Vladimir Acosta: La no-renovación de RCTV es un hecho revolucionario porque toca el corazón del poder mundial

La salida del aire del canal televisivo RCTV ha producido enormes repercusiones políticas tanto en Venezuela como en el resto del mundo. Por lo pronto ha desatado un revuelo mediático inusual que está dando pie a la derecha para acusar al gobierno revolucionario de dictadura violadora de los derechos humanos; sobre estas acusaciones se está montando una enorme campaña que pide ya no la reapertura del medio en cuestión sino, lisa y llanamente, la salida del poder del presidente Hugo Chávez.

Para conocer en detalle acerca de todo lo que se juega en esta decisión y las perspectivas futuras al respecto Argenpress, por medio de su corresponsal en Caracas, Marcelo Colussi, dialogó con Vladimir Acosta, historiador y analista político venezolano, uno de los más agudos observadores del proceso bolivariano en curso.

Argenpress: ¿Qué significado tiene hoy, en términos políticos, sociales y culturales, la salida del aire del canal RCTV? ¿Por qué tanto revuelo, nacional e internacionalmente, en torno a esta medida?

Vladimir Acosta : En el marco de todos los profundos cambios que se han producido estos últimos años en Venezuela, cambios favorables a las grandes mayorías, hay dos momentos que especialmente pueden ser calificados de revolucionarios: el proceso que permitió recuperar el petróleo y el momento actual. El proceso que permitió recuperar la empresa estatal PDVSA –Petróleos de Venezuela– se realizó en dos etapas: la primera fue apoyar una nueva ley petrolera y una nueva junta directiva dentro de la empresa, y eso costó un golpe de Estado, allá en el 2002. El gobierno fue derrocado, y la movilización popular logró reestablecerlo en el poder luego de dos días con apoyo de los sectores constitucionalistas de las fuerzas armadas. El presidente, luego de recuperar el poder, en forma generosa, y si se quiere hasta ingenua, le devolvió a la misma junta su situación anterior en PDVSA, con lo que esa gente se dedicó a conspirar, llegando así al sabotaje petrolero de diciembre del 2002/enero del 2003. Derrotado ese sabotaje a través de un período de intensa lucha, recién ahí, en una segunda etapa, el gobierno pudo tomar efectivamente el control de una empresa que, en realidad, ya era del Estado, pero estaba manejada por una élite llamada meritocracia que trabajaba para los intereses del imperialismo de Estados Unidos. Ese fue un momento revolucionario, dado que implicó tomar el control del petróleo y de la empresa que lo explota en contra de los enormes intereses del imperio y de la élite local que se beneficiaba a espalda de las grandes mayorías. Ese momento sirvió para comenzar a radicalizar el proceso que ya se venía viviendo en el país como respuesta a la agresión de la derecha, y profundizar el cumplimiento de una serie de tareas en función de transformaciones sociales. Surgen entonces las misiones, que se encargaron de llevar salud, educación, seguridad social, condiciones dignas de vida en general para una mayoría que estaba históricamente excluida. Es decir que, por primera vez en la historia nacional, la renta petrolera se ponía realmente al servicio del pueblo. Medida revolucionaria, sin dudas, que se acompañó de otras no menos importantes, como poner control de cambio para impedir que se siguiera saqueando al país, y además empezar a cobrarle impuestos a los ricos.

En este momento se está planteando algo similar en términos de avance de la revolución: convertir una emisora privada de televisión, hoy día en manos de una familia acomodada por más de medio siglo, en una empresa de servicio público. Y ni siquiera se está expropiando; de ninguna manera, dado que esta es una revolución muy legalista. En Venezuela, como ocurre en casi todos los países del mundo, el espectro radioeléctrico es del Estado, es decir: de la sociedad. El Estado lo administra como expresión de esa sociedad. De tal manera que los que aparecen como dueños de televisoras en realidad no son dueños, son concesionarios. Las concesiones, como sabe cualquiera que tenga una mínima noción de derecho, son algo que se otorga por un tiempo y bajo determinadas condiciones. Cesado ese tiempo, si quien otorgó la concesión considera que el otro no ha cumplido con las condiciones pactadas, simple y llanamente no renueva la concesión. Si eso sucede no se está yendo contra la propiedad privada ni se está cometiendo ninguna arbitrariedad. Esto es lo que ha ocurrido aquí con el canal Radio Caracas Televisión –RCTV–, que durante 53 años estuvo explotando comercialmente el uso de la frecuencia y que luego de todo ese tiempo hizo creer que algo de orden público terminó convirtiéndose en algo privado, y que eso es eterno. E hizo creer que esa empresa es la dueña de ese canal. Manipulando los sentimientos y el pensamiento del público, como medio masivo de comunicación que es, logró ir creando esa imagen en amplias mayorías de la población. Pero la frecuencia no es de ninguna empresa.

Ahora bien, que un Estado no renueve el uso de una frecuencia, ya sea de una radio o de una estación de televisión, es algo muy frecuente, algo de práctica común en todos los países del mundo. Por diversos motivos justificados legalmente los Estados, y de hecho eso sucede mucho, no renuevan concesiones. ¿Pero por qué se forma este escándalo con lo de RCTV? ¿Por qué la prensa de todo el mundo, por qué todo el poder mediático mundial y toda la derecha está convirtiendo este hecho en una bandera de lucha con la virulencia con que lo está haciendo? Vemos que en un problema estrictamente venezolano se pronuncian y toman posición parlamentos de distintos países, distintas organizaciones internacionales, la Sociedad Interamericana de Prensa, Reporteros sin Fronteras, organismos de los más variados, por todas partes y con una fuerza inusitada. Pareciera que la galaxia entera se está oponiendo a la no renovación de un canal de televisión privado. ¿Por qué? Porque es un hecho revolucionario. ¿Y por qué es un hecho revolucionario? Porque toca el corazón del poder mundial. Hoy el poder mundial depende fundamentalmente de los medios de comunicación.

Cuando el sistema electoral político al que llamamos democracia, pero que en realidad no es tal –el sistema representativo de elección de autoridades por el que los pobres terminan votando por los ricos, los explotados votando por los explotadores–, cuando el sistema ese necesita de los electores, los manipula, los engaña. Pero anteriormente, cuando no existía esa parodia de democracia, cuando los pobres no tenían derecho al voto, no era necesario manipularlos. Con las sociedades modernas, cuando las grandes mayorías tienen acceso al voto con el que eligen a los mismos ricos de siempre en ese juego de supuesta democracia, ahí surge la necesidad de su manipulación. Ahí, entonces, se hace imprescindible para los grupos de poder manipular, domesticar a las grandes masas, engañarlas, disolverles el cerebro, llenarlas de imágenes banales para que no puedan pensar, embrutecerlas. Y para todo ese trabajo de manipulación los medios de comunicación son la clave. Sin medios de comunicación masiva, y más aún, sin la televisión, que ha pasado a ser de una importancia decisiva en el mundo de hoy día, sin esa manipulación espantosa el sistema se caería. Se caería porque sin esa invasión continua a que nos tiene sometidos la televisión comercial, sin esa presión continua para que no pensemos, sin ese lavado de cerebro reiterado a través de los valores que nos transmiten esos programas de adoctrinamiento como son las series, las películas, los noticieros engañosos, los programas de tan pésima calidad con que nos viven impidiendo ver la realidad, sin todo eso la gente empezaría a usar su propia cabeza. Los medios de comunicación, por tanto, y la televisión mucho más aún, son de importancia vital para la continuidad de ese sistema de explotación.

Con esta medida Venezuela está dando un ejemplo que tiene alcance mundial. Se están tocando intereses sacrosantos de la empresa privada. Aquí no hay ninguna defensa de la libertad de expresión y todo esto que se está vociferando por ahí. Lo que esta empresa pierde es, entre otras cosas, una porción enorme de ganancias. Sólo a través de la venta de publicidad, según acaba de conocerse, dejaría de percibir una cantidad que ronda los 200 millones de dólares. No es la libertad de expresión lo que se está defendiendo a los cuatro vientos sino los intereses en juego. Si hay una ideología que se defiende es la ideología del billete, la ideología del poder para un pequeño grupo, para un élite. Eso es lo que está en juego. Entonces, transformar ese canal explotado por una empresa privada que hace fortunas, empresa ligada al imperialismo estadounidense y enemiga acérrima de los cambios revolucionarios que se están produciendo hoy en el país, transformar ese canal en un medio de servicio público, democrático y participativo a favor de las mayorías, es una medida que la derecha no tolera. Transformar ese canal que trabaja sólo para su lucro y que manipula y adormece a la población en un medio al servicio de una causa popular, eso es una medida revolucionaria. Y no sólo para Venezuela, sino un pésimo ejemplo para otros pueblos, según dice la derecha internacional. Ya lo dijo la SIP en estos días, muy claramente: están preocupados porque el ejemplo venezolano puede repetirse en otros países de América Latina, en Ecuador o Bolivia, que también están transitando procesos de cambio.

Ojalá cunda el ejemplo, por supuesto. Ojalá puedan empezar a darse muchos casos de transformación de televisoras privadas en canales de servicio público al servicio de las mayorías, que defiendan nuestros valores culturales, que nos hagan conocer nuestra historia. Todos conocemos la historia y los valores de Estados Unidos, pero no nos conocemos entre nosotros. Su televisión está universalizada, la meten por todas partes del mundo y nos obligan a consumir sus valores, su estilo de vida. Con eso nos controlan. Nosotros no conocemos nuestras raíces, nuestros valores más propios, nuestras culturas. A través de la televisión, la estadounidense fundamentalmente, nos han metido una cultura a la fuerza, con valores que no son los nuestros. Y por supuesto que podemos hacer nosotros una televisión nuestra, basada en nuestras tradiciones y que atienda a nuestras verdaderas necesidades; una televisión cultural y no por ello reñida con la buena calidad y el entretenimiento. Ese es un mito que difundió esa televisión chabacana: que lo entretenido, lo divertido está en discordancia con el buen nivel cultural. Podemos, y debemos, hacer una televisión buena y al mismo tiempo amena, que atrape. Ahí está el caso de Telesur, por ejemplo. Ese es otro modelo de comunicación: es una televisión latinoamericana hecha por latinoamericanos, que nos puede ayudar a vernos y descubrirnos tal como somos y no como ciudadanos norteamericanos de tercera categoría. Nosotros, en Latinoamérica, por toda esa invasión cultural, no nos conocemos. Un venezolano conoce muchísimo más de los Estados Unidos que de Paraguay, o qué es Argentina o Brasil; pero conoce sólo estereotipos, que son justamente los que nos meten esos medios comerciales. Conocernos de otra manera es indispensable para funcionar como pueblos hermanos, unidos, haciendo un verdadero bloque, con objetivos comunes. Y con un enemigo común también. De eso es lo que se cuida el imperio, por eso nos bombardea con toda esa televisión basura que no sirve más que para confundirnos.

En Venezuela, lo dijimos, se están dando cambios enormes, transformaciones profundas. En ese sentido es de importancia fundamental la educación. El sistema se mantiene, por un lado, con una represión siempre presente. Aunque no se haga evidente en todo momento, en las circunstancias críticas aparece con toda su fuerza; siempre hay un Pinochet por ahí esperando agazapado. La represión está siempre presente. Pero el sistema se mantiene en el día a día con otro tipo de represión que no es la física; son tres pilares: la iglesia, la educación y los medios de comunicación. La iglesia es para los niños más pequeños, para meterles desde muy temprana edad una serie de ideas en la cabeza que ya les echa a perder la posibilidad del espíritu crítico desde los primeros años de vida. Luego viene la educación primaria, y ahí reciben una alta carga de ideologización. Educar es siempre ideologizar, introducir valores. No puede haber educación que no sea ideológica. Y la educación a la que estamos habituados sirve para introducir las ideas de competencia, egoísmo, individualismo, consumismo, racismo. Es decir: todos los valores propios de una sociedad capitalista basada en esos principios. Y finalmente vienen los medios de comunicación, con una importancia especial de la televisión. Resulta que la iglesia se queda en la niñez; ya de adultos mucha gente incluso entra en contradicción con esas enseñanzas religiosas: el Papa prohíbe usar condones y la gente los usa, el Papa prohíbe el divorcio pero la gente se divorcia, el Papa prohíbe las relaciones pre o extra matrimoniales y la gente no le hace caso en eso. Pero de todos modos siguen siendo católicos. Por tanto, el poder de la iglesia no llega a tanto. La educación, por otro lado, se queda a mitad de camino, porque en el sistema capitalista no todo el mundo tiene acceso a una educación completa. Muchísima gente a duras penas termina la primaria, si acaso un poco pasa la secundaria, y muy pocos llegan a las universidades. Ahora bien: los medios de comunicación llegan a todos, absolutamente a todo el mundo. Llegan a los pequeñitos, a los adolescentes, a los adultos, a los ancianos, a los analfabetas, a los cultos: por tanto ese es el eje fundamental del poder hoy día. Nadie tiene tanta penetración: ni la iglesia ni la institución educativa formal. Incluso le compite a la escuela con muchas más posibilidades de éxito: si queremos construir un nuevo ciudadano, con nuevos valores, con una nueva ideología, lo que se construye durante el día la televisión se encarga de desarmarlo por la noche. Por todo eso es necesario, en función de crear el nuevo ciudadano, empezar a desarrollar una nueva televisión, una televisión de servicio público. Algo terrible que tiene este sistema y contra el cual debemos ir con toda la fuerza: los medios de comunicación no pueden ser privados. No puede ser que un grupo empresarial tenga los medios a su disposición para manipularle la cabeza a millones de personas a favor de sus propios intereses sectoriales, y haciéndolos pasar por intereses colectivos. Tampoco tienen que ser forzosamente del Estado, porque se puede dar la misma situación que si fuesen de propiedad privada. Tienen que ser de propiedad social. El peso tan grande que tienen hoy día hace que, por fuerza, deban ser administrados por la sociedad. Los ciudadanos tienen que fiscalizar la comunicación. Y más aún: tiene que hacerla. Aquí, en el oeste de Caracas, hay una televisora comunitaria llamada Catia TV cuyo lema me parece excelente: “no vea televisión. Hágala”. Eso es lo que tenemos que hacer, hacia ese modelo tenemos que encaminarnos. Hay que generar una nueva propuesta en el ámbito comunicacional.

Argenpress: La revolución ya lleva algún tiempo desarrollando alternativas en el campo de la comunicación; de hecho tiene medios propios, en desventaja todavía en relación a la iniciativa privada, pero que ahí están. ¿Por dónde desarrollar esa nueva política en comunicación? ¿El nuevo canal TVes será el modelo a seguir? ¿Cómo considerar todo lo que se lleva hecho hasta ahora? ¿Cómo desarrollar una nueva propuesta para contrarrestar lo que ofrecen los medios comerciales y cambiar la matriz de opinión que ellos crean, tanto en Venezuela como con la opinión pública mundial?

Vladimir Acosta: Los medios de comunicación que tienen que ver directamente con el proceso revolucionario enfrentan una resistencia terrible de los monopolios mediáticos comerciales y están intentando ir hacia un modelo participativo, de democracia participativa. Y eso se expresa en buena parte en todos los medios alternativos. Esto abre, sin dudas, un nuevo esquema. Es lo más saludable que le pueda pasar a una sociedad que existan esos medios alternativos, pues si no el Estado monopolizaría todo el espectro comunicacional, y no es ese el modelo que debemos buscar. Necesitamos medios de servicio social. El Estado debe financiar a esos medios comunitarios, alternativos; lo que hay que evitar es que el sector privado maneje esos medios alternativos, porque si no, los transforma en pequeñas empresas comerciales. Debe haber participación y actitud crítica permanente de la población para evitar que el apoyo del Estado no termine significando un instrumento de sujeción. Un nuevo canal de servicio público, como el que se pretende crear ahora con la nueva señal, no puede ser un boletín del Estado ni puede tampoco dedicarse las 24 horas de programación a presentar puros temas políticos a favor de la política estatal. En un sentido, debería ser lo menos política posible, lo cual no significa que se desinterese del hecho político. Debemos apuntar a una nueva televisión que ayude a desarrollar nuevos valores culturales, que nos ayude a conocernos, a criticarnos, a aprender de nosotros mismos. Todo eso, por supuesto que es política, pero no política partidista. Es una forma de crear una nueva ciudadanía y un nuevo ciudadano, responsable y crítico. Y desarrollando esa nueva televisión hay que buscar que eso sea agradable, que el público se entretenga y le guste lo que mira. Porque esos nuevos valores de ninguna manera están reñidos con lo divertido, con lo entretenido. Ahí tenemos un mito: que lo serio e importante es aburrido.

Aquí tenemos ya desarrollada una buena cantidad de medios alternativos en el campo televisivo donde la gente sigue aprendiendo a hacer su propia televisión, como el caso que recién mencionábamos de Catia TV, más una serie de canales comunitarios que ya están bien encaminados: TV Petare, Ávila TV, etc. Hoy día la tecnología se ha simplificado muchísimo y cualquiera puede aprender rápidamente a manejar una cámara o a editar. Es decir: se le ha ido perdiendo el miedo a hacer todo esto que años atrás parecía una cosa inaccesible. La televisión tenemos que hacerla entre todos y debemos desmitificar esa idea que sólo puede hacerla un grupo de iniciados selectos dueños de una tecnología inabordable.

Es cierto que con el nuevo canal que se abre ahora: TVes, se abren muchas esperanzas, quizá demasiadas. Pero está bien: así hay que hacerlo. Justamente de eso se trata: si se piensa en cambios, en revolución, en transformación de lo que existe, hay que ser optimista y apuntar a que es posible cambiar. Hay que ponerle toda la pasión a esos cambios. ¿Quién daba un centavo por Telesur hace un año? Nadie. ¿Cómo íbamos a enfrentar a CNN? Eso parecía impensable un tiempo atrás. Y ahí está hoy día Telesur desarrollando una televisión excelente que sigue creciendo cada vez más y quitándole espacio a la programación de la CIA que nos llega por las cadenas estadounidenses. Eso se puede hacer; se debe hacer, sin dudas.

Está claro que estamos en desventaja. La televisora comercial que acaba de salir del aire tiene 53 años de desarrollo, y eso tiene un peso. Hay un desarrollo tecnológico que no se puede desconocer, y un canal que recién acaba de nacer, como TVes, todavía no tiene todo ese camino hecho. El canal RCTV, en términos ideológicos era una basura, pero tenía una calidad técnica que habrá que recuperar para esta nueva propuesta que ahora está naciendo. Es cierto que en el ámbito de la comunicación de todo el proceso que vivimos en el país, existen puntos débiles que hay que ir corrigiendo. La comunicación que manejan los grandes conglomerados comerciales de la televisión sabe manipular a la perfección las emociones de la población. Juegan con los sentimientos de la gente, por eso tienen tanto poder de penetración y de influencia y llevan a las masas de aquí para allá a su antojo. Y curiosamente todos esos grandes medios, todos y en todas partes del mundo, están contra el proceso venezolano, porque todos pertenecen a la misma mafia del poder, a los mismos grupos de propietarios globalizados. Pero lo reitero: si bien el enemigo mediático es muy grande, una falla grande que todavía tiene la revolución es la comunicación.

La televisión que está brindando la revolución aún tiene muchas deficiencias. Sabemos que se están haciendo esfuerzos, pero aún existen muchas carencias por corregir. De los dos canales que tiene el Estado, hay que seguir mejorando aún. El canal 8, que sirve como vocero del Estado, tiene que seguir mejorando. Y Vive TV, si bien se presenta como una propuesta mucho más abierta, un canal popular, más comunitario, tiene todavía que mejorar su calidad.

En alguna medida, todavía buena parte de lo que la gente piensa, gente que está disociada, enferma, es lo que les viene de canales como el que acaba de expirar y de otro como Globovisión. Este último es, lisa y llanamente, un canal de la CIA. Y esto no es un puro cliché. Hay datos evidentes que así lo hacen patente, demostrado con cifras y documentos en la mano, como por ejemplo todas las investigaciones de Eva Golinger. Sabemos, por esos datos, que hay periodistas pagados por Estados Unidos, que hay conexiones internacionales, que se hace lo que les manda hacer el Departamento de Estado. Con toda esta estrategia mediática se logra mantener disociada a una parte de la población venezolana, que no es poca por cierto. Pero por suerte eso se viene reduciendo día a día. De todos modos el grado de penetración, de disociación que ha logrado esta televisión basura, no es poca cosa. A tal punto que hasta se han propuesto desarrollar misiones sociales, como Barrio Adentro o Misión Robinson, para atender a toda esa población que terminó enferma. Pero salvo esos casos, con todos los errores del caso y todas las críticas que se deban hacer, se ha ido logrando desmontar la mentira mediática y hoy día la gente sabe mucho más a conciencia que la televisión comercial en muy buena medida miente, que no es la verdad revelada. Veinte años atrás la manipulación era muchísimo más burda, más macabra; la gente vivía dependiendo de esos shows televisivos tan chabacanos, pura rumba barata y manipulación sensiblera, sensacionalismo de lo peor. Hoy eso ha cambiado. En verdad la mayor parte de la población venezolana, con la revolución ha ido adquiriendo una gran madurez política y los medios de comunicación ya no tienen todo el peso absoluto que tenían años atrás. En otros términos, podríamos decir que aquí nos defendemos solos. Pero afuera no. Y el problema es que buena parte de las luchas en el mundo actual se manejan y condicionan a través de una opinión pública planetaria. Por eso es tan importante una política de comunicación hacia fuera de Venezuela.

El gobierno Estados Unidos lo ha hecho siempre, y ahora más aún, en un mundo cada vez más unido por la comunicación global, cuando quiere aplastar a un gobierno que no le es favorable, cuando quieren invadir, ante todo monta una campaña mediática internacional para preparar las condiciones con que poder implantar su política. Ya sean las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, o su complicidad con Al Qaeda, las conexiones con cualquier guerrilla, las acusaciones de narcotráfico, etc., todo eso sirve para manipular las mentiras mediáticas con que llevar adelante su proyecto hegemónico. Lamentablemente buena parte de la población humana ha sido convertida en borrega, en tarada, por el poder de la televisión. Se ha logrado hacer creer que todo lo que vomitan por televisión es verdad. Aunque sepamos que muy buena parte de lo que se presenta en televisión es basura, tenemos el derecho a mirar televisión, ¿por qué no? Pero lo terrible es que uno tiene que terminar viendo lo que los grandes consorcios nos imponen y sobre lo que no podemos decidir. La mayor parte de la gente no sabe todo esto, no tiene desarrollado un pensamiento crítico. Por tanto se cree todo lo que ve y escucha, no tiene mayores instrumentos con que enfrentar tanta mentira. Ni siquiera sospecha que le están mintiendo y manipulando. Además la eficiencia de ese aparato que es el televisor es fenomenal. Si ese invento estuviera al servicio de la educación, de la cultura, del entretenimiento verdadero, tendríamos una humanidad distinta. Pero lamentablemente está en mano de unas poderosas mafias que buscan sólo su lucro, por lo que el efecto de la televisión se vuelve en contra del progreso de las grandes masas de la humanidad. Algo que podría ser positivo terminó siendo tremendamente negativo.

Pero como decía, nosotros aquí nos sabemos defender y hemos desmontado toda esa basura informativa con que quieren llenarnos la cabeza. De todos modos, fuera del país circula una versión que no le es nada favorable al proceso que vivimos aquí dentro. Hasta ahora, los venezolanos que apoyamos este proceso revolucionario, no hemos sido lo suficientemente capaces de enfrentar todo esto. No para igualarnos con ese poder, que es demasiado grande. Aquí dentro lo derrotamos, pero tenemos que generar una corriente de información sobre Venezuela para que se difunda en el mundo, para que la opinión pública internacional tenga otra versión de la mentira que constantemente promueven esos medios poderosos. Toda la prensa de la derecha, es decir, los dueños de las grandes cadenas mediáticas y que en América son los que manejan la SIP , difunden puras mentiras sobre Venezuela. ¿Cómo contrarrestar eso? La revolución tendría que plantearse como una tarea de importancia fundamental generar una información alternativa a todas esas mentiras, a esa cantidad de embustes con que se desacredita todo el proceso que aquí se viene llevando adelante. Se hace algo al respecto, sin dudas; pero se debería profundizar mucho más. Eso, en definitiva, cualquier gobierno lo hace y está en pleno derecho de hacerlo. Es decir: difundir por todo el mundo información de lo que está haciendo, crear conciencia sobre lo que es ese país, tener un peso en la información que circula en el mundo, ayudar a crear opinión sobre sí mismo.

Insisto: se está haciendo algo. Por ejemplo, tenemos el Instituto Pedro Gual para las Relaciones Internacionales; pero mucho de la estructura del Estado sigue estando en manos de las viejas prácticas de la derecha. Hay toda una cultura política que aún sigue metida en los funcionarios del Estado. En muy buena medida seguimos atados al pasado. Estamos luchando contra el pasado, pero en muchas ocasiones con instrumentos y metodologías de ese mismo pasado que se intenta modificar. Mucho, demasiado quizá de ese pensamiento burgués del pasado lo seguimos teniendo hoy, en el medio de la revolución.

Argenpress: Eso nos lleva a entonces a una pregunta que tiene que ver con la construcción del socialismo hoy en Venezuela, pero que puede ser extensible a cualquier proceso de cambio. ¿Cómo plantearnos el trabajo con todos esos grupos que siguen dominados por el pasado? ¿Cómo cambiamos esa mentalidad que nos viene de atrás y que no termina de morir cuando lo nuevo no termina de nacer? En estos momentos tenemos en Venezuela protestas de grupos estudiantiles –sin dudas manipulados por factores de poder– que reclaman contra una supuesta falta de libertad de expresión. ¿Qué debe hacer la revolución con estos sectores de clase media confundidos, estupidizados en buena medida por la televisión que queremos combatir?

Vladimir Acosta: Hay que entender que aquí, en Venezuela, este proceso llega al poder por medio de un triunfo electoral. Sabemos que las elecciones nunca son momentos revolucionarios; son sólo mecanismos de cambio de cara que el sistema se permite realizar cada cierto tiempo. Y si por ahí se filtra un presidente de izquierda, el poder mundial inmediatamente lo tumba, como sucedió en Chile por ejemplo con Salvador Allende. Eso, en todo caso, puede generar una situación conflictiva que podría llevar, o no, a un proceso revolucionario. En Chile, sin dudas, condujo a una contrarrevolución espantosa. Pero el caso de Venezuela fue distinto. Aquí, como Chávez lo explica citando a Trotsky, los latigazos de la derecha fueron radicalizando el proceso. Y algo que había nacido como un proceso confuso, tibio, sin ser claramente de izquierda, por los mismos ataques de la aristocracia, fue girando a posiciones cada vez más revolucionarias. Las leyes que se fueron aprobando, las leyes habilitantes, las leyes petroleras, la ley de agua, llevaron a la reacción de la aristocracia, y ahí vinieron el golpe de Estado, el paro petrolero, el paro patronal. Tal como sucede ahora con lo del canal de televisión. El proceso se va radicalizando, pero la mayor parte del poder aún sigue en manos del pasado. La educación sigue en manos del pasado, con programas y una visión ideológica que son del pasado. La justicia también sigue en manos del pasado. La economía sigue en manos del pasado. La mayoría de los medios de comunicación –alrededor de un 80% de todo el espectro– sigue en manos del pasado, son los medios privados, comerciales. De tal manera que más allá de las denuncias asquerosas que hacen los medios privados de que esto es una dictadura y que el presidente, como tirano, controla todo el poder, más allá de esa mentira que difunden los medios, el gobierno apenas está controlando un poco algunos sectores del aparato de Estado, pero el peso del pasado controla casi todos los aspectos de la vida nacional.

El gobierno, legalista como es, se va moviendo muy hábilmente para lograr transformaciones utilizando todo el marco legal que sigue siendo del pasado. La administración pública es toda heredada del pasado, por eso cada paso en el proceso de cambio cuesta esfuerzos terribles. Por eso fue necesario crear las misiones, porque los ministerios no servían para generar cambios, porque desde dentro mismo de la estructura de Estado se boicoteaban, se obstaculizaban. Pero justamente por toda esa pesada carga que se hereda y que el gobierno no quiere o no puede desechar, cada cambio cuesta tanto. Por eso esa lentitud para ir cambiando cada cosa, lentitud que a veces exaspera. Pero los cambios se van haciendo, sin dudas, aunque cuesten tanto.

Afortunadamente Venezuela es un país petrolero, y eso posibilita que todo ese dinero que genera la riqueza del subsuelo ayude al proceso de cambio. Si no existiera toda esa riqueza y no hubiera mucho que repartir, el intento de transformación ya hubiera generado una contrarrevolución violenta o una guerra civil generalizada. Y más allá de estos grupos de disociados, que además magnifican su pelea a través de la prensa sensacionalista pero que en realidad son muy pequeños, la sociedad venezolana está en paz. La revolución se viene haciendo con una relativa paz.

En un proceso de cambio como el que ahora vivimos sabemos que se benefician las grandes mayorías, y quienes pierden su protagonismo son los sectores más acomodados, siempre muy minoritarios. Es decir: la oligarquía. Pero sucede que en Venezuela tenemos una oligarquía extendida. Nos encontramos aquí con una clase media fuerte, reforzada en su cultura de clase media a través de los medios de comunicación. Resulta de todo eso que uno de los sectores más contestatarios de todo el proceso son, justamente, sectores de clase media. La clase media es una bolsa de retazos, no está muy claro qué es: todo lo que vaya hacia el centro del espectro político es clase media. En muy buena medida está disociada; tiene como modelo a los ricos, al empresariado, quiere imitarlos, pero no llega a ser aristocracia. Y por otro lado toma distancia de los sectores populares, porque teme el ascenso social de los grupos eternamente marginados y sobre los cuales se sentía superior. Todo ello acompañado de un racismo espantoso, pues en nuestros países latinoamericanos el color de piel se oscurece a medida que se baja socialmente. Es decir: esos sectores miran hacia arriba para imitar y miran para abajo para despreciar. Esa clase media está envenenada porque ahora los morenos que anteriormente les servían de maleteros en los aeropuertos, comparten el avión con ellos. Nuestra clase media es profundamente ignorante. Puede que algunos de ellos tengan maestrías y doctorados en el extranjero, pero en definitiva eso no significa nada: fuera de su espacio técnico son ignorantes e incultos. Toda esa gente, disociada y manipulada por el mensaje que le llevan estos medios-basura como el que ahora acaba de salir del aire, están envenenados contra la revolución, porque ahora ven que los sectores antes marginados también tienen beneficios, y eso los espanta. Pero ahí está su ignorancia, su incultura, puesto que la revolución también los ha beneficiado a ellos como clase media, por ejemplo acabando con los créditos hipotecarios indexados con los que estaban siempre ahogados pagando sus apartamentos. Este gobierno está abriendo fuentes de trabajo por todos lados, promoviendo el desarrollo tecnológico; es decir: ofreciendo posibilidades también para esa clase media. Y la prueba de ello es que se ven los aeropuertos llenos, los restaurantes llenos con gente de esa clase media. Pero están tan manipulados que todo ese sector odia visceralmente al gobierno de Chávez, aunque no sepa por qué. ¿Y por qué pasa eso? Porque repiten ciegamente el mensaje de la televisión, que aquí vivimos en dictadura, que no hay libertad de expresión, que se viene el comunismo feroz. Cosa que pueden decir dónde quieran y cuándo quieran sin que les pase absolutamente nada.

Esos sectores, lamentablemente, son carne de cañón: los utiliza la oligarquía y el imperio. Y ahora, en estos días, con el proceso del canal al que no se le renovó la concesión, son algunos estudiantes de las universidades a los que se manipuló y se sacó a la calle tratando de hacer aparecer todo esto como una rebelión popular contra Chávez. Eso es resultado de 20 años de neoliberalismo donde las universidades fueron quedando en manos de esos sectores de clase media y clase media alta, totalmente despolitizados, manejados, sin la más mínima conciencia, recelosos de las clases populares a las que ven con terror y de un gobierno que va en beneficio de esos pobres históricos, siempre excluidos y marginados. Esa situación de disociación la estamos viendo aquí, donde ya va una semana de protestas de esos muchachos. Se los ha puesto a marchar para buscar algún muerto, un mártir que necesita la derecha para mostrar a la opinión pública internacional cómo aquí una dictadura sangrienta arremete contra la población indefensa. Durante la época en que esa derecha gobernaba hubo verdaderamente represión, y la lista de estudiantes muertos es interminable. Pero ahora hay la más absoluta libertad y democracia, más allá de ese show mediático que se ha montado. En una semana de supuestas grandes movilizaciones, tal como quieren hacer aparecer por la televisión, no ha habido un solo herido. Y hay algunos niños detenidos momentáneamente por las autoridades para ser entregados a sus padres, dado que son menores de edad que estaban manifestando. Insisto: no hay un solo estudiante preso ni herido, mientras hay en Caracas 25 policías heridos, uno de ellos a punto de perder un ojo. Y eso no lo dicen por la televisión golpista. Eso es manipulación. Además, con el manejo que hacen de las imágenes, mintiendo, poniendo a su gusto lo que se desea siempre fuera de contexto, presentan la imagen de enormes marchas multitudinarias y una policía brutal que los reprime. Esa es la televisión que no queremos. Es la que hace Globovisión aquí en Venezuela, y CNN en Estados Unidos transmitiendo para todo el mundo: una televisión mentirosa, manipuladora, amarillista. Una televisión que en vez de llevar información veraz y objetiva sirve sólo para disociar.

¿Qué hacer con todo esto? Afortunadamente no estoy en el gobierno para tener que tomar esa decisión. Creo que el presidente Chávez dijo algo muy importante: que se tiene que terminar la impunidad. Es decir: que no se puede seguir permitiendo que haya gente que no asuma la responsabilidad de sus actos, tal como sucede con esos canales televisivos golpistas. Uno tiene derecho a decir lo que quiera por televisión, incluso a llamar al magnicidio –eso es libertad de expresión, tal como pasa aquí–, pero luego hay que hacerse cargo de lo que se dice. Si las leyes condenan el llamado a la violencia, y en este caso al magnicidio, quien lo dice tranquilamente en forma pública utilizando un medio de comunicación tiene que responder luego ante la ley. Si no, estamos fomentando la impunidad. Actuar con las leyes en la mano de ninguna manera es coartar la libertad de expresión.

Lo que veo es que el gobierno tiene una paciencia infinita. La tuvo durante todas las agresiones que ya ha sufrido, durante los 63 días en que duró el sabotaje petrolero, durante los días de llamado al golpe de Estado desde la plaza Altamira, luego del golpe de Estado: nunca tomó revancha contra sus adversarios. Tiene realmente una paciencia proverbial, sabe esperar y no se precipita. Y durante todos esos escenarios de desestabilización, de profunda agresión mediática, nunca suspendió las garantías constitucionales. Al contrario. Lo que menos se puede decir de este gobierno es que sea dictatorial, que viola la libertad de expresión de alguna manera. Se podría pensar que se mueve casi con ingenuidad; pero obviamente no es así, porque esa tranquilidad, esa paciencia siempre le ha resultado. El proceso, en vez de caer, se viene fortaleciendo. Aquí se podrían haber cerrado todos estos canales golpistas hace tiempo, porque había motivos más que suficientes para hacerlo. Pero no se hizo, dejó que se fueran desgastando solos. ¿Qué hacer, entonces, con esa clase media disociada, manipulada, engañada? Algunos se irán para Miami probablemente. Y algunos de esos volverán luego, porque allá les tocará hacer de cajeros en algún supermercado, aunque tengan un grado académico. Otros, probablemente, irán entendiendo la situación, y se darán cuenta que los cambios iniciados no tienen marcha atrás. Y otro grupo quedará loco, tal como sucede en cualquier sociedad: siempre hay un porcentaje de locos por ahí, eso es normal. Los neoliberales hablan de porcentajes normales de desempleo; pues bien: también hay porcentajes normales de locos. En ese caso habrá que plantearse una misión específica para atenderlos. Hasta hay quien, medio en broma medio en serio, lo planteó: la misión Loca Luz Caraballo, para atender a ese grupo de disociados que quedó por ahí. Pero el grueso de la población, la gran mayoría, creo que ya abrió los ojos y no se deja seguir manipulando por esa televisión basura.

Vladimir Acosta es profesor de la Universidad Central de Venezuela, historiador, licenciado en filosofía y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de París. Analista político, dirige varios programas de radio y de opinión.



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