El pitiyanqui II. Parte final del escrito cuyo autor fuera el Dr. Mario Briceño-Iragorry

Léxico para Antinacionalistas (II)

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Colaboración es igualdad. Claro que es en extremo difícil la sociedad del gato y el ratón. El ratón corresponde al pitiyanqui. Puede, en cambio, haber sociedad de gatos grandes y gatos pequeños. Yo solo aspiro a que en nuestra relación con el país del Norte hagamos el papel de gatos magros y no de ratones gordos. Grandes ellos, pequeños nosotros, podemos hablarnos y entendernos en el común idioma felino. Pero como ratones quedamos a meced de que al cansarse el gato de jugar con nosotros, resuelva injerirnos como alimento complementario. Siendo todos gatos, podemos, en cambio, llegar a querernos colectivamente sin recelos.

La atribución de pitiyanqui usada por mí para calificar una conducta antinacional, no implica, tampoco, bandera ni de guerra ni de odio contra el yanqui. Apenas determina una actitud de defensa de lo nuestro. Ayer, y justamente al pie de la estatua de Bolívar en nuestra plaza principal, un correcto caballero estadounidense me felicitó por la manera de presentar yo el caso de nuestra reacción latinoamericana frente a los errores de la política imperialista en su país. Sabe él cuanto admiro a su patria y cuanto me encantaría que fuera distinta la política que pusiera en práctica con relación a nuestra América hispánica. Él sabe que es la mía actitud de defensa de lo nuestro. El pequeño tiene derecho a conservar íntegro su patrimonio moral. Nosotros, como nación, debemos cuidar por la conservación de nuestros valores sustantivos. Lo contrario sería un acto de inconsciente lentejismo. El lentejismo, con el cocacolismo, con el esfialtismo, con el mulanegrismo, con el prestomismo, con el andresotismo, tiene aplicación en el léxico y en la conciencia del antinacionalismo. San variaciones cromáticas de una misma actitud de entrega, de resignación, de complicidad frente a las fuerzas del imperialismo.

Bueno es recordar también que una cosa es el imperialismo del Pentágono, de la Casa Blanca y de Wall Street y otra cosa son los Estados Unidos como pueblo. En el fondo de la gran nación del Norte viven y pululan las contradicciones. Allá, como acá, existe una corriente que se mantiene fiel a la tradición de respeto y de dignidad que crearon hombres antiguos. Ese pueblo y esa nación americana que pinta García de Sena en la primera entrega de la Fundación Mendoza no coinciden con el Pentágono, con la Casa Blanca y con la Wall Street del presente angustioso momento del mundo. Si bien es cierto que la aspiración de dominar nuestro hemisferio se abulta desde los años cabeceros del siglo XIX, también es cierto que entonces era otra la América romántica que tomó por símbolo la campana de Filadelfia.

Desgraciadamente, la mayoría de quienes forman la América que se embarca en los firmes muelles neoyorquinos no son de la América admirable de Jefferson, de Lincoln y de Whitman. Vienen, en cambio, en grueso número, ciudadanos de la América de Walker, de Sam Zamurray y de los Rockefeller. Contra esa América esclavista y negada a la expansión de los grandes principios donde se afinan las repúblicas, debemos mantenernos en actitud de vigilantes centinelas. Suaves y cordiales, acogedoras, han de estar nuestras manos para el apretón debido a quienes como amigos vengan a tratarnos. Para aquellos, en cambio, que se presenten con intento de adulterar nuestros credos y de borrar del libro de nuestra Historia el acta de Independencia que firmaron los patricios de 1.811, debemos tener, en lugar del vino y de la sal en mesa de amistad, la ceniza y la sal que hagan estéril la intención conquistadora.

Hasta aquí el artículo del Dr. Briceño-Iragorry. Aquel fue un mensaje consecuencia del pitiyanquismo que algunos altos líderes del partido político Acción Democrática ya habían manifestado en el gobierno de la llamada Revolución de Octubre. Ese mismo comportamiento pitiyanqui es lo que ocasiona la más de una división interna de los adecos, las principales en pleno ejercicio del poder, 1.959 a 1.969, provocando en estos años el surgimiento del MIR, del ARS y del MEP. Hoy, 2.008, muchos adecos y sus segundones, los copeyanos, viejos y nuevos, siguen siendo unos muy fieles pitiyanquis.



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José Manuel Ameliach


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