Delcy Rodríguez y la diplomacia deplorable

Como explica el marxismo revolucionario —y formuló claramente Trotsky—: la política exterior es la continuación de la política interior.

Esta cita no es un adorno teórico: es la clave para entender el desastre político que representan las declaraciones de Delcy Rodríguez tras el secuestro de Nicolás Maduro y la agresión directa de Estados Unidos contra Venezuela. Cuando una potencia imperialista ejecuta una operación militar de esta magnitud, la respuesta no puede ser diplomacia blanda, llamados abstractos a la paz ni propuestas de "cooperación". Eso no es realismo: es capitulación política.

Delcy Rodríguez ha hablado de la necesidad de una "agenda de cooperación", ha insistido en que "nuestros pueblos merecen la paz y el diálogo, no la guerra" y ha invocado el respeto al derecho internacional y la no injerencia. Pero esas palabras, pronunciadas después de un secuestro y bombardeo imperialistas, no suenan a defensa de la soberanía, sino a normalización del atropello. El imperialismo no dialoga porque le hablen bonito; dialoga cuando se le enfrenta con fuerza material.

Desde una perspectiva marxista, la pregunta no es moral sino política:

¿qué expresa esta política exterior conciliadora?

La respuesta es clara: expresa la política interior del propio gobierno venezolano en los últimos años.

Desde la muerte del comandante Chávez, lo que hemos visto no es una radicalización revolucionaria, sino un giro sostenido a la derecha:

Liquidación progresiva de conquistas sociales logradas bajo Chávez.

Criminalización de la lucha obrera y persecución de trabajadores combativos.

Represión sistemática contra la izquierda revolucionaria independiente.

Pactos abiertos con la burguesía venezolana de FEDECÁMARAS.

Prioridad absoluta a la "estabilidad" y al "clima de negocios" por encima de los intereses de la clase trabajadora.

¿De verdad alguien cree que un gobierno que conciliaba con los capitalistas dentro iba a enfrentar al imperialismo fuera?

Esta política exterior no cae del cielo: es coherente con esa línea interna de conciliación de clases.

Tras una agresión como el secuestro de Maduro y asesinatos imperialistas en la tierra de Bolívar, lo que hace falta es una auténtica política revolucionaria, no la diplomacia deplorable que hoy se exhibe. Un gobierno que se reivindique antiimperialista debería estar diciendo con claridad:

Esta agresión cierra cualquier diálogo con Estados Unidos.

Exigimos el regreso inmediato de Maduro,

la retirada total del ejército estadounidense de cualquier espacio relacionado con Venezuela, y la indemnización a todas las víctimas de la agresión.

Pero no solo palabras. Medidas revolucionarias concretas:

Nacionalización sin indemnización de todos los activos de empresas estadounidenses en Venezuela.

Expropiación de los grandes capitalistas nacionales asociados al imperialismo.

Puesta de esos recursos bajo control democrático de los trabajadores.

Eso no es extremismo: eso es defensa real de la soberanía. Y eso exige algo que este gobierno no está dispuesto a asumir: una política revolucionaria obrera, es decir, una política bolchevique.

Además, hay un silencio ensordecedor que delata aún más la naturaleza del régimen: ni una sola palabra sobre una investigación seria de la infiltración interna. Una operación de esta magnitud no ocurre sin complicidades desde dentro del Estado. Callar ese punto no es prudencia: es protección de aparatos, burócratas y redes de poder.

La conclusión es dura, pero necesaria: este gobierno y este Estado burgués han demostrado en la práctica que no son capaces de garantizar la soberanía de Venezuela. No porque falten discursos, sino porque sobra conciliación. Lo que se defiende no es la revolución, sino el status quo, incluso cuando ese status quo ya ha sido violentamente pisoteado por el imperialismo.

Solo hay una salida histórica: solo la clase trabajadora, acaudillando a las masas oprimidas, puede garantizar la soberanía nacional. No mediante pactos, no mediante diplomacia vacía, sino mediante poder real, organización independiente y ruptura revolucionaria con el capital, dentro y fuera del país.

Lo demás —las invitaciones al diálogo tras un secuestro y bombardeo— no es política antiimperialista. Es administración de la derrota.



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