Este país sigue sin estar preparado para escuchar verdades

Considero a Chávez el maestro de la República Bolivariana

Lo que ofende es la verdad. Si uno llama fea a una fea, lo que ofende es el sentido de la fealdad que tenemos. A mí me han dicho verdades terribles, que me han estremecido, pero que no dejo de agradecer. Los que alguna vez han tenido algún MAESTRO, saben por las verdes y por las maduras que ha tenido que pasar. Yo considero a Chávez el MAESTRO DE LA REPÚBLICA BOLIVARIANA, y un verdadero maestro es un hombre inexorable, duro, que somete a sus discípulos a las más terribles pruebas de generosidad, lealtad y comprensión. Vaya, Dios mío, que chilladera más penosa ha formado un montón de débiles e hipócritas, por lo que Chávez le dijo al señor camarógrafo de VTV, don Efraín Castro. Lo que dijo Chávez, señores lunáticos nada tiene que ver con el señor Efraín. Ni mucho menos algo contra los trabajadores.

En nuestra historia el ejemplo más hermoso de lección pedagógica y humana la encontramos en la relación: Rodríguez-Bolívar-Sucre. En Sucre quedó truncada -por la celada criminal de los "liberales" en Berruecos- esta hermosa continuidad heroica. Esto muestra el desamparo espiritual que siguió a la época grandiosa de la independencia; no se dio la posibilidad de que germinara de Sucre otro patriota de grandes y nobles cualidades. Era de veras necesaria una escuela moral para perpetuar y preservar del crimen, la hermosa obra iniciada por Bolívar. La famosa lámpara de Diógenes en pleno día buscando un hombre -un discípulo, válganos decir-, no es más que una prueba de tan difícil empresa.

Bolívar era un hombre terrible cuando reconvenía a sus compañeros, y cuando veía algo injusto, al igual que el Che, temblaba de arrechera. Lean, carajo, “El Diario de Bucaramanga”, en las líneas aquellas en que ordena sacar a unas mujeres histéricas que estaban pidiendo la libertad de un traidor, preso en El Socorro. Si Bolívar gobernara hoy en día, Chávez se quedaría pálido ante los reclamos públicos que formaría a sus funcionarios. ¿O es que todos no tenemos que volver, por pura politiquerías, en meros Luisnchis, en falsos Calderas o CAPs? No nos joroben.

Vamos a encontrar en Bolívar un ejemplo de esa inexorabilidad sagrada en el modo como conduce la educación moral de Sucre. Existe un documento hermoso, de la más pura fuerza educativa, en el que Bolívar da una lección implacable, ejemplarizante, a su alumno. El Libertador pone a Sucre en una situación compleja donde el hombre, para dar prueba de su entereza, de su deseo de ser, tiene que matar a ese ente pernicioso y destructor llamado la persona. Debe supeditarse a la fuerza de la evolución elemental, desnuda de toda artificialidad. Todos sabemos que en los seres humanos con talento (más aún en los militares) suele a desarrollarse cierta prepotencia, cierta autosuficiencia que puede ser perniciosa o desastrosa.

Sucre no escapaba -a pesar de toda su generosidad- a cierto falso honor que generan las charreteras. Cuando se encontraba en el Perú, al mando del ejército del Sur, en cierta oportunidad lo comisionó Bolívar para que fuese a reunir los soldados dispersos y convalecientes a retaguardia. Aquello lo sintió Sucre como un duro golpe a su dignidad. Sin embargo, obedeció. Una vez terminada su comisión escribió una larga y quejosa carta al Libertador.

¡ERA QUE BOLÍVAR LO ESTABA SOMETIENDO A UNA PRUEBA RIGUROSA. QUERÍA CONOCER EL TEMPLE DEL QUE IRÍA A ENCARGARSE DE DAR LIBERTAD AL PERÚ!

Sucre se debate entonces en un serio conflicto: ¡Dios mío, qué pensarán los demás de este deshonroso cargo a que me somete e1 Libertador! Su carta a Bolívar va en estos adoloridos y ofendidos términos: “No sé si al conferírseme semejante comisión se ha tratado de abatirme... He sido separado de la cabeza del ejército para ejecutar una misión que en cualquier parte se confía cuando más a un ayudante general... Se me ha dado públicamente e1 testimonio de un concepto incapaz en las operaciones activas, y se ha autorizado a mis compañeros para reputarme como un imbécil o como un inútil... Es incontestable que de hecho se ha declarado a la faz del ejército que no se me necesita para nada... Me atreveré a indicar, como las más oportunas, aquellas que me ahorren nuevos e injustos vejámenes; porque como otras veces he dicho a Ud., yo puedo y quiero ser de simple particular en Colombia un buen ciudadano, ya que la suerte no me ha protegido bastantemente para ser un buen militar...”

Como se ve la carta está llena de amargura, humillación y tristeza. Estaba en su derecho. Sucre tenía apenas veintinueve años. La severa respuesta de Bolívar no se deja esperar; es éste un documento que resume toda la fuerza orientadora de su carácter, de una penetración sicóloga sutil, poderosa: “Creo que a U. -le escribe- le ha faltado completamente e1 juicio cuando ha pensado que yo he podido ofenderle. Estoy lleno de dolor de U. pero no tengo e1 menor sentimiento de haberle ofendido. La comisión que he dado a U. la quería yo llenar; pensando que U. la haría mejor que yo por su inmensa actividad, se la conferí a U. más bien como una prueba de preferencia que de humillación. U. sabe que yo no sé mentir, y también sabe U. que la elevación de mi alma no se degrada jamás al fingimiento... en la comisión que le hice no veía ni veo más que el servicio, porque su gloria, el talento, la delicadeza, todo se reúne en un solo punto del triunfo de Colombia, de su ejército, de la libertad de América... Si salvar e1 ejército de Colombia es deshonroso, no entiendo yo ni las palabras ni las ideas... el dolor de usted debe convertirse en arrepentimiento, por el mal que usted se ha hecho en haberse dado por ofendido de lo que no debiera; y en haberme ofendido a mí con sus sentimientos. Esas delicadezas, esas hablillas de las gentes comunes, son indignas de U.: la gloria está en ser grande y en ser útil. Yo jamás he reparado en miserias, y he creído siempre que lo que no es indigno de mi tampoco lo era de U... estoy tan cierto de la elección que U. mismo hará, entre venirse a su destino o irse a Colombia, que no vacilo en dejar a U. la libertad de elegir. Si U. se va, no corresponde U. a la idea que yo tengo formada de su corazón. Si U. quiere venir a ponerse a la cabeza del ejército, yo me iré atrás, y U. marchará adelante para que todo e1 mundo vea que e1 destino que he dado a U. no lo desprecio para mí.”

Sucre no tenía esa estúpida tendencia -muy generalizada- de creer que cuando uno está supeditado a alguien -por la fuerza del conocimiento- se devalúa nuestra personalidad. Lo digo porque es muy típico de cierto orgullo tonto del venezolano. Por ejemplo, la soberbia tronitonante de Páez, que ha sido la más imitada por nosotros. Los que se molestaron por lo de la reconvención de Chávez a don Efraín, parecieran no conocer de educación una papa. Yo le agradezco a Chávez por decir tan necesarias verdades en un país donde los sindicatos han sido desvirtuados y unas verdaderas plagas sobre todo para los propios trabajadores.

Si Sucre se hubiera ofendido, habría abandonado el ejército de Colombia y su carrera política habría sido lastimosa, muy deplorable para los servicios que ya había prestado a la República. Fueron estas estúpidas "ofensas", digo, las que perdieron a casi todos nuestros mejores generales: Páez, Mariño, Bermúdez, Arismendi, Córdoba, Santander.

Sucre por e1 contrario recibió aquella lección con alegría, con la esperanza de ser diferente, de reformarse. El no se llamaba a engaños y quería forjar su talento, su prudencia y su valor en las pruebas más terribles. En realidad, sin darse cuenta era llevado de la nobleza que le infundía e1 Libertador. Se veía a través de su gloria, de su constancia, de su sacrificio y de toda su voluntad. Descubría por la fuerza del ejemplo vivo, su propio camino; las confusiones, las malas interpretaciones nacían de un sentido falso del honor que Bolívar había pulverizado ahora con su carta. Así pues, insistimos, Sucre no cometió el error de otros de seguir e1 camino de su propia soberbia, de su propia máscara. La lección valió la pena, Sucre no quería sino emular a su amigo; se quedó en el Sur alcanzando en muy poco tiempo la gloria predestinada por su Maestro.

Veamos un ejemplo hermoso que nos da Sarmiento de su maestro don José de Oro. Dice de él: “Salí de sus manos con la razón formada a los quince años, valentón como él, insolente contra los mandatarios absolutos, caballeresco y vanidoso, honrado como un ángel, con nociones sobre muchas cosas, y recargado de hechos, de recuerdos y de historias dé lo pasado y de lo entonces presente, que me han habilitado después para tomar con facilidad e1 hilo y e1 espíritu de los acontecimientos, apasionado por lo bueno, hablar y escribir duro y recio... Mi familia al verme abandonar a raptos de entusiasmo, decía: ahí está don José de Oro hablando; pues hasta sus modales y las inflexiones de la voz alta y sonora se me habían pegado.” Leyendo estos párrafos nos pareciera oír a Bolívar hablando de Rodríguez, por allá en su adolescencia.

En realidad un hombre se puede definir por lo que imita. Todos imitamos a alguien en nuestros años de formación; puede ser al personaje de un libro o a un poeta, malo o bueno -a un político provinciano o genial, a un cura o a un libérrimo liberal-. Pero es curioso, muy pocas veces, poquisimas veces, es la escuela, el liceo o la universidad, la que nos forja como hombres. Los ejemplos vivos por imitar están en la calle, en el peligro, en e1 compañerismo que se forma en un largo viaje, en las batallas, en el oficio de vivir y en los sueños y locuras congelados y heredados de nuestros antepasados. La universidad a lo sumo lo que hace es perfeccionar en nosotros alguna habilidad, darnos cierta disciplina de orden práctico.

Bolívar ofrecía su amistad pura y sincera a todos sus oficiales, para ver si de ella fructificaba un hombre noble y valiente, tan necesario para cohesionar nuestros pueblos. En todas las cartas de Bolívar se puede percibir ese tono de agradable sinceridad y cordialidad a la que es imposible sustraerse. Claro, muchos podrán decir que eso se debía a que era un político, y que su estilo era refinadamente diplomático. Sí, hay algo de eso -de seguro que lo hay-, pero sobre todo, se ve a las claras, que no concebía la vida sin la amistad. Trató de cultivarla con José Félix Ribas, con Mariño -¡una y mil veces!-, Santander, Páez y en muchos otros oficiales. Entre los que quedaron eternamente dominados por la impronta de su ejemplo se cuentan el fidelísimo general Pedro Briceño Méndez -a quien Venezuela no le ha hecho la justicia que merece-, e1 general Bartolomé Salom, Urdaneta, Tomás Mosquera, Joaquín Posada Gutiérrez, O'Leary, etc. Pero fue Sucre, de todos ellos quien como e1 águila se atrevió a mirar directamente las radiaciones del fuego; quería descubrir de dónde venía la luz de Colombia.

Sucre era un oficial sin destino, desconocido y sin un triunfo contundente y clamoroso todavía, en e1 año de 1821. Sin embargo, decía entonces Bolívar de él: “Es uno de los mejores oficiales del ejército, reúne los conocimientos profesionales de Soublette, e1 bondadoso carácter de Briceño Méndez, e1 talento de Santander y la actividad de Salom; por extraño que parezca, no se le conoce, ni se sospechan sus aptitudes”. Estoy resuelto a sacarle a la luz, persuadido dé que algún día me rivalizará (1). ¿Cómo lo sabía e1 Libertador?

Es que había descubierto al alumno natural, ávido de glorias, de emularlo en lo noble, en los mismos sueños y pasiones. Así, pues, en Bolívar, Sucre había encontrado la continuación de su destino. Veremos a grandes rasgos los extremos de devoción y lealtad que alcanza la amistad de aquellos dos hombres. Nadie, hasta ahora, se ha dedicado a estudiar toda la poesía y nobleza que se comunican e1 uno al otro en aquellos años que van del 1821 a 1830. E1 cumanés se promete a sí mismo ganarse y merecer la amistad de Bolívar. Incluso, cuando consigue toda su confianza para dirigir la campaña del Sur, comienza a notarse en su correspondencia una extraña melancolía; tal vez ciertos celos, por la amistad que ve entre Bolívar y Santander. Más tarde, cuando ha conseguido e1 triunfo de Ayacucho, no se conforma, sino que codicia de Bolívar hasta las luces de su pasado. Se percibe que quiere ser e1 centro de la atención del Maestro.

Algunos detalles pintan muy bien al Alumno que trata de proteger o defender a su Maestro de las traiciones o peligros ocultos. Sabe que por vivir Bolívar en las alturas no concibe las ruindades de los enanos que le rodean. En varias ocasiones, cuando escribe desde e1 Perú le hace una relación cuidadosa, prudente, pero finamente penetrante del carácter de los políticos que va conociendo. Lo advierte contra la actitud de Gamarra, de Riva Agüero, Santa Cruz, Cerdeña, La Fuente, La Mar, etc.; de ninguno se equivoca. Incluso, nos llega a molestar la poca confianza que al parecer Bolívar pone a sus advertencias. De haber e1 Libertador penetrado las argucias funestas de Gamarra, Santa Cruz y La Mar, se habría ahorrado la invasión del Perú a Bolivia y a Colombia,

Quizás esa incredulidad que pone Bolívar a las palabras de Sucre se deba al carácter suasorio que debía mostrar e1 Libertador en un país extranjero; o tal vez que consideraba a Sucre joven aún para valorar a los hombres en medio de la tremenda crisis que vivía e1 Perú.

Le advierte Sucre: “Cerdeña le ha informado que La Fuente, Santa Cruz y Gamarra son amigos de Ud. y yo aseguro que esta algo equivocado. Del primero nada sé en pro ni en contra; e1 segundo no es sino amigo de su conveniencia; e1 tercero es aleve por inclinación, y más enemigo de usted que e1 más acérrimo; pero como es bajo y vil, se mostrará en la desgracia adicto a usted.”

Los hechos probaron que Sucre tenía razón.

Ningún otro patriota había confesado más sinceramente, más vehementemente, su amistad y admiración al Libertador. Cuando triunfa en Ayacucho le escribe: “Está concluida la guerra y completada la independencia del Perú. Estoy más contento por haber llenado la comisión de usted que por nada... Y al final de la carta: Adiós, mi general, ésta carta está muy mal escrita y embarulladas todas las ideas; pero en sí vale algo: contiene la noticia de una gran victoria, y la libertad del Perú. Por premio para mi pido que usted me conserve su amistad.”

Quince días más tarde añade: “En mi placer por una victoria tan completa y de tanta trascendencia, mi pensamiento es siempre usted.”

Y ocho días después: “Mi general, mil veces le he dicho: si el Libertador está contento con mi comportamiento me basta por toda la gloria de la campaña.”

Otros con menos títulos y talentos se habían envanecido pretendiendo rivalizar con e1 Libertador. Así por lo menos lo demostró la mayoría de los más importantes jefes: Mariño, Bermúdez, Páez, Santander, Arismendi.

Pero hay más, hasta en las cosas particulares de su vida Sucre quiere conocer la opinión del Libertador. No son frases simbólicas de amistad ni de retórica enamorada las que usa cuando le dice que lo acepte como un hijo. No, Sucre asume sus palabras con un fervor que va más allá del simple gesto escrito. Hemos de aclarar que hasta e1 año de 1826 Sucre fue soltero. El amor a la libertad, la gloria y su amistad con Bolívar habían suplantado y compensado todas las posibles atracciones de la mujer. Es posible que aquella energía de su juventud, concentrada sobre si mismo, le diera la suficiente fuerza para llevar a cabo una obra tan peligrosa y compleja como la independencia del Sur. Veamos una carta que Sucre le escribe desde Chuquisaca, e1 12 de febrero de 1826: “Como siempre he sometido a usted mis asuntos particulares, más que como mi padre y amigo que como a Jefe, consultaré a usted e1 más importante. Varias veces dije a U. aquí que mis compromisos con una señorita en Quito no habían sido disueltos aun después de treinta meses de estar ausente. Y a decir la verdad, no sé cómo lo disuelva, ni yo me he empeñado en ello, porque ciertamente esa niña es bien agradable y creo seria una buena mujer. Sin embargo, yo pienso que o debo cumplir ese compromiso, o disolverlo, y para esto es que quiero los consejos y la opinión de usted... Si usted considera qué debo estar libre y expedito para ir con algún ejército contra los del Brasil, mi interés mismo está en quedar soltero... me dirá francamente lo que debo hacer. Exijo de U. que para darme su consejo, considere que los va a hacer a un hijo suyo, pues creo tener derecho a su estimación para que me los dé como a tal.”

No se conoce una respuesta escrita del Libertador a esta petición; como se ve, era difícil dar un consejo en este sentido, y parece que Bolívar un tanto confuso lo evitó.

Sabe e1 Libertador que sin amor no se puede educar ni gobernar. Cuando Sucre triunfa en Ayacucho, Bolívar se inclina ante él; le dice: “Ud. es capaz de todo y no debe vacilar un momento en dejarse arrastrar por la fortuna que lo llama. Acuérdese Ud. que tiene un padre vivo -se refiere a él mismo-, que se alegrará siempre de la gloria de su hijo. También le escribe a Santander diciéndole:Si yo conociera la envidia, los envidiaría a usted y a Sucre.”

1.-Memorias de O'leary

jsantroz@gmail.com




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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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