Alarmante, malévolo y contraproducente

Casi nada asombra en Venezuela. La mayor parte de nuestra gente, de nuestro pueblo, de nuestros trabajadores, de quienes se tropiezan con nosotros día a día en las calles venezolanas, son personas buenas, de sentimientos piadosos, solidarias, que no desean el mal de nadie, a veces ni siquiera de gente que les ha generado algún perjuicio. Por eso, cuando nos encontramos con personas de ésas que llamamos “mala gente”, que se alegran ante el infortunio ajeno, que te abrazan mientras te acuchillan, de inmediato las rechazamos y nos alejamos, a veces por el gran desagrado que nos producen, a veces incluso por miedo a caer en sus garras.

En el pasado pensaba que, política e ideológicamente, sólo estaban en la derecha, dentro de la gente conservadora, individualista al extremo, pero hoy sé que las podemos encontrar también, y en número nada despreciable, dentro de quienes se llaman revolucionarios y luchadores sociales, situación que nos dice de inmediato que no lo son realmente. Y es que no lo pueden ser. Quien lucha verdaderamente por la igualdad, la solidaridad, la justicia y el desarrollo de la nación, no puede albergar sentimientos negadores de esos valores, ni puede dejar pasar las injusticias que se cometen a diario, ni desplegar una conducta inhumana.

He sido testigo de excepción de que ante una situación de privación injusta e ilegal de libertad de una persona, dos conocidos suyos y de sectores ideológicos opuestos han dado una respuesta similar ante el planteamiento de su caso: No me interesa lo que le ocurre, no llenen mi correo de mensajes del caso o aplico el “spam”. Uno de ellos es alto, blanco, ojos azules, profesor de la USB, escuálido y reaccionario a más no poder; el otro es bajo, de piel oscura, cabello rizado, también de la USB y “revolucionario”. Ambos igualmente inhumanos.

He leído los peores chistes, si es que pueden llamarse de esa manera, sobre la enfermedad del Presidente; también los he visto, aunque menos “ingeniosos”, sobre la muerte de Caldera. Esa inhumanidad que se demuestra con claridad en estas situaciones es un síntoma de una patología muy grave del alma y es muy triste que le esté ocurriendo a mucha gente, afortunadamente muy lejos de ser mayoritaria todavía. Es siniestro el comentario de desprecio que se haga contra un recogelata, una señora de servicio o un buhonero, por su condición social. Pero también es retorcido el que se formule por esa misma razón contra un médico, un profesor universitario o un empresario nacional.

Ambos casos demuestran un odio o temor producto de las experiencias de las personas que así se manifiestan: Miedo a ser desposeído o resentimiento social por no poseer. Pensaba que este tipo de individuos sólo se hallaban en las novelas de radio y de televisión, en las que el “malo” es infinitamente malo y el “bueno” es tan bueno que llega a ser pendejo. Pero no, me equivoqué, uno los encuentra en la vida real. No son producto de la mente creativa de los novelistas, sino copia de lo que éstos ven en la realidad.

También he sido testigo de casos realmente psicopáticos, como la actitud de personas con mucho poder, que le ofrecen ayuda a personas amigas, entre otras cosas porque supuestamente están en deuda con éstas por favores importantes recibidos en el pasado, y en realidad lo que hacen es hundirlas traicioneramente, recurriendo a todo tipo de manipulación posible y cometiendo incluso violaciones legales y constitucionales, sin importarle las consecuencias humanas de sus acciones y escondiendo mediante el engaño del entorno sus verdaderas intenciones. Esta suerte de actitud psicopática caracteriza a gente que actúa en la sombra y que no le es leal absolutamente a nadie.

Si en algún sitio se ven este tipo de casos es en el Poder Judicial, ante el deterioro del sistema de justicia, donde con facilidad pasmosa se encarcela a gente inocente y se viola impunemente el derecho a un juicio en libertad, actuando en forma alegre como si se tratara de la imposición de una boleta de tránsito. En otros casos, se mantiene privados ilegítimamente de libertad a quienes gozan de medidas que suspenden la misma, sin que se produzca la respuesta rápida de los organismos encargados de velar por la correcta aplicación de la justicia.

Que todo esto ocurra con gente, que dice trabajar en la construcción del hombre nuevo, es triste e irritante. Monstruos nuevos parece ser lo que se están construyendo, que se sumarán a los monstruos que otros, los adversarios, construyeron en el pasado, para hacer fracasar cualquier intento de construcción de la “patria buena” de Alí Primera.



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Luis Fuenmayor Toro


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