En torno a la corrupción

La sorpresa, seguida por una indignación tan grande que tiene consecuencias fisiológicas, fue la reacción predominante ante la revelación oficial de una red de corrupción como nunca antes se había visto en este país. El pasmo fue proporcional a las inimaginables sumas implicadas (tres mil millones de dólares en uno solo de los varios negocios señalados); la muy estrecha asociación, tanto que más parece identidad A=A, con altos dirigentes del gobierno y su partido (PSUV), algunos de ellos hasta con poses de intelectual (como Hugbel Roa, cuyo libro, en el que presuntamente se denuncia la "guerra económica", fue presentado en una Feria del Libro oficial con prólogo de la tristemente conocida Ministra de Educación); la hipocresía abismal de esos políticos "revolucionarios" que saben muy bien del inenarrable drama de la miseria del pueblo y continúan con su discursito de la "guerra económica" como obstáculo para aumentar los salarios de los maestros; la capacidad de "enchufe" y de adulancia mutua con la cúpula "mesma" por parte de algunos empresarios ad hoc y hasta de un grupo de Misses-prepago y modelos de culos y tetas fabricadas (y caras); el patetismo de ciertos personajes que todavía le ponderan las supuestas cualidades proféticas y mesiánicas a esos líderes y asisten a sus marchas y concentraciones, y hasta le hacen loas "poéticas" mientras reciben reconocimientos en una cada vez menos significativa celebración del aniversario de Valencia; la exposición obscena de jets privados, camionetas, yates y demás juguetitos; todo nos llevó a una cima de indignación e ira. Pero esta explosión pronto se disolvió en una quebradita, cuando recordamos que, en realidad, se estaba descubriendo el agua tibia. Sí, es cierto: ya lo sabíamos por el sentido del olfato, como en aquella antigua cuña de un famoso café: "por el aroma yo lo sé".

Después del asombro, la indignación y la rabia, como en el origen de la filosofía, vinieron las reflexiones. Las redes sociales se llenaron de ellas. Yo no culpo a esos prodigios tecnológicos. Con ellas ocurre como con la radio, de la que alguien, a mediados del siglo XX, aseveró que, no era que intensificara la estupidez, sino que le daba más volumen. Primero, lo obvio: no son todos los que son. Segundo, la explosión de rabia que pela por un manoseado Libertador condenando al fusilamiento a algunos corruptos de su época. Tercero, otra obviedad: no se trata de una "lucha contra la corrupción" ejecutada por el superhéroe, sino una lucha por el poder, cuyos detalles todavía no conocemos. Algunos, hasta hablaron de "purga". Pero sería darle una extraña y aberrante dignidad a estos acontecimientos, la simple comparación con la eliminación de millones de adversarios hecha por el "padrecito" Stalin o, incluso, con la "Noche de los cristales rotos" cuando Hitler ordenó aniquilar la plana mayor de las SA, las propias tropas de asalto del Partido Nazi, por sus veleidades obreristas.

Con estas opiniones, puede elaborarse una taxonomía de opiniones, como la que presento a continuación:

El enfoque teológico jansenista: según la cual la corrupción es un "pecado mortal", la predisposición al Mal de todos los pecadores hijos de Dios, por lo que solo la gracia de Dios nos puede salvar. Esto explicaría que la corrupción es un mal eterno, el propio Diablo suelto, desde los tiempos inmemoriales de la Historia de la Humanidad

El enfoque pseudo-estructural, de acuerdo al cual la corrupción es propia del capitalismo y hay que esperar que se dé la revolución mundial para instaurar el socialismo (o mejor, el comunismo, porque en aquel todavía hay relaciones mercantiles) sobre la Tierra.

El enfoque criminológico: se trata de mafias u organizaciones delictivas, con sus propias estructuras y relaciones de lealtad y disciplina. Por lo que habría que guiarse con libros como los de Mario Puzzo ("El Padrino" y su secuela) o, tal vez, el manual de Lombrosso acerca de la fisonomía de los delincuentes, para saber quién es quién. Aunque esta teoría tiene la pertinencia de que, nuevamente, se evidencian los lazos entre la delincuencia organizada que opera en el Estado y la que opera en los barrios o en las penitenciarías, con todas las comodidades.

El enfoque de la anomia, de aire sociológico, inspirado en Durkheim, cuyo concepto de "anomia" (desaparición de las normas sociales), fue pensada para la Europa en proceso de modernización, y tal vez se apliqué aquí, aunque es ampliamente desbordada en estas tierras de "monte y culebra" donde todavía reinan los "vivos" caudillos de montoneras de bandidos desde el siglo XIX. Una variante, quizás más apropiada, es la del "Estado del disimulo" de Cabrujas, teoría concebida para la época del bipartidismo ADCOPEI, que se acompaña con la explicación de que la modernidad aquí es solo una delgada capa de barniz que cubre la constitución verdadera de este país de pandillas. También hay explicaciones antropológicas y hasta psicológicas de la corrupción. Ellas serían interesantes para describir cómo se combina prostitución femenina y masculina en los gustos de estas pandillas incrustadas en el Estado venezolano. Quizás. O explicar la compulsión a convertir la propiedad pública en privada de cada uno de los ladrones, lo cual, según Freud, podría estar relacionada con la represión de la fase anal de su evolución erótica. Tal vez.

El enfoque de los salvadores de la Patria: es una tesis demasiado estúpida y corresponde a esos personajes patéticos, discapacitados intelectuales, que aseguran que Maduro o Chávez han sido líderes proféticos, los únicos capaces de "limpiar" de corruptos al país. De modo que se justifica la creación y operación (desde 2014) de una fuerza secreta como la llamada "Policía contra la Corrupción", cuyos miembros y estructura no se conocen, y han disipado cualquier sombra de debido proceso y todas las formalidades del Estado de Derecho. No se percatan de lo diabólico que puede ser un aparato de represión secreto, dirigido personalmente por el Presidente, en medio de la desintegración de todas las instituciones, empezando por las del Poder Judicial. No se dan cuenta del parecido con la SD de las SS hitlerianas. Hay una variante de este enfoque, pero desde la oposición. O sea, el salvador serían personajes como María Corina o "El Conde del Guácharo" que se hizo rico explotando el gusto por lo soez.

Enfoque de solución final: la pena de muerte, recurriendo al manido decreto de Bolívar. Como si fuera pensable la pena de muerte con un Poder Judicial (penetrado hasta los tuétanos por "tribus" y pandillas) y un sistema de órganos de represión como lo que hay en Venezuela. Además, estos creen en la tontería de que en China no hay corrupción porque fusilan.

Enfoque institucionalista: Este enfoque se reviste de la seriedad un poco arrogante de los teóricos neoliberales, que creen que tienen la santa palabra de la ciencia, orientada por el "individualismo metodológico", o sea, que no hay relaciones sociales, sino individuos "racionales", como afirmó una vez la Thatcher. Según estos amigos, hay que recuperar las instituciones (muy bien), el cumplimiento de las reglas y normas (excelente) y establecer un sistema claro de incentivos y penas (¿cómo?). Interesante.

Claro, el sentido común nos diría que cada enfoque tiene su validez relativa, tiene un pedacito de razón. Recuperar la institucionalidad pasaría por la separación de los Poderes Públicos, la libertad de expresión, el debido proceso, el Estado de Derecho en general, la efectividad del control institucional (por ejemplo, de la Contraloría General, que hasta ahora ha sido solo "un cargo" de adorno") y la transparencia y publicidad de las gestiones públicas que la tecnología hoy existente puede facilitar. Pero estos planteamientos nos parecen familiares.

Chesterton, el gran cuentista inglés, narraba que un náufrago arribó por fin, después de un largo y angustiante viaje sobre el madero que quedó de su barco destruido, a una playa. Para su sorpresa, las personas que le recibieron hablaban su misma idioma, y lo llevaron a una ciudad que se parecía mucho a la que había dejado cuando se embarcó. Sólo después de un tiempo se percató de que no había llegado a ninguna otra parte, que a su propia ciudad y país. Algo parecido nos ocurre con la Constitución. En ella están todas las normas que, si hubiera voluntad y el poder no estaría en manos de unos delincuentes, habrían garantizado, al menos, reducir un poco la corrupción.



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Jesús Puerta


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