A la poeta Lydda Franco Farías, in memoria

Conocí a Lydda Franco Farías en los lejanos y tormentosos 70. La conocí cuando no sólo queríamos “tomar al cielo por asalto”, sino que además, estábamos seguras de que lo estábamos tomando, sin sospechar que tendríamos que esperar muchos años para acercarnos a ese sueño. Su esposo, José Zabala, estaba preso en ese momento y para mi, militante del MAS, era una realidad por demás extraña eso de tener a alguien preso. Eso era de la “ultra”, no de nosotros, pero Lydda era del MAS y tenía un esposo “ultra” y tres muchachitos pequeños. Fue la tolerancia, entonces, una de las primeras lecciones que recibí de esa pareja y el inicio de una amistad que durará por siempre.

Luego vino la Universidad del Zulia, donde ambas trabajábamos en la biblioteca de la FCES. Allí hicimos muchas cosas juntas. Allí protestamos por el asesinato de Jorge Rodríguez, por el golpe de estado contra Allende, allí discutimos sobre los “perros” y los “patriotas” las famosas tendencias del MAS. Hasta que un día decidió dejar la militancia activa y dedicarse de lleno a escribir, que era lo suyo. Gracias a esto comenzó a consolidar una obra por demás fresca e inédita, no solo en el Zulia, sino en el país y más allá, la cual hemos disfrutado y agradecido. Siempre le agradeceré no haber sido panfletaria, ni siquiera cuando la coyuntura lo permitía. Con ella aprendí que la poesía solo debía tener el compromiso consigo misma y que no debía hacer concesiones.

Recuerdo en especial un poema que escribió para un día de la Secretaria o de la mujer y que yo no me cansé de reproducir y repartir por todos los pasillos de la Universidad, el cual estaba dedicado “a mis congéneres y a ellos aunque mal paguen”

UNA comparece ante el tribunal de los hijos
Y cede ante la tiranía de los hijos
UNA tiene el deber de ser bella
Porque entre otras cosas para eso está UNA
Y para comprar lo que nos vendan
Y para sufrir por la muchacha de la telenovela
Que es tan desgraciada (la muchacha y la telenovela)
(…)
UNA es tan fiel tan perrunamente fiel


Cuando este lunes 2 de agosto me avisaron de su deceso, en un instante pasaron todos estos años compartidos y supe entonces que siempre habíamos estado juntas, aunque no nos viéramos, aunque no nos frecuentáramos, pero siempre estuvimos allí. Siempre. Recordé miles de conversaciones y miles de coincidencias que tuvimos todos estos años y como compartíamos visiones sobre el país, la cultura y la política. Supe siempre que tenía en ella a una interlocutora privilegiada, única, porque entre otras cosas, era una de las pocas mujeres que conozco que tenía humor, un humor corrosivo, ácido, agudo, exquisito. Era como un dardo, siempre daba en el blanco…

Te nombro en silencio y no puedo evitar la incredulidad, gente como vos, uno piensa que siempre va a estar y cómo no, si sobrevivistes a la muerte de tu hija, cuando todos creíamos que no ibas a resistir. Entonces supe que serías para siempre, que nunca te irías y ahora sé que es verdad. Puedo recordar con tanta facilidad tu risa, tu voz, toda tú que se me hace como imposible que ya no estés, ante lo cual debo concluir que sigues allí, porque (discúlpame el lugar común) te instalastes en cada uno de nosotros por siempre y para siempre.

Quiero dejarlo hasta aquí, con un poema como un homenaje a vos y a Zabala, tu eterno compañero, quien lo leyó en tu despedida.

Yo venía de los bosques húmedos
En mi equipaje la inocencia
En si misma dobladita
Olorosa a preguntas
Me quitaron bosque y humedad
El equipaje revolvieron
Las preguntas me las fui respondiendo
En el tiempo y de a poquito
Ahora no sé de qué sirve la inocencia
Ni me importa.


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Morelis Gonzalo


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