Del país profundo: Zarina Troncoso y el espuntón de Caigua

El secreto del don de mando en la población de Caigua muestra su oculto rostro cada comienzo de año para visibilizar al pueblo Cumanagoto y a sus héroes. Siempre un día siete de enero se cumple la ceremonia en homenaje al niño Jesús. Es el espuntón, vara tricolor con punta de lanza, bandera ondulante que se mece al compás de una música de marcha con violín, bandolina, cuatro, maracas y donde destaca el golpe retador del tambor caiguero. Es parte de los misterios de la fe católica que en su trayecto los fieles vasallos han transformado en entreactos para revivir ese pasado del requerimiento de la conquista europea. La reducción de rebeldes Cumanagoto empezó con la evangelización del Cacique Caigua en esas tierras de Acuripacuar donde mantenía alianza con grupos indígenas Palenque y Topocuar. No hubo más resistencias ni hubo más rebelión, se reconocía “a la Iglesia por señora y superiora del universo mundo y al Sumo Pontífice, llamado Papa en su nombre, y a su Majestad como superior y señor rey...”. Así, con la ayuda de Dios en el año 1667 es fundada la misión de Jesús María y José de Caigua, donde hoy en el estado Anzoátegui se mantiene el simbolismo de esa alianza entre el pueblo Cumanagoto, los conquistadores españoles y la iglesia católica a través de la ceremonia del espuntón que en el mes de enero congrega a cientos de feligreses en el antiguo templo de la localidad.

Zarina Troncoso, hija de Ramón Natividad Troncoso Urbano heredó de su padre la conducción de la ceremonia, “nosotros tenemos la ceremonia del espuntón al niño con las sagradas imágenes y tenemos el ritual, la danza ritual del espuntón, una está relacionada con la otra, porque anteriormente este rito lo hacían nuestros antepasados a la luna, a su cacique Caigua y después de la conversión de los indios a la religión católica los españoles trajeron las imágenes y se las presentaban tan bonitas que ellos hacían sus ceremonias y así se fue inculcando como una manera de hacer que ese sometimiento creciera ante esos dioses representados en la imagen del Niño Jesús, y después de la conquista de los españoles llegan los símbolos patrios, los colores de la bandera y la cinta del espuntón lleva los colores patrios que nos trajo Miranda, amarillo, azul y rojo, eso es el espuntón, una vara tejida con los tres colores que se teje como tejer un sebucán y que remata en la parte superior con una punta de lanza, como su nombre lo indica, termina en punta. Yo heredé de mi papá esa lanza y eso viene de muchísimos años.”

Ramón Natividad Troncoso Urbano, quien mantenía año tras año la ceremonia enfermó del corazón un día siete de enero y desde ese momento apareció su hija Zarina al frente de la tempestuosa celebración. Sería la primera mujer en hacerlo. Vestida de paltó y sombrero cuando concurre al acto, se concentra con el espuntón bien agarrado para la salutación con paso firme apuntando al Niño Jesús dentro del templo. Trae el espuntón a la izquierda, luego a la derecha y apunta al niño, a San José, a la Virgen que acompaña la procesión, hace movimientos envolventes, como si trazara un número ocho en el aire y se inclina ante el Niño Jesús nuevamente mientras sigue el hilo de la música sin perder el equilibrio de las posiciones hacia arriba y hacia abajo con la mano izquierda y con la mano derecha, demostrando destreza en el manejo de esa punta de lanza. Baja la cabeza, se quita su sombrero y con gran elegancia lo coloca sobre el espuntón levantando al máximo la lanza y marchando hacia atrás sin perderle la mirada al Niño Jesús en aquella experiencia inolvidable “Cuando voy a hacer la ceremonia me encomiendo a mi papá, al espíritu de mi papá y que él me acompañe y me ayude a hacerlo como él lo hacía...”

El día del espuntón también se ofrece en Caigua la danza ritual de los caribes, se canta y se baila un maremare, el “juego de los caribes” que como lo recuerda Marc de Civrieux al abordar la etnología contemporánea de los Cumanagoto, tiene características de “antiguos juegos de misiones o parrandas, debidamente supervisados y promovidos por los frailes para ciertos fines específicos. Durante la parranda los indígenas se disfrazaban de “Caribes”, se pintan de rojo toda la cabeza (como lo hacían los temibles guerreros del Orinoco), se cuelgan del cuello guirnaldas y collares, corren por las calles con calabazas de onoto y echan puñados de polvo colorado a todos los que se encuentran por delante, simulando la sangre vertida durante un asalto a los “Caribes”. Si recordamos el papel que la misión Cumanagoto de Caigua desempeñó durante la guerra de los observantes contra los “Caribes”, podemos entender fácilmente que esta parranda tuvo por objeto recordar el peligro, alentar el entusiasmo de los Cumanagoto y decidirlos a ayudar a los frailes en la conquista del Orinoco.” En pleno siglo XXI se sigue celebrando la parranda con un mayor grado de organización y múltiples variantes que incluyen la presencia de “Juanita”, una iguana capturada por los parranderos y a la que todos los asistentes a la actividad ritual deben ofrecer un beso. En Caigua se trenzan y destrenzan retazos de una historia viva para destacar la unión al parentesco Cumanagoto. Zarina Troncoso tiene el liderazgo.

Zarina Troncoso y los parranderos de Caigua. 2006
Credito: Rafael Salvatore




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Benito Irady

Escritor y estudioso de las tradiciones populares. Actualmente representa a Venezuela ante la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y preside la Fundación Centro de la Diversidad Cultural con sede en Caracas.

 irady.j@gmail.com

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