A la Iglesia con cariño

El padre Porras, corría con energía de muchacho, en medio de nosotros, los alumnos del colegio San José, el de la subida de la cárcel y cementerio, tras el balón de fútbol. Aquel joven exhibía sabiduría y experiencia adquiridas en un seminario suramericano.

Buen futbolista, apuesto y agradable, como sencillo y accesible, nos enseñó lo que era un cura de esta parte del mundo, tan envuelta en dificultades y pobreza, que él por inteligente y sensible, no podía ignorarlas.

Conocerle y verle relacionarse con la gente, fue una vivencia grata. El cura Porras nos pertenecía a los muchachos y a la gente humilde por la que se preocupaba en exceso.

En un viejo camión iba y venia, acompañado de una pandilla de muchachos, otro cura, paisano nuestro y capellán del cuartel Antonio José de Sucre, recogiendo cuanta ayuda le prestase la generosidad cumanesa, que era desbordante pese las privaciones de la post guerra, para cobijar y hacer la vida llevadera a más de veinte niños huérfanos. Aquel fue un padre y por encima de todo, un cristiano en paz con los preceptos que en la iglesia, a uno le enseñaban.

Y ha habido tantos curas como ellos y las hay haciendo obra útil. No en plan de promotores políticos y planes antinacionales. Y los católicos, en esta América nuestra, han sido en gran medida como aquellos.

¿Cómo negar la participación de la iglesia, de figuras emblemáticas suyas en las grandes gestas de la dignidad humana, la justicia, el progreso y la revolución? ¿Cómo olvidar al colombiano Camilo Torres y al padre Arnulfo Romero? ¿Cómo olvidar que fue un cura, el padre Patricio Alcalá, tío materno de Antonio José de Sucre, quien ganó a éste para la gigantesca tarea que llevó a cabo por la libertad?

Y fue un sacerdote católico, el chileno José Cortés Madariaga, uno de los líderes de la revuelta del 5 de julio de 1810 y quien a la hora de su muerte mantuvo su posición revolucionaria.

De modo que concientes estamos que no se puede borrar esa contribución en el empeño de construir una sociedad justa, sin egoísmos, mentiras, mezquindades ni privaciones.

Y no debe hacerse, porque entre lo que aspira el cristianismo verdadero y quienes creen en la necesidad de reconstruir a Venezuela, cerrarle el paso a los corruptos, crear un sistema donde impere la libertad, incluso para las actividades económicas, pero donde el hombre tenga acceso al trabajo, un ingreso justo, acceso a los bienes y servicios y, en general, la riqueza se distribuya de manera que la vida valga la pena vivirla, no hay diferencias.

La iglesia cristiana, aquella en la que nos enseñaron a ser fieles al credo y los diez mandamientos, la de los padres Porras, Mauleòn, con quien aprendimos tan bien la gramática francesa que todavía no se nos ha olvidado; y del viejo capellán nos hizo desde jóvenes rebeldes y hasta revolucionarios.

Pero siempre los duendes enredan las cosas. Aquellos que quieren que el mundo no progrese, que los pobres no abandonen la miseria y que la iglesia de Cristo no sea abanderada en la lucha por un mundo mejor. Y se dedican a trabajar, no solamente para que el reino de los cielos, como en la edad media, sólo sea accesible a quienes pueden pagar los derechos de tránsito, sino también para que en la tierra, mientras les llega el momento de marcharse, gocen de todos los bienes que a los pobres les niegan y escamotean.

El esfuerzo por adecentar a Venezuela, desterrar la vieja política, requiere que la iglesia cristiana y los revolucionarios todos encuentren el camino que les une. Porque existe, aunque algunos, de un lado u otro, no lo crean. Ambos quieren alcanzar el cielo y compartirlo.

Pero para ello es necesario, como ya Cristo lo hizo antes, que echemos los mercaderes del templo.

pacadomas1@cantv.net



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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