El papel del "Emprendedor"

La corrupción es la mayor lacra del pueblo y, además, contagiosa. Una encuesta popular de boca en boca indica que una gran mayoría de los venezolanos, el 86%, considera que la corrupción está muy o bastante extendida en nuestro país. La urgencia de combatirla es fundamental para la recuperación de la credibilidad del pueblo en las instituciones. Abordamos las posibles soluciones. Los venezolanos tenemos la sensación de que quienes soportan los ingresos del Estado son las clases medias y populares, mientras los ricos, o pagan poco o no pagan nada.

En el ser humano coexisten el egoísmo y la solidaridad. Hay personas en las que impera el egoísmo por encima de cualquier otra cosa, y hay otras en las que la solidaridad llega a extremos extraordinarios. Algunos plantean la creación de un "partido" de ámbito nacional. ¿Con qué dinero? El sistema de financiación de las empresas, pequeñas o grandes y los partidos políticos se basa en el dinero público. Hay quienes, además del público, reciben donaciones privadas presuntamente ilegales, como hemos visto a tenor del llamado caso de la P.J. y la MUD.

El término corrupción se asocia a la desviación del ejercicio correcto de la gestión de los intereses públicos y privados con enriquecimiento ilícito de los causantes de dicha desviación. Los funcionarios encargados de gestionar los asuntos públicos, tanto si son funcionarios (jueces, policías, inspectores de Hacienda, etc.) como si son cargos electos (alcaldes, concejales, diputados) o por designación (presidentes, ministros, directores), cuando se corrompen traicionan el deber de lealtad para con los intereses generales, abusando de las facultades unidas a su cargo, para enriquecerse o hacer que otros se enriquezca.

Como es obvio, cualquiera de esas decisiones conllevaba una transcendencia económica descomunal para los beneficiarios, por lo que es fácil suponer que, con ese caldo de cultivo, apareciesen prácticas corruptas. Por esa preponderancia del egoísmo innata en las personas, la corrupción ha existido y existirá siempre en todos los estamentos sociales, desde la Iglesia hasta la política.

En nuestro país en estos momentos el pueblo está tan indignado por la corrupción existente que lo ha situada entre sus tres máximas preocupaciones. Pero no siempre ha sido así. En las épocas de bonanza hemos escuchado con horror justificaciones del tipo "roba, pero hace cosas y deja robar". La honradez es la primera exigencia que se le debe hacer a un político es de mucha más gravedad o a un cargo público. Meter la mano en lo público es de mucha más gravedad que hacerlo en lo privado, porque robar en la cosa pública es robar a todos.

El modus operandi en Venezuela de la corrupción pivota sobre tres pilares: el petróleo, las subvenciones y los contratos públicos. En nuestro país, a partir del desarrollismo y el boom de la Misión de la Vivienda, los préstamos para las importaciones, al amparo del cual las instituciones públicas y privadas y gracias a ello muchos se han convertido en millonarios, pasando del apartamento de protección oficial y el carro utilitario a vehículo de alta gama, mansiones en Máiame, yate y hasta avión privado.

Las subvenciones son una manera de reequilibrar rentas y aumentar el poder adquisitivo de quienes menos tienen. La filosofía es correcta. Pero al amparo de la riada de dólares, los "listos" de turno vieron la manera de distraer para beneficio propio o de los suyos una parte de esa masa monetaria.

Aunque, en teoría, los organismos públicos tienen controles para adjudicar al mejor postor en función de las cláusulas de licitación, es solo eso, teoría. El pueblo exigimos unas buenas infraestructura, alimentación, sanidad pública, educación, seguridad… Para cubrir todas esas necesidades, el Estado debe recaudar impuestos. Pero los impuestos tienen otra misión más importante, que consiste en equilibrar las rentas. Una economía sin intervención del Estado y sin impuestos sería la selva, donde solo sobrevivirían los más poderosos. Los ricos serían cada vez más ricos y los pobres, más pobres. Por eso, el fin primordial de un sistema fiscal justo es que paguen más los que más tienen. La misión de la fiscalidad es corregir en parte la acumulación de la riqueza en unos pocos, destruyendo parte de la misma para redistribuirla en obras y servicios que alcancen a amplias capas del pueblo de escasos recursos. Esto no ocurre con nuestro sistema fiscal.

Como es natural, este enriquecimiento dio para sobornar espléndidamente a los políticos y funcionarios que lo posibilitaron. Pueden citarse cientos de casos, pero el más representativo es el caso de Cadive y los bancos públicos.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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