La Alcaldesa de la Ciudad

Tal vez con sus binoculares de alta resolución, largo alcance y visión nocturna, la alcaldesa miraba expectante como el remolino arrequintao, como llamamos en Oriente a este tipo de viento fuerte y con embudos en su estructura, empujaba todas sus fuerzas sobre la ciudad ya terriblemente deteriorada y marcada con el sello de la inercia y la mala gestión del gobierno municipal.

A medida que el vórtice del fenómeno entraba en contacto con el suelo de la ciudad, arrancando árboles, levantando el techo de las casas y arrastrando parte de todos los desechos que encontraba a su paso, desde un púlpito improvisado -seguramente a orillas de una playa paradisiaca-, la alcaldesa hundía sus rodillas en la arena caliente y oraba impertérrita a los dioses del trueno, el relámpago y la tormenta para que dejarán intacta la estatua de Narciso. Así, en su vuelo rasante el remolino arrequintao pasó distante como mirando de reojo al alienado y recordarle su pobreza espiritual y su ineficiencia como ser humano.

Después de ese acto de fe profunda y desde la distancia de los tiempos, la alcaldesa volvió a enfocar sus binoculares hacia la parte alta de la ciudad, y con una sonrisa que le salió del alma dibujó su rostro de alegría y complacida con los dioses del trueno, del relámpago y la tormenta, dio las gracias por la piedad que habían tenido y dejado en pie la obra celestial de narciso. Sin importarle para nada las secuelas de la catástrofe y los acontecimientos calamitosos dejados por el remolino arrequintao, la alcaldesa exclamó: ¡Estatua segura! ¡Juego seguro! ¡Familia, gestión y futuro!

Y así, con los pies bañados por el agua cristalina de alguna playa del océano atlántico o tal vez del pacífico, miró a lo lejos, quizás imaginando su propia estatua al lado de su amado, y la gente haciendo cola para venerarlos por su “excelente” caos de gobierno. De verdad, serían algo así como dos estatuas alienadas, quienes durante sus mandatos disfrutaron de las delicias del poder, mientras la ciudad se hundía por las rendijas de los huecos, ahora azotada por los remolinos arrequintaos.

No se trata de un cuento de huracanes y tornados. Es la realidad hecha viento y donde la tristeza y las desilusiones se notan en los rostros desencajados de miles de hombres y mujeres que votaron por la diosa, a pesar que ya conocían la mitología de Narciso, quien mostraba prudencia y discreción al extremo, que a la larga se transformó en cobardía y fracaso. Entonces, ahora mucho de ellos y ellas, y por extensión todos los habitantes de este valle cordial, debemos ver la cosecha del castigo, por unos gobernantes municipales que nunca debieron llegar allí porque no estaban preparados para gobernar.

Parece una venganza. Dicen que el remolino arrequintao salió de allá, desde donde parte la reina del cemento cada madrugada, cargando sus sacos para entregarlos a las fundaciones e instituciones imaginarias. Ese fue el recorrido que hizo el remolino para trazar la huella de los fantasmas, que realizan negocios turbios. ¿Dónde andará? Nadie lo sabe. Lo importante no es que aparezca, sino que terminen de recoger esas benditas ramas de la avenida. Ya van a cumplir ocho días en eso. Realmente la eficiencia espanta

*Politólogo.

eduardojm51@yahoo.es


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Eduardo Marapacuto


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