¿Hacia nuevas forma de poder?

El poder es masculino y se conjuga en primera persona

Poder, nuestra matriz como seres humanos

"Poder", como sustantivo, es masculino, y como verbo, se conjuga en primera persona (singular). Por supuesto, no nos estamos refiriendo al género del sustantivo (en las lenguas latinas así es) ni al paradigma verbal. El poder implica siempre –al menos hasta ahora– esas dos condiciones: "poder" se dice en primera persona, y es varonil.

Por cierto que un pequeño escrito como el presente no pretende hacer una exégesis del concepto en ciernes, una hermenéutica histórica, un recorrido comparativo. Poco importa al sentido último de lo que queremos transmitir ahora una elaborada definición académica sobre la noción de "poder"; de hecho, hay numerosas, y cualquiera de ellas podría sernos útil. Pero sí importa dejar claro un par de indicaciones, definitorias para entender –y eventualmente plantearle alternativas– el fenómeno que nos interesa.

El poder habla de relaciones entres los seres humanos, relaciones que trascienden lo individual, que se anudan con estilos subjetivos pero que implican forzosamente el todo social. El poder es, por así decirlo, un dispositivo al que los mortales llegamos; es un lugar que podemos ocupar. Pero –esto es lo distintivo, especial– tiene algo que lo transforma en un lugar como ninguno. El poder atrae tanto, fascina, obnubila incluso porque remite a lo absoluto, a la ausencia de límites, a la inmortalidad, a la potencia incuestionada. El ejercicio del poder nos transforma en dioses; ¿y a qué mortal no le gustaría ser Dios?

Por cierto se pueden dar distintas definiciones de ser humano poniendo en cada una de ellas énfasis sobre diversos aspectos de su amplio abanico de posibilidades: "ser racional" (priorizando su capacidad intelectual), "trabajador" (en tanto produce su mundo como no lo hace ningún animal), "ente simbólico" (por cuanto su naturaleza consiste no en un ámbito natural sino en una construcción de sentidos), "ser político" (porque su naturaleza misma es la polis, la interrelación con otros semejantes). Todas rescatan aspectos importantes, inseparables unos de los otros. Tratando de sintetizar estas distintas apreciaciones podríamos intentar definirlo igualmente como el ser vertebrado en torno al poder. Si se ha dicho que no hay nada más humano que la violencia, ahora podríamos ir más lejos y decir que no hay nada más humano que la lucha por el poder (que implica, secundariamente, el posible recurso a la violencia). Las relaciones inter-humanas, en mayor o menor medida, son siempre relaciones de poder.

La estructura constitutiva del fenómeno humano, la razón de ser que pone en marcha la historia humana es, en definitiva, esa dialéctica de relación de tensión entre dos. Y lo que está en juego no es sólo una lucha en torno al usufructo de los productos tangibles, una lucha por el confort material, por la "apropiación del trabajo socialmente excedente", para decirlo en términos marxistas. Lo que se juega en esa lucha a todo o nada es el propio reconocimiento. Por eso el poder es una dinámica interminable, la llama eterna que pone en marcha y mantiene la relación humana. De hecho, el ejercicio del poder conlleva también el usufructo del producto del trabajo de uno (el esclavo) por el otro (el amo), por lo que la vida del último será más cómoda y placentera –en términos materiales– que la de aquél. El poder, en general, no es ascético; pero no es su condición de sibarita lo que lo define. De todos modos suele presentarse con ampulosidad, para no permitir ser olvidado. Pero lo que define al poder por excelencia es la impunidad.

El poder es intocable, incuestionable: es impune. En todo caso, acompañando esta característica, puede decirse que también tiene algo de obsceno. Es en el ámbito del poder económico donde más lo vemos: al lado de los millones de indigentes del mundo las revistas Forbes o Fortune publicitan impúdicamente las más grandes fortunas. Dicho de otro modo: el poder, más aún el que deviene de las diferencias de riqueza material, prescinde de consideraciones morales. Es lujurioso. Pero esto, justamente, ratifica su condición fundante: tendencialmente es ilimitado, busca la impunidad.

La lucha en torno al poder es la forma de relación que existe entre las subjetividades, por consiguiente, entre cualquier actor social del que se trate: clases sociales, géneros, etnias, metrópoli y periferia, viejos y jóvenes, y un largo etcétera. No puede haber mundo humano si no se da esa lucha. Por lo tanto, no puede haber sociedad, relación interhumana alguna en definitiva, sin esa tensión originaria. La cuestión que se plantea es: ¿por qué con tanta facilidad esa tensión conduce a la violencia? ¿Por qué el ejercicio del poder lleva tan fácilmente a la aniquilación del otro?

Esto, entonces, abre una serie de preguntas en torno a la construcción de ese dispositivo, de ese lugar social, de ese mecanismo del que no es posible salirse. De hecho lo vemos en la historia, lo constatamos en cualquier relación humana cotidiana, en cualquier latitud del planeta: de la mano del ejercicio del poder, el uso de la violencia siempre es posible. No siempre aparece explícitamente en principio, pero ahí aguarda agazapada. La guerra como continuación de la política por otros medios, el enfrentamiento nada amistoso, el ataque contra el otro por cualquier vía, es la matriz en que se puede desplegar cualquier relación: la lucha de clases, la violencia varonil contra las mujeres, la discriminación de una cultura por otra supuestamente superior y la siempre presente cultura supremacista (hoy día eurocéntrica y blanca), el castigo del padre al hijo, la venganza del profesor contra el alumno, y también un largo etcétera.

En esta lógica, "poder" termina asociándose con autoridad, jerarquía, verticalismo, mando. Lo cual lleva siempre la implícita ideología de superior e inferior, de mejor y peor, de mayor y menor, y consecuentemente de resignada aceptación. Aunque no se explicite –quizá no es necesario hacerlo muchas veces– está sobreentendido que el que manda tiene "derecho" a hacerlo, en nombre de la justificación que quiera aplicársele: porque tiene más fuerza física, porque tiene más riquezas, porque es más viejo, porque es más inteligente, porque es varón, porque es blanco, porque dios así lo quiso, porque tiene sangre azul, porque la suerte está echada… porque sí y de eso no se discute.

El ejercicio del poder trasciende a todos, al que lo ejerce –al que manda– y al que lo padece –quien es mandado–. Es un dispositivo, un lugar social al que se llega; todo ser humano, en mayor o menor medida, dispone de alguna relativa cuota de poder: también el campesino pobre (respecto a su compañera mujer), también una mujer maltratada (en relación a su prole), también el niño (si es varón, en relación a su hermana mujer), lo mismo si es niña (podrá ejercerlo en relación a otra niña, más pequeña quizá). Lo importante a destacar es que "poder" no es sinónimo de riqueza material; significa la capacidad de actuar, de influir, de dirigir sobre otro. Aunque, claro está, la riqueza material, el ámbito económico, es el que provee la primera y principal matriz para el ejercicio del poder.

También tiene su cuota de poder el piloto del avión respecto del rey o del poderoso empresario que viajan bajo su mando, o el guardián del banco (quizá un inmigrante o un provinciano pobre, analfabeto incluso) respecto del millonario que tiene ahí depositada su abultada cuenta cuando, por ejemplo, no le abre la puerta cinco minutos después del horario de cierre. Ahí, en ese momento puntual, el portero decide abrir, o no, la puerta –digamos ya pasada la hora de cierre de la institución– con lo que se presentifica el sentido de esa instancia, de esa relación que llamamos "poder". Sin dudas tiene más poder político y social el cuentahabiente millonario que el guardián que le abre la puerta, pero en el momento que ponemos como ejemplo, el "pobre" portero ejerce una relación de autoridad sobre el "rico" cliente. "Ya cerramos, venga mañana", y el poderoso debe acatar la indicación. Claro que –vericuetos de nuestra compleja subjetividad– al día siguiente, o en ese mismo momento llamando por teléfono al gerente, podrá hacer que lo echen por tamaña "falta de respeto", con lo que se ratifica una vez más qué significa ejercer el poder: es dirigir la vida del otro.

Desnudos en el río tanto el soldado raso como el general, en un sentido, son iguales (fuera de las diferencias anatómicas, por supuesto); pero al volver a ponerse sus hábitos –la ropa de fajina o el saco con estrellas doradas– se retoman las relaciones sociales, las relaciones de poder. Nadie nace con él en su carga genética; todos lo podemos ejercer en mayor o menor medida dadas las contingencias de las respectivas historias. El "ser monarca" es una pura convención social, aunque luego, asumido el papel, se lo ejerza con fiereza; nadie es monarca genéticamente, nadie nace con "sangre azul". El poder es, como en el caso recién invocado de los militares, el hábito con se recubre la desnudez natural.

El ejercicio del poder es individual; se da en primera persona, y el circuito que establece no es de doble vía. Pero debemos desechar la idea –prejuicio, diríamos– que lo hace ver como intrínsecamente perverso, maligno, pérfido. Está al servicio de dirigir la vida de quien lo padece; por tanto, al estar estructuralmente reñido con la expansión de la libertad, puede ser visto como "malvado". Pero si ordena, organiza, acomoda las relaciones interhumanas, ¿podría acaso concebirse la organización humana sin esta direccionalidad, sin el mecanismo que sirve para organizarla, para darle forma? Las relaciones sociales, las relaciones de poder son, en definitiva, la manera en que se configura la relación intersubjetiva. ¿Cómo humanizar la cría de ser humano sin el ordenamiento que viene –a veces con violencia física inclusive– desde las figuras parentales? ¿Podría no ejercerse el poder –autoritario, unidireccional– en esta titánica tarea que es criar un niño? En este ámbito es inconcebible –absurdo– una horizontalización de los poderes. Sin autoridad paterna el único resultado es la psicosis. El poder, en definitiva, está en función de un proyecto; el otro, el punto de llegada de su ejercicio, es su instrumento. La práctica del poder –de ahí que se lo puede asociar con la condición de malvado– no repara en el otro como subjetividad sino que usa al otro para su cometido final.

¿Hacia nuevas formas del poder?

El poder político, seguramente, necesita de alguna precisión especial. He ahí el punto máximo en que se expresa esa característica de "instrumentalización". La política –"el arte de gobernar, de dirigir a los otros"–, no trata de subjetividades sino de intereses. Lo que ahí está en juego son proyectos, es decir: planificaciones del todo social conforme a una distribución de lo producido y de la capacidad de seguir produciendo. El poder político habla de la forma en que se ejerce la dominación de un grupo (curiosamente siempre más pequeño en términos numéricos) sobre otro (mayoritario, pero desprovisto o en inferioridad de recursos en el sentido más amplio). Dicho en otros términos: el poder político remite a la forma en que el grupo que lo detenta utiliza a la mayoría desposeída en función de sus intereses.

Hoy por hoy –ahí se abre el desafío a donde queremos llegar– es inconcebible un ejercicio del poder que no sea dominador. "El que manda, manda; y si se equivoca vuelve a mandar", enseña algún dicho popular. El poder se constituye así, y sobre eso no se puede dudar: la jerarquía regla las relaciones humanas. El poder no se entiende –tal vez no lo sea, tal vez es absolutamente imposible que así se articule– como facilitación, como coordinación de los esfuerzos. ¿Cómo ejerce el poder con sus subordinados un comandante guerrillero? ¿Será posible construir ese "hombre nuevo" del socialismo sin mezquindades entendiendo el poder de una forma novedosa? El reto está abierto.

El poder, en ese sentido, no necesariamente debe presentarse como imposición dictatorial; pero esa posibilidad evidentemente está siempre presente, y en los momentos en que es puesto en duda, retorna ese aspecto, siempre de la mano de la violencia (los órganos represivos de cualquier Estado, el castigo paterno, la expulsión del miembro molesto en la tribu, la vendetta en la mafia, la sanción disciplinaria del maestro o del jefe, etc.). El poder fija la normalidad y los correctivos/sanciones ante su rompimiento. El Che Guevara, en su diario de campo en la montaña, calificaba la conducta de sus compañeros; ¿castigaría también?

Por distintas razones la forma en que fue construyéndose este mecanismo del poder da como resultado en el momento histórico presente una manera en que el mismo se presenta: como lo decíamos más arriba, es masculino, es singular –se ejerce en primera persona–, a lo que podríamos agregar que, en estos últimos siglos, es de piel blanca y vive en el Norte del planeta. ¿Es posible construirlo con otras alternativas? ¿Puede dejar de ser singular y convertirse en plural? ¿Puede ser multicolor? ¿Puede de verdad no ser jerárquico? ¿Cómo, en qué forma, puede ser horizontal, colegiado?

Las corrientes socialistas conocidas hasta la fecha, si bien contribuyeron bastante a la edificación de un mundo con pretensiones de mayor igualdad, de mayor justicia social, han dejado aún un vacío en torno al tema del poder. Muy probablemente porque ese es un ámbito tan cercano, tan cotidiano y fundamental que, por ser tal, termina dándose por descontado. Son estos prejuicios (juicios previos, estructuras que no se piensan, esquemas que nos anteceden) que, se supone, no deben ser siquiera considerados por tan obvios. La hipótesis de base sería que "el poder es malvado" y una nueva sociedad –la sociedad sin clases que nos espera cuando el mundo transite por la senda del socialismo, "hombre nuevo" mediante– forjará nuevas relaciones en torno al poder. No debemos olvidar, a propósito –tal como decía Einstein– que "es más fácil desintegrar un átomo que desintegrar un prejuicio". Y en la izquierda también se da el machismo y el eurocentrismo, el verticalismo y el culto a la personalidad del líder.

La cuestión del poder como "incomodidad", como "molestia" que conspira contra el espíritu de generalizada solidaridad, de horizontalidad y de fin de las injusticias que esperábamos se resolvieran con los planteos socialistas, sigue estando presente en el campo de la izquierda. Por supuesto, entonces, estamos convocados a seguir cuestionándolo.

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Marcelo Colussi

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