé por el enrejado de maiz, con la mala suerte de que abajo se encontraban varias taparas de totumo llenas de chimó liquido que mi viejo habia guardado al pie de la ruma de maiz, listo para ser procesado y atiné a caer de pie sobre una de ellas, volviendo trizas la tapara, habia metido la pata hasta la pantorrilla. Mi pié derecho parecia una bota de goma color negro. Fue esa la única vez que recuerdo a Papá bravo de verdad. Papá era un pan, nunca nos pegaba, una mirada bastaba para saber lo que queria ordenarnos. Ni siquiera ese día que le bote el chimó me pegó, apenas me dió de refilón con un saco.

Palabra cierta, Rafaél Antonio era todo cariño, era un pan de Dios como les digo. Sus consejos eran permanentes y pausados. No se debe matar ningún animalito del monte si no es por alguna necesidad. El agua se respeta y se cuida, no se ensucian las aguas de los riachuelos y quebradas. La cacería debe ser limitada y dando ventajas al animal, nada de trampas. Los adutos se respetan, No debes ser goloso en el comer. El aguardiente hay que saber beberlo, nunca se dejen dominar por los vicios. Compartir lo que sabes tienes es cosa de sabios.

Papá era callado de conversas pausadas y la vez muy jocosas. Cada respuesta llevaba humor por dentro. Señor Rafél, ¿estará crecido el rio hoy? le preguntaban, No, esta mañana lo pase agachao. Señor Rafél, ¿no va al entierro de fulano? No, el no va a ir al mio. Señor Rafél ya viene la cosecha ¿ya usted limpio el café? No, a mí me gusta agarrarlo en el monte. Eso es de cajón, eso es cajonero, repetía cada rato al referirse a una respuesta que resultaba ser muy evidente. Asi sus mas cercanas amistades, de manera cariñosa y gentil, le decian Cajonero.

No debes llevarte a la tumba lo que sabes, debes enseñarlo, eso es de la naturaleza y aquí debe quedarse. Si aprendiste algun metodo de sanación, es un pecado capital no difundirlo, eso no es un secreto, por el contrario es egoismo no enseñarlo. Es un pecado morir y no difundir ese conocimiento.

Papá supo ganarse el respeto y la amistad de todos, no le conocí un enemigo. Con frecuencia sus amigos mas jovenes me paran en la calle o en cualquier camino que transíto, me cometan muchas de sus chistes con que frecuentaba recibía a sus amigos y de allí se genera una conversa que me hace casi que volver a sentir a mi padre. Siempre me comentan mi parecido a él y eso llena de orgullo mis alforjas, al tiempo que me hace sentirlo muy de cerca. Aún conservo su sombrero que me acompaña siempre.

Al lado de la casa de campo, donde pase mi infancia, un rancho construido de bambú y techo de palma, era destinado a la cria de gallos de pelea. Eran hileras de casillas a ambos lados de la paredes de bambu y otra hilera en el centro del rancho. Así estaban dispuestos los gallos que con sumo cuidado llevaban un regimen regimen alimenticio de acuerdo a su estado de evolucion en el entrenamiento. Yo ayudaba a papá en el cuido de los gallos. Era un regimen alimenticio delicado y riguroso. Maiz amarillo, fororo con miel de abeja y germen de trigo, platanos maduros con la amarilla del huevo criollo, jugo de naranja, huevo sancochado. De acuerdo a su estado de entrenamiento eran tragos de agua contados uno a uno, antes de retirar la lata de diablito en que se le suministraba su ración diaria. Nunca, pero nunca, me gustaron las peleas de gallo, aunque desde niño ayudaba a mi papá en ese trajinar.

Cada mañana muy temprano mi papá se preparaba para las labores del día. En las temporadas de siembra eran muchos obreros que se juntaban en la casa y una ruma de arepas de maiz adornaba el mesón grande de madera donde se le servia la comida a los peones. En ese mesón se escuchaban unos sabrosos cuentos, contados por los obreros durante la hora de comida. Se sentia el calor del obrero en ese mesón impregnado de olores de cocina. Aquellos obreros eran como familia, el trato era igual a un familiar. Que ambiente tan hermoso viví en mi infancia al lado de mis viejos en aquel campo que nuca olvidaré.

Entendí siempre en los consejos de papá, que el mejor homenaje que debe rendirsele a un padre, es ser un hombre de bien, de trabajo, honrrado y de palabra. A estas alturas creo haber cumplido con ese mandato familiar.

A mi padre lo recuerdo, con su machete en mano, con caminar pausado rumbo al corte del día, lo recuerdo en su risa fresca y silenciosa, lo recuerdo en su amor por la naturaleza, lo recuerdo como si fuera hoy, con su sombrero sencillo que marcaba su personalidad, lo recuerdo devoto de San Antonio y de su conuco. Todo humildad, todo amor y ternura, nunca dijo un te quiero, pero se sentía a leguas el amor por nosotros. Lo recuerdo con su verbo pausado y breve, lo recuerdo en su sillón sentado descanzando, con su risa breve, permanente y sus recomendaciones acertivas. Y pensandolo bien, a mi papá fue al único que no ví montando el burro mocho.

Cuando estoy en el campo que son todos mis dias, lo recuerdo de cerca junto al árbol de guanabana y el mijague gigante. En él se juntan mis amores y la pasión por la naturaleza. Mi viejo era conuquero y con su conuco logró formar una numerosa familia de más de una docena de muchachos y muchachas.

Él me enseño a querer la madre tierra. Mi agradecimiento infinito a mi querido viejo. Desde este maltratado pedazo de la tierra, todos los amores para Rafaél Antonio Azuaje.



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Toribio Azuaje

Campesino y Conuquero. Docente

 toribioazuaje@gmail.com

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