La guerra entre sistemas mundiales ricos

Hemos venido sosteniendo que el desarrollo mundial ha significado un enfrentamiento entre los valores de la Revolución Francesa y lo que se da por llamar Revolución Americana en Estados Unidos, en términos de ideales, principios, normas, impulso a la democracia, conformación de los estados nacionales. Plantemos que son dos modelos distintos, uno es capitalista el otro no, es una mezcla de regímenes primitivos, donde la relación de las personas con el gobierno o el poder, no era ni siquiera de súbditos.

También consideramos que la relación entre los dos, la relación entre estos dos procesos no son de unificación sino de confrontación, y que al final la concepción dominante ha sido la de Estados Unidos, que como tratamos de mostrar más adelante es la más atrasada de las dos, pues se basa en la nobleza, la clase y privilegia el dominio territorial, las alianzas con otras formas pre capitalistas de producción, por sobre las ideas democráticas. Esta confrontación ha llegado en los últimos años, a sus últimas y extremas manifestaciones.

Así que desde este punto de vista, el desarrollo histórico mundial ha sido el escenario de un enfrentamiento lógico entre estos modelos que surgen con el advenimiento de la modernidad, uno basado los valores universales de la Revolución Francesa y el otro el pragmatismo de la Revolución Americana. Mientras la vertiente francesa, nutrida por el pensamiento de Rousseau y Voltaire, buscaba fundar Estados Nacionales como los nuestros, basados sobre la soberanía de la "voluntad general" y la igualdad ciudadana, el modelo estadounidense se erigió sobre la herencia del constitucionalismo feudal inglés, y que de algún forma lo replica, que son reglas escritas que han permitido el entendimiento entre las clases y grupo feudales de ese reino y después con su burguesía.

Este último antecedente inglés, con raíces en pactos de élites que datan del año 1000, privilegió la protección de la propiedad y la estabilidad de las clases dominantes por encima de la transformación social priorizando la permanencia y lo conservador. Como ya planteamos la relación entre estos dos procesos no ha sido de convergencia, sino de una confrontación sistémica donde ha terminado por imponerse la concepción dominante de los Estados Unidos. Se ha priorizado la expansión territorial y la alianza estratégica con formas pre-capitalistas de producción, sacrificando los ideales democráticos en favor de una hegemonía del estado imperial, territorial y económica, llegando en la actualidad a plantearse en EEUU, el dominio del mundo. Idea que quizás es también una herencia inglesa.

Esta colisión entre el ideal de ciudadanía y el control patrimonial ha alcanzado manifestaciones más extremas y definitivas con las políticas y acciones de los Estados Unidos, que se ven como inentendibles por algunos analistas o manifestación de una crisis interna por otros.

La génesis de la fractura entre el modelo angloamericano y el francés reside en la naturaleza misma de su origen, el pacto frente a la ruptura. El constitucionalismo inglés, gestado desde antes del año 1000 y cristalizado en la Carta Magna de 1215, nunca pretendió la emancipación del hombre universal, como pensaban en Francia, sino la protección jurídica de las élites. Fue un mecanismo de defensa de los barones y propietarios contra el arbitrio monárquico, estableciendo que la libertad era un privilegio heredado y vinculado a la posesión de la tierra. Este modelo de "libertad como propiedad" y "la propiedad como libertad" es el que hereda la Revolución Americana, permitiéndole expandirse territorialmente mientras mantiene estructuras de dominación económica atrasadas en las neo colonias e inmutables a lo interno de sus relaciones de producción.

Por el contrario, el modelo francés, impulsado por el pensamiento de Rousseau y Voltaire, nace de una ruptura racionalista con el pasado. Aquí, la soberanía no es un contrato de propiedad, sino la expresión de la Voluntad General, que es decir la Voluntad Popular. Mientras Voltaire fustigaba el dogmatismo para abrir paso a la razón ciudadana, Rousseau planteaba que el Estado Nacional debía ser el garante de una igualdad que el mercado y la tradición pre-capitalista jamás otorgarían. Así, mientras el eje inglés buscaba estabilidad para las élites, el francés aspiraba a una transformación que otorgara al ser humano una dignidad independiente de su estatus patrimonial.

La divergencia entre el constitucionalismo de matriz angloamericana y el universalismo de raíz francesa constituye la fractura ideológica fundamental de la modernidad. El modelo inglés, trasplantado y radicalizado en Estados Unidos, se cimenta sobre la noción de "libertad negativa", donde la ley no busca transformar la sociedad, sino proteger el ámbito privado frente a la injerencia estatal.

Esta arquitectura jurídica nacida de la acumulación de precedentes y pactos de propiedad, permite que la democracia coexista con jerarquías excluyentes; para este modelo, el orden y la seguridad del patrimonio son condiciones previas a cualquier ejercicio político. Por el contrario, el universalismo francés, bajo la égida de la razón ilustrada, propone una ruptura radical con el pasado y las castas.

Aquí, la libertad es "positiva" y se realiza a través del Estado Nacional como expresión de la Voluntad General hoy Voluntad Popular. Mientras el constitucionalismo anglosajón es fragmentario y se adapta a formas pre-capitalistas para asegurar el dominio territorial, el universalismo francés aspira a una ciudadanía absoluta e indivisible que no reconoce más soberano que el pueblo mismo.

Esta confrontación no es académica, sino una lucha por la definición del sujeto histórico: el modelo americano ve al individuo como un propietario que pacta su seguridad, mientras el modelo francés lo concibe como un ciudadano cuya dignidad depende de la igualdad política. En la imposición global del esquema estadounidense, los ideales democráticos han quedado subordinados a una lógica de control territorial que perpetúa la dominación bajo la fachada del derecho constitucional. El imperialismo que conocemos. Es el mundo de hoy.



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Oscar Rodríguez E


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