Una historia negra

Juana Casterola nunca imaginó que pudiera sufrir tanto. Ese día, un viento frío entró por las rendijas de la puerta trasera de su casa y de inmediato la maldición gitana se instaló en la pantalla de televisión. Confundida con las escenas y las lágrimas que mojaban su vestido rojo, sintió el manotazo en el rostro de su hijo amado. Cerrando los ojos recordó aquellos momentos cuando nació Lavo, casi carbonizado y tuerto. Un dolor enorme atravesó su corazón cuando su esposo Capucha, le dijo: Ese hijo que hoy nace, es una tara que nos va a causar muchos problemas.

Así lo vieron crecer, hundido en la profundidad de su espíritu maligno. Ya desde joven jugaba a tomar pócimas de café sin azúcar para vomitarla en las pantallas de cartón. A medida que pasaba el tiempo atesoraba el odio hacia sus padres por haberlo traído tuerto. En varias ocasiones les reclamó sobre su historia negra, pues él deseaba ser blanco con ojos azules. Nunca respondieron a sus absurdas interrogantes, quizás porque no había respuesta posible y ellos tampoco la tenían. A pesar de ese rechazo, Juana Casterola, tal como hacen todas las madres, sentía un profundo amor por su hijo Lavo.
Pero a pesar de todas esa manifestaciones de amor y cariño, Lavo creció con la maldad impregnada en su alma. De manera irracional, su odio se fue expandiendo hacia todas las personas, inclusive hasta las que no conocía. Como una leyenda su mala fama recorrió los caminos de la patria y desde allá, donde nace el sol, vino a infectar los valles de esta tierra. Su presencia era tenebrosa y en cada paso que daba iba dejando los aromas putrefactos de la muerte. Por ello, los golpes propinados por la mujer ofendida fueron celebrados silenciosamente por cada uno de los habitantes de esta villa. Desde el niño hasta el anciano se sintieron reivindicados con cada golpe dado al malvado agresor.
Capucha, con su radio de banda ancha y a volumen bajo escuchaba a medianoche las noticias nacionales e internacionales que informaban sobre el suceso. Muchos testimonios, reivindicando la valentía de la mujer ofendida, le hicieron recordar aquellas palabras que había pronunciado cuando había nacido su hijo. Esas palabras pronunciadas muchos años atrás estaban llenas de verdad. El hijo de Juana Casterola y Capucha era una tara genética que no respetaba siquiera la memoria de un niño.
El respeto al honor del ser humano es sagrado, más aún si se trata de una mujer. A nadie le está permitido ofender la dignidad de una mujer, por más odio que se tenga contra el mundo, contra la nación y contra el pensamiento revolucionario. Son pobres de espíritu y seres miserables los que se divierten con el llanto de una madre. Que cese ya el odio y que las pantallas de televisión sólo sirvan para sembrar los valores de la sociedad solidaria, donde exista el respeto y la tolerancia. Las historias negras de terror deben ser transmitidas a la medianoche, ese debe ser su horario; pues a esa hora es cuando las bestias planifican su marcha sin retorno.

*Politólogo
Email: eduardojm51@yahoo.es


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Eduardo Marapacuto*


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